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El desafío de administrar la energía sexual

"Anatomía del Espíritu"

Caroline Myss

 

 

El desafío de administrar la energía sexual

La sexualidad y todas nuestras actitudes hacia ella están impresas en el segundo chakra. La sexualidad es un poder sin refinar, el poder para formar lazos sólidos y una unión ínti­ma con otra persona, con la cual podemos producir y sus­tentar vida. Tener una pareja y formar una familia, con o sin hijos, representa para nosotros estabilidad como adultos. Encontrar una pareja para la vida también incluye formar una unión con una persona del mismo sexo. Romper las res­tricciones culturales que obligan a la gente a atenerse a for­mas reducidas y limitadas de expresión sexual ha permitido a las personas buscar compañía según sus necesidades. Así, la comunidad homosexual ha iniciado su viaje hacia la con­quista de la dignidad dentro de un mundo predominante­mente heterosexual.

 

 

El segundo chakra contiene el deseo de crear vida y tam­bién la capacidad para hacerlo. El embarazo y el parto unen las fuerzas «dualistas” entre dos personas de forma más tan­gible que cualquier otra expresión de unidad.

Además de crear vida, la relación sexual es también un medio de auto expresión, un medio para afirmar el agrado que nos produce relacionarnos físicamente con el mundo que nos rodea. La sexualidad nos conecta con el cuerpo y las ne­cesidades físicas, así como con la capacidad para explorar nuestros aspectos eróticos y sensuales. El erotismo sexual es una forma de liberación, no sólo emocional y física, sino también espiritual. ¿Por qué espiritual? El placer erótico es, por naturaleza, «momentáneo», es un encuentro en el cual derribamos la mayor parte de las fronteras físicas para dis­frutar en toda su plenitud del contacto humano. Explorada sin vergüenza, la energía erótica puede elevar el cuerpo y el espíritu humanos a sensaciones de éxtasis, que a veces pro­ducen estados alterados de conciencia.

Las mujeres son ejemplos físicos de la forma vital conti­nuada de la energía, que se convierte en materia mediante el embarazo y el parto. El ciclo vital femenino expresa una pro­gresión natural de la energía sexual. En la mayoría de las mu­jeres, por ejemplo, la kundalini, o energía espiritual-sexual, comienza a subir naturalmente alrededor de los cuarenta años. A medida que sube, activa los chakras por donde pasa. Cualquier asunto inconcluso que esté albergado en los cha­kras inferiores se manifestará durante los años premenopáusicos y menopáusicos. En las mujeres que han tenido placer sexual limitado, por ejemplo, la energía kundalini obstruida, o juegos sexuales no practicados, se puede manifestar en for­ma de sofocos. La energía creativa no utilizada, o conflictos creativos, también podría manifestarse en forma de sofocos.

En una mujer menor de cuarenta años, los trastornos menstruales, dolores y síntomas premenstruales son indica­dores clásicos de que el hecho de ser mujer, su papel en la tri­bu y las expectativas de la tribu respecto a ella le causan cierto tipo de conflicto. La mayoría de los problemas de mens­truaciones muy abundantes e irregulares se deben a que la mujer está sometida a un estrés emocional excesivo, combi­nado con la creencia de que no tiene ningún poder de elec­ción en su vida y de que sus opciones están controladas por otros. Las anormalidades hemorrágicas se exacerban cuan­do la mujer interioriza señales confusas de su familia o de la sociedad respecto a su placer y necesidades sexuales. Por ejemplo, una mujer puede desear placer sexual, pero al mis­mo tiempo sentirse culpable por ello o incapaz de pedirlo francamente. Es posible que ni siquiera tenga conciencia de su conflicto interior.

Los problemas tubáricos (o de las trompas de Falopio) y de fertilidad están centrados en la «niña interior» de la mu­jer, mientras que las trompas en sí mismas representan heri­das de la infancia no sanadas o energía no utilizada. Se pue­de obstaculizar la salida de óvulos porque el ser interior de la mujer no se siente lo suficientemente «mayor», querido, maduro o sanado para ser fértil. Es posible que tras los pro­blemas de trompas esté esta modalidad energética. Una par­te de la mujer puede continuar en la prepubertad debido a una indecisión inconsciente acerca de su disposición a pro­ducir vida, si en cierto modo aun no «ha salido del huevo» ella misma.

Las energías kundalini son energías opuestas de la psi­que y el cuerpo. Se enrollan alrededor de la columna, desde la base, en el primer chakra, hasta la coronilla, pasando en espiral por los siete chakras. Siguiendo una tradición espiri­tual hindú, el yoga kundalini enseña una manera de manejar esta energía e inducir una experiencia kundalini, un estado de éxtasis espiritual al que se llega disciplinando la propia energía sexual. En lugar de la liberación normal de la ener­gía sexual mediante un orgasmo físico, la práctica espiritual kundalini dirige la energía sexual hacía arriba, por la columna, y culmina en una unión espiritual con lo Divino. De nu­merosos místicos se dice que experimentaban estados alte­rados de conciencia durante momentos de meditación profunda en que se producía liberación orgásmica.

Normalmente, el erotismo sexual produce orgasmo, y la liberación de este voltaje de energía es esencial para la salud física, mental y psíquica. El orgasmo es una manera, cier­tamente muy placentera, de eliminar los «desechos ener­géticos» que acumulamos a través del contacto humano co­rriente. El ejercicio y la creatividad son otros medios cono­cidos de liberación. Pero cuando la persona no tiene forma de liberarla, esta energía se queda en el organismo y, si no se la maneja conscientemente, puede producir reacciones que recorren toda la gama, desde la depresión hasta la violencia. Sin embargo, sí se producen experiencias kundalini espon­táneas.

En otros tiempos, yo me habría reído de la idea de que una unión sexual condujera a un lazo espiritual. Pero en la siguiente historia las profundas verdades kundalini y las en­señanzas tántricas resultan evidentes.

Conocí a Linda hace varios anos, cuando las dos estába­mos invitadas en la casa de una amiga común. Yo tenía do­lores premenstruales y le pregunté si tenía una aspirina, co­mentando de paso:
—Ya sabes cómo es esto.
—Pues no, no lo sé -—dijo ella—. Jamás en la vida he te­nido una regla. —Al ver mí expresión de incredulidad, aña­dió—: Puedes hacerme una lectura si quieres.

Eso hice. Inmediatamente recibí la impresión de que le habían hecho una histerectomía, pero la impresión era muy rara, pues la imagen era de una niña a la que le hacen la ope­ración. Al mismo tiempo recibí la impresión de una intensa energía sexual que circulaba en un flujo muy sano por su se­gundo chakra, imagen que rara vez se ve en la energía de mu­jeres que ya no tienen sus órganos sexuales. Le expliqué mis impresiones y admití que eran muy confusas para mí.

Sonriendo, ella confirmó que le habían hecho una histe­rectomía. El resto de las imágenes, me dijo, adquirirían sen­tido cuando me contara su historia.

Linda y su marido, Steve, habían sido novios en el insti­tuto a comienzos de los años sesenta. En aquel tiempo toda­vía era raro que los adolescentes se relacionaran sexualmente. Ella reconoce que temía el momento en que su relación con Steve se hiciera sexual, porque a los dieciséis años le ha­bían diagnosticado que tenía subdesarrollados los órganos sexuales (lo cual explica por qué recibí la imagen de una ni­ña). Le era imposible tener ciclos menstruales normales y mucho más un embarazo. Le avergonzaba sufrir ese trastorno y no se lo dijo a Steve. Temía que si él se enteraba de que no podía tener hijos no se casaría con ella, porque no era una mujer «normal». A lo mejor incluso dejaba de encontrarla sexualmente atractiva. No tenia ni idea de si podría tener re­laciones sexuales con un hombre, pero deseaba muchísimo casarse con Steve.

En esa época, Linda se había aficionado a tocar el dulcémele (salterio), un instrumento de cuerda popular en Esta­dos Unidos. Steve le hizo uno y se lo regaló la noche en que se graduaron. Esa noche hicieron el amor. Ella no le contó su secreto; le aterraba la idea de que, de alguna manera, él descubriera alguna anomalía durante el acto sexual, que pa­ra ella era el primero.

Mientras hacían el amor Linda comenzó a jadear, no tan­to por pasión como por temor. Al mismo tiempo repetía mentalmente una oración, pidiéndole a Dios que les permi­tiera estar juntos toda la vida. En medio de esta mezcla de fervor espiritual y amor sexual, notó una oleada de energía que le recorrió todo el cuerpo y pasó al de Steve. Sintió co­mo si ambos se hubieran convertido en un solo sistema ener­gético, y en ese momento estuvo segura de que se casarían, aunque ella no pudiera tener hijos.

Pero a la semana de esa potente noche de graduación, Steve le anunció que deseaba marcharse por un tiempo, so­lo. Lo repentino de esa decisión, unido a la nueva intimidad entre ellos, la convenció de que se marchaba porque ella fun­cionaba mal sexualmente. Creyó que él no deseaba estar con ella, y que dejar la ciudad era su manera de decírselo. Se des­pidieron.

Transcurridos cuatro años, cada uno se casó con otra pa­reja. Curiosamente, los dos se casaron el mismo mes. Si bien Linda deseaba dar lo mejor de sí a su matrimonio, nunca ha­bía dejado de amar a Steve. En realidad, cuando se casó ya no le importaba si su incapacidad para tener hijos o llevar una vida sexual normal representaría un problema para un hombre, ni siquiera para su marido. Al año y medio de estar casada le hicieron una histerectomía porque se le estaba de­sarrollando un tumor en el útero.

Cuando se casaron, tanto Linda corno Steve se traslada­ron a ciudades distantes de su ciudad natal. Los dos matri­monios duraron cinco años y, por increíble que pueda pare­cer, los dos se divorciaron con una semana de diferencia. Y los dos volvieron a su ciudad el mismo mes. Durante todos esos años no se habían visto ni tenido contacto con anterio­res amigos comunes.

Después de regresar a su ciudad, Linda se encontró en apuros económicos, tanto que tuvo que empeñar todas sus cosas de valor, entre ellas el preciado dulcémele, su último vínculo con Steve. Dos horas después de que Linda saliera de la casa de empeño, entró Steve a empeñar algunas de sus joyas. Vio el dulcémele y preguntó cuánto tiempo llevaba allí. Cuando le dijeron que la persona que lo había llevado prácticamente acababa de salir de la tienda, él salió a buscar­la, dulcémele en mano. Esa noche Linda y Steve se reunie­ron y desde entonces no han vuelto a separarse. Cuando él vio el dulcémele, le dijo, al instante su cuerpo se saturó del recuerdo de ella y se sintió invadido de amor. Comprendió que se encontraba en un apuro económico desesperado, porque si no jamás lo habría empeñado.

Esa misma noche ella le explicó su problema de salud, y también su creencia de que la había dejado porque ella no era un ser sexual completo. Él le confesó que su motivo para marcharse fue que la noche de la graduación, cuando esta­ban haciendo el amor por primera vez, sintió una oleada de energía que le recorrió todo el cuerpo, algo que jamás había experimentado antes. Sintió como si todo su ser estuviera unido a ella para siempre, y en ese momento la sensación fue de euforia. Pero al pensarlo unos días después, la sensación lo asustó, y lo único que se le ocurrió hacer fue huir. Linda se quedó muda de asombro.

Esa misma noche decidieron casarse, y la ceremonia se celebró antes de que acabara la semana. Cuando hicieron el amor la noche de su reencuentro, sintieron de nuevo aque­lla oleada de energía, y esta vez los dos fueron conscientes de ella. Pensaron que sólo se debía al placer de estar nueva­mente juntos, pero al continuar con regularidad su actividad sexual la energía fue aumentando. Steve había leído cosas acerca de la energía kundalini e introdujo a Linda en el concepto. Desde entonces utilizaron conscientemente esa olea­da de energía, tanto para el placer físico como para el placer espiritual. Eso explicaba de sobra mi impresión de las olea­das de energía sana que circulaban por su segundo chakra a pesar de la histerectomía.

La unión sexual, con todos sus placeres físicos, también simboliza la unión espiritual de dos personas. Muy bien po­dría ser que la energía sexual abra una corriente de energía espiritual que forma lazos trascendentes entre dos personas profundamente enamoradas.

A Linda y Steve les permitió alcanzar ese estado de conciencia que se define como experiencia kundalini, una expresión total del poder conjunto de la sefirá de Yesod, el sacramento de la comunión y el segundo chakra o chakra relacional.

La necesidad de esforzarnos por respetarnos mutua­mente suele quedar eclipsada en las relaciones sexuales, de­bido en gran medida a que con mucha frecuencia el miedo domina la energía sexual. Hace que los hombres tengan mie­do de no ser lo suficientemente potentes o masculinos: sin embargo, la mayoría de las tribus permiten a sus niños ac­tuar sexualmente sin ningún control hasta que alcanzan cier­ta «madurez». En ese momento se supone que adquirirán au­tomáticamente la capacidad de actuar sexualmente con responsabilidad. Una percepción tribal muy común es que los jóvenes tienen que «hacer sus correrías» para después po­der establecerse, lo que exime a los hombres de ser conde­nados o considerados responsables de su comportamiento. Al fin y al cabo, sus impulsos biológicos los dominan.

A las mujeres, en cambio, no se les da el mismo permiso para explorar su naturaleza sexual, pese a que el movimiento de liberación de la mujer ya ha cumplido tres décadas. Toda­vía se exige a las mujeres que se comporten, que controlen su energía sexual, mientras los hombres siguen disfrutándola. A muchas mujeres se les crea un miedo a perder el control e in­cluso a ser consideradas seres sexuados. Una participante en uno de mis seminarios explicaba que su madre siempre hacía que se sintiera «sucia» cuando se arreglaba para salir con sus amigas y amigos. Las insinuaciones sexuales de su madre le hacían pensar que atraer la atención de cualquier hombre equivalía a prostitución. Esa intrusión emocional de la ma­dre era una violación de la energía de su hija.

La consideración de la energía sexual como necesaria, pe­ro siempre «potencialmente descontrolada», contribuye mu­chísimo a fomentar la actitud tribal esquizofrénica que nues­tra sociedad adopta hacia la expresión sexual. Anima a las mujeres a estar, actuar y vestirse sexualmente atractivas, pe­ro si a consecuencia de eso son atacadas, a la mente social si­gue resultándole incómodo culpar al violador, agresor o ase­sino. Todavía se examina a las mujeres que han sido violadas para ver cómo iban vestidas e investigan su vida sexual. Las mujeres a quienes su novio o marido golpea o viola reciben apoyo de grupos organizados para protegerlas, pero no de la sociedad en su conjunto. La mente social todavía pregun­ta a las mujeres maltratadas cosas como: «Y si es tan malo, ¿por qué no lo dejó?», queriendo decir con ello que esas agresiones son problemas que han de resolverse mediante te­rapia, que no son lo suficientemente graves para presentar un demanda judicial. Las condenas mínimas que reciben los violadores expresan la actitud tribal de que las violaciones sexuales siguen siendo sólo un poco ilegales, delitos meno­res, no comparables con las verdaderas atrocidades sociales.

El dualismo de las energías del segundo chakra lleva con­sigo, por un lado la opinión social de que la energía sexual está fuera de control, y por otro, el alto valor que atribuyen nuestras tribus al autocontrol. Consideramos la sexualidad una amenaza para nuestra capacidad de dominarnos y de controlar a otros. Las relaciones de cualquier tipo hacen que aflore la necesidad de protegernos, pero los lazos sexuales hacen aflorar miedos extremos, sobre todo a la traición, un miedo tan fuerte que puede poner en peligro una relación ín­tima.

Las ideas culturales sobre la sexualidad varían de una so­ciedad a otra. La historia puritana de la cultura estadouni­dense, combinada con el valor que damos al control sexual, contribuye enormemente al sentimiento de vergüenza por nuestro cuerpo y nuestra naturaleza sexual. En la mayoría de mis seminarios, las personas que cuentan sus casos de vi­da sexual insatisfactoria son tan numerosas como las que acuden por motivos de salud. Muchas dicen haber estado ca­sadas años e incluso décadas, sin haber tenido ni una sola conversación con su cónyuge acerca de sus respectivas ne­cesidades sexuales. Los motivos dados varían desde la ver­güenza a la simple ignorancia de lo que significa tener nece­sidades sexuales.

Esta vergüenza sexual, tan predominante en nuestra men­te tribal, influye en la necesidad de la sociedad estadounidense de generar leyes que establezcan el comportamiento sexual correcto e incorrecto. Dado que la energía natural del segun­do chakra sale del yo y va hacia el «otro», su miedo caracte­rístico produce la necesidad de controlar el comportamiento sexual. Así, la tribu da validez a las parejas casadas y monó­gamas y trata de avergonzar a las otras. Algunos estados no sólo consideran incorrectos, sino delictivos, ciertos tipos de conducta sexual, prescindiendo del hecho de que, entre adultos que han llegado a un mutuo acuerdo, la actividad sexual es voluntaria. Esta condena legal se dirige en particular a los homosexuales.

La vergüenza por la sexualidad se extiende a las enfer­medades de transmisión sexual, como la sífilis, el herpes y el sida. Inevitablemente, las personas que padecen una enfer­medad de transmisión sexual se sienten obligadas a ofrecer un perfil de su vida sexual, para que nadie piense que han contraído la enfermedad por mantener relaciones sexuales indiscriminadas.

Las conductas sexuales delictivas, como la violación, el incesto y el acoso sexual a los niños, son algo más que viola­ciones físicas; son también violaciones de la energía. Se pue­de violar el campo energético de una persona maltratando verbalmente o adoptando una actitud destructiva, discapacitadora.

Bill, participante en un seminario, tuvo una relación con su padre que ilustra la violación emocional o de actitud. Cuando era niño, su padre le manifestaba constantemente su desprecio diciéndole que «nunca sería nada en la vida». Él dedicó años a tratar de demostrarle a su padre que estaba equivocado, pero ¡amas lo consiguió. Cuando murió su pa­dre, sin haberse retractado nunca de su condena, Bill quedó paralizado emocionalmente. Sufría de depresión crónica, no era capaz de conservar un empleo y era impotente. Aunque el desprecio de su padre iba dirigido a la potencia de su hijo en el mundo material, no a su sexualidad, la productividad económica y la sexualidad son energías del segundo chakra y, como tales, están estrechamente ligadas.

La violación y el incesto de un campo energético están motivados por el deseo de mutilar la capacidad de la perso­na para ser independiente y prosperar. Los órganos sexuales albergan el daño infligido por esas creencias y actos negati­vos. Numerosas personas que sufren de problemas sexuales, desde la impotencia y la infertilidad hasta el cáncer en los órganos reproductores, recuerdan haber sido criticadas cons­tantemente por sus habilidades profesionales, ambiciones y logros, así corno también por su apariencia física. En reali­dad, los padres «violaron» a sus hijos, despojándolos del po­der personal que necesitaban para la salud y el éxito.

Las violaciones de energía de este tipo podrían ser in­cluso más comunes que ¡a violación física y el incesto. Cuan­do la violación y el incesto se definen en el sentido de viola­ciones de energía, hombres y mujeres reconocen por igual haber sido violados. Cuando en los seminarios pregunto a tos participantes: « ¿Cuántos de vosotros habéis sentido vio­lada vuestra dignidad o estima propia en el ambiente laboral o familiar?», casi todo el mundo levanta la mano.

Cuando pregunto: « ¿Cuántos de vosotros sois o habéis sido violadores de energía?», la respuesta es, comprensible­mente, algo más moderada. Sin embargo, cuando las habili­dades físicas de otra persona nos intimidan y adoptamos ac­titudes negativas hacia ella o nos enzarzamos en un combate verbal, lo que realmente hacemos es intentar violar a esa per­sona, despojarla de su poder. El cuerpo físico alberga las in­tenciones negativas en los órganos sexuales: los actos de vio­lación de energía dañan tanto al violador como a la víctima. La violación de un ser humano envenena el sistema energé­tico del violador y, por lo tanto, contamina su sistema bio­lógico. Las violaciones de la energía tienen una cualidad kármica de justicia inherente que trasciende la justicia física, es decir, aunque parezca que la persona queda impune después del comportamiento delictivo, sobre todo en los casos de violación o incesto, siempre se hará justicia en el plano de la energía, haya o no testigos presénciales. Por este motivo, las enseñanzas espirituales subrayan la importancia del perdón y animan a las personas a continuar con su vida. Espiritualmente, se enriende que el orden divino es una fuerza que es­tá en constante funcionamiento para restablecer el equilibrio cuando logramos desprendernos de la necesidad de determinar un resultado justo. El hecho de que veamos o no la ac­ción de la justicia es irrelevante, pero se trata de una «reali­dad que suele costamos digerir.

 
La sexualidad es una forma de canje y, en ciertas circuns­tancias, incluso un tipo de moneda. Muchas personas utili­zan la relación sexual como un medio para lograr un fin, y acaban sintiéndose víctimas de violación cuando sus esfuer­zos por manipular fracasan. Una persona que canjea relación sexual por un puesto o un trabajo ambicionado, o la utiliza para acercarse a alguien que detenta el poder, se queda con la sensación de haber sido violada. Sin embargo, utilizar la re­lación sexual para lo que la persona llamaría un «canje justo» no deja la vibración energética de violación en el cuerpo.

La forma más antigua de moneda sexual es, ciertamente, la prostitución, el acto más discapacitador en que puede par­ticipar un ser humano. La prostitución de la propia energía es una violación más común que la prostitución física; mu­chísimos hombres y mujeres permanecen en situaciones que representan seguridad física, sintiendo al mismo tiempo que al hacerlo están vendiendo una parte de sí mismos.

 

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