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Segundo principio:
El poder personal es necesario para la salud
Tercer principio:
La persona puede sanarse sola

"Anatomía del espíritu"

Caroline Myss

 

 

 

 

Segundo principio: El poder personal es necesario para la salud

Un día Norm me llamó para que hiciera la evaluación de una mujer que sufría de depresión y de dolores en el cuello y la parte inferior de la espalda. También quería saber si la beneficiarían diversos tratamientos electromagnéticos. «De ninguna manera —contesté yo—. No tiene el poder sufi­ciente en su organismo para que esos aparatos le resulten be­neficiosos.»

 

 

Esa era la primera vez que yo hacía un comentario sobre el poder de una persona para sanar. Norm me pidió que se lo explicara más, y sólo entonces caí en la cuenta de lo que acababa de decir. De pronto tuve una percepción totalmen­te distinta del sistema energético humano como expresión del poder personal.

Le expliqué que las actitudes de esa mujer habían sido la causa de que perdiera poder en su vida. Se sentía incapaz, siempre buscaba aprobación, y tenía un enorme miedo de estar sola. Su estima propia se basaba solamente en su capa­cidad para dominar a los demás, principalmente a sus hijos. Sus temores y su incapacidad eran como un agujero negro, hacia el cual atraía a todas las personas, sobre todo a sus hi­jos, para finalmente aplastarlos. Continuamente los critica­ba con el fin de que continuaran dependiendo de ella, ya que a los hijos débiles les resulta difícil abandonar el nido. En­contraba defectos en todo lo que hacían, ya fueran cosas relacionadas con los estudios o con los deportes, porque no podía arriesgarse a capacitarlos con apoyo emocional. Dado que dominar a los demás le consumía una enorme cantidad de energía y que jamás se sentía al mando, vivía agotada. Su dolor crónico también era consecuencia de su Incapacidad para dominar a otros. Cuando llegó a la consulta de Norm parecía derrotada.

Esa mujer no podía aceptar el hecho inevitable de que sus hijos se fueran del hogar, pero afirmaba que actuaba así por el bien de ellos. Según ella, era una madre sustentadora porque les proporcionaba una casa limpia, alimentos sanos y ropa buena. Sin embargo, se esforzaba sistemáticamente en minarles el desarrollo emocional, hecho que ella se nega­ba a admitir.

Puesto que los tratamientos médicos usuales no le ha­bían servido de nada, Norm estaba pensando en un método alternativo, que combinara psicoterapia, estimulación cra­neal mediante un aparato eléctrico y terapia de color y luz. Me di cuenta de que con esas técnicas ella podría mejorar du­rante una semana o tal vez un mes, pero que no sanaría to­talmente mientras no renunciara a su lucha patológica por dominar.

Esa tarde comprendí que para que una terapia alternati­va tenga éxito es necesario que el paciente tenga un concep­to «interno» del poder, una capacidad para generar energía interna y recursos emocionales, como por ejemplo creer en su autosuficiencia. Esa mujer sólo tenía un concepto «exter­no» del poder, el que extraía de una fuente externa, sus hijos. Lógicamente, esa paciente podía ir a sesiones de psicoterapia, pero mientras no afrontara la verdad acerca de sí misma, lo único que haría sería hablar de sus quejas durante una hora a la semana. No habría ninguna curación real. Como observa M. Scott Peck en sus libros People ofthe Líe y The RoadLess Traveled, para sanar es esencial ver y reconocer la verdad acerca de nosotros mismos, acerca de nuestra participación
en la creación de nuestros problemas y acerca de cómo nos relacionamos con los demás.

La evaluación de esa mujer me hizo ver con más pro­fundidad el papel que desempeña el poder en nuestra vida y nuestro sistema energético. El poder está en la raíz de la ex­periencia humana. Nuestras actitudes y creencias, sean po­sitivas o negativas, son prolongaciones de la forma en que definimos, utilizamos o no utilizamos el poder. Nadie está libre de problemas con el poder. Por ejemplo, es posible que tratemos de superar sentimientos de incapacidad o impo­tencia, o de mantener el dominio sobre otras personas o si­tuaciones que creemos que nos dan poder, o de conservar la sensación de seguridad (sinónimo de poder) en nuestras re­laciones personales. Muchas personas desarrollan una en­fermedad cuando pierden algo que para ellas representa po­der, como dinero, un trabajo o un partido de fútbol, o cuando pierden a alguien a quien han investido de poder o de su iden­tidad, como el cónyuge, un amante, un progenitor o un hi­jo. Nuestra relación con el poder está en el núcleo de nues­tra salud.

Consideremos juntos el primer principio (que la bio­grafía se convierte en biología) y este segundo principio (que el poder personal es necesario para la salud). El poder media entre nuestros mundos interno y externo, y al hacerlo se co­munica en un lenguaje de mito y símbolos. Piense, por ejem­plo, en el símbolo más común del poder: el dinero. Cuando una persona interioriza el dinero como símbolo de poder, su adquisición y control se convierten en símbolo de su salud: cuando adquiere dinero, su sistema biológico recibe el men­saje de que está entrando poder en su cuerpo. Su mente trans­mite el mensaje inconsciente: «Tengo dinero, por lo tanto es­toy a salvo, estoy segura. Tengo poder y todo está bien.» Este mensaje positivo transmitido al sistema biológico genera salud.

Ciertamente, ganar mucho dinero no garantiza la salud, pero es innegable que la pobreza, la impotencia y la enfer­medad están ligadas. Ganar dinero con dificultad o perder­lo repentinamente puede debilitar el sistema biológico. Re­cuerdo a un hombre que a mediados de los años ochenta se hallaba en la cima del éxito. Su empresa era cada ve?, más próspera y él tenía la energía de diez personas. Trabajaba has­ta muy tarde, hacía vida social hasta altas horas de la madru­gada, y a la mañana siguiente era el primero en llegar al tra­bajo, siempre alerta, alegre, pendiente de todo. En octubre de 1987 se produjo una crisis en el mercado bursátil y su em­presa fue una de las que cayeron.. La salud de este hombre se deterioró en meses. Empezó a sufrir de migrañas, después de dolor de espalda y finalmente de un trastorno intestinal bas­tante grave, "Ya no podía soportar trabajar hasta tarde ni su vida social, y se retiró de todas las actividades que no con­sistieran en hacer sobrevivir su imperio financiero.

Ese hombre no sabía que había «calibrado» su salud pa­ra hacer dinero. Pero cuando cayó enfermo vio de inmedia­to la conexión. Comprendió que para él el dinero represen­taba la libertad y la capacidad para llevar el estilo de vida con que siempre había soñado. Cuando perdió su fortuna, per­dió su poder y en cuestión de semanas también se arruinó su biología. Ciertamente, el estrés de reactivar una empresa puede debilitar a cualquiera. Este hombre había soportado mucho estrés cuando su empresa estaba en la cumbre, pero aquel tipo de estrés le daba poder.

Cada uno tenemos numerosos símbolos de poder, y ca­da uno de esos símbolos tiene su equivalente biológico. El dentista que desarrolló un cáncer de páncreas tenía un sím­bolo de poder: su trabajo; pero como había llegado a des­preciarlo, iba perdiendo poder día a día. La falta de poder desencadenó una reacción biológica que acabó generando una enfermedad terminal.

Nuestra vida está estructurada en torno a símbolos de poder: dinero, autoridad, títulos, belleza, seguridad. Las personas que llenan nuestra vida y las decisiones que tomamos en cada momento son expresiones y símbolos de nuestro po­der personal. Solemos vacilar a la hora de desafiar a una per­sona a la que creemos más poderosa que nosotros, y con fre­cuencia accedemos a hacer cosas porque creemos que no tenemos el poder para negarnos. En incontables situaciones y relaciones, la dinámica que funciona por debajo es la ne­gociación del poder: quien lo tiene y cómo podemos mante­ner nuestra participación en él.

Aprender el lenguaje simbólico de la energía significa aprender a evaluar la dinámica del poder en nosotros mis­mos y los demás. La información energética es siempre veraz. Aunque una persona acepte verbalmente algo en público, su energía dirá cómo se siente en realidad, y sus ver­daderos sentimientos encontrarán la manera de expresarse mediante una declaración simbólica. Nuestros sistemas bio­lógico y espiritual siempre intentan expresar la verdad, y siempre encuentran la manera de hacerlo.

Es necesario tomar conciencia de lo que nos da poder. La curación de cualquier enfermedad se facilita identifican­do nuestros símbolos de poder y nuestra relación simbólica y física con esos símbolos, y escuchando los mensajes que el cuerpo y las intuiciones nos envían acerca de ellos.

 

Tercer principio: La persona puede sanarse sola

 

La medicina energética es una filosofía holística que en­seña lo siguiente: «Yo soy responsable de la creación de mi salud; por lo tanto, en cierto sentido yo participé en la crea­ción de esta enfermedad. Puedo participar en la curación de la enfermedad sanándome yo, lo que significa sanar al mis­mo tiempo mi ser emocional, psíquico, físico y espiritual.»

Curación total y cura no son lo mismo. Se produce una «cura» cuando la persona ha logrado controlar o detener el avance físico de una enfermedad. Curar una enfermedad fí­sica, sin embargo, no significa necesariamente que se haya aliviado también el estrés emocional y psíquico que forma­ba parte de ella. En este caso es muy posible, y con frecuen­cia probable, que la enfermedad reaparezca.

El proceso de la cura es pasivo, es decir, el paciente se in­clina a ceder su autoridad al médico y al tratamiento pres­crito, en lugar de desafiar activamente la enfermedad y re­cuperar la salud. La curación total, en cambio, es un proceso activo c interno que implica investigar las actitudes, los re­cuerdos y las creencias con el deseo de liberarse de todas las pautas negativas que impiden la total recuperación emocio­nal y espiritual. Esta revisión interna conduce inevitable­mente a la revisión de las circunstancias externas, con el fin de recrear la vida de modo que active la voluntad: la volun­tad de ver y aceptar las verdades de la propia vida y de la for­ma en que se han utilizado las energías, y la voluntad de uti­lizar la energía para crear amor, autoestima y salud.

El lenguaje de la medicina oficial tiene un tono más mi­litar que el de la medicina energética: «El paciente fue ata­cado por un virus»; o bien: «Una sustancia contaminó el te­jido celular, produciendo un tumor maligno.» La filosofía de la medicina oficial considera al paciente una víctima inocen­te, o prácticamente impotente, que ha sufrido un ataque no provocado.

En la medicina oficial, el paciente sigue un tratamiento prescrito por el médico, de modo que la responsabilidad de la curación la tiene el médico. Si el paciente colabora o no con su médico es un hecho que ciertamente influye en el tra­tamiento, pero su actitud no se considera importante para el proceso, ya que los medicamentos y la cirugía son los que hacen la mayor parte del trabajo. En las terapias holísticas, por el contrario, la disposición del paciente para participar plenamente en su curación es necesaria para el éxito.

Las medicinas holística y oficial adoptan dos actitudes di­ferentes respecto al poder: activa y pasiva. Los tratamientos con sustancias químicas de la medicina oficial no requieren ninguna participación del paciente; en cambio una técnica holística, como la visualización, por ejemplo, es mejorada, in­tensificada, por un paciente activo e implicado. Es decir, se produce una conexión energética entre la conciencia del pa­ciente y la capacidad curativa de la terapia y a veces incluso del terapeuta. Cuando la persona es pasiva, es decir, adopta la actitud de «hágamelo», no sana totalmente; puede recupe­rarse, pero es posible que jamás trate realmente el origen de la enfermedad.

 

Adquisidores

La madre que sufría de depresión y dolor crónico de cue­llo y espalda es un ejemplo de persona que sólo tiene poder pasivo. Este tipo de persona dependiente cree que debe ex­traer poder del ambiente externo y de otras personas, o por medio de ellas. Consciente o inconscientemente, piensa: «So­la no soy nada.» Este tipo de persona busca adquirir poder mediante el dinero, la posición social, la autoridad política, so­cial, militar o religiosa, y la relación con personas influyentes. No expresa francamente sus necesidades, sino que se hace ex­perta en tolerar o manipular situaciones insatisfactorias.
En el sistema energético humano, las interacciones de la persona con su entorno se pueden comparar con circuitos electromagnéticos. Estos circuitos recorren codo el cuerpo y nos conectan con objetos externos y otras personas. Nos sentimos atraídos hacia objetos o personas poderosos, u «ob­jetivos de poder», para introducir ese poder en nuestro sis­tema. Pero esa conexión con un objetivo de poder extrae una parte de poder de nuestro campo y lo sitúa en el objetivo. Al principio yo consideraba simbólicos estos circuitos de ener­gía, pero he llegado a creer que en realidad son verdaderos caminos de energía.

Con mucha frecuencia oigo decir a per­sonas que se sienten «enganchadas» a otra persona o a una experiencia del pasado. Algunas comentan que se sienten «agotadas* después de estar con cierta persona o en un de­terminado ambiente. De hecho estas palabras corrientes des­criben mejor de lo que podríamos pensar la interacción de nuestro campo energético con nuestro entorno.

Figura 1: Los circuitos de energía recorren
TODO EL CUERPO Y SE ADHIEREN A UN OBJETIVO DE PODER

 

Cuando una persona dice que está «enganchada» a alguien o algo de un modo negativo, o se identifica excesivamente con un objeto o posesión, inconscientemente está realizando un diagnóstico intuitivo, está identificando el modo en que pierde po­der. A estas personas yo las llamo adquisidoras.

El tipo más extremo de adquisidor es el adicto. Al mar­gen del tipo de adicción que tenga la persona (drogas, alco­hol o dominio sobre los demás), sus circuitos energéticos es­tán tan absolutamente conectados con el objetivo que ya no pueden hacer uso de su capacidad de razonar. En un semi­nario que di en Dinamarca para personas que eran seropositivas o ya habían desarrollado el sida, me encontré ante un caso que ilustra trágicamente las consecuencias energéticas de una adicción. Había allí una mujer llamada Anna, que ha­bía contraído el virus del sida debido a su ocupación, la pros­titución. Anna tenía modales de niña y era muy menuda. También cojeaba, porque hacía un mes uno de sus «clientes» le había roto varias costillas.

En un momento dado hablé de lo que necesita hacer una persona para superar una enfermedad grave. Dije que las adicciones, por ejemplo, al tabaco, a las drogas o al alcohol, restan valor al proceso de curación. Durante uno de los des­cansos Anna se acercó a mí y me dijo: «Pero, Caroline, ¿qué daño puede hacer fumar sólo dos cigarrillos al día?» Al mi­rarla comprendí que si yo hubiera tenido en una mano la cu­ra para el sida y en la otra un cigarrillo, y le hubiera dado a elegir entre ambas cosas, su mente habría elegido la cura pa­ra el sída, pero todos sus circuitos energéticos habrían ido directamente hacia ese único cigarrillo.

Es imposible insistir lo suficiente en este punto: los ob­jetivos a los que conectan sus circuitos energéticos los ad­quisidores son personas o cosas a las que les han cedido su poder, concretamente el poder de dominarlos. La adicción de Anna a los cigarrillos tenía más autoridad sobre ella que su deseo de sanar. Incapaz de tomar decisiones capacitadoras pa­ra ella, estaba atada a un hábito de dejar su energía en manos de otros, casi siempre a su chulo y a sus cigarrillos, los dos objetivos de poder que la dominaban totalmente. La curación estaba fuera cíe su alcance porque, en esos momentos, su po­der sólo existía fuera de los límites de su cuerpo físico.

No es fácil para la mente competir con las necesidades emocionales. A una sabía muy bien que tanto su ocupación como su adicción a los cigarrillos eran peligrosas para su sa­lud. Pero emociónalmente seguía anhelando el tabaco por­que creía que la relajaba, y continuaba con su chulo porque creía que éste cuidaba de ella. Su mente había racionalizado su aferramiento emocional, y quería negociar su proceso de curación proponiendo que dos cigarrillos no podían dañar su salud. Su incapacidad para superar sus adicciones, la in­capacitaba para recuperar su poder de sanar.

No es la mente, sino nuestras necesidades emocionales las que controlan nuestra adhesión a los objetivos de poder. El famoso dicho «el corazón tiene razones que la razón no comprende» capta perfectamente esta dinámica. Inevitable­mente, a la persona adquisidora le resulta muy difícil utili­zar su intuición. Su propia estima está tan adherida a la opi­nión de su objetivo de poder que automáticamente niega cualquier información que le transmita su intuición. La in­tuición clara precisa la capacidad de respetar las propias im­presiones. Si necesitamos que otra persona dé validez a nues­tras impresiones, obstaculizamos enormemente nuestra capacidad de intuir.

Puesto que la curación no es negociable, el reto es mu­cho mayor para las personas adquisidoras que para las que tienen un sentido de poder activo. Sanar es, por encima de todo, la tarea de una sola persona. Nadie puede sanar por otro. Podemos ayudar a otras personas, ciertamente, pero nadie puede, por ejemplo, perdonar a alguien en nombre de otra persona, ni tampoco hacer que otra persona se libere de recuerdos o experiencias dolorosos que necesita liberar para sanar.

 

Dado que la naturaleza misma del poder pasivo es «poder mediante adhesiones», va en contra de toda la bio­logía de una persona adquisidora soltar o separarse de los objetivos que agotan su energía. Estas personas están casi programadas para los tratamientos de la medicina oficial, lo que no siempre es necesariamente negativo; el tratamiento oficial es la forma de curación más apropiada para ellas mien­tras continúen pasivas.

 

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