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Autoestima e involución
Las cuatro fases del poder personal
Primera fase: Revolución
Segunda fase: Involución

"Anatomía del Espíritu"

Caroline Myss

 

 

Autoestima e intuición

Cuando comencé a dar seminarios sobre la orientación intuitiva, mandaba hacer ejercicios interiores y prácticas de meditación a los participantes. Pero la mayoría de las perso­nas que hacían meditación después decía que no tenía nin­gún éxito en el desarrollo de su intuición. Durante un semi­nario me di cuenta de que en realidad el problema no estaba en entrar en contacto con la intuición; en su gran mayoría, los participantes ya estaban en contacto con su intuición, pe­ro tenían un concepto totalmente errado de la naturaleza de ésta.

Todos confundían intuición con capacidad profética. Creían que la intuición es la capacidad de vaticinar el futu­ro. Pero la intuición no es ni la capacidad de profetizar ni un medio para evitar una pérdida financiera o relaciones dolo-rosas. En realidad, es la capacidad de utilizar la información energética para tomar decisiones en el momento. La infor­mación energética la forman los componentes emocionales, psíquicos y espirituales de determinada situación. Son los in­gredientes del «aquí y ahora» de la vida, no información no física proveniente de algún lugar del «futuro».

 

 

En su mayor parte, la información accesible a la intui­ción da a conocer su presencia haciéndonos sentir incómodos, deprimidos, angustiados y nerviosos, o, en el otro extremo, distanciados e indiferentes, como si de pronto estuviéramos separados de todos nuestros sentimientos. En los sueños de naturaleza intuitiva recibimos símbolos de cambio o de caos. Estos sueños suelen presentarse con más intensidad durante las crisis emocionales. Las sensaciones energéticas o intuitivas indican que hemos llegado a una encrucijada de la vida y que tenemos la oportunidad de influir, al menos hasta cierto grado, en la fase siguiente, mediante la decisión que toma­mos en ese momento.

La intuición e independencia del tercer chakra, unidas, nos dan la capacidad para arriesgarnos, para seguir y actuar según las corazonadas o sentimientos viscerales. Evan, de veintiocho años, acudió a mí porque sufría de una grave úl­cera de colon. Cuando le hice la evaluación, recibí repetida­mente la impresión de un caballo que es conducido a la puer­ta de salida pero nunca participa en la carrera. El tercer chakra de Evan era como un agujero abierto por el cual sa­lía energía. Daba la impresión de que no le quedaba nada de energía para sostenerse solo. De hecho, parecía haber huido de todas las oportunidades que le había ofrecido la vida por­que tenía miedo de fracasar. No quería correr ni un solo ries­go que pudiera confirmar alguna intuición.

Según sus propias palabras, su vida había sido una serie de inicios falsos. Se le habían ocurrido todo tipo de negocios, pero nunca se había decidido a llevarlos adelante. Vivía ana­lizando el mercado bursátil, en busca de una fórmula que re­velara la pauta de alzas y bajas de los precios de las acciones. Obsesionado con esos informes, había acumulado datos es­tadísticos. En realidad, se le daba bastante bien identificar las acciones que estaban a punto de aumentar de valor. Le pre­gunté por qué no se lanzaba e invertía en algunas de esas ac­ciones. «La fórmula todavía no es perfecta —me dijo—. Tie­ne que ser perfecta.» Sin embargo, se sentía muy amargado consigo mismo, porque sabía que habría ganado muchísimo dinero si hubiera seguido algunas de sus corazonadas. En realidad se habría hecho bastante rico. Le comenté que si lo hacía tan bien sobre el papel era muy probable que acertara en una inversión real. Me contestó que el mercado bursátil es muy voluble, y que nunca podía estar seguro de que sus corazonadas resultarían correctas.

La úlcera de colon le estaba desgarrando el cuerpo debi­do a su incapacidad para actuar según sus corazonadas. No lograba decidirse a invertir ni siquiera un poco de dinero en una acción. Su miedo a arriesgarse le estaba destruyendo li­teralmente el cuerpo, pero seguía obsesionado con un nego­cio que no es otra cosa que riesgo. Decirle que empleara al­guna técnica de relajación habría sido tan inútil como decirle a un adolescente que llegue a casa a la hora. Lo que necesita­ba era dejar a un lado su mente de ordenador y guiarse por sus instintos viscerales. Pero no se fiaba de ellos porque no le ofrecían «pruebas» de los resultados, sólo le sugerían po­sibilidades.

Los participantes en mi seminario también estaban en contacto con su intuición, pero suponían que intuición sig­nifica dirección clara, no sólo orientación intuitiva. Esperaban que una buena intuición les diera el poder para reordenar su vida en armonía y felicidad completas. Pero orientación in­tuitiva no significa seguir una voz hacia la Tierra Prometida. Significa tener autoestima para reconocer que el desagrado o confusión que uno siente en realidad lo guía para tomar el mando de su vida y hacer las elecciones que lo saquen de su estancamiento o desgracia.

Si una persona tiene poca autoestima, no puede actuar según sus impulsos intuitivos porque su miedo al fracaso es demasiado intenso. La intuición, como todas las disciplinas meditativas, puede ser enormemente eficaz, pero sólo si uno tiene la valentía y el poder personal para llevar a cabo la orientación que le da. La orientación requiere acción, pero no garantiza seguridad. Mientras que nosotros medimos el éxito por el rasero del agrado y la seguridad, el universo lo mide por la cantidad que hemos aprendido. Mientras utili­cemos el agrado y la seguridad como criterio para medir el éxito, tendremos miedo de nuestra orientación intuitiva, porque por su propia naturaleza ésta nos guía hacia nuevos ciclos de aprendizaje que a veces son desagradables.

En uno de mis seminarios, una mujer llamada Sandy co­mentó con orgullo que había vivido seis años en un ashram en la India, perfeccionando su práctica de la meditación. Ca­da mañana y cada noche realizaba una hora de meditación y era capaz de recibir una orientación espiritual muy clara. Du­rante un momento en que estábamos solas me preguntó si yo había recibido alguna impresión de ella, acerca de dónde debería vivir y sobre corno debería ganarse la vida. Le pre­gunté por qué no recibía esa información en sus medita­ciones, y añadí que la orientación ocupacional no era mi es­pecialidad. Me contestó que su orientación sólo era para asuntos espirituales. Yo objeté que su ocupación era parte de su vida y, por lo tanto, formaba parte de su espiritualidad. Me dijo que, simplemente, no podía obtener ese tipo de in­formación.

—¿Cuál es la peor intuición posible que podrías recibir en tu meditación sobre dónde vivir y en qué trabajar? —le pregunté.
—Eso es fácil —contestó al instante—, volver a la ense­ñanza en el centro de Detroit. En realidad he tenido pesadi­llas con eso.
—En tu lugar, yo consideraría la posibilidad de hacerlo. A mí eso me parece orientación.

Al año siguiente recibí una carta de ella en la que me con­taba que después del seminario se había sentido acosada por deseos de volver a la enseñanza. Los combatió enérgicamente y acabó con migrañas y trastornos del sueño. Mientras tan­to se ganaba la vida trabajando de dependienta en una libre­ría, y su salario no era muy bueno. Así las cosas, recibió una oferta para hacer sustituciones en el distrito escolar donde había trabajado antes y lo aceptó. Al segundo mes de estar allí introdujo una clase optativa de meditación para alumnos de segunda enseñanza, que se reunían dos veces a la semana después del horario escolar. La clase tuvo tanto éxito que al año siguiente la incluyeron en el programa, y Sandy, encantada, firmó un contrato para darla. Poco después le desapa­recieron las migrañas y los trastornos del sueño.

Para sanar es necesario creer en uno mismo. Antes de comprender la importancia de la propia estima para desa­rrollar las habilidades intuitivas, yo habría afirmado que la fe es el factor más importante en la curación. Ahora equipa­ro la fe con la estima propia y el poder personal, porque la falta de autoestima refleja falta de fe en sí mismo y en los po­deres del mundo invisible. Sin duda la fe es fundamental pa­ra manejar los problemas de la existencia cotidiana.

Un ejemplo es el de una mujer llamada Janice, que ron­daba los treinta años. Me llamó porque deseaba aprender a manejar su salud. Tenía un buen número de trastornos, pe­ro no me preguntó por qué tenía que hacerles frente; lo úni­co que le interesaba era comenzar a sanar.

Cuando era adolescente le hicieron una intervención quirúrgica debido a una obstrucción en el colon. Cuando la conocí estaba casada, tenía, un lujo y se encontraba en el hos­pital para que le hicieran su séptima operación abdominal. Le habían quitado la mayor parte del tracto intestinal y ten­dría una colostomía para el resto de su vida. Ya no podía comer alimentos sólidos; tenía que alimentarse a base de lí­quidos a través de un catéter que le habían insertado quirúr­gicamente en la parte superior del pecho. Eso también sería permanente. Tenía que conectar el dispositivo justo antes de dormirse; durante la noche, la alimentación líquida entraba gota a gota en su cuerpo. Dado que este tipo de nutrición lí­quida acababa de inventarse, el seguro médico no la cubría. Los viajes, aunque sólo fueran de un fin de semana, signifi­caban un tremendo engorro, ya que tenía que llevar mucho equipo médico. Además de todos sus problemas físicos, y a consecuencia de éstos, ella y su marido estaban acumulando una deuda insuperable.

Cuando iba de camino al hospital para ver a Janice me imaginé que estaría abrumadísima por sus circunstancias y aterrada ante el futuro. Pero, ante mi sorpresa, irradiaba una actitud positiva y energía. Deseaba aprender técnicas de energía, como la meditación o la visualización, para mejorar su salud. Durante nuestra conversación me comentó: «He de reconocer que cuando me estaban colocando el catéter sentí lástima de mí misma, por no decir que me sentí culpa­ble. Pensé que era una carga económica para mi marido y una esposa muy poco conveniente. Después salí a caminar por los corredores del hospital y vi a personas que padecían otras enfermedades. Decidí que mi situación no era tan mala des­pués de todo, y me dije que podía manejarla»

Después de su última operación, volvió a la universidad para terminar la carrera de enfermería. Justo cuando estaba reorganizando su vida, su marido le pidió el divorcio. Me te­lefoneó y quedamos en encontrarnos.

Durante nuestra conversación me dijo: «No me sor­prende en absoluto que Howard desee el divorcio. Me ha da­do todo el apoyo que ha podido durante los últimos doce años, pero para él esto no ha tenido mucho de matrimonio. No puedo permitirme sentirme amargada; tengo un hijo que me necesita y estoy profundamente convencida de que la negatividad sólo aumentará mis problemas físicos. Pero estoy asustada, ¿qué puedo hacer ahora? ¿Existe una visualización que haga aparecer repentinamente el valor en las entrañas ?»

Decidimos que lo prioritario para ella en esos momen­tos era superar el divorcio, y que debería tener todo el apo­yo posible durante los meses siguientes. Cuando estaba en las últimas fases del divorcio encontró trabajo en un hospi­tal de la localidad. Se mudó a un apartamento con su hijo de diez años y se esforzó muchísimo en entablar nuevas amis­tades. Dio prioridad a su vida espiritual; todas las mañanas, ella y su hijo hacían visualizaciones en las que aparecían fe­lices, sanos y completos, acto que activaba las energías rela­cionadas con el tercer chakra: resistencia, vitalidad y respe­to hacia uno mismo. Estaba decidida a «sostenerse sola»durante su penosa experiencia, y lo consiguió. Su enferme­dad permaneció estable durante todo ese período de transi­ción, y al año de divorciarse conoció a un hombre maravi­lloso y volvió a casarse. Su historia ilustra bien la capacidad del espíritu humano para trascender las limitaciones físicas y los problemas personales reaccionando con valentía ante ellos. Janice tuvo sus días malos, lógicamente, pero compren­dió que la autocompasión le hacía más daño que su enfermedad física. Su actitud y la práctica espiritual diaria mantuvo su cuer­po y su espíritu en equilibrio, simbolizando el sostén energé­tico de las sefirot de Nétzaj y Hod y el sacramento de la con­firmación.

El sentido simbólico del sacramento de la confirmación es que adquirimos «vida» por dentro autorizándonos, dán­donos poder interiormente. La autoestima y el poder perso­nal consciente a veces se desarrollan en un momento me­morable de la vida que significa una iniciación a la edad adulta espiritual. Tai vez en un repentino destello de com­prensión, la persona ve la manera de realizar una tarea que antes le parecía abrumadora. Tal vez se ve a sí misma pode­rosa y comprende que es capaz de lograr objetivos de todo tipo, desde una buena forma física hasta éxito económico.

Desarrollar confianza en la propia capacidad de lograr objetivos es una de las maneras en que el poder personal se convierte en agente de! cambio personal. Al mismo tiempo puede producirse un cambio similar en la vida espiritual o simbólica de la persona. La adquisición de poder interior cambia el centro de gravedad, pasando de lo externo a lo in­terno, lo que es señal de un pasaje o paso espiritual.

En muchas culturas se practica un rito de pasaje para la gente joven, rito que representa la entrada del espíritu en la edad adulta, por ejemplo, el barmitzva y ei has mitzva (ce­remonias religiosas mediante las cuales los chicos y las chicas entran a formar parte de la comunidad adulta) en la cul­tura judía, y la confirmación en la cristiana. En muchas tra­diciones nativas de Estados Unidos, al menos históricamen­te, a los jóvenes se los enviaba lejos de la tribu durante un tiempo, a vivir solos en el desierto, para ser iniciados como guerreros. Estas ceremonias señalan el fin de la dependencia de la persona joven de la energía protectora del poder de la tribu, y su aceptación personal de la responsabilidad de su vida física y espiritual. El rito también señala el reconoci­miento de esa aceptación por parte de la tribu. Una vez «ini­ciada», la persona joven está sujeta a las expectativas más ma­duras de sus amigos y familiares.

El sentido del yo más poderoso o capacitado también puede desarrollarse en fases a lo largo de la vida, en una se­rie de mini-iniciaciones. Cada vez que avanzamos en autoes­tima, aunque sea un poquito, tenemos que cambiar algo en nuestra dinámica externa. Generalmente detestamos el cam­bio, pero una iniciación representa la necesidad de cambiar. Es posible que la persona acabe una relación porque se ha hecho más poderosa y necesita una pareja más fuerte. O tal vez deje un trabajo porque necesita salir de situaciones se­guras y familiares y poner a prueba el alcance de su creativi­dad. Si se producen demasiados cambios a un ritmo excesi­vamente rápido, puede resultar abrumador, de modo que intentamos administrar la capacitación aceptando los desa­fíos o problemas de uno en uno. Al hacerlo así, los cambios que experimentamos forman una pauta en nuestro viaje ha­cia el poder personal.

 

Las cuatro fases del poder personal

La propia estima, o autoestima, se convirtió en una ex­presión popular a comienzos de los años sesenta, década de revolución que redefinió nuestra visión de la persona capacitada, autorizada. Entonces se aceptó que la propia estima es esencial para la salud de hombres y mujeres, y se redefinió la salud, incorporando la salud psíquica y la espiritual a la salud física.

Cada una de las tres décadas siguientes afinó todavía más esta nueva definición de autoestima. Las tendencias sociales de los períodos comprendidos entre los años sesenta y los noventa reflejan simbólicamente las fases de desarrollo de la auto capacitación que experimentamos cada uno como indi­viduos. Después de la década de revolución de los años se­senta vino la década de los setenta, que fue de involución. La energía en bruto liberada durante los años sesenta, que de­rribó barreras externas, condujo a la tarea de los años seten­ta de derribar barreras internas. En esta década, la «psicote­rapia» se convirtió en una palabra corriente.

Los años setenta fusionaron dos nuevas fuerzas psicoló­gicas. En primer lugar, el potente término «yo» o «ego» se li­beró de su prisión puritana, en la que el único sufijo permi­tido era «ismo» o «ista». Durante siglos, la palabra «egoís­mo» había impedido a la gran mayoría de las personas actuar en pos de cualquier forma de desarrollo personal. Los años setenta hicieron aceptable y de uso común el prefijo «auto» (auto motivado, autocuración, autoconciencia). Este simple cambio equivalió a darnos a cada uno nuestra propia llave del «jardín secreto», en el cual, con un poco de ayuda, des­cubriríamos que realmente podemos caminar solos.

No es de extrañar que esta fascinación por el yo se lleva­ra al extremo. Para probar hasta dónde podía llevarnos el po­der de nuestros nuevos «yoes», el tema de los años ochenta fue el consentimiento del yo: el narcisismo. La atmósfera narcisista de los ochenta nos hizo sentir como si de pronto fué­ramos libres para satisfacer todos nuestros deseos físicos. Y, efectivamente, nos consentimos hasta extremos insospecha­dos. ¿Con qué rapidez podemos hacernos ricos? ¿Con qué rapidez podemos transmitir información? ¿Con qué rapidez podemos convertir nuestro mundo en un tecnoplaneta? ¿Con qué rapidez podemos adelgazar? ¿Con qué rapidez podemos sanar? Incluso el objetivo de hacernos conscientes, anterior­mente una tarea sagrada que requería toda una vida consa­grada al trabajo, se convirtió en algo que parecía que se po­día alcanzar en una semana, si se pagaba el dinero suficiente.

Ese autoconsentimiento llega a un punto de saturación, y cuando entramos en los años noventa el péndulo ya ha os­cilado del mundo exterior al interior, dirigiendo todas esas modalidades de energía hacia la evolución personal, hacia la formación de un yo lo bastante poderoso para «estar en el mundo sin ser del mundo», un yo que sepa disfrutar de la magnificencia de] mundo físico sin permitir que sus muchas ilusiones le agoten el alma.

Revolución, involución, narcisismo y evolución; éstas son las cuatro fases a través de las cuales avanzamos hacia el logro de la propia estima y la madurez espiritual. Una per­sona espiritualmente adulta hace participar con discreción sus cualidades espirituales interiores en sus decisiones coti­dianas. Los pensamientos y actividades «espirituales» son inseparables de los otros aspectos de la vida: todos se con­vierten en uno.

Una persona puede pasar años en cada fase o sólo unos cuantos meses, pero, al margen de lo que dure cada fase, ine­vitablemente tendrá que esforzarse en resolver los desa­fíos particulares de su carácter, ética, moralidad y respeto propio.

Hemos de trabajar para descubrirnos, comprender por qué guardamos secretos, tenemos adicciones o culpamos a los demás de nuestros errores. Hemos de esforzarnos en comprender por qué nos resulta difícil recibir o hacer un elo­gio, o sí sentimos vergüenza interior. Necesitamos poder enorgullecemos de nuestro carácter y nuestros logros sin sentirnos mal por ello. Necesitamos conocerlos parámetros de nuestro carácter, cuánto vamos a ceder o transigir y dónde debemos fijar el limite, e incluso si fijamos un límite. La creación de una identidad propia se apoya en el autodescubrimiento, no en la herencia biológica y étnica. Esta prime­ra fase del descubrimiento propio es la revolución.

 

Primera fase: Revolución

El desarrollo de la autoestima requiere un acto de revo­lución, o de varias mini revoluciones, mediante el cual nos separamos del pensamiento grupal y establecemos nuestra propia autoridad. Es posible que de pronto veamos que nuestra opinión difiere de la de nuestros familiares o amis­tades, pero en cualquier caso tendremos dificultad para li­berarnos de la energía del grupo, cuya fuerza depende del número y de la oposición contra la mayoría de las expresio­nes de individualidad.

El acto de encontrar nuestra voz, aunque sea en mini­ revoluciones, es importante espiritualmente. La madurez espiritual no se mide por la complejidad de las opiniones de una persona, sino por su autenticidad y el valor necesario pa­ra expresarlas y mantenerlas. Al decir valor no me refiero a la tozudez intratable de dos personas enzarzadas en una dis­cusión; esa dinámica es un juego de poder del segundo chakra. La madurez espiritual, por el contrario, es la capacidad de mantener con firmeza una opinión, dado que refleja una auténtica creencia interior.

Jerry vino a verme para que le hiciera una lectura porque tenía una úlcera. Recibí una impresión muy fuerte de que mantenía relaciones con una mujer que violaba su código moral. Noté que, por un lado, sentía la necesidad de prote­gerla, y por otro, se sentía decepcionado de ella y de sí mis­mo por no ser capaz de expresarle esos sentimientos. Cuan­do le expuse mis impresiones, me dijo que Jane, su pareja, era drogadicta. Cuando la conoció estaba «limpia», y al mes de conocerse se fue a vivir con el. Durante dos meses todo fue bien aparentemente, pero después el comportamiento de Jane comenzó a cambiar. Él le preguntó si había vuelto a la droga, pero ella le dijo que no, que estaba de mal humor por­que deseaba dejar el trabajo pero no tenía ni idea de dónde buscar otro. Al principio él la creyó, pero luego notó que le faltaba dinero en la cartera. Se lo comentó, y ella le explicó que había cogido dinero para comprar cosas para la casa y le pidió disculpas por no habérselo dicho. Las historias de las mentiras de Jane ocuparon media hora de nuestra conversación.

Le sugerí que conectara los puntos. Jamás había tenido úlcera antes de vivir con Jane. Su problema no era Jane, le di­je, sino el hecho de que deseaba angustiosamente decirle que no creía sus explicaciones. Él estuvo callado un rato y des­pués me dijo que no deseaba creer que la causa de la úlcera fuese Jane; él había establecido un compromiso con ella, y estaba mal abandonar a una persona necesitada; además, le aterraba la idea de que lo abandonara si hablaba con ella de esto. «¿Que prefieres perder, tu salud o Jane?», le pregun­té. Añadí que en realidad ya se estaba enfrentando a ella, pe­ro era su úlcera la que hablaba. Dos días más tarde me llamó para decirme que le había pedido a Jane que se fuera de su casa. Me contó que, ante su gran sorpresa, se sintió aliviado por la decisión: «No creí que tuviera valor para hacerlo, pe­ro ya no podía seguir viviendo así. Prefiero estar solo a vivir una mentira.»

Desafiar a Jane fue para Jenny una revolución personal. Esa experiencia le ayudó a comprender que necesitaba res­petar sus valores personales y que era capaz de hacer la elec­ción que le convenía.

Cuando desarrollamos este tipo de fuerza interior, aun­que sea en pequeña medida, somos más capaces de hacer in­trospección y auto examinarnos. De esta manera varaos re­emplazando gradualmente las influencias de nuestra mente tribal o de grupo por nuestra propia guía interior o intuitiva. Una vez que ha comenzado este proceso, el siguiente paso natural es la «involución», es decir, la exploración de nues­tro yo interior.

 

Segunda fase: Involución

Cada nuevo encuentro, deseo o propósito que tenemos le pregunta a nuestro yo interior: «¿Qué otra cosa creo? ¿Qué otra cosa pienso? Deseo conocerme. Esto es una petición de información.» Cada vez que se produce una situación nueva, la información entra a raudales en nuestras entrañas. Las per­sonas y circunstancias nuevas nos despiertan sentimientos. En esta fase de involución evaluamos el mundo externo y si se adapta a nuestras necesidades. Con frecuencia, este auto examen lleva a la persona a centrar la atención en su relación con Dios y la finalidad de su vida, pero primero ha de desarrollar cierto grado de vigor interior que le dé fuerzas para controlar las consecuencias del pensamiento auto examinador. En los seminarios, algunas personas me dicen que cuan­do les hago ciertas preguntas de tipo auto reflexivo prefieren «escurrir el bulto» porque no desean conocerse tan bien. O tal vez dicen: «No sé, nunca he pensado en eso», a lo cual yo respondo: «Bueno, pues piénselo ahora.» ¿Por qué es tan co­mún esta reacción? Porque el conocimiento propio induce a la elección y la acción, y muchas personas no se sienten pre­paradas para ninguna de esas dos cosas.

Durante uno de mis seminarios conocí a Emma, una mu­jer de casi sesenta años que acababa de terminar un trata­miento quimioterápico para cáncer de colon. Tenía seis hijos, todos ya adultos. Me contó que el cáncer le había servido de inspiración. Durante el período de recuperación se dio cuenta de que, aunque sus hijos la querían muchísimo, ama­ban más su parte «servidora». Con gran dolor por su parte, oyó comentar a cuatro de sus hijos que tenían que buscar a otra persona para que les hiciera esto o aquello, y pregun­tarse cuándo estaría ella lista para reanudar sus funciones. Comprendió que necesitaba reevaluar su papel en la vida y que parte de sí misma era preciso sanar. Su revolución la con­dujo a un período de involución, durante el cual leyó mu­chísimo sobre autocuración y conocimiento propio. Comprendió que hasta ese momento había vivido para sus hijos y que necesitaba vivir para sí misma. Le llevó unos cuantos meses reunir el valor suficiente para cambiar las normas de su casa, pero las cambió. Anunció a sus hijos que ya no con­taran con ella para las interminables tareas de hacer de niñe­ra de sus hijos pequeños, que ya no prepararía siempre las co­midas principales, que ya no dejaría de hacer lo que estaba haciendo para hacerles recados. En resumen, recuperó su de­recho a decir que 110. Sus hijos se sintieron tan dolidos y alterados por su anuncio que convocaron una reunión familiar (consejo de la tribu) para buscar una manera de doblegarla. Emma se mantuvo firme en su posición y les dijo que tendrían que adaptarse al hecho de que ella, además de ser su madre, era una persona que tenía sus necesidades y había decidido jubilarse de su papel de madre.

 

 

La historia de Emma nos muestra que la fase de involución va seguida del nacimiento narcisista de una nueva imagen de uno mismo.

 

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