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PRIMERA PARTE. NUEVO LENGUAJE DEL ESPÍRITU

1. Medicina energética e intuición - El campo energético humano - Primer principio: La biografía se convierte en biología

"Anatomía del espíritu"

Caroline Myss

 

 

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Medicina energética e intuición

 

Cuando hablo de la intuición suelo decepcionar a algu­nas personas, porque estoy firmemente convencida de que la visión simbólica no es un don sino una habilidad, una ha­bilidad que tiene su base en la propia estima. Desarrollar esa habilidad, y un sano sentido de sí mismo, resulta más fácil cuando se piensa con las palabras, los conceptos y los prin­cipios de la medicina energética. Así pues, mientras lee este capítulo piense que aprender a utilizar la intuición es apren­der a interpretar el lenguaje de la energía.

 

 

El campo energético humano

 

Todo lo que vive late de energía, y toda esa energía con­tiene información. Si bien no es sorprendente que quienes practican medicinas alternativas o complementarias acepten este concepto, lo cierto es que incluso algunos físicos cuán­ticos reconocen la existencia de un campo electromagnético generado por los procesos biológicos del cuerpo. Los cien­tíficos aceptan que el cuerpo humano genera electricidad, porque el tejido vivo genera energía.

El cuerpo físico está rodeado por un campo energético que abarca el espacio que ocupan los brazos extendidos y todo el largo del cuerpo. Este campo es a la vez un centro de información y un sistema perceptivo muy sensible. Median­te este sistema estamos en constante «comunicación» con to­do lo que nos rodea, ya que es una especie de electricidad consciente que transmite y recibe mensajes hacia y desde los cuerpos de los demás. Estos mensajes que entran y salen del campo energético son los que percibimos los intuitivos.

Quienes practican la medicina energética creen que el campo energético humano contiene y refleja la energía de ca­da persona. Nos rodea y lleva con nosotros la energía emo­cional generada por nuestras experiencias interiores y exte­riores, tanto las positivas como las negativas. Esta fuerza emocional influye en el tejido físico interno del cuerpo. De esta manera, la biografía de una persona, es decir, las expe­riencias que conforman su vida, se convierte en su biología.

Entre las experiencias que generan energía emocional en el sistema energético están las relaciones pasadas y actuales, tanto personales como profesionales, (as experiencias y re­cuerdos profundos o traumáticos, y todas las actitudes y cre­encias, sean de tipo espiritual o supersticioso. Las emocio­nes generadas por estas experiencias quedan codificadas en el organismo y los sistemas biológicos y contribuyen a la for­mación de tejido celular, el cual genera a su ve?, una calidad de energía que refleja esas emociones. Estas impresiones energéticas forman un lenguaje energético que contiene una información literal y simbólica. Una persona intuitiva mé­dica puede leer dicha información.

He aquí un ejemplo del tipo de mensaje que podría co­municar el campo energético. Supongamos que una persona tenía dificultades para aprender matemáticas en la escuela de primera enseñanza- Normalmente, saber que doce hacen una docena no supone una carga emocional susceptible de alterar la salud del tejido celular. Pero si el profesor o la profesora hu­millaba a esa persona porque no sabía eso, entonces la expe­riencia tendría una carga emocional que generaría lesión celular, sobre todo si la persona insiste en ese recuerdo en la edad adulta, o lo utiliza a modo de piedra de toque para determi­nar la forma de hacer frente a las críticas, las figuras de auto­ridad, la educación o el fracaso. Un intuitivo podría captar la imagen literal de la relación de esa persona con su profesor o cualquier otro símbolo negativo ligado a esa experiencia.

Las imágenes positivas y la energía de las experiencias positivas también están contenidas en el campo energético. Piense en alguna ocasión en que alguien le elogiara un tra­bajo bien hecho, un acto de bondad o la ayuda que prestó a una persona. Sentirá una energía positiva, una oleada de po­der personal dentro del cuerpo. Las experiencias positivas y negativas dejan registrado un recuerdo en el tejido celular y en el campo energético. La neurobióloga Candace Pert ha demostrado que los neuropéptidos, sustancias químicas ac­tivadas por las emociones, son pensamientos convertidos en materia. Las emociones residen físicamente en el cuerpo y se interrelacionan con las células y los tejidos. De hecho, la doc­tora Pert dice que ya no puede separar la mente del cuerpo, porque el mismo tipo de células que producen y reciben esas sustancias químicas emocionales en el cerebro están presen­tes en todo el cuerpo. A veces el cuerpo reacciona emocionalmente y fabrica sustancias químicas emocionales incluso antes de que el cerebro haya registrado un problema. Re­cuerde, por ejemplo, lo rápido que reacciona su cuerpo ante un ruido fuerte, antes de que haya tenido tiempo de pensar.

En su libro Healing and the Mina, Bill Moyers cita las palabras de la doctora Pert: «Ciertamente hay otra forma de energía que aún no hemos entendido. Por ejemplo, hay una forma de energía que parece abandonar el cuerpo cuando és­te muere. [...] La mente está en todas las células del cuerpo.» «¿Quiere decir que las emociones están almacenadas en el cuerpo?», le pregunta Moyers. «Por supuesto. ¿No se había dado cuenta? [...] Hay muchos fenómenos que no podemos explicar sin referirnos a la energía.»

Lectura del campo

Además de leer experiencias concretas y conflictivas de la infancia, a veces la persona intuitiva puede incluso captar supersticiones, hábitos personales, comportamientos, cre­encias morales y preferencias en música y literatura. Otras veces las impresiones energéticas son más simbólicas. Por ejemplo, de un paciente que sentía una opresión en el pecho que le dificultaba la respiración, yo recibía la impresión sim­bólica de que estaba ante un pelotón de ejecución que le dis­paraba al corazón. Evidentemente eso no le había ocurrido, pero le habían hecho muchas exploraciones médicas sin con­seguir localizar ninguna causa física de su trastorno. Cuan­do le comenté mi impresión, me dijo que su esposa lo había traicionado varias veces con otros hombres, y que él sentía esos actos exactamente como disparos en el corazón. Ai re­conocer esas emociones, que antes había tratado de pasar por alto, logró resolver sus problemas, tanto los de su matrimo­nio como los de su salud.
La energía emocional se convierte en materia biológica mediante un proceso complejísimo. Al igual que las emiso­ras de radio operan en longitudes de ondas energéticas es­pecíficas, cada órgano y sistema corporal está calibrado para absorber y procesar energías emocionales y psíquicas espe­cíficas. Es decir, cada zona del cuerpo transmite energía en una frecuencia específica, detallada, y cuando estamos sanos, todas están «sintonizadas armónicamente». Una zona del cuerpo que no esté transmitiendo en su frecuencia normal in­dica dónde se encuentra localizado un problema. Un cambio en la intensidad de frecuencia indica un cambio en la natura­leza y gravedad de la enfermedad, y revela la modalidad de estrés que ha contribuido a desarrollar la enfermedad.

Esta forma de interpretar la energía del cuerpo se llama a veces «medicina vibratoria». Se asemeja a las prácticas y cre­encias más antiguas, desde la medicina china y las prácticas chamanicas indígenas, hasta casi todas las terapias populares o alternativas. La verdad es que la medicina energética no es nueva; pero yo creo que mi interpretación de ella y de la for­ma en que podemos utilizarla para sanar espiritualmente, jun­to con los tratamientos médicos contemporáneos, es única. SÍ una persona es capaz de percibir que está perdiendo energía debido a una situación estresante, y actúa para corregir esa fu­ga de energía, reduce, sí no elimina completamente, la proba­bilidad de que ese estrés se convierta en una crisis física.

Si bien puedo analizar para usted el lenguaje de la ener­gía para que comience a ver y sentir el campo energético hu­mano, a entender su correspondiente anatomía espiritual, a conocer las fuentes de su poder personal y a desarrollar su propia intuición, tengo cierta dificultad para explicar exac­tamente cómo adquiero yo esa información energética. Al parecer otras personas intuitivas tienen la misma dificultad, pero todas captamos la información que posee el impulso más fuerte, la mayor intensidad. Por lo general, esos impul­sos están directamente relacionados con la parte del cuerpo que se está debilitando o enfermando. Normalmente, el sis­tema energético de la persona sólo transmite la información que es esencial para que la conciencia conozca el desequili­brio o la enfermedad. A veces la información simbólica re­sulta perturbadora, como en el caso de la imagen de «dispa­ros en el corazón». Pero esa intensidad es necesaria para que el mensaje del cuerpo pueda pasar a través de las pautas men­tales o emocionales habituales causantes del desarrollo de la enfermedad. Las intuiciones médicas colaboran con la in­tención del cuerpo de favorecer su salud y su vida; es decir, nuestra energía siempre va a buscar la salud, a pesar de lo que podamos hacernos a nosotros mismos físicamente. Si, por ejemplo, decirnos una mentira, en la mayoría de los casos nuestro campo energético le comunicará a la otra persona la «realidad energética» de que no estamos diciendo la verdad. La energía no miente; no sabe mentir.

 

Quedarse con la primera impresión

 

Cuando reciba una Impresión intuitiva acerca de sí mis­mo o de la persona a la que está evaluando, preste atención a cualquier imagen que surja. Muchas personas buscan las intuiciones y las percepciones sin riesgo, no las sanas, por­que desean un tránsito sin riesgo hacía el futuro, hacía lo des­conocido. Así, es posible tener la tentación de descartar una imagen perturbadora o que no coincide con los propios de­seos o los de la persona a la que se está evaluando. La mayo­ría de las personas que acuden a mí para que les haga una eva­luación ya han intuido que algo va mal, pero vienen con la esperanza de que yo dé otro sentido a sus sensaciones, que les diga, por ejemplo: «Simplemente se está produciendo en usted un cambio corporal natural, pero no le pasa nada físi­camente.» Sin embargo, es importante decir a las personas la verdad, no to que quieren oír. En multitud de ocasiones he confirmado las impresiones intuitivas negativas de personas que han acudido a mí. Sus capacidades son ian exactas como las mías. Esas personas saben que están enfermas; pero, co­mo yo no comparto su miedo, mis intuiciones pueden in­terpretar la información mejor que ellas.

Las personas han de hacer frente a lo que temen. En el caso del hombre de los «disparos en el corazón», superfi­cialmente le parecía menos arriesgado evitar enfrentar a su esposa adúltera con sus sospechas de que lo estaba engañan­do. En lugar de actuar según sus intuiciones, echó tierra so­bre su dolor y su rabia, los enterró en su cuerpo, pero esos sentimientos se manifestaron finalmente en forma de dolor y opresión en el pecho. Su cuerpo y su espíritu trataron de despertarlo a la necesidad de hacer frente a los engaños de su mujer; pero, como hacen muchas personas, el esperaba que no afrontando el problema éste desaparecería. Su cuerpo, no obstante, le reveló que el verdadero precio de ese método «sin riesgo» era un peligro para su salud. La historia de este hombre ilustra lo poderosas que son realmente las intuicio­nes y cómo son capaces de romper y atravesar la actitud más decidida para llevarnos hacia la curación.

La vida es dolorosa a veces, y espiritualmente estamos hechos para hacer frente a los dolores que nos presenta la vi­da. En el mundo occidental, sin embargo, solemos desfigu­rar el plan de Dios y esperar que la vida sea cómoda y sin problemas. Medimos la presencia de Dios en nuestra vida por el grado de comodidad personal; creemos que Dios exis­te si se escuchan nuestras oraciones. Pero ni Dios, ni Buda, ni ningún otro líder o tradición espiritual garantizan o favo­rece una vida sin dolor. Las enseñanzas espirituales nos ani­man a crecer, pasando por y dejando atrás las experiencias dolorosas, cada una de las cuales es una lección espiritual. Desarrollar la capacidad intuitiva nos servirá para aprender las lecciones inherentes a nuestras experiencias.

 

Tener una actitud mental reflexiva

No hay ninguna fórmula fija para desarrollarla intuición. Algunas personas la desarrollan mediante la meditación, o gracias al dominio de una habilidad o un deporte. He oído decir a varias personas que la capacidad intuitiva es conse­cuencia de un estilo de vida espiritual, pero eso no es exacto. La capacidad intuitiva la tenemos todos, porque es una habi­lidad de supervivencia y no tiene una intención espiritual. Sin embargo, mantener una actitud reflexiva o meditativa facili­ta la recepción de ¡as intuiciones. La objetividad nos ayuda­rá a interpretar las impresiones que recibimos y a situarlas en un contexto espiritual simbólico.

 

La objetividad es la clave

La experiencia me ha enseñado a discernir entre impre­siones personales e impersonales; mi indicador de una in­tuición correcta es la falta de emoción. Una impresión cla­ra no tiene para mí ninguna energía emocional conectada con ella. Si siento una conexión emocional con una impre­sión, considero que esa impresión está contaminada. Mu­chas veces, sin embargo, la persona a quien se está evaluan­do sí siente cierta carga emocional de la impresión que uno recibe.

A mi juicio, las impresiones no son ni auditivas ni vi­suales- Más bien son como rápidas imágenes mentales que contienen una corriente eléctrica muy sutil. Cuando explo­ro el cuerpo de una persona, me concentro en cada centro de energía y espero que surja una imagen. Pasados unos cinco segundos comienzan a surgir las imágenes, y el proceso con­tinúa desarrollándose hasta que se detiene solo- La duración varía de una persona a otra; la lectura de algunas personas precisa casi una hora, mientras que las de otras tardan me­nos de diez minutos.

De vez en cuando me encuentro con una persona a la que no puedo leer ni ayudar. Sólo puedo preguntarme por qué ocurre eso. Algunas veces me he quedado con la sensación de que nada de lo que diga tiene sentido para ella, y otras he tenido la impresión de que la persona sólo desea un tipo de respuesta muy concreto que yo no le puedo dar, como por ejemplo por qué ha fracasado su matrimonio. También soy prácticamente inútil para alguien si estoy agotada o si en mi mente hay algo intensamente personal.

Para aprender a leer el sistema energético humano, el pri­mer paso es estudiar los principios subyacentes a esta prác­tica. A continuación hay que adquirir cierta experiencia prácti­ca. Este libro le ofrece los conceptos teóricos y algunos indicadores para explorar su propia capacidad intuitiva. Sin embargo, cuando esté aprendiendo la técnica y poniéndola en práctica en su propia vida, debe fiarse de sus reacciones viscerales.

Primer principio: La biografía se convierte en biología
Según la medicina energética, todos somos libros vivos de historia. Nuestro cuerpo contiene nuestra historia, todos los capítulos, párrafos, estrofas y versos, línea a línea, de to­dos los acontecimientos y relaciones de nuestra vida. A me­dida que avanza la vida, nuestra salud biológica se va con­virtiendo en un relato biográfico vivo que expresa nuestras fuerzas, debilidades, esperanzas y temores.

Todos los pensamientos que ha tenido una persona han viajado por su organismo biológico y activado una reacción fisiológica. Algunos pensamientos son como descargas in­tensas que causan una reacción en todo el cuerpo. Un miedo, por ejemplo, activa todos los sistemas corporales; el estóma­go se tensa, el ritmo cardíaco se acelera y tal vez el cuerpo co­mienza a sudar. Un pensamiento amoroso puede relajar to­do el cuerpo. Algunos pensamientos son más sutiles, y otros son incluso inconscientes. Muchos no tienen ningún sentido y pasan por el cuerpo como el aire a través de un visillo; no precisan atención consciente y su influencia en la salud es mí­nima. Sin embargo, cada pensamiento consciente, y muchos inconscientes, sí generan una reacción fisiológica.

Todos los pensamientos, al margen de su contenido, en­tran primero en los sistemas corporales en forma de ener­gía. Aquellos que llevan energía emocional, mental, psíquica o espiritual producen reacciones biológicas que luego se al­macenan en la memoria celular. Así, nuestra biografía se te­je en nuestro sistema biológico, poco a poco, lentamente, día a día .

La historia de un joven paciente de Norm es un buen ejemplo de cómo funciona este proceso- Norm me telefoneó para consultarme sobre este paciente, dentista, que no se en­contraba bien en general y se sentía cada vez más cansado. Tenía un dolor agudo en el lado derecho del abdomen y padecía una fuerte depresión.

El agotamiento permanente y progresivo, que embota la claridad mental y emocional, es un síntoma energético que indica que algo va mal en el cuerpo. La mayoría de las per­sonas no lo consideran un síntoma porque no duele. Pero si el agotamiento continúa, aun cuando la persona duerma más horas, el cuerpo trata de comunicarle que está «enferma ener­gética mente>> Responder a ese mensaje en la fase de energía a menudo puede prevenir el desarrollo de una enfermedad.

La depresión es otro síntoma de que no todo funciona bien. Generalmente en el mundo clínico la depresión se con­sidera un trastorno emocional y mental. Pero la depresión prolongada suele preceder al desarrollo de una enfermedad física. Desde el punto de vista energético, la depresión es li­teralmente una liberación inconsciente de energía o, si se quiere, de fuerza vital. Si la energía fuera dinero, la depre­sión sería como abrir el billetero y declaran «No me impor­ta quién coja mi dinero ni cómo se lo gaste.» La depresión prolongada genera inevitablemente un cansancio crónico. Si a uno no le importa quién le coge dinero ni cuánto, es inevi­table que acabe arruinado. De forma similar, sin energía no se puede sostener la salud.

Cuando Norm examinó a este dentista tuvo la impresión de que estaba desarrollando una enfermedad. Debido al do­lor abdominal, le hizo pruebas y análisis por si tenía cáncer de páncreas, pero los resultados fueron negativos. Entonces me llamó a raí. Como es nuestra costumbre, sólo me dijo el nombre y la edad del paciente, y nada sobre el dolor ni so­bre sus sospechas. En mi evaluación vi que el costado dere­cho de este hombre, alrededor del páncreas, estaba generando energía tóxica. Le dije a Norm que ese hombre estaba car­gado de un enorme sentimiento de responsabilidad y que eso se había convertido para él en una fuente constante de an­gustia. Tenía la sensación de que era incapaz de vivir como deseaba, y esa sensación lo dominaba hasta el punto de ex­cluir cualquier otra emoción. (Evidentemente todos tenemos sentimientos negativos, pero no toda la negatividad produ­ce una grave enfermedad física. Para crear enfermedad, la negatividad tiene que convertirse en la emoción dominante, co­mo le ocurría a este dentista.)

Después de explicarle mi evaluación, le dije a Norm que ese paciente tenía cáncer de páncreas. Él reconoció que ya había sospechado esa enfermedad, pero que los análisis ha­bían resultado negativos. Se despidió y volvió con su pa­ciente. Le recomendó que evaluara hasta qué punto le bene­ficiaba su trabajo. Lo más probable, le dijo, era que tuviera que hacer algunos cambios para obtener lo que deseaba. El paciente reconoció que deseaba dejar esa ocupación, pero consideraba que no podía dedicarse a otra cosa por el efecto que tendría su decisión en las personas que dependían de él. Norm no le dijo que tenía la frecuencia energética de cán­cer de páncreas, pero habló con él sobre sus frustraciones profesionales y trató de ayudarlo a cambiar su actitud nega­tiva. Por desgracia, el dentista no fue capaz de seguir el con­sejo. Él definía la responsabilidad como una obligación de preocuparse por los demás excluyéndose a sí mismo, y fue incapaz de concebir una vida que incluyera también el cui­dado y la realización de sí mismo.

Pasadas dos semanas, su médico habitual repitió las prue­bas para detectar el cáncer de páncreas; esta vez, resultaron positivas. Lo operaron inmediatamente, pero murió a los cua­tro meses de la operación.

A veces es necesario un esfuerzo concertado para rea­lizar un cambio mental que permita sanar. Si bien el dentis­ta no logró aceptar que su frustración profesional y la sensación de estar atrapado le estaban cambiando la química y la salud del cuerpo, a otras personas les resulta fácil hacerlo. Sin embargo, aceptar la idea de que todas las partes de nues­tra vida, desde el historial físico y las relaciones hasta cada actitud, opinión y creencia que llevamos dentro, afectan a nuestra composición biológica es sólo una parte del proce­so de curación. También hay que hacer que esa aceptación del plano mental pase al físico, introducirla en el cuerpo, sen­tir visceral y celularmente la verdad y creerla en su totalidad.

Es muy fácil aprender algo nuevo y limitarse a aplicar ese conocimiento despreocupadamente. La idea de que la bio­grafía se convierte en biología supone que hasta cierto pun­to nosotros participamos en la creación de la enfermedad. Pero, y éste es un punto importantísimo, no debemos abu­sar de esta verdad culpándonos o culpando a los pacientes por contraer una enfermedad. La enfermedad se desarrolla a consecuencia de comportamientos o actitudes que sólo en­tendemos que son biológicamente tóxicos cuando ya se han convertido en tóxicos. Solamente cuando la enfermedad nos obliga a revisar nuestras actitudes nos acercamos a la com­prensión de que nuestras actitudes cotidianas de temor o amargura son, de hecho, sustancias biológicamente tóxicas.

Repito, todos tenemos sentimientos negativos, pero no toda actitud negativa produce enfermedad. Para crear la en­fermedad, las emociones negativas tienen que ser dominantes, y lo que acelera el proceso es saber que el pensamiento nega­tivo es tóxico y, aun así, darle permiso para que medre en nues­tra conciencia. Por ejemplo, una persona puede saber que ne­cesita perdonar a alguien, pero decide que continuar enfadada le da más poder. Continuar obsesivamente enfadada la hace más propensa a desarrollar un a enfermedad, porque la conse­cuencia energética de una obsesión negativa es la impotencia. La energía es poder, y transmitir energía al pasado pensando insistentemente en acontecimientos penosos resta poder al cuerpo actual y puede conducir a la enfermedad.

 

 

El poder es esencial para sanar y para conservar la salud. Las actitudes que generan sensación de impotencia no sólo conducen a una falta de estima propia, sino que también ago­tan la energía del cuerpo físico y debilitan la salud general Así pues, el siguiente principio que hay que explorar es la importancia primordial del poder para la salud.

 

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