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Aprendizaje Intuitivo

De afición a profesión

El último recodo del camino

"Anatomía del espíritu"

Caroline Myss

 

 

Aprendizaje intuitivo

 

Ahora veo, al contemplar estos catorce años pasados, que había un programa dispuesto para mi educación, un progra­ma dirigido a enseñarme a interpretar el lenguaje de la energía para hacer diagnósticos intuitivos. De 1983 a 1989, cuando era una aprendiza de intuitiva, ciertos sincronismos extraordina­rios me sirvieron para aprender lo que necesitaba saber.

En primer lugar, advertí que me encontraba con «gru­pos» de personas que presentaban el mismo trastorno. Una semana acudían a mí tres personas con el mismo tipo de cán­cer. Pasadas unas semanas venían a verme otras tres perso­nas que sufrían de migraña. Así fueron llegando grupos de personas afectadas de diabetes, cáncer de mama, problemas de colon, cáncer de próstata, prolapso de la válvula mitra!, depresión y otros muchos problemas de salud. Antes de to­mar la decisión de aceptar mis intuiciones, no se habían pre­sentado personas con un tipo de problema particular

 

 

Al mismo tiempo fue aumentando la calidad de la infor­mación que recibía. Ésta me mostraba cómo había contri­buido el estrés emocional, psíquico y físico de la vida de esas personas a desarrollar la enfermedad. Al principio me limi­taba a advertir la impresión que recibía de cada persona, sin que se me ocurriera comparar el tipo de estrés de una perso­na con el de otra. Finalmente, sin embargo, comencé a ver que ninguna enfermedad se desarrolla al azar, y revisé los ca­sos anteriores en busca de las pautas emocionales o psíqui­cas que precedían a una enfermedad determinada. En 1988 ya lograba identificar las modalidades de estrés de casi cien enfermedades diferentes. Desde entonces, esas modalidades han resultado válidas y útiles para muchos médicos y otros profesionales de la salud a quienes se las he enseñado.

Conocer a Norm Shealy fue otro acontecimiento extra­ordinario. Además de ser neurocirujano, Norm es el funda­dor del Colegio de Médicos Holísticos de Estados Unidos y el principal especialista en el control del dolor. Desde 1972 también se ha interesado en temas metafísicos.

Durante la primavera de 1984 me invitaron a asistir a un congreso bastante exclusivo en el Medio Oeste, no por mis capacidades intuitivas sino en calidad de editora en StÜlpoint, que era mi principal ocupación. Durante el congreso cono­cí a un psicólogo que sin ningún motivo aparente me co­mentó, señalando a Norm Shealy: «Mira, ¿ves a ese hombre que está allí? Es médico, y le interesan los intuitivos mé­dicos.»

Yo me puse terriblemente nerviosa, pero decidí abordar al doctor Shealy y decirle que yo tenía intuición médica. Un día, cuando estábamos almorzando y me tocó sentarme a su lado, le dije que era capaz de diagnosticar a personas a dis­tancia. Él no pareció impresionado en lo más mínimo. Con­tinuó pelando una manzana y me preguntó:
— ¿Hasta dónde llega su habilidad?
-—No lo sé muy bien.
—-¿Es capaz de identificar un tumor cerebral? ¿Es capaz de ver una enfermedad en formación en el cuerpo de una per­sona? No me hace ninguna falta que alguien me diga que la «energía” de una persona está baja; eso lo sé ver yo mismo. Necesito a alguien que pueda explorar a una persona como un aparato de rayos X.

Le dije que no estaba muy segura de mi exactitud, ya que era relativamente nueva en esto. Me dijo que alguna vez me llamaría, cuando tuviera a un paciente que, en su opinión, pudiera beneficiarse de mi habilidad.

Al mes siguiente, mayo de 1984, me telefoneó a Stillpoint. Me dijo que tenía aun paciente en su consulta, y a con­tinuación me facilitó los datos de su nombre y edad y espe­ró mi respuesta. Recuerdo con mucha claridad la evaluación que hice porque estaba tremendamente nerviosa. Le hablé de mis impresiones en imágenes, no en términos fisiológi­cos. Le dije que era como sí el paciente tuviera hormigón bajándole desde la garganta. Después le comenté los proble­mas emocionales que, desde mi punto de vista, habían pre­cedido al desarrollo de su trastorno físico. Al paciente, que era drogadicto, le aterrorizaba hasta tal punto confesar su problema que era físicamente incapaz de decirlo. Las pala­bras se le congelaban en la garganta. Cuando acabé, el doc­tor Shealy me dio las gracias y colgó. Yo me quedé sin saber si había hecho un buen trabajo o no, pero después él me di­ría que el hombre tenía cáncer de esófago.

Ése fue el comienzo de mi trabajo con Norm Shcaly. Su fría reacción ante mis evaluaciones me resultó enormemen­te beneficiosa. Si en esa época hubiera mostrado un gran en­tusiasmo por mi habilidad, yo me habría sentido cohibida y probablemente habría tratado de impresionarlo, to cual sin duda habría obstaculizado m¡ precisión. Su actitud indife­rente me sirvió para continuar siendo objetiva y clara. Así pues, como aprendí de mi profesora de periodismo y como ahora yo enseño a otras personas, la objetividad es esencial para realizar una evaluación correcta. Nada obstaculiza más la evaluación que la necesidad de «tener razón» o demostrar que se es capaz de hacer una evaluación intuitiva.

Durante el año siguiente Norm me ayudó a estudiar ana­tomía humana y me llamó varias veces más para que hiciera evaluaciones de sus pacientes. Mis evaluaciones fueron ad­quiriendo cada vez más corrección técnica. En lugar de re­cibir imágenes vagas de órganos corporales, pronto fui ca­paz de identificar' y distinguir las vibraciones exactas de una enfermedad concreta y su ubicación en la fisiología de la per­sona. Cada enfermedad y cada órgano corporal, me enteré, tienen su propia «frecuencia» o modalidad vibratoria.

Jamás se me ocurrió pensar entonces que algún día Norm y yo formaríamos un equipo de trabajo. Si bien ya me había comprometido a comprender mi habilidad, todavía dedicaba la mayor parte de mi energía al éxito de Stíllpoint. Pero en marzo de 1985 conocí a un joven cuyo valor para hacer frente a su enfermedad y sanarla me dio el valor para abrirme a mis intuiciones de otra manera.

Trabajando con Norm había adquirido más confianza en mi capacidad para identificar por su nombre las enfermeda­des que percibía, así como el estrés y los precursores ener­géticos. Sin embargo, evitaba orientar a los clientes hacía de­terminado tratamiento para su curación; eso se lo dejaba a Norm. Lo poco que sabía sobre curación se limitaba a los manuscritos que leía en mi trabajo editorial y a conversa­ciones con mis socios.
Un sábado por la mañana, en marzo de 1985, me llamó por teléfono un hombre llamado Joe, a quien había conoci­do por casualidad después de una charla que di en Kansas City. Me llamaba para decirme que tenía la sensación de que a su hijo Peter le ocurría algo malo, y me preguntó si podría hacerle una evaluación. Dado que Peter ya era un adulto, le pedí que hablara con él y obtuviera su permiso para que yo lo evaluara. A los diez minutos volvió a llamar para decirme que Peter aceptaba cualquier ayuda que yo pudiera darle. Le pregunté la edad de Peter, y cuando me la dijo, al instante me abrumó la sensación de que tenía leucemia. Eso no se lo di­je a Joe, sino que dije que quería hablar directamente con su hijo y le pedí su teléfono.

Mientras anotaba las impresiones intuitivas que estaba re­cibiendo, me di cuenta de que, en realidad, las vibraciones que percibía no eran las de la leucemia. Pero no lograba identifi­car la frecuencia, puesto que nunca las había percibido antes. De pronto comprendí que Peter era seropositivo. Mi conver­sación con él la tengo grabada en la memoria, porque me ima­ginaba lo rara que me sentiría yo si una desconocida del otro extremo del país me llamara y me dijera: «Hola, acabo de com­probar tu sistema energético, y no sólo eres seropositiva sino que ya has comenzado a desarrollar el sida.» De hecho, el cuer­po de Peter estaba comenzando a manifestar los síntomas de neumocistosis (neumonía producida por Pneumocystis carimí), la enfermedad pulmonar más común asociada con el vi­rus del sida. Lo que le dije a Poter esa mañana fue:
—Peter, soy amiga de tu padre. Soy intuitiva médica. —Traté de explicarle lo que hacía y, finalmente, añadí—: He evaluado tu energía y tienes el sida.
—Dios mío, Caroline—me dijo—- Estoy asustadísimo. Me han hecho dos análisis y los dos han resultado positivos.

El tono de su voz y su inmediata confianza me produje­ron una oleada de emoción. Hablamos de lo que debería ha­cer. Peter me dijo que su padre ni siquiera sabía que era ho­mosexual, y mucho menos que tenía el sida. Yo le aseguré que no le diría nada a su padre, pero lo animé a sincerarse con él en lo referente a su vida y su salud. Hablamos durante casi media hora. En cuanto colgué, su padre me llamó pa­ra preguntarme sobre mis conclusiones. Le dije que Peter ne­cesitaba hablar con él y que no me parecía correcto revelarle el contenido de nuestra conversación.
—Sé lo que le pasa a mi hijo —me dijo—. Quiere dejar la Facultad de Derecho y tiene miedo de decírmelo.
Yo no le contesté, y ahí acabó la conversación. Veinte mi­nutos más tarde Joe volvió a llamarme:
—He estado pensando en las peores cosas que podrían pasarle a mi hijo, y he comprendido que si ahora me llama­ra y me dijera «Papá, tengo el sida», seguiría queriéndolo.
—Espero que lo digas en serio —contesté yo—, porque eso es exactamente lo que vas a oír.

Transcurrieron otros treinta minutos y Joe volvió a lla­marme para decirme que en ese momento Peter iba de ca­mino a su casa y que al día siguiente a mediodía estarían los dos en mi sala de estar, en New ITampshire. Me quedé ató­nita y llamé a Norm inmediatamente.

Entre Norm y yo elaboramos un programa de curación para Peter que Incluía, entre otras cosas, una dieta sana, casi vegetariana, hacer ejercicios aeróbicos, dejar de fumar, apli­carse compresas de aceite de ricino en el abdomen durante 45 minutos cada día, y psicoterapia para que le ayudara a li­berarse del miedo a revelar que era gay. Peter hizo todo lo que necesitaba hacer para sanar, sin quejarse ni pensar que era un esfuerzo. En realidad, su actitud era como si pensase: «¿Y esto es todo?»

Muchas personas, podría señalar aquí, entran en estos programas de curación como si se tratara de castigos. Des­pués de este caso Norm y yo trabajamos con una mujer que sufría de obesidad, diabetes y dolor crónico. Le explicamos que podía mejorar inmediatamente cambiando su dieta por un programa de nutrición sana y haciendo ejercicios mode­radas. «De ninguna manera —fue su respuesta—. Jamás po­dría hacer esas cosas. No tengo ninguna fuerza de voluntad. ¿Tenéis oirás sugerencias?»

Peter, en cambio, asumió con gratitud su responsabili­dad personal en su curación y aceptó todas las exigencias de su tratamiento como si no representaran ningún esfuerzo. AÍ cabo de seis semanas el análisis de sangre para el virus del sida resultó negativo, Actualmente Peter es un abogado en ejercicio y hasta el momento continúa siendo seronegativo.

Después, Norm y yo escribimos el estudio de su caso en nuestro primer libro, SIDA: Puerta de transformación. A consecuencia del caso de Peter, comenzarnos a dirigir talle­res para personas seropositivas o que ya habían desarrolla­do el sida, con la profunda convicción de que, si una perso­na pudo sanarse, otras también podrían.

 

De afición a profesión

 

La espectacular curación de Peter de una enfermedad considerada terminal me trajo la primera de varias invita­ciones para, dar charlas en el extranjero acerca del sida y de la curación en general. Su caso significó un cambio decisivo para mí, y me indujo a comenzar a investigar los orígenes de la enfermedad; concretamente, cómo y cuándo se desarro­lla, qué se precisa para curarla, y por qué algunas personas sanan y otras no. En particular, comencé a preguntarme qué podría predisponer a toda una cultura para ser vulnerable a una epidemia. ¿Qué tipo de estrés emocional y físico pone en marcha la química de un grupo hacia la enfermedad?

Pensando simbólicamente, casi podrían considerar las ma­nifestaciones del sida una enfermedad mundial. La neumocistosis podría simbolizar la destrucción de las selvas, de las que la Tierra extrae la mayor parte de su provisión de oxíge­no. De modo similar, el sarcoma de Kaposi, esas lesiones can­cerosas de la piel que se forman en muchos pacientes de si­da, simbolizaría la destrucción de la superficie natural de la Tierra, más drásticamente tal vez por las pruebas de armas nucleares, pero también por los desechos tóxicos y otras for­mas de contaminación. Y por último, el sistema inmunitario humano podría simbolizar la capa de ozono, cuya fragilidad actual es comparable a la del sistema inmunitario de una per­sona muy enferma.

Algunas personas llamaron «milagroso» el caso de Petcr, queriendo decir con eso recibió una gracia especial de Dios que influyó en su curación, y que sin esa gracia no habría mejorado jamás. Si bien podría ser así, cabría pre­guntarse de todos modos: «¿Qué se requiere para que ocu­rra un milagro?» Yo creo que nuestros tejidos celulares con­tienen las modalidades vibratorias de nuestras actitudes y credos, así como la presencia o ausencia de una exquisita fre­cuencia energética o «gracia», que podemos activar llaman­do a nuestro espíritu para que retorne de sus aferramientos negativos.

Como se dice en A Course in Miracles, «los milagros son naturales; algo va mal cuando no ocurren». La curación de Peter me indujo a descubrir que obstaculiza la energía que obra milagros. Por ejemplo, una persona puede ser vegeta­riana y correr nueve kilómetros todos los días, pero si mantiene una relación abusiva, o detesta su trabajo, o tiene pe­leas diarias con sus padres, pierde energía, o poder, en un comportamiento que puede conducirla a una enfermedad o impedir que supere una afección que ya ha contraído. En cambio, si está centrada espiritualmente y retira su energía de las creencias negativas, puede comer alimentos para gato y continuar estando sana.

Comprenda, por favor, que mi intención no es recomen­dar una dieta insana y que se evite el ejercicio; simplemente quiero decir que estos factores por sí solos no mantienen la salud. Tampoco interprete mis palabras como que un com­promiso hacía la toma de conciencia espiritual es una garan­tía de salud, pero esto sí favorecerá su vida y su comprensión personal, y preparará el terreno para una curación óptima, fí­sica y espiritual, sea de forma espontánea o gradual.

Cuanto más he ido comprendiendo la relación entre nues­tra dinámica interior y la calidad de nuestra salud y de nuestra vida, en general, más comprometida me he sentido con mi tra­bajo de intuitiva. Norrn y yo continuamos juntos nuestra in­vestigación, y en 1988 publicamos nuestros hallazgos sobre los problemas emocionales y psíquicos que preceden al de­sarrollo de las enfermedades en The Creation of Health.

 

El último recodo del camino

 

Poco después de terminar ese libro tuve un accidente a raíz del cual casi morí desangrada. El golpe me produjo una hemorragia nasal que fue aumentando hasta hacerse impa­rable. En la ambulancia en la que me trasladaban al hospital iba sentada en la camilla con un enorme recipiente sobre el regazo, porque sí me hubiera echado la sangre me habría ahogado. De repente la cabeza se me fue hacia delante y al instante me encontré fuera de la ambulancia, flotando so­bre la carretera, mientras por la ventanilla veía mi cuerpo y la frenética actividad del equipo médico para salvarme la vida.

De pronto me sentí eufórica, completamente ingrávida y llena de vibraciones, de una manera que jamás había experimentado. Se me ocurrió que estaba fuera de mi cuerpo, tal vez, muerta. Esperé ver el «túnel» del que tanto había oído hablar, pero no apareció ninguno. Lo que sí sentí fue que me iba alejando de la Tierra. Entré en un estado de serenidad tan Intenso que incluso recordarlo ahora produce un fuerte efec­to en mí. Entonces vi una imagen de Norm. Estaba de pie en un estrado, preparándose para dar una charla; tenía en la ma­no un ejemplar de The Creation of Health. Le oí decir: «Yo pensaba que éste iba a ser el comienzo de nuestro trabajo jun­tos, pero lamentablemente ha resultado ser el final.»

Sentí un deseo urgente de volver a mi cuerpo, de recu­perar la vida física, e inmediatamente me sentí volar y entrar en mi cuerpo. Después de esa experiencia, la única pregunta que me hice fue: « ¿Por qué no vi mi editorial cuando estaba en ese estado?» Entonces supe que dejaría esa empresa y de­dicaría el resto de mi vida a la intuición médica.

En calidad de intuitiva médica profesional he trabajado con quince médicos de todo el país, entre ellos, la doctora Christiane Northrup, tocóloga-ginecóloga, una de las fun­dadoras del centro médico para mujeres llamado Women to Women, en Yarmouth (Maine), y autora del libro Womcn's Bodies, Women's Wisdom. En otoño de 1990, Chris me lla­mó para que ie hiciera una evaluación de su salud, y después de aquella sesión me ha llamado para realizar evaluaciones intuitivas de muchas de sus pacientes. La oportunidad de tra­bajar con Chris y otros médicos marcó mi mayoría de edad como intuitiva médica. Me demostró que mi trabajo con el sistema energético humano podía servir a los médicos para ayudar a sanar a otros.

Desde 1990 hasta 1992, además de ampliar mi trabajo con médicos dirigí un abrumador número de seminarios, sola y con Norm, en Estados Unidos, Australia, Europa, México y Canadá. En esos primeros seminarios hablaba del sistema energético humano y después realizaba evaluaciones intui­tivas a todas las personas participantes. A veces eso signifi­caba hacer hasta 120 evaluaciones de salud en el curso de un fin de semana. Con frecuencia acababa un seminario empa­pada en sudor. Al final de un día de trabajo estaba agotada. Al cabo de dos años de trabajar así, estaba quemada.

Como me ha ocurrido siempre, justo cuando estaba lle­gando al fin de mis fuerzas se me abrió otra puerta. En fe­brero de 1992 estaba dando un seminario en una ciudad del interior de New Harnpshire. El grupo acababa de volver de comer y decidí comenzar la sesión de la tarde con una pre­gunta para, por así decirlo, tener un punto de partida. Así pues, me senté junto a una mujer.
— ¿Qué puedo hacer por usted hoy? —le pregunté, su­poniendo que, como hacían los demás, me expondría algún problema de salud.
Pero ella se cruzó de brazos, me miró como si yo fuese una estafadora y me contestó:
—No lo sé, usted me lo dirá. Para eso he pagado.
Decir que me inundó la rabia sería como decir que en Montana el invierno es algo fresco. Sentí tal deseo de coger­la y llevarla hasta la puerta que se me aceleró la respiración hasta casi ahogarme. Hice una inspiración profunda.
—Bueno, me quedaré aquí sentada hasta que se me ocu­rra un motivo para agradecerle ese comentario. Y es posible que estemos aquí muchísimo tiempo.
Se creó un ambiente de tensión en la sala. Nadie se mo­vía.
Entonces me vino la idea. Salté del asiento y anuncié:
—No volveré a hacer evaluaciones personales de salud a nadie. En lugar de eso enseñaré a que cada uno se evalúe a sí mismo. Yo no soy más que una persona, y si sigo así no vi­viré mucho tiempo. Si alguno de ustedes desea que le de­vuelvan el dinero, pídalo ahora mismo. Si no, saquen lápiz y papel porque vamos a trabajar. Van a aprender a ver sus cuer­pos como yo los veo. Les haré un servicio mucho mayor si les enseño a localizar los problemas en su cuerpo en lugar de hacerlo yo por ustedes. —Miré a la mujer, que estaba muy impresionada, y le dije—: Creo que tal vez me ha salvado us­ted la vida. Le estoy muy agradecida.

Nadie pidió la devolución del dinero y ese día comencé a enseñar «auto diagnosis».

En otoño de 1992 Norm y yo ya estábamos hablando de elaborar un programa de formación en la ciencia de la intui­ción. Nos reunimos con un empresario holandés que acce­dió a financiar las primeras fases de nuestro programa, y en 1993 comenzamos a celebrar seminarios intensivos de ense­ñanza de intuición médica, lo que finalmente me llevó a es­cribir este libro. Enseñar este sistema en seminarios me ha otorgado el privilegio de escuchar la historia de la vida de muchos participantes, algunas de las cuales explico en este libro. Algunos pacientes se sanaron a sí mismos, en lo que a energía se refiere, evitando así el desarrollo de una enferme­dad física real; otros, en lo que se refiere a lo físico, detuvie­ron o sanaron una enfermedad que ya había aparecido.

Para organizar este libro he seguido el orden que me ha dado buen resultado al enseñar los aspectos técnicos de la in­tuición médica y las evaluaciones intuitivas de la salud. El ca­pítulo 1 de la primera parte presenta los principios de la in­tuición médica, tal como he llegado yo a conocerlos, y da instrucciones sobre cómo aplicarlos a uno mismo.

El capítulo 2 presenta un modelo complementario y, se­gún creo, nuevo, del sistema energético humano, basado en la síntesis de tres tradiciones espirituales: las enseñanzas hin- dúes respecto a los chakras, el sentido simbólico de los siete sacramentos cristianos y la interpretación mística de las diez sefirot, o árbol de la vida, presentadas en el Zohar, el texto principal de la cabala (enseñanzas místicas del judaísmo). Los siete chakras, los siete sacramentos cristianos y el árbol de la vida simbolizan los siete planos o niveles del sistema ener­gético humano y las siete fases del desarrollo humano, o las siete enseñanzas esenciales del camino espiritual universal, o el viaje del héroe, como lo habría definido Joseph Camp­bell. En muchos sentidos, el capítulo 2 es el corazón del li­bro, porque presenta un perfil espiritual-biológico del siste­ma energético humano.

El capítulo 2 acaba con una extensa interpretación de las percepciones espirituales y energéticas que utilizo ahora pa­ra guiarme en mi trabajo. Estas percepciones formarán los cimientos para su aprendizaje del lenguaje de la energía y la visión simbólica. Podrían servirle para profundizar en su comprensión de las formas de energía de su salud física y es­piritual y la de sus seres queridos.

En la segunda parte, los capítulos 1 a 7 muestran la ana­tomía de los siete centros de poder del cuerpo humano, con información básica y estudios de casos de la vida real que ilustran el modo en que utilizamos la información energéti­ca en nuestro desarrollo espiritual.

 

El epílogo, «Guía para el místico contemporáneo», su­giere la forma de aplicar la visión simbólica al desarrollo y la salud personales.

Como les digo a mis alumnos al comienzo de cada se­minario, quédese solamente con lo que a su corazón le pa­rezca correcto y verdadero.

 

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