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La energía del dinero
La energía ética
El poder del segundo chakra
Preguntas para autoexaminarse

"Anatomía del Espíritu"

Caroline Myss

 

 

La energía del dinero

Dentro de la psique de cada uno vive un elemento de la prostituta, esa parte de nosotros mismos que posiblemente podría ser dominada por la cantidad apropiada de dinero. La prostituta interior puede surgir en los tratos de negocios o en las relaciones personales, pero inevitablemente nos en­contraremos con ella.

El dinero, como la energía, es una sustancia neutra que coge su rumbo de la intención de la persona. Un aspecto más fascinante del dinero, sin embargo, es que podemos imbri­carlo en la psique humana a modo de sucedáneo de la fuer­za vital. Por lo general, cuando una persona equipara el dinero a la fuerza vital —sustitución que suele ser incons­ciente—, las consecuencias son negativas, porque cada cén­timo que gasta es también un gasto inconsciente de energía. La escasez de dinero se traduce, también inconscientemen­te, en escasez de energía en el cuerpo.

 

La percepción errónea del dinero como fuerza vital, combinada con una repentina pérdida de dinero, puede ac­tivar varios tipos de crisis de salud: cáncer de próstata, im­potencia, endometriosis, problemas ováricos, dolor en la parte baja de la espalda o ciática. El hecho de que tantos tras­tornos físicos generados por apuros económicos se mani­fiesten en los órganos sexuales es una expresión simbólica de la energía del falo, representada por la sefirá de Yesod: el di­nero se ha equiparado a la potencia sexual.

Hasta cierto punto, todos relacionamos en la psique el dinero con la fuerza vital. El desafío es conseguir, si pode­mos, una relación con el dinero en la que éste esté separado de nuestra fuerza vital, pero al mismo tiempo sea atraído ha­cia nuestra energía de forma fácil y natural. Cuanto más im­personal es nuestra relación con el dinero, más posibilidades tenemos de hacer que su energía entre en nuestra vida cuan­do la necesitamos.

No podemos negar que el dinero tiene influencia en el mundo simbólico o energético. Expresiones como «Las pa­labras no valen, lo que cuenta es el dinero», aluden a la cre­encia de que lo que la gente hace con el dinero dice más so­bre sus motivos que las intenciones expresadas verbalmente.

El dinero es el medio por el cual hacemos públicos nues­tros objetivos y creencias íntimos. La energía precede a la ac­ción, y la calidad de nuestras intenciones influye mucho en los resultados.

Las creencias sobre el dinero influyen también en las ac­titudes y prácticas espirituales. La creencia de que Dios ben­dice a quienes se esfuerzan por hacer el bien, recompensán­dolos económicamente, está muy arraigada, como lo está también la de que prestar ayuda económica a otros median­te obras de candad nos garantiza que estaremos protegidos contra la pobreza. Estas y otras muchas creencias del mismo género reflejan la idea más elevada de que Dios se comunica con nosotros mediante nuestras finanzas y, a la inversa, de que nosotros nos comunicamos con Dios mediante actos fi­nancieros.

Que estas actitudes estén basadas en la mitología o la ver­dad no hace al caso. Creemos en esas sentencias, y por ese solo hecho deberíamos comprender que hemos ligado el di­nero con la fe. La relación más sabia que podemos tener con el dinero es considerarlo una sustancia que la fe puede apor­tar a la vida.

Anteponer la fe al dinero lo baja de categoría, convir­tiéndolo de jefe en servidor, que es su puesto apropiado. La fe que trasciende al dinero libera a la persona para seguir su orientación intuitiva sin conceder una autoridad innecesaria a las preocupaciones económicas. Evidentemente, mientras formemos parte del mundo físico hemos de respetar su có­digo de honor respecto a las deudas y los pagos, y adoptar una relación sensata con el dinero, pero, aparte de eso, éste no merece más atención.

El solo hecho de comenzar a establecer esa fe es una se­ñal de madurez espiritual. Una persona espiritual mente ma­dura puede actuar según una orientación que a una persona motivada por el dinero le parecería tonta o arriesgada. En muchos mitos espirituales, el cielo se comunica con la per­sona que tiene fe y luego la dirige proveyéndola diariamen­te de «maná del cielo» para que pueda realizar la tarea asig­nada. Estos mitos tienen mucho del sentido simbólico de la sefirá de Yesod. Parte del maná recibido incluye energía eco­nómica. En ninguna parte de la literatura espiritual, que yo sepa, se cuenta el caso de alguien que haya lamentado seguir la orientación divina.

Andrew, de veintisiete años, vino a verme para que le hiciera una lectura porque tenía un sueño recurrente y necesi­taba ayuda para interpretarlo. En el sueño se trasladaba a Montana. Puesto que nunca había estado en Montana, allí no tenía ni trabajo, ni casa, ni amigos, ni contactos. Trató de desechar el sueño, como si fuera una escena de película que se hubiera alojado en su inconsciente. Pero poco a poco el sueño le fue produciendo la sensación de que su único mo­tivo para continuar en el trabajo que realizaba eran los be­neficios económicos. Me preguntó cómo interpretaba yo el sueño.«Yo consideraría seriamente la posibilidad de mar­charme a Montana», le contesté.

Él me dijo que jamás había estado en Montana y que no tema el menor deseo de ir allí. Le sugerí que hiciera un viaje a Montana sólo para ver cómo le sentaba el lugar. Me dijo que lo pensaría y que me mantendría informada.

Unos seis meses después recibí noticias suyas. Seguía te­niendo el mismo sueño, pero había aumentado la sensación sobre los beneficios económicos y ya lo hacía sentirse como una prostituta. Él se consideraba un hombre de honor, y cuando el sueño le insinuó que estaba comprometiendo su honor le resultó difícil soportarlo. Lo animé nuevamente a visitar Montana, aunque esta vez le dije que hiciera el viaje tan pronto como pudiese. Me dijo que lo pensaría seria­mente.

A la mañana siguiente me llamó para decirme que había dejado su trabajo. Ésa mañana, al entrar en la oficina, la sen­sación fue tan fuerte que no tuvo más remedio que actuar. Cuando anunció que se trasladaba a Montana, sus colegas creyeron que había conseguido un puesto estupendo allí. Él les dijo que no, que no sólo no tenía trabajo ni promesa de trabajo allí, sino que en realidad seguía un sueño.

Antes de que hubiera transcurrido un mes, Andrew se trasladó a Montana. Una vez allí, decidió alquilar una habi­tación en la casa de una pareja propietaria de un rancho. Ne­cesitaban ayuda en los quehaceres del rancho y lo contrata-ron. Una cosa condujo a otra, y a medida que pasaban los me­ses, Andrew cada vez trabajaba más con las manos que con la cabeza, una experiencia que era nueva para él. Cuando llegó la temporada de vacaciones navideñas, decidió quedarse con sus nuevos amigos en lugar de ir a su cuidad del este. Los ran­cheros tenían una hija que fue a visitarlos por Navidad. Al ve­rano siguiente, Andrew estaba casado con la hija, y durante los cinco años siguientes aprendió a administrar el producti­vo rancho, que finalmente heredarían él y su esposa.

Al seguir su sueño, Andrew se declaró un hombre libre, se diera cuenta o no. Sus actos fueron como una declaración ante el cielo de que para él era más importante enfrentarse a lo desconocido que comprometer su honor por la seguridad económica. A cambio recibió mucho más de lo que jamás ha­bía imaginado.

Dados los numerosos mensajes sexuales negativos que forman parte de nuestra cultura, no es fácil desarrollar una vida sexual sana, como ilustra el siguiente caso.

Allen, de veintiocho años, vino a verme para que le hi­ciera una lectura. Me dijo que las mujeres le daban mucho miedo y que necesitaba comprender por qué. Cuando le hi­ce la evaluación vi que era impotente, y recibí fuertes impre­siones de que él se consideraba un pervertido sexual; sin em­bargo, no tuve la impresión de que hubiera acosado o abusado de alguien. Su energía tampoco era la de alguien que ha sido acosado sexualmente de pequeño, por lo que las imágenes me parecieron muy confusas. Durante la conversación le expu­se mis impresiones y le pregunté por qué se consideraba un pervertido sexual. Me dijo que cuando era adolescente él y otros chicos participaron en lo que él llamó una «paja en círculo», es decir, un acto de masturbación en grupo. De pronto, la madre de uno de ellos entró y se puso a gritarles que eran unos pervertidos y que debería darles vergüenza ha­cer eso. La mujer llamó a las madres de todos para contarles el incidente y después al director de la escuela. Les dijo que no se podía confiar en esos chicos y que había que vigilarlos para que no se acercaran a las chicas ni a los niños pequeños. Las habladurías se extendieron por toda la ciudad y durante el resto de los años escolares todos ellos fueron rechazados socialmente. En cuanto se graduó del instituto, Allen se mar­chó lejos, pero por entonces ya se creía un pervertido sexual.

Reconoció que era impotente y me dijo que aún no ha­bía salido con ninguna chica. Yo le comenté que esa mastur­bación en grupo era algo muy común, tanto que los adoles­centes casi podían considerarlo un rito. «No me lo creo», replicó. Acordamos que buscaría ayuda terapéutica para tra­bajar ese problema y para comprender que esa experiencia no indicaba perversión sexual.

Alrededor de un año después recibí una carta de Andrew. En ella me contaba el progreso que había hecho en la tera­pia. Me decía que estaba empezando a sentirse «socialmen­te normal», lo que para él era una sensación nueva. Había co­menzado una relación con una mujer con quien se sentía muy a gusto, tanto que pudo contarle su experiencia trau­mática. La reacción de ella fue de compasión y comprensión, no de rechazo. Allen se sentía optimista, creía que muy pron­to sanaría totalmente.

Las energías del segundo chakra sacan sutilmente a la luz recuerdos de los que es necesario liberarse, provocando cons­tantemente el deseo de tomar medidas y actuar para ser más sanos física y espiritualmente.

 

La energía ética

El segundo chakra es el centro ético del cuerpo. Aunque las leyes están conectadas con el primer chakra, la ética y la moralidad personal residen en el segundo chakra. La ener­gía de la Sefirá de Yesod y el sacramento de la comunión nos influyen espiritualmente para tener un sólido código ético, induciéndonos a entablar relaciones uno-uno y avisándonos intuitivamente de los peligros de traicionar nuestro código de honor.

Los órganos del segundo chakra «registran» todos aque­llos actos interpersonales en los que «damos nuestra palabra», hacemos promesas,aceptamos promesas, y nos comprome­temos con otras personas. Un sólido código ético personal irradia un tipo de energía perceptible. Esta parte de nuestra biología también registra las promesas que nos hacemos a no­sotros mismos y todo tipo de decisiones para «remodelar» ciertos comportamientos.

El orden físico del que se encarga el segundo chakra ha­ce que nos sintamos seguros, y sus leyes, que notemos la exis­tencia de control en nuestro entorno. La ética y la moralidad del segundo chakra nos proporcionan un lenguaje median­te el cual podemos comunicar lo que aceptamos y lo que no aceptamos en las relaciones humanas. La ética tiene un enor­me poder vinculador: buscamos la compañía de aquellas per­sonas que comparten nuestro concepto del bien y el mal; cuando una persona se desvía de su carácter ético o moral, solemos descalificarla como compañera íntima. También ne­cesitamos que nuestro dios sea un dios ordenado, y siempre tratamos de penetrar el código divino del bien y el mal, la re­compensa y el castigo, intentando razonar por qué «les ocu­rren cosas malas a las personas buenas». Nos consuela creer que, si falla la justicia humana, la justicia divina se encarga­rá de que todos reciban su «merecido».

Dado que el segundo chakra alberga todos nuestros mie­dos individuales de supervivencia, hemos construido un sis­tema jurídico externo que respalda cierta apariencia de jue­go limpio, esencial para nuestro bienestar. Ejercer el poder jurídico, o incluso únicamente utilizar el vocabulario jurídi­co, ofrece una especie de válvula de escape a las presiones que se acumulan en el segundo chakra. El sistema jurídico, al me­nos en teoría, es un medio para determinar la culpa y castigar las violaciones; con frecuencia, el veredicto de inocencia se considera una cuestión de honor, y la indemnización económica que recibe la víctima representa la restitución de cier­ta dignidad personal. Esta dinámica es la versión social de la verdad sagrada Respetaos mutuamente.

La necesidad de juego limpio y de ley y orden la senti­mos en nuestra biología, donde observamos las leyes físicas de la salud, como el ejercicio, la buena nutrición, la regu­lación consciente del estrés y cierta medida de coherencia y orden. Estas leyes indican a nuestra biología que estamos físicamente a salvo y confiamos en nuestro entorno. La ines­tabilidad, por el contrario, mantiene constante y a toda mar­cha el flujo de adrenalina, y en continuo estado de alerta el mecanismo de «lucha o huida». El cuerpo no puede sopor­tar un período prolongado de estrés sin producir reacciones biológicas negativas. Las úlceras y las migrañas son dos de los indicadores más comunes de que el caos en la vida de una persona se ha hecho insoportable.

Paul, de cuarenta y dos años, es un abogado que acudió a mí para que le hiciera una lectura, según dijo, debido a que el estrés relacionado con su trabajo lo estaba matando. Cuan­do le estaba haciendo la evaluación, recibí la impresión de que una energía tóxica estaba tratando de entrar en su se­gundo chakra, como si algo o alguien intentara dominarlo. Entonces vi que sufría de dolores crónicos, desde migrañas hasta dolores de espalda, cuello y hombros.

Cuando le comuniqué mis impresiones, él las confirmó, diciendo que desde hacía diez años sufría dolores más o me­nos intensos. Había recurrido a la terapia, pero no le sirvió de nada. Tomaba analgésicos como si fueran caramelos, lo cual explicaba mi impresión de que algo trataba de domi­narlo: le aterraba la idea de convertirse en adicto a esos anal­gésicos. El origen de su dolor, le expliqué, era su implacable deseo de que todo resultara según sus planes. Su obsesión por dominar era tal que tenía que ganar en todo lo que hacia, ya se tratara de asuntos legales, deportes, juegos de cartas o Incluso llegar primero a alguna parte. Le impulsaba la necesidad de dominar, y al estar tomando pastillas analgési­cas lo atormentaba la posibilidad de ser dominado por algo. Pura él, eso significaba perder su sentido del honor. Paul Cre­ta que si algo o alguien lo dominaba, su integridad se vería comprometida; ése era su código de honor personal.

Le sugerí que, puesto que era abogado, debería estable­cer un contrato consigo mismo en virtud del cual se com­prometiera a reordenar su vida paso a paso. Podía lograr que su naturaleza dominante, pero honorable, trabajara con él cambiando poco a poco su necesidad de controlar los resul­tados. Lo más probable era que la energía generada por ca­da éxito que obtuviera le aliviaría el dolor. Le encantó la idea, sin duda porque él controlaría el contenido del contrato. Me dijo que haría el acuerdo inmediatamente y me enviaría una copia por fax. Y eso hizo, al día siguiente.

Pasados tres meses, me envió una nota en la que me con­taba que había progresado en su curación desde que estaba "bajo contrato» para mejorar. Con el fin de vencer su nece­sidad de ganar, se había prohibido hacer apuestas. Sólo per­mitía que continuara su pasión por ganar en los asuntos ju­rídicos, donde fuera apropiado. Jamás se había dado cuenta, me dijo, de que todas las personas que lo conocían interpre­taban su necesidad de ganar como «una naturaleza odiosa­mente competitiva». Le estaban desapareciendo los dolores; las migrañas eran menos frecuentes y su espalda había me­jorado tanto que ya podía hacer ejercicio.

La historia de Paúl expresa el sentido simbólico de co­mulgar con uno mismo; es decir, hacer un trato con uno mis­mo para adquirir salud y equilibrio. Mientras una parte disfuncional de la naturaleza de la persona influya negativa­mente en el resto del organismo, la energía se irá agotando, dividida en contra de sí misma. Paúl fue capaz de hacer un fructífero contrato consigo mismo y sanar.

Puesto que los seres humanos por naturaleza somos una especie que busca la ley y el orden, caemos fácilmente bajo el yugo de personas que proyectan autoridad y desean do­minar. Nuestro instinto de confiar en las personas con quie­nes vivimos y trabajamos es una prolongación de la energía del Respetaos mutuamente; es antinatural creer que hay que estar mirando por encima del hombro mientras tratamos de crear algo en unión con otros. Sin embargo, muchas perso­nas hacen mal uso del poder, lo utilizan para dominar en lu­gar de para apoyar a los demás.

Dentro de las relaciones personales es normal crear un conjunto de normas o leyes que ambas partes están de acuer­do en seguir: nada de aventuras extra conyugales, nada de jue­go, ninguna compra importante sin mutuo acuerdo, etc. Sin embargo, es energéticamente destructivo establecer normas con el fin de controlar el crecimiento emocional, mental, psí­quico o espiritual de otra persona. En general, si una pareja no puede ampliar sus normas y fronteras para dar cabida al crecimiento personal, la relación se desintegra. Los padres a veces violan espiritual y emocionalmente a sus hijos con el fin de establecer su autoridad paternal.

La venganza personal es otro mal uso de la energía del segundo chakra. El segundo chakra es nuestro centro de de­fensa propia y de armamento, concebido para ser utilizado alrededor del segundo chakra. Aunque actualmente los dia­rios están llenos de noticias sobre personas que emplean ar­mas para hacer justicia, con mucha frecuencia el acto de «to­marse la justicia por su mano» tiene su origen en leyes de honor personal, psíquico y emocional, como el deseo de «desquitarnos» cuando alguien nos ha agraviado de algu­na manera. La energía de la venganza es uno de los venenos emocionales más tóxicos para nuestro sistema biológico, y es causa de disfunciones que van desde la impotencia hasta cánceres en la zona genital.

 

El poder personal del segundo chakra

SÍ bien la creatividad, la sexualidad, la moralidad y el dine­ro son formas de la energía de poder del segundo chakra, es también necesario hablar del deseo de poder personal. El po­der es una manifestación de la fuerza vital. Necesitamos poder para vivir, prosperar, funcionar. La enfermedad, por ejemplo, es la compañera natural de las personas impotentes. Todo lo que atañe a la vida está, de hecho, ligado a nuestra relación con esta energía llamada poder.

Sentimos una sensación de poder a la altura del primer chakra, cuando estamos con un grupo de personas a las que, en cierto modo, nos hallamos unidos como por una corriente eléctrica. Un ejemplo de este tipo de poder es el entusiasmo de los hinchas deportivos o los que participan en una cam­paña política; el entusiasmo une a las personas que respaldan al mismo equipo o la misma causa. El tipo de poder del se­gundo chakra, sin embargo, expresa esta energía en formas físicas, como el materialismo, la autoridad, el dominio, la propiedad, el atractivo sexual, la sensualidad, el erotismo y la adicción. Todas las formas físicamente seductoras que pue­de adoptar el poder están energéticamente conectadas con el segundo chakra. Y a diferencia del poder del primer chakra, cuya naturaleza es grupa!, el segundo tiene una naturaleza uno-uno. Cada uno de nosotros, como persona individual, necesita explorar su relación con el poder físico. Necesita­mos saber cómo y cuándo estamos dominados por un poder externo y, si es así, a qué tipo de poder somos más vulne­rables.

El poder es la fuerza vital, y nacemos conociéndolo. Des­de que somos pequeños nos ponemos a prueba y ponemos a prueba nuestra capacidad para saber qué y quién tiene po­der, para aprender a adquirir poder y a utilizarlo. Mediante estos ejercicios infantiles descubrimos si tenemos lo que ha­ce falta para adquirir poder. Si lo tenemos, comenzamos a soñar con lo que nos gustaría realizar de mayores. Pero si de­cidimos que somos incapaces de atraernos la fuerza vital, co­menzamos a vivir en una especie de «deuda de poder». Nos imaginamos sobreviviendo solamente gracias a la energía de otras personas, no a la nuestra.

En las personas que confían en su capacidad para adqui­rir poder, los sueños normales suelen convertirse en fanta­sías de poder. En el peor de los casos, podrían llenar su men­te de ilusiones de grandeza. Entonces, la mente racional se eclipsa debido a un deseo de poder que sobrepasa los pará­metros del comportamiento aceptable para incorporar todos y cada uno de los medios que lleven a ese fin. El apetito de poder puede convertirse en una adicción que desafía la voluntad de Dios. El ansia de poder por el poder es tema de numerosos escritos y mitos de egos humanos que, en última instancia, son humillados por el designio divino.

El desafío para todos no es convertirnos en «célibes de poder», sino conseguir la suficiente fuerza interior para re­lacionarnos cómodamente con el poder físico sin vender el espíritu. Eso es lo que significa «estar en el mundo pero no ser del mundo». Nos fascinan las personas que son inmunes a las seducciones del mundo físico; se convierten en nuestros héroes espirituales.

Gandhi tenía una relación limpia con el poder. Su deseo de mejorar la vida del pueblo de la India tenía más motiva­ciones transpersonales que personales. En su vida personal, ciertamente sufrió grandes tormentos por el poder, concreta­mente en el aspecto sexual. Pero sus sufrimientos personales sólo dieron más credibilidad a sus consecuciones globales: re­conoció sus imperfecciones e intentó conscientemente sepa­rar su debilidad de su trabajo social, a la vez que trataba de utilizar ese poder para evolucionar espiritualmente.

El personaje cinematográfico Forrest Gump conquistó el corazón de millones de personas principalmente debido a su comportamiento ético hacia el poder del mundo físico.

Lo curioso es que Gump no aparecía como una persona es­piritual, y no rechazaba ni la actividad sexual, ni el poder, ni el dinero. Más bien conseguía todos esos objetivos gracias a su inocencia y su impermeabilidad a la contaminación del negocio de vivir. Jamás vendió su espíritu, por mucho mie­do o soledad que sintiera.

Durante los seminarios, cuando pido a los participantes que definan su relación con el poder suele cambiar drástica­mente la atmósfera de la sala. La tensión que se crea me ha­ce desear profundizar más en este asunto. Muchas personas cambian de postura en el asiento para cubrir su segundo chakra. Se cruzan de piernas, por ejemplo, o se inclinan apo­yando los codos sobre los muslos y sosteniéndose la cara con las manos. Me miran como diciendo: « ¡Caramba! Esa pre­gunta es muy interesante, pero no te acerques mucho.»

Cuando ofrecen respuestas, invariablemente empiezan definiendo el poder como la capacidad de conservar el do­minio sobre el propio entorno, o como el vehículo para lo­grar que se hagan las cosas. Después pasan a decir que es la fuerza interior necesaria para dominarse uno mismo. El ras­go más sorprendente de todas las respuestas combinadas es que la mayoría define el poder como tener un objeto, ya sea ese objeto algo del mundo externo o del yo. Si bien el poder interior se reconoce como el ideal, en la práctica es menos popular que el poder externo, en primer lugar porque el po­der externo es mucho más práctico, y en segundo, porque en cierto modo el poder interno nos exige renunciar a nuestra relación con el mundo físico.

En esta fase de nuestra evolución, tanto en el plano cul­tural como individual, podemos reconocer que el poder ex­terno o físico es necesario para la salud. La salud es conse­cuencia directa de los principios espirituales y terapéuticos que asimilamos en la vida cotidiana. La espiritualidad y la psicoterapia contemporáneas subrayan que el poder perso­nal es fundamental para el éxito material y el equilibrio espiritual. Interviene directamente en la creación de nuestro mundo y salud personales.

David Chetlahe Paladin (su verdadero nombre) me con­tó su vida en 1985; murió en 1986. Su vida es un testimonio de la capacidad humana para lograr una clase de poder inte­rior que desafía las limitaciones de la materia física. Cuando lo conocí irradiaba una especie de fuerza y poder excepcio­nales, y yo sabía cómo había conseguido lo que tantas perso­nas desean conseguir. David fue uno de mis mejores maes­tros, una persona que dominaba la verdad sagrada Respetaos mutuamente, y transmitía totalmente a los demás la energía de la sefirá de Yesod y el sacramento de la comunión.

David era un indio navajo que se crió en una reserva du­rante los años veinte y treinta. A los once años ya era alco­hólico. En su adolescencia se marchó de la reserva, vagó du­rante unos meses y finalmente encontró trabajo en un barco de la marina mercante. Sólo tenía quince años, pero se hizo pasar por un chico de dieciséis.

A bordo del barco se hizo amigo de un joven alemán y de otro indio estadounidense. Juntos viajaron a los puertos de escala de todo el océano Pacífico. David se dedicaba a di­bujar, como pasatiempo. Uno de los temas que dibujaba eran los búnker que estaban construyendo los japoneses en las diversas islas de los Mares del Sur. Era el año 1941.

Sus dibujos de búnker cayeron finalmente en manos de los militares estadounidenses. Cuando fue llamado a filas, su­puso que continuaría su trabajo de dibujante, pero So envia­ron a participar en una operación secreta contra los nazis. El ejército había reclutado a indios navajos y de otras tribus pa­ra formar una red de espionaje. Los agentes se situaban detrás de las líneas enemigas y transmitían información a la base prin­cipal de operaciones en Europa. Dado que todas las transmi­siones por radio podían ser interceptadas, se utilizaban idio­mas indios para evitar que el mensaje fuese interpretado.

En una ocasión en que David estaba detrás de la línea enemiga, fue sorprendido por soldados nazis. Los nazis lo torturaron de muchas formas, entre otras, clavándole los pies al suelo y obligándolo a permanecer de pie durante varios dí­as. Después de sobrevivir a ese horror, fue enviado a un cam­po de exterminio porque era «de raza inferior». Cuando lo estaban empujando para que subiera a un vagón de tren, no­tó que le metían un rifle entre las costillas para que se diera prisa. Se volvió para mirar al soldado nazi: era el joven ale­mán que había sido su compañero a bordo del barco mer­cante.

Su amigo alemán consiguió que lo trasladaran a un cam­po de prisioneros de guerra, donde pasó los años restantes. Tras la Liberación, los soldados estadounidenses lo encon­traron inconsciente y moribundo. Transportado a Estados Unidos, David pasó dos años y medio en coma en un hospi­tal militar de Battlc Creek (Michigan). Cuando finalmente salió del coma, tenía el cuerpo tan debilitado por sus expe­riencias en el campo de prisioneros que no podía caminar. Le pusieron unas pesadas tablillas de refuerzo en las piernas, y con muletas lograba recorrer distancias cortas.

David decidió volver a su reserva, para dar el último adiós a su gente, antes de ingresar en un hospital para vete­ranos de guerra donde pasaría el resto de su vida. Cuando llegó a la reserva, sus familiares y amigos se quedaron ho­rrorizados al ver el estado en que se encontraba. Se reunie­ron en consejo para decidir cómo podían ayudarlo. Después del consejo, los ancianos se acercaron a él, le quitaron las ta­blillas de las piernas, le ataron una cuerda a la cintura y lo arrojaron al agua. «David, llama a tu espíritu —-le ordena­ron—. Tu espíritu ya no está en tu cuerpo. Si no lo llamas pa­ra que vuelva, te soltaremos. Nadie puede vivir sin su espí­ritu. Tu espíritu es tu poder.»

Según me contó David, «llamar a su espíritu» fue la ta­rea más difícil de su vida. «Fue más difícil que soportar que me clavaran los pies al suelo. Vi las caras de aquellos nazis.

Reviví todos los meses pasados en el campo de prisioneros. Sabía que tenía que desprenderme de mi rabia y mi odio. Apenas podía evitar ahogarme, pero oré para dejar salir la rabia de mi cuerpo. Eso fue lo único que pedí, y mi oración fue escuchada.

David recuperó el uso total de sus piernas y continuó con su vida. Se convirtió en chamán, pastor cristiano y sanador. También volvió a dibujar y conquistó la fama.

David Chetlahe Paladín irradiaba un tipo de poder que parecía ser la gracia misma. Tras sobrevivir a una confronta­ción con el lado más oscuro del poder, trascendió esa oscu­ridad y pasó el resto de su vida sanando y estimulando a las personas a «llamar a su espíritu» para que vuelva de las ex­periencias que extraen de su cuerpo la fuerza vital.

El tema central de la unión de las energías dualistas de nuestras relaciones es aprender a Respetarnos mutuamente. Utilizando la energía del segundo chakra, la fuerza creado­ra de la sefirá de Yesod y la visión simbólica del sacramento de la comunión, podemos aprender a querer y valorar las uniones sagradas que formamos entre nosotros durante to­dos los días de la vida.

Gran parte de la forma en que reaccionamos ante los de­safíos externos está determinada por la forma en que reaccio­namos ante nosotros mismos. Además de todas las relaciones que mantenemos con personas, también debemos entablar una relación sana y amorosa con nosotros mismos, tarea que pertenece a la energía del tercer chakra.

Preguntas para auto examinarse

1. ¿Cómo define la creatividad? ¿Se considera una perso­na creativa? ¿Lleva hasta el fin sus ideas creativas?

2.  ¿Con qué frecuencia dirige sus energías creativas por ca­minos negativos de expresión? ¿Exagera o adorna la «re­alidad» para apoyar sus puntos de vista?

3.  ¿Se siente a gusto con su sexualidad? Si no es así, ¿es ca­paz de trabajar para sanar su desequilibro sexual? ¿Uti­liza a personas para su placer sexual, o se ha sentido uti­lizado? ¿Es lo suficientemente fuerte para respetar sus fronteras sexuales?

4.  ¿Cumple su palabra? ¿Cuál es su código de honor per­sonal? ¿Y el ético? ¿Negocia o vende sus valores éticos según las circunstancias?

5.  ¿Tiene la impresión de que Dios es una fuerza que ejer­ce justicia en su vida?

 

 
6.  ¿Es una persona dominante o controladora? ¿Se enzar­za en juegos de poder en sus relaciones? ¿Es capaz de verse claramente en circunstancias relacionadas con el poder y el dinero?

7.  ¿Tiene autoridad sobre usted el dinero? ¿Adquiere com­promisos que violen su yo interior para conseguir segu­ridad económica?

8.  ¿Con qué frecuencia elige motivado por los miedos de supervivencia?

9.  ¿Es lo suficientemente fuerte para dominar los miedos concernientes a lo económico y la supervivencia física, o éstos lo dominan a usted y sus actitudes?

10. ¿Qué objetivos personales aún no se ha dedicado a con­seguir? ¿Qué le impide actuar para conseguirlos?

 

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