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Siete verdades sagradas

Poder externo

Poder interno

"Anatomía del espíritu"

Caroline Myss

 

 

 

Las siete verdades sagradas

Poder externo

 

Nivel uno:La fusión del primer chakra (Muladhara), o chakra tribal, el sacramento del bautismo y la sefirá de Shejiná.

 

 

El poder generado por estas tres fuerzas arquetípicas transmite a nuestros sistemas energético y biológico la ver­dad sagrada Todos somos uno. Estamos conectados con toda la vida y entre nosotros. Todos y cada uno debemos apren­der a honrar, o respetar, esta verdad. Conectándonos con la energía de cualquiera de estas tres fuerzas arquetípicas po­demos conectar con esta verdad. El chakra tribal se hace eco de nuestra necesidad de honrar los lazos familiares y de te­ner un código de honor en nuestro interior. Comenzamos a conocer esta verdad Todos somos uno dentro de nuestra familia biológica, aprendiendo a respetar los «lazos de sangre*. En la familia podríamos también aprender que «Todos for­mamos parte de una sola familia divina», que «todos somos uno* en nuestra iglesia o sinagoga. El lazo con la familia bio­lógica simboliza la conexión con todos y con todo lo que vi­ve. Thich Nhat Hanh expresa esto con la palabra «interser». Profanar o violar este lazo energético, considerando, por ejemplo, que aquellos que son diferentes a nosotros son in­feriores, crea conflicto en el espíritu y por lo tanto en el cuer­po físico. Aceptar y actuar conforme a la verdad fundamen­tal Todos somos uno es un reto espiritual universal.

En la celebración del sacramento cristiano del bautismo, una familia hace un doble compromiso. El primero es acep­tar su responsabilidad física de la nueva vida que ha nacido en ella, y el segundo, aceptar la responsabilidad de enseñar a ese niño o niña los principios espirituales. El cumplimiento de esas responsabilidades crea un fuerte cimiento de fe y ver­dad en el cual la persona puede confiar toda su vida.

Para el adulto espiritual, el sacramento del bautismo en su sentido simbólico supone otros dos compromisos. El pri­mero, la necesidad espiritual de aceptar totalmente que nues­tra familia de origen ha sido «divinamente elegida» para que nos enseñe las lecciones que necesitamos aprender en esta vi­da. El segundo, el de aceptar la responsabilidad personal de vivir honradamente como miembro de la tribu humana, de hacer a los demás lo que querríamos que ellos nos hicieran a nosotros, y de respetar todo lo que vive en esta tierra. Al cumplir esos dos compromisos, lo que hacemos en esencia es bautizarnos y honrar nuestras propias vidas. Renegar de este compromiso, por ejemplo, considerando de modo ne­gativo a nuestra familia de origen, resta muchísimo poder a nuestro sistema energético, porque esto se opone a la verdad superior que está dentro de nuestro sistema energético.

La sefirá de Shejiná, cuyo nombre significa «presencia divina», es la conciencia divina que crea y protege a la comunidad mística de Israel. Desde una perspectiva más sim­bólica y universal, la conciencia divina crea y protege a to­das las tribus de la raza humana. Shejiná es también la puer­ta de acceso a lo Divino: «Aquel que entra debe pasar por esta puerta» (Zohar, l,7b). Esta descripción es muy apro­piada, ya que Shejiná se hace eco del primer chakra, tribal, del sistema energético humano. Para ascender en la verdad espiritual, sugiere, primero hemos de honrar a nuestra fami­lia y a todas las comunidades humanas.

 

Nivel dos: La fusión del chakra de las relaciones (Svadisthana), el sacramento de la comunión y la sefirá de Yesod.

El poder generado por estas tres fuerzas arquetípicas transmite a nuestros sistemas la verdad sagrada Respetaos mutuamente. Del chakra de las relaciones recibimos el po­der de actuar con integridad y honradez en todas nuestras relaciones, desde el matrimonio y la amistad a los vínculos profesionales o laborales. Esta energía es particularmente ac­tiva, ya que vibra en todas las actividades financieras y crea­tivas. La integridad y el honor son necesarios para la salud. Cuando alguien viola de alguna manera su honor o com­promiso, contamina su espíritu y su cuerpo físico.

En su sentido simbólico, el sacramento de la comunión infunde a nuestro sistema energético la verdad de que cada persona «con la que compartimos una unión» es una parte de nuestra vida. Cuando «partimos el pan» con alguien, re­conocemos simbólicamente que todos formamos parte de una sola familia espiritual, la que sabemos que existe por de­signio divino, y que todos nos necesitamos mutuamente pa­ra enriquecer nuestras vidas. El hecho de que algunas de es­tas «uniones» resulten dolorosas es una necesidad. Todos los que forman parte de la vida de una persona tienen un papel esencial en su desarrollo. El desafío es madurar lo suficien­te para reconocer esta verdad y vivir conforme a ella. Desde el punto de vista espiritual, es antinatural considerar enemigas a las demás personas o ser enemigo de sí mismo. Las re­laciones negativas generan energía negativa, la cual obstru­ye la visión simbólica. No podemos ver la finalidad divina en una unión que decidimos interpretar negativamente.

La sefirá de Yesod representa el segundo chakra o ener­gía comunitaria. Yesod es el falo, la necesidad procreadora de sembrar las simientes de vida, de crear materia de la ener­gía, forma de la potencialidad. En esta sefirá, la creación es un acto compartido, un dualismo natural del que nace la vi­da. Yesod simboliza la necesidad energética de formar unio­nes sagradas con otros seres humanos, uniones de las cuales procede la continuación de la vida. Nos sentimos espiritual-mente impulsados a conectar con lo sagrado que hay en otras personas, a fundir el alma con una pareja. La relación íntima es de por sí una forma de unión sagrada, y la sefirá de Yesod nos induce a sentirnos naturalmente atraídos por aquellas personas con quienes es posible una unión sagrada. Viola­mos nuestro espíritu cuando no honramos los votos o las promesas que hemos hecho a otras personas dentro de una unión sagrada, o cuando los quebrantamos de modo des­honroso. A veces la vida nos exige reconsiderar nuestros contratos, y se producen divorcios en el matrimonio y en otras uniones. El acto de divorciarse no es deshonroso en sí mismo; pero debemos ser conscientes respecto al modo en que nos comportamos al retractarnos de una promesa.

 

Nivel tres: La fusión del chakra del poder personal (Manipura), el sacramento de la confirmación y las sefirot de Hod y Nétzaj. El poder generado por estas cuatro fuerzas arquetípicas nos transmite la verdad sagrada Respétate a ti mismo. Las cuatro fuerzas arquetípicas de este nivel nos im­pulsan hacia el desarrollo de la estima y el respeto propios. El chakra contiene nuestro «instinto de supervivencia», la intuición que nos protege cuando estamos en peligro físico y nos avisa de la energía y los actos negativos de otras personas. Violamos esta energía cuando no hacemos caso de nuestros instintos viscerales.

El sentido simbólico del sacramento de ¡a confirmación es aceptar la responsabilidad de la calidad de la propia per­sona. Parte del proceso de tomar conciencia de nosotros mis­mos es una experiencia de «iniciación» o una ceremonia de «mayoría de edad». El espíritu necesita una experiencia o ce­remonia así, a modo de señal o marca del paso a la edad adul­ta; cuando falta este marcador, queda una impresión negati­va o vacía, consciente o inconsciente, que se manifiesta en debilidades psíquicas. Algunas de estas manifestaciones son: la constante necesidad de recibir la aprobación de otras per­sonas, que puede dar origen a identificaciones dañinas con pandillas, sectas u otro tipo de grupos des-aconsejables; la in­capacidad de valorarse, y la incapacidad de desarrollar un sentido de sí mismo como persona individual. La capacidad de obtener orientación intuitiva del propio espíritu está en un fuerte sentido del yo y de respeto por ese yo.

Igualmente importante es el papel de la estima propia, o autoestima, en la curación y en el mantenimiento de un cuer­po sano. Cuando no nos respetamos a nosotros mismos, nuestras relaciones con los demás son estados de intimidad temporal y frágil. Constantemente tememos el abandono porque nuestros actos están motivados por el terror de estar solos. La confirmación propia, es decir, el desarrollo y reco­nocimiento conscientes de un código personal de honor, es importantísima para la creación de un cuerpo sano. No hay salud sin honor.

El sentido simbólico de la sefirá de Nétzaj es la resisten­cia, que es un poder para conservar la fuerza y la vitalidad que supera la capacidad del cuerpo físico solo. Este poder des­pierta cuando aceptamos nuestra vida tal como es, y lo perdemos cuando nos centramos en lo que nos falta o cuando pensamos que la vida es hueca, que carece de sentido. En es­te último caso necesitamos aprender a aceptar la responsabilidad personal de haberla creado. El sentido simbólico de la sefirá de Hod es majestad o integridad, energía que nos per­mite trascender las limitaciones del yo y activar nuestra co­nexión espiritual con la autoridad Divina. La energía de Hod se fortalece desarrollando una actitud de valoración y grati­tud por todo lo que tenemos y por el don de la vida misma. Juntas, Nétzaj y Hod son las piernas simbólicas del cuer­po humano. Junto con las energías masculina y femenina del tercer chakra, sugieren la necesidad de crear una unión espi­ritual de la dualidad interior, y el hecho de que sin autoesti­ma y honor personal jamás podremos afirmarnos sobre nues­tros pies, por así decirlo, sea en lenguaje literal o simbólico.

 

Poder interno

Nivel cuatro:La fusión del chakra del poder emocional (Anahata), el sacramento del matrimonio y la sefirá de Tiféret.

El poder generado por estas tres fuerzas arquetípicas nos transmite la verdad sagrada El amor es poder divino. Este centro de energía es el punto central de poder dentro del sis­tema energético humano, la puerta simbólica de acceso a nuestro mundo interno.

La energía de este chakra nos comunica el conocimien­to de que el amor es el único poder auténtico. No sólo la mente y el espíritu necesitan amor para sobrevivir, cre­cer y prosperar; también lo necesita el cuerpo físico. Viola­mos esta energía cuando actuamos de modo no amoroso con los demás. Cuando albergamos emociones negativas hacia los demás o hacia nosotros mismos, o cuando producimos do­lor a otras personas intencionadamente, envenenamos nues­tro sistema físico y espiritual. El veneno más potente para el espíritu humano es la incapacidad de perdonarnos a noso­tros mismos o de perdonar a otros. Esto inhabilita los recursos emocionales de la persona. El desafío propio de este chakra es perfeccionar nuestra capacidad de amar a los de­más y a nosotros mismos, y desarrollar el poder del perdón.

En su sentido simbólico, el sacramento del matrimonio introduce en nuestra vida la necesidad y la responsabilidad de explorar el amor. Primero hemos de amarnos a nosotros mismos, y nuestro primer matrimonio debe ser simbólico: el compromiso de atender conscientemente a nuestras nece­sidades emocionales personales, para así poder amar y acep­tar a los demás incondicionalmente. Aprender a amarnos es un desafío para todos. Nadie nace amándose a sí mismo; es algo que debemos trabajar. Cuando nos desatendemos emocionalmente, no sólo nos envenenamos nosotros, sino que también inyectamos ese veneno en todas nuestras rela­ciones, en particular la conyugal.

La sefirá de Tiféret, que simboliza el corazón y el sol que hay dentro del cuerpo humano, late y nos transmite las ener­gías de la compasión, la armonía y la belleza, las cualidades tranquilas del amor. La energía que nos transmite Tiféret equilibra todas las cualidades divinas de las diez sefirot. So­mos seres compasivos por naturaleza, y prosperamos en un ambiente de tranquilidad y armonía. Estas energías son esen­ciales para la salud física, así como para el desarrollo emo­cional y los «actos de corazón». Cuando el corazón no re­bosa de las energías vitales del amor y la armonía, ni el dinero ni el poder, por mucho que sea, le permiten estar en paz. Un corazón vacío genera una vida vacía, y ía consecuencia de ello suele ser una enfermedad, la expresión concreta de la fal­ta de armonía que, en el mejor de los casos, atraerá la aten­ción de la mente. Es necesario rectificar las violaciones al co­razón; si no, será imposible la curación.

 

Nivel cinco:La fusión del chakra del poder de la volun­tad (Vishuddha), el sacramento de la confesión y las sefirot de Jésed y Gueburá.

El poder generado por estas cuatro fuerzas arquetípicas nos transmite la verdad sagrada Entrega, tu voluntad a la vo­luntad divina. Esta entrega es el acto más importante que po­demos realizar para dar estabilidad espiritual a nuestra vida. Todos y cada uno de nosotros tenemos cierta conciencia de que hemos nacido para una finalidad concreta, que la vida contiene un plan divino. El quinto chakra es el centro de esa conciencia y de nuestro deseo de contactar con el plan di­vino.

A medida que maduramos, todos tratamos de adaptar nuestra vida a nuestros deseos o nuestra voluntad. Primero nos separamos de nuestros padres, nos independizamos y buscamos una profesión. Después, inevitablemente ocurre algún acontecimiento o crisis. Tal vez un trabajo no se de­senvuelve de acuerdo con el plan, o un matrimonio no fun­ciona, o se contrae una enfermedad. Al margen de cuál sea la crisis concreta, nos encontramos en una situación que nos obliga a afrontar las limitaciones de aquellos recursos inte­riores que nos impiden llevar a cabo con éxito nuestros pla­nes. Una vez que estamos en esa situación inevitable, nos ha­cemos algunas preguntas: « ¿Qué se supone que he de hacer con mi vida? ¿Para qué nací?» Estas preguntas disponen el escenario para ajustar nuestra voluntad al plan divino; ésta es la elección más profunda que podemos hacer.

Esa sola elección, hecha con fe y confianza, permite que la autoridad divina entre en nuestra vida y convierta nues­tros esfuerzos en éxitos y nuestras heridas en fuerzas. Si bien conscientemente podemos o no desear rendir nuestra vo­luntad personal a la autoridad divina, seguro que encontra­remos numerosas oportunidades para hacerlo. Un incenti­vo para hacer esa elección lo encontramos en la vida y las penurias de algunas personas que no experimentaron otra cosa que sufrimientos y fracasos hasta el momento en que le dijeron a Dios: «Toma tú el mando.» Entonces su vida se lle­nó de extraordinarios actos de sincronía y sus corazones de nuevas relaciones. Aún no he conocido a ninguna persona que haya lamentado decirle a lo Divino: «Soy toda tuya.»

En su sentido simbólico, el sacramento de la confesión nos comunica el conocimiento de que distorsionar la verdad va en contra de nuestro diseño natural. Mentir es una viola­ción del cuerpo y del espíritu, porque el sistema energético humano identifica la mentira como un veneno. El espíritu y el cuerpo necesitan sinceridad e integridad para prosperar. Ése es el motivo de que por naturaleza necesitemos librar­nos de todas las distorsiones que nos hemos creado. La con­fesión simboliza la depuración de todo lo que no es honra­do en nuestro interior. Sana el daño que creamos por el mal uso de nuestra fuerza de voluntad. Limpiar el espíritu es el paso esencial del proceso de curación. En los programas psicoespirituales, como el de los doce pasos, la confesión y la entrega de la voluntad personal a «un poder superior a uno mismo» son las bases mismas del éxito. La psicoterapia tam­bién es una forma contemporánea y secular de confesión. La confesión recupera, rescata al espíritu del dominio del mun­do físico y lo reorienta hacia el mundo divino.

De la sefirá de Jésed, que significa «grandeza» y «amor», recibimos el instinto natural y la directriz espiritual de ha­blar de forma que no hagamos daño a otras personas. La co­municación que emplea esta clase de energía no precisa es­fuerzos; la violamos y nos envenenamos cuando no decimos la verdad. En realidad, no debemos confesar nuestras faltas o incorrecciones a otras personas si hacerlo va a hacerles aún más daño. E! sentido de confesarlas es poder reorientar nues­tra energía hacia actos y comportamientos positivos. No es­tamos hechos para criticar a los demás ni a nosotros mismos; sólo pensamos mal de otras personas por miedo. Decir pa­labras hirientes a alguien contamina a la persona a quien van dirigidas y a la que las dice, y el cuerpo físico de esta última la hará responsable de esa forma de destrucción (en el bu­dismo éste es el precepto de Bien hablar). Nuestro conocimiento innato de la responsabilidad genera la culpabilidad que solemos sentir por nuestros actos negativos, y por eso nos sentimos impulsados a confesarlos, para sanar.

La sefirá de Gueburá, que significa «juicio y poder», transmite a nuestro sistema energético el conocimiento de que jamás debemos juzgar intencionadamente a otra perso­na ni a nosotros mismos de modo negativo. Los juicios ne­gativos generan consecuencias negativas, tanto en el cuerpo como en el ambiente externo.

 

Nivel seis: La fusión del chakra de la mente (Ajna), el sa­cramento del orden y las sefirot de Bina y Jojmá.

El poder generado por estas cuatro fuerzas arquetípicas transmite al sistema energético la verdad sagrada Busca solamente la verdad. Del chakra de la mente recibimos la energía para buscar las respuestas a los misterios que se nos presentan. Es un designio divino el que nos impulsa a pre­guntar: « ¿Por qué?», y a desear saber hoy más que lo que sa­bíamos ayer. La energía que irradia este chakra nos orienta constantemente a evaluar la verdad e integridad de nuestras creencias. Como sabemos instintivamente desde que nace­mos, tener fe en algo o en alguien que carece de integridad contamina el espíritu y el cuerpo.

Antes o después, todos nos encontramos en circunstan­cias que nos inducen a cambiar nuestras creencias y a acer­carnos más a la verdad. Maduramos en nuestras creencias pa­so a paso, experiencia a experiencia. La energía del sexto chakra es implacable: nos empuja a abandonar las percep­ciones que no son ciertas. Cuando actuamos en contra de es­ta energía, impidiendo conscientemente que entren verda­des más profundas en nuestro campo mental, se nubla u oscurece nuestro sistema perceptivo.

El sacramento del orden sagrado, en su sentido literal, es el acto por el cual una persona se hace sacerdote y asume ofi­cialmente la tarea de canalizar lo sagrado. Todos deseamos contribuir a que las vidas de otras persona sean valiosas y ten­gan sentido; es una manera de sentir que lo que hacemos es sagrado. (En el budismo, a esto se le llama Bien vivir.) Sea cual fuere la tarea que uno tiene en la vida —sanador, progeni­tor, científico, agricultor, buen amigo—, todos podemos ser transmisores de la energía divina. Logramos simbólicamen­te la ordenación sacerdotal cuando las personas con quienes vivimos o trabajamos reconocen que nuestras contribucio­nes son beneficiosas para su crecimiento personal o espiri­tual. El esfuerzo por apoyar y no juzgar a las personas con quienes vivimos o trabajamos crea en nuestro interior un ca­nal para la energía divina. A las personas que irradian apoyo y amor se las reconoce justamente como poseedoras de una energía ordenada. Son arterias de la intervención divina. Ca­da uno de nosotros tiene la capacidad para convertirse en un canal divino, para ser útil a los demás reflejando la energía sa­grada, que es la definición contemporánea del sacerdocio.

Para ayudarnos a ser ese tipo de canal de la energía y la acción divinas, la sefirá de Jojmá transmite a nuestro sistema energético el impulso para invocar la presencia de la sabidu­ría divina en nuestra capacidad de razonamiento, sobre todo en los momentos en que parece que la lógica humana no nos conduce a ninguna parte. Jojmá nos ayuda a equilibrar el ra­zonamiento y el juicio, a mantenernos adheridos a la verdad y a tomar decisiones que creen las mejores consecuencias, pa­ra nosotros y para aquellos con quienes nos relacionamos.

Respaldando la energía de Jojmá está la sefirá de Bina, que infunde en la energía del razonamiento humano, con fre­cuencia endurecida, el poder más suave del entendimiento divino, más ligado a las emociones. La combinación de Joj­má y Bina nos servirá de sistema interior de orientación, es­timulándonos a trascender las limitaciones del pensamiento humano y llegar, como la figura bíblica de Salomón, a la cla­ridad mental que nos permite fundir el razonamiento divi­no con nuestros procesos de pensamiento.

Cuanto más logramos desprendernos de la tendencia aprendida a juzgar, más abrimos la mente a una clase de en­tendimiento que es de origen divino. El razonamiento hu­mano no puede darnos respuesta a los misterios de la vida; no puede explicarnos por qué las cosas ocurren como ocu­rren. Sólo es posible lograr una auténtica paz respecto a la vida desprendiéndonos de la necesidad de saber el porqué de las cosas desde el punto de vista del razonamiento humano y adhiriéndonos al razonamiento divino: «Hazme saber lo que soy capaz de saber, y confiar en que detrás de todos los acontecimientos, por dolorosos que sean, existe una razón, de la cual puede salir lo bueno.»

 

Nivel siete:La fusión del chakra del espíritu (Sahasrara), el sacramento de la extremaunción y la sefirá de Kéter.

El poder generado por estas tres fuerzas arquetípicas transmite a nuestro sistema energético la verdad sagrada Vi­ve en el momento presente. Dado que en esencia somos se­res espirituales, las necesidades espirituales son tan impor­tantes para nuestro bienestar como las necesidades físicas, e incluso tal vez más.

El chakra del espíritu nos dice que nuestro espíritu es eter­no. Somos algo más que nuestro cuerpo físico, y esa verdad puede consolarnos durante los numerosos fines de etapa que forman parte de la experiencia humana. La aparente relación del cuerpo con el tiempo cronológico es sólo una ilusión, una ilusión que nuestro espíritu tiene la tarea de revelarnos. Per­mitir que nuestro pensamiento viva demasiado tiempo en el pasado es antinatural para nuestro diseño divino; ese desequi­librio origina deformaciones del tiempo que obstaculizan nues­tra capacidad para vivir en el presente y recibir una orientación espiritual cada día. No le encontraremos ningún sentido a esa orientación si sólo nos concentramos en desentrañar los mis­terios del ayer. Si vivimos totalmente en el momento presente, esos misterios del ayer se desentrañarán poco a poco.

El espíritu de la persona se siente instintivamente atraí­do hacia esta verdad sagrada. De ella recibe la inspiración que la eleva al éxtasis. Prosperamos, y sanarnos, en momentos de éxtasis, cuando el espíritu se hace más fuerte que el cuerpo y el cuerpo puede responder a los mandatos del espíritu.

La necesidad de vivir en el momento presente es apoya­da por el sacramento de la extremaunción. En su sentido li­teral, este sacramento fue creado para ayudar a las personas a liberar su espíritu antes de la muerte. En su sentido sim­bólico, este sacramento reconoce la necesidad de recuperar, de rescatar nuestro espíritu, para concluir los asuntos que quedaron inconclusos en diversos momentos de la vida. La energía de este sacramento nos proporciona la capacidad de soltar nuestras experiencias pasadas para no «llevar lo muer­to a cuestas». El poder y el simbolismo de este sacramento, por lo tanto, no se limitan al final de la vida. Necesitamos, biológica y espiritualmente, poner un cierre a todas las co­sas, y podemos recurrir a esta energía sacramental para que nos ayude a hacerlo. Después de cualquier experiencia dolorosa y traumática, siempre recibimos una orientación in­terior que nos ayuda a desprendernos del pasado y continuar viviendo. Cuando elegimos mantener el pasado más vivo que el presente, obstruimos la circulación de la fuerza vital. Dis­torsionamos el «presente», porque comenzamos a ver todo lo que ocurre «hoy» a través del pasado, debilitando así el cuerpo y el espíritu. Enfermamos por «llevar lo muerto a cuestas» durante demasiado tiempo.

De la sefirá de Kéter, que simboliza nuestra conexión con el mundo de lo infinito, recibimos el conocimiento de que no existe la muerte; sólo existe la vida. A todo el que se haya marchado antes que nosotros nos lo encontraremos nuevamente; ésa es una promesa divina. Estamos destina­dos a descansar en el poder y el consuelo de esa verdad sa­grada.

Nacernos conociendo estas siete verdades sagradas. Lo cierto es que cada uno de nosotros es en esencia «una edi­ción biológica» de ellas. Después se nos enseñan variaciones de estas verdades por medio de las prácticas religiosas de nuestras tribus; y aun en el caso de que no nos las enseñen conscientemente, estas verdades se activan automáticamen­te en nosotros, en nuestras entrañas, en nuestra mente, en nuestro sentido del orden natural de la vida. Cuando madu­ramos, llegamos a comprender su contenido con mayor cla­ridad y profundidad, y cada vez somos más capaces de res­ponder a sus mensajes, de interpretar simbólicamente su información y de ver sus mensajes arquetípicos.

Las verdades contenidas en las escrituras de las diferen­tes tradiciones religiosas tienen por finalidad unirnos, no se­pararnos, La interpretación literal de estas enseñanzas crea motivos de separación, mientras que la interpretación sim­bólica, es decir, ver que todas ellas hablan del mismo diseño de nuestra naturaleza espiritual, nos une. Cuando alejamos la atención del mundo externo y la dirigimos al mundo inter­no, aprendemos a desarrollar una visión simbólica. Por den­tro todos somos iguales, y los desafíos espirituales con que nos encontramos son los mismos. Nuestras diferencias ex­ternas son ilusorias y temporales, meras propiedades físicas. Cuanto más buscamos lo que es igual en todos nosotros, más autoridad adquiere nuestra visión simbólica para dirigirnos.

La fusión de las tradiciones hindú, cristiana y judía en un solo sistema con verdades comunes constituye un potente sistema de orientación que puede expansionar la mente y el cuerpo y enseñarnos el modo de gobernar nuestro espíritu en el mundo.

 

 

 

En la segunda parte se explican con detalle los siete chakras desde el punto de vista de su poder inherente, haciendo especial hincapié en los miedos que nos hacen perder ese po­der. Mientras lee, estúdiese a sí mismo, con la intención de identificar «en qué manos ha encomendado su espíritu».

 

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