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El tercer chakra:
El poder personal
Desarrollo de la autoestima
Aumento del poder interior

"Anatomía del Espíritu"

Caroline Myss

 

 

Tercer chakra: El poder personal

La energía del tercer chakra, que es la del poder personal, se convierte en la vibración dominante de nuestro desarrollo durante la pubertad. Nos ayuda aún más en el proceso de in­dividualización, de formar un «yo», un ego y una persona­lidad separados dé nuestra identidad heredada. Este centro de energía también contiene muchos aspectos relacionados con el desarrollo del poder personal y la autoestima.

El tercer chakra completa la trilogía física del sistema energético humano. Igual que los chakras primero y segun­do, se relaciona principalmente con una forma física del po­der. Donde el primer chakra se hace eco del poder grupal o tribal, y el segundo se hace eco del poder que va y viene en­tre el yo y los demás, el tercer chakra vibra con nuestro po­der personal en relación con el mundo externo.

 

Ubicación: El plexo solar.

Conexión energética con el cuerpo físico: Estómago, pán­creas, suprarrenales, intestino delgado, vesícula biliar, hígado y la parte media de la columna, situada detrás del plexo solar.

Conexión energética- con el cuerpo emocional/mental: El tercer chakra, a veces llamado plexo solar, es nuestro centro de poder personal, el núcleo magnético de la personalidad y el ego. Las enfermedades que se originan aquí son activadas por problemas relacionados con la responsabilidad hacia uno mismo, la estima propia, el miedo al rechazo y la excesiva sensibilidad a la crítica.

Conexión simbólica/perceptiva: El tercer chakra medía entre la conciencia más externa (característica de los chakras primero y segundo) y la interiorización de la conciencia. El primer chakra tiene un centro de gravedad externo y siem­pre está situado dentro de una mente de grupo. El segundo chakra también tiene un centro de gravedad externo, pero afecta a las relaciones y sus efectos en nosotros. En el tercer chakra, sin embargo, el centro de gravedad está interioriza­do en parte; la cuestión ya no es cómo nos relacionamos con las personas que nos rodean, sino cómo nos relacionamos con nosotros mismos y cómo nos comprendemos.

Conexión sefirot/'sacramento: La sefirá de Nétzaj repre­senta la cualidad divina de la resistencia y la sefirá de Hod simboliza la majestad (o integridad) de lo Divino. En el sis­tema chakral, estas dos cualidades forman pareja, porque dentro de la tradición cabalística las dos representan las cua­lidades que necesitamos para «erguirnos» como personas in­dividuales. Así, Nétzaj y Hod se representan simbólicamente como las piernas del cuerpo. También se consideran la fuen­te de la profecía y el centro de la visión simbólica. El signi­ficado simbólico de Nétzaj y Hod forma un potente lazo espiritual con el sacramento de la confirmación. Este sacra­mento representa el surgir del «yo consciente», es decir, esa parte de la personalidad humana que es eterna y que está na­turalmente alineada con lo sagrado.

Miedos principales: Miedo al rechazo, a la crítica, a pare­cer estúpido y a no cumplir las propias responsabilidades; todos los temores relacionados con la apariencia física, co­mo el temor a la obesidad, la calvicie o la vejez; miedo de que otras personas descubran nuestros secretos.

Fuerzas principales: Autoestima, respeto propio y auto­disciplina; ambición, capacidad para generar acción y para manejar una crisis; valor para correr riesgos; generosidad, ética y fuerza de carácter.

Verdad sagrada: La verdad sagrada del tercer chakra es Respétate a ti mismo, tema apoyado por las energías espiri­tuales de las sefirot de Nétzaj (resistencia) y Hod (majestad), por el sentido simbólico del sacramento de la confirmación y el poder inherente al tercer chakra. Las energías que se unen en este chakra sólo tienen un objetivo espiritual: ayu­darnos a madurar en la comprensión propia, es decir, la re­lación que tenemos con nosotros mismos y la forma en que nos sostenemos solos y nos cuidamos. La cualidad espiritual que confiere el sacramento de la confirmación es el respeto hacia uno mismo. Este sacramento también simboliza el pa­so de la infancia a la edad adulta. Todos hemos afrontado o vamos a afrontar una experiencia que nos revela nuestras fuerzas y debilidades interiores como algo al margen de la influencia de nuestros mayores. La cualidad espiritual inhe­rente al tercer chakra nos impulsa a crearnos una identidad separada de nuestro yo tribal.

 

Desarrollo de la autoestima

Estas tres corrientes espirituales se fusionan para formar la voz intuitiva de nuestro plexo solar. A medida que la per­sona desarrolla su sentido de identidad, su voz intuitiva se va convirtiendo en su fuente natural y constante de orienta­ción.

La forma en que uno se siente consigo mismo, si se res­peta o no, determina la calidad de vida, la capacidad de triun­far en los negocios o el trabajo, las relaciones, la curación y las habilidades intuitivas. La comprensión y aceptación de uno mismo, el lazo que forma consigo es en muchos senti­dos el principal desafío al que se enfrenta. La verdad es que si una persona no se gusta a sí misma será incapaz de tomar decisiones sanas. En lugar de eso, cederá a otro su poder per­sonal para tomar decisiones, a alguien a quien desea impre­sionar o ante quien cree que debe ser débil para obtener se­guridad física. Las personas que tienen poca estima propia entablan relaciones y se ven inmersas en situaciones labora­les que reflejan y refuerzan esa debilidad.

Un hombre me contó que jamás había esperado ser ama­do por su pareja. Se casó solamente para tener compañía, convencido de que el amor era algo que le ocurría a otros, nunca a personas como él. Nadie nace con una autoestima sana. Esta cualidad hemos de aprenderla a lo largo del pro­ceso de vivir, a medida que vamos haciendo frente a un de­safío tras otro.

El tercer chakra en particular se hace eco de las fronte­ras del cuerpo físico. ¿Somos fuertes o débiles físicamente? ¿Capaces o discapaces? ¿Hermosos o llenos de cicatrices? ¿Demasiado altos o demasiado bajos? Desde el punto de vis­ta espiritual, todas y cada una de las ventajas y limitaciones son ilusorias, raeros «accesorios». Sin embargo, la acepta­ción o resistencia a esos accesorios es fundamental para en­trar en la vida adulta espiritual. En realidad, desde la pers­pectiva espiritual el mundo físico no es otra cosa que nuestra aula, pero en esta aula se nos presenta el siguiente reto: da­dos el cuerpo, el entorno y las creencias que tiene una per­sona, ¿hará elecciones que fortalezcan su espíritu o eleccio­nes que dispersen su poder en las ilusiones físicas que la rodean? Los retos del tercer chakra nos harán evaluar una y otra vez nuestro sentido de poder personal y nuestra identi­dad con relación al mundo externo.

Pensemos, por ejemplo, en los retos del tercer chakra de una mujer que se ve obligada a desplazarse con ayuda de una silla de ruedas. El hecho de que el mundo físico sea una ilu­sión no quiere decir que la silla de ruedas no exista ni que su problema físico no sea real. Más bien quiere decir que nada del mundo físico puede contener o limitar el poder del espíritu humano. Es posible que la mujer no recupere nunca el uso de sus piernas, pero de todos modos tiene el poder de decidir si esa silla de ruedas discapacitará su espíritu. Si elige sacar el mayor provecho de la vida en una silla de ruedas, lo que hace es mucho más que tomar una sana decisión psí­quica; toma una decisión espiritual que hace intervenir to­das las energías de las sefirot de Nétzaj y Hod.

Una vez que estaba dando un seminario de una semana de duración en México, conocí a una mujer llamada Ruth; estaba alojada en el mismo hotel que yo, pero no asistía a mi seminario. Iba en una silla de ruedas debido a la artritis que padecía, el caso de artritis más extremo que he visto.

Una mañana me levanté muy temprano y salí al patio con una taza de café para redactar algunas notas para mí charla del día. Vi que allí estaba Ruth sola, sentada en su silla de ruedas, escuchando música clásica en un viejo magnetófono. Yo la ha­bía conocido el día anterior, pero esa mañana no pude evitar quedarme mirándola, creyendo que no lo notaría porque me daba la espalda. Pensé en cómo se las arreglaría con ese cuer­po terriblemente lisiado, y obeso debido a su incapacidad pa­ra moverse. De pronto ella volvió la cabeza, sonrió y me dijo:
—Te estás preguntando cómo me las arreglo para vivir en este cuerpo, ¿verdad?
Me quedé tan sorprendida que no pude ocultarlo.
—Me has pillado, Ruth. Eso es exactamente lo que esta­ba pensando.
—Bueno, ven aquí y te lo diré.
Mientras acercaba mi silla a !a suya, aquella mujer de se­tenta y cinco años me preguntó:
—¿Te gusta la música de New Age?
Yo asentí.
—Estupendo, voy a poner esta cinta de New Age mien­tras te lo cuento.
Con la música de fondo de Kitaro, aquella notable judía me contó su historia.
—Me quedé viuda a los treinta y ocho años, con dos hi­jas que mantener y pocos medios para hacerlo. Me convertí en la persona más manipuladora que te puedas imaginar. Nunca le robé a nadie, eso sí, pero me acerqué bastante a ello. Cuando mi hija mayor tenía veintidós años entró en una co­munidad budista. Yo había criado a mis hijas en un hogar ju­dío tradicional, en Nueva York, ¡y va ella y entra en una co­munidad budista! Cada vez que venía a visitarme yo le decía:
»— ¿Corno has podido hacerme esto? Después de todo lo que me he sacrificado por ti, ¿cómo has podido?
«Tuvimos esa conversación unas cien veces. Un día, ella me miró y me preguntó:
»—Mamá, ¿acaso llevo la ropa sucia? ¿Me ves sucia en algo? ¿Hago algo que te ofenda?
«—Seguro que tomas drogas —le contesté-—. Eso es, te han metido en el mundo de la droga.
»—Sí, he tomado drogas —admitió.
»¿ Y sabes lo que le dije entonces? Le dije:
»—Dame un poco.
«Y eso hizo, me trajo un poco de LSD. Yo tenía cin­cuenta y cinco años y tome ácido.
Estuve a punto de caerme de la silla. No podía imagi­nármela tomando LSD.
— ¿Crees en los ángeles? —continuó.
—Por supuesto.
—Estupendo, porque eso fue lo que me ocurrió a conti­nuación. Tomé el LSD y tuve una experiencia fuera del cuer­po. Me encontré flotando por encima de mi cuerpo, más li­viana que el aire. Y vi a una hermosa mujer que dijo que era mí ángel.
*—Ruthíe, Ruthie, ¿sabes lo difícil que es ser tu ángel? —me preguntó-
»Yo le contesté que nunca había pensado en eso, y ella me dijo:
»—Déjame que te muestre cómo te veo yo. «Entonces me señaló a mi doble, que estaba atada con miles de cintas de caucho.
»—-Así es como te veo —me dijo mi ángel—. Cada una de estas cintas es un miedo que te domina. Tienes tantos miedos que nunca puedes oírme cuando te hablo para de­cirte que lo tengo todo controlado. —Después añadió-—: Aquí tienes unas tijeras. ¿Qué te parece si las cortas y te li­beras?
» Y eso fue lo que hice. Las corté una tras otra, y cada vez que cortaba una sentía entrar en mi cuerpo una increíble ole­ada de energía.
»—Bueno, ¿no te sientes mejor? —me preguntó mi ángel.
»Yo le respondí que me sentía más liviana que el aire y más feliz de lo que me había sentido jamás en mi vida. Y no podía parar de reírme.
»—Ahora tienes que volver a entrar en tu cuerpo —me dijo ella—, pero antes te mostraré una cosa.
»Me mostró el futuro, y me vi artrítica. Ella no supo de­cirme por qué tendría que soportar esta enfermedad, sólo que tendría que hacerlo. Pero me dijo que me acompañaría en cada paso del camino. Después me puso en mi cuerpo. Le conté a mi hija lo que me había ocurrido y las dos nos reí­mos casi sin parar durante dos meses. Desde entonces hemos estado muy unidas. Cuando contraje esta artritis, hace diez años, pensé:" ¡Ah, bueno, esto no es estar lisiada! Estaba mu­cho más lisiada cuando podía caminar. Tenía tanto miedo de estar sola, de cuidar de mí misma, que quería que mis hijas estuvieran siempre cerca para no tener que cuidarme yo." Después de aquella experiencia nunca más he vuelto a sentir miedo. Creo que mi enfermedad es una manera de recor­darme que no tenga miedo nunca. Ahora hablo todos los dí­as con mi ángel y sigo riéndome mucho más de lo que me reía antes.

Ojalá pudiera llevar a Ruth conmigo a todas partes para que les contara su historia a los participantes de mis semina­rios. Yo creo que Ruth y su ángel son gemelas. Su historia representa la elección de creer que el mundo no físico de la energía divina tiene más autoridad que el mundo físico de la forma y la materia. Esta elección hizo que lo que podría ha­ber sido una discapacidad se convirtiera poco a poco en una fuente de inspiración y estímulo. Sus limitaciones se trans­formaron en una ventaja. Esta es la influencia de las sefirot de Nétzaj y Hod, nuestras «piernas» espirituales.

 

Aumento del poder interior

«Reordenamos» nuestra vida cuando preferimos el es­píritu a las ilusiones de las circunstancias físicas. Cada vez que hacemos una elección, o bien nos involucramos más en el mundo físico ilusorio o bien invertimos energía en el po­der del espíritu. Cada uno de los siete chakras representa una versión o manifestación diferente de esta única enseñanza esencial. Cada vez que decidimos fortalecer nuestro poder interior, limitamos la autoridad que tiene el mundo físico so­bre nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestra salud, nuestra men­te y nuestro espíritu. Desde el punto de vista de la energía, cada elección que fortalece el espíritu refuerza el campo ener­gético; y cuanto más fuerte es el campo energético, menos conexiones hay con personas y experiencias negativas.

Conocí a Penny en un seminario, cuando ella ya había co­menzado a reconstruir activamente su vida por su cuenta. Ha­bía estado dieciocho años casada con un hombre con quien tenía un negocio en sociedad. Ella era el cerebro de la empre­sa. Era alcohólica, lo que a su marido le venía muy bien por­que también era alcohólico. Él quería que ella bebiera, porque tenerla semiconsciente le daba más dominio en el matrimonio y en el negocio.

Habitualmente, cuando ella llegaba a casa del trabajo se ocupaba de los perros y los quehaceres domésticos. Su ma­rido le servía una copa de vino y le decía: «Ahora descansa. Yo me encargaré de la cena.» Cuando la cena estaba lista, ella ya estaba «borracha».

Después de unos diecisiete años así, Penny se dio cuen­ta de que tenía un problema. Pensó en asistir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos, pero lo reconsideró: «Vivíamos en una ciudad pequeña. Si me veían entrar en esa reunión, pronto se correría el rumor.»

Así pues, pasaba en coche por delante de Alcohólicos Anónimos, pero jamás entraba. Llegó un momento en que tocó fondo. En lugar de volver con su marido, telefoneó a una amiga y le dijo: «Necesito ayuda.» La amiga la acompa­ñó a su primera reunión en Alcohólicos Anónimos.

La sobriedad le cambió la vida. Cuando recuperó el jui­cio, se dio cuenta de que nada en su mundo funcionaba y me­nos aún su matrimonio. Pese al miedo que tenía de romper su matrimonio, lo que también significaba dejar el trabajo, lo hi­zo, paso a paso. Se trasladó a otra ciudad, continuó asistien­do a las reuniones de A.A. y realizó cursos de desarrollo per­sonal, que fue donde nos conocimos. Decidió cambiar de aspecto, se hizo otro corte de pelo y adelgazó nueve kilos. En resumen, volvió a la vida. Aunque eso la dejaba en una situa­ción económica más vulnerable, decidió divorciarse de su ma­rido porque era «lo que necesitaba mi espíritu para ser ubre». A medida que daba estos pasos, ella y yo hablábamos sobre cada uno de ellos y sobre cómo cambiaría su vida y bienestar. Aunque el divorcio cambiaría su situación financiera, necesi­taba descubrir si sería capaz de obtener ingresos sola. Deci­dió que creía lo suficientemente en sí misma para suponer que sí sería capaz. Estudió y trabajó para ser monitora de progra­mación neurolingüística (PNL). Por último conoció a James, un hombre fabuloso que coincidía con ella en lo referente a la salud y el desarrollo personal. Se casaron y actualmente dan seminarios sobre desarrollo personal en Europa.

La historia de Penny nos habla de la capacidad ilimitada que tiene cada persona para transformar su vida, si hay de­terminación y un fuerte sentido de responsabilidad perso­nal. Estas cualidades de poder son inherentes al tercer chakra. El compromiso de Penny con su propia curación es el sentido simbólico del sacramento de la confirmación. Se des­conectó de las personas y circunstancias negativas, llamó a su espíritu y descubrió que tenía una resistencia (Nétzaj) y dignidad (Hod) infinitas, mediante las cuales logró recons­truir su vida. Dado que fue capaz de hacer frente a sus te­mores, fue también capaz de liberarse de ellos y hacerse po­derosa, sana y próspera.

Cuanto más se fortalece el espíritu, menos autoridad ejerce en nuestra vida el tiempo lineal. Hasta cierto punto, el tiempo lineal es una ilusión del mundo físico, relacionado con la energía física de los tres primeros chakras. Para las ta­reas físicas necesitamos energía física; por ejemplo, cuando se trata de llevar una inspiración de pensamiento a forma, lo hacemos con pasos lineales. Pero cuando se trata de creer en nuestra capacidad para sanar, es necesario reexaminar el con­cepto de tiempo.

La ilusión de que curarse exige «mucho tiempo» tiene muchísima autoridad en nuestra cultura. Creerlo lo hace cierto. El Génesis dice que Yahvé «insufló un hálito de vi­da y el hombre se hizo un ser viviente». Cuando decidimos creer algo insuflamos nuestro hálito a esa creencia, dándole así autoridad.

Nuestra cultura cree que sanar de los recuerdos doloro­sos de la infancia requiere años de psicoterapia, pero no tie­ne por qué ser así. Si lo creemos, podemos sanar los recuer­dos dolorosos y quitarles la autoridad que tienen en nuestra vida de una forma muy rápida.

Llegamos a medir la duración del proceso de curación por el tiempo que le atribuye la mente tribal. Por ejemplo, actualmente la mente de grupo cree que ciertos cánceres tar­dan seis meses en matarnos, que las personas afectadas por el sida pueden vivir entre seis y ocho años, que el luto y la aflicción por la muerte del cónyuge requiere por lo menos un año, y que la aflicción por la muerte de un hijo podría no acabar jamás. Si creemos estas estimaciones, damos poder sobre nuestras vidas a la mente tribal en lugar de ejercer nues­tro poder personal. Si el espíritu de la persona es lo bastan­te fuerte para retirarse de la autoridad de una creencia de gru­po, es suficientemente capaz en potencia de cambiar su vida, como lo demuestra la excepcional historia de Margaret.

Conocí a Margaret en un seminario que di en New Hampshire. Según sus palabras, en su hogar recibió una educación «sencilla, corriente y estricta». Sus padres filtraban todo lo que leía y decidían quienes podían ser sus amigas. Jamás le permitieron asistir a ningún espectáculo que ellos conside­raran demasiado «extremista». A veces incluso tenía que leer el periódico a escondidas. Creció dominada por el miedo de sus padres a lo desconocido. Cuando llegó el momento de ele­gir una profesión, sus padres le dijeron que, dado que era mujer, había esencialmente dos ocupaciones posibles para ella: la enseñanza y la enfermería.

Margaret decidió ser enfermera. Poco después de gra­duarse en la escuela de enfermería, se casó con un hombre que, según sus palabras, era «sencillo, corriente y estricto. Me bus­qué una réplica de mis padres».

La pareja se trasladó a una pequeña ciudad donde ella ejerció su profesión como enfermera a domicilio. La comu­nidad era típicamente agradable y tenía sus personajes espe­ciales, particularmente una mujer llamada Ollie, que por al­gún motivo se había ganado la reputación de «peligrosa».

Nadie hablaba con ella ni la invitaba a ninguna fiesta o acontecimiento social. Por Halloween, los niños la ator­mentaban. Esto sucedía desde hacía diez años.

Un día, Ollie llamó a la oficina central de enfermeras a domicilio, para solicitar asistencia. Todas las enfermeras se negaron a ir excepto Margaret.

Sintió cierta aprensión al acercarse a la casa de Ollie, pe­ro una vez dentro se encontró, según sus palabras, «con una mujer de cincuenta años, sola, inofensiva y necesitada de afecto».

Durante el tiempo que estuvo a su cuidado, entre ellas nació una buena amistad. Cuando Margaret se sintió más en confianza, le preguntó a Ollie cuál era el origen de la repu­tación que tenía. Ollie se quedó callada un rato y después le contó que de pequeña «le había venido un poder, así, de re­pente». Ese poder curaba a personas. Su padre comenzó a vender sus servicios curativos a todos los que los necesita­ban y ganó bastante dinero, hasta que «un buen día el poder sencillamente se acabó». Su padre creyó que era tozudez de ella, y trató de obligarla a golpes a hacerlo volver, pero el po­der no volvió.

Cuando llegó a la mayoría de edad, Ollie se marchó de casa y se fue a una ciudad donde nadie la conocía. Allí tra­bajó como mujer de limpieza y a los treinta y dos años se ca­só. Del matrimonio nacieron dos hijos. El hijo menor en­fermó gravemente de leucemia a los cinco años. El doctor les dijo que se prepararan para la muerte del niño, porque era inevitable. Entonces ella le contó a su marido lo del poder que había tenido cuando era niña, y le pidió que la acompa­ñara en la oración. Pidió a Dios que le concediera una vez más ese don para sanar a su hijo. Se arrodilló junto a la cama del niño, oró y luego le impuso las manos. A los dos días el niño ya manifestaba señales de recuperación; a la semana era evidente que estaba recobrando la salud; a los dos meses, es­taba totalmente recuperado.

El doctor les preguntó qué habían hecho, qué tratamien­to le habían dado al niño. Ollie le pidió a su marido que no se lo dijera, pero él le contó exactamente todo lo ocurrido.

La reacción del médico fue decir que Ollie era «peligro­sa» y le aconsejó a su marido que tuviera «cuidado con ella, que podría ser una bruja o algo así».

Cinco meses después, Ollie llegó un día a su casa y se en­contró con que .su marido se había marchado, llevándose a as dos hijos. El marido solicitó el divorcio, y se lo conce­dieron por motivos de trastorno mental de Ollie. Aquello la desbordó. Le contó a Margaret que había tratado varias ve­ces de ver a sus hijos, pero en vano. Desde entonces no los veía.

La amistad entre Margaret y Ollie se fue haciendo cada vez más fuerte. El «poder- de Ollie estimuló a Margaret a leer libros sobre curación, el poder de sanar y la espiritualidad. Ollie le había abierto un mundo nuevo. Cuanto más apren­día, más pensaba en sus padres, en su miedo a las ideas nue­vas y en su empeño en que ella sólo aprendiera «cosas co­rrientes, de acuerdo con su estilo de vida corriente.

Margaret trató de contarlo a su marido todo lo que esta­ba aprendiendo, con la esperanza de que encontrara la in­formación tan estimulante como la encontraba ella. Pero él se sintió amenazado por Ollie y esas nuevas ideas, y un buen día le prohibió que siguiera viéndola.

Por aquel entonces Margaret ya necesitaba ver a Ollie, no sólo por lo mucho que la quería sino también porque con ella estaba aprendiendo cosas acerca del poder de sanar, que era la energía del amor de una fuente divina. Esta vez no que­ría dejarse dominar por los miedos de otra persona.

Margaret entró en la peor crisis de su vida, no sólo a cau­sa de Ollie, sino porque se sentía «entre dos mundos de pen­samiento». Sabía que, viera o no a Ollie de nuevo, jamás po­dría volver a sus primeras creencias sobre la curación y la espiritualidad. Deseaba continuar aprendiendo, y finalmen­te le dijo a su marido que, pensara él lo que pensase, estaba decidida a cumplir con su deber de atención domiciliaria a Ollie. Su marido comenzó a decirle cosas como: «Esa mujer te tiene hechizada. Vete a saber qué más hay entre vosotras.» El ambiente en casa llegó a un punto que se le hizo insopor­table, y Margare! se mudó a un apartamento. Pensó que tal vez una separación temporal resultaría beneficiosa para el matrimonio.

Sus colegas y amigas se pusieron de parte de su marido. Le decían que iba a sacrificar su matrimonio por una loca moribunda. Nadie entendía sus motivos para hacer lo que hacía. Ella oraba «pidiendo un milagro sin restricciones», con lo cual quería decir que no le importaba cómo resolvie­ra Dios la crisis, simplemente deseaba que acabara.

Pasados unos cuatro meses, recibió un mensaje de su ma­rido, en el que le decía que tenían que verse. Ella creyó que iba a pedirle el divorcio, pero no, lo que quería decirle era que le habían diagnosticado cáncer de colon. Estaba asusta­do. Y entonces se produjo el milagro. ¿Podría Ollie sanar­lo?, le preguntó. Margaret se estremeció de emoción. Inme­diatamente fueron a casa de Ollíe.

Ollie le explicó a él que el poder venía de Dios y que de­bía concentrar su atención en eso. Le hizo una imposición de manos que no duró más de diez minutos. El hombre se recuperó del cáncer de colon en tres meses. Después de eso su deseo de cuidar de Ollie se convirtió en obsesión, tanto que insistió en que se instalara en la casa de ellos, donde vi­vió hasta su muerte.

 

 

«Ahora a mi marido le parece poco todo lo que hace por mí o por los demás. Celebramos en casa ceremonias de cu­ración, en las que oramos con otras personas y les ofrecemos instrucciones para sanar. Jamás hubiera creído que esto po­día ocurrir. Es imposible contar las veces que mi marido me ha dicho: "Cada día agradezco a Dios en mis oraciones que tuvieras el valor de oponerte a mí y atenerte a tus creencias. Hoy estoy vivo gracias a ti."»

Sin duda alguna, los recuerdos de nuestra infancia pueden ser fuente de mucho dolor; sin embargo, es posible que, como a Margaret, se nos presenten oportunidades de utilizar ese dolor para estimularnos a hacer otras elec­ciones.

 

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