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Resumen de la tercera revelación.

El Místico, Un buen sitio para el alma

Aportando al desarrollo personal y espiritual de las personas.

 

 

-¿Sabes algo sobre la Tercera Revelación?

-Nada.

-Describe una nueva comprensión del mundo físico. Dice que nosotros, los seres humanos, aprenderemos a percibir lo que antes era un tipo de energía invisible. La posada se ha convertido en un lugar de reunión para los científicos interesa­dos en estudiar y hablar de este fenómeno.

-¿O sea que los científicos consideran que esa energía es real? -pregunté.

En ese instante se daba vuelta para cruzar el puente.

-Sólo unos pocos -respondió-, y sufrimos ciertas pre­siones por ello.

-¿Eres científica, entonces?

-Enseño física en una pequeña universidad de Maine.

-¿Y por qué algunos científicos están en desacuerdo con ustedes?

Permaneció un instante en silencio, pensativa.

-Tienes que entender la historia de la ciencia -dijo, y me miró como preguntándome si quería ahondar en el tema. Hice un gesto afirmativo con la cabeza para que continuara.

-Piensa por un momento en la Segunda Revelación. Una vez que cayó la visión medieval del mundo, de pronto los occidentales tomamos conciencia de que vivíamos en un uni­verso totalmente desconocido. En el intento por entender la naturaleza de este universo, nos dimos cuenta de que debíamos separar de alguna manera los hechos y la superstición. En este sentido, los científicos adoptamos una actitud particular cono­cida como escepticismo científico, el cual, en efecto, exige pruebas sólidas para cada nueva afirmación referida a la forma en que funciona el mundo. Antes de creer en algo, queríamos pruebas que pudieran verse y tocarse. Toda idea que no podía ser probada de alguna forma física era rechazada en forma sistemática. Sin lugar a dudas -continuó-, esa actitud nos sirvió para los fenómenos más obvios de la naturaleza, para los objetos como rocas, cuerpos y árboles, objetos que todos pode­mos percibir independientemente de lo escépticos que poda­mos ser. Enseguida le dimos un nombre a cada parte del mundo físico e intentamos descubrir por qué el universo fun­cionaba como lo hacía. Al final, llegamos a la conclusión de que todo lo que ocurre en la naturaleza responde a alguna ley natural, que cada hecho tiene una causa física directa y comprensible.

Me sonrió con complicidad.

-¿Sabes? En muchos sentidos, los científicos no se han diferenciado demasiado de otros individuos de nuestra época. Decidimos, junto con todos los demás, dominar este lugar en que nos encontrábamos. La idea era crear una comprensión del universo que diera la sensación de que el mundo era seguro y manejable, y la actitud escéptica nos mantuvo concentrados en problemas concretos que daban una apariencia más tranquila a nuestra existencia.

Habíamos avanzado por el sendero sinuoso desde el puen­te y, tras pasar una pequeña pradera, llegamos a un lugar más densamente cubierto de árboles.

-Con esa actitud -prosiguió-, la ciencia apartó sistemá­ticamente del mundo lo incierto y lo esotérico. Siguiendo el pensamiento de Isaac Newton, llegamos a la conclusión de que el universo siempre opera de una manera predecible, como una enorme maquinaria, porque durante mucho tiempo eso fue lo único que pudo probarse. Se decía que los hechos que ocurrían en forma simultánea con otros hechos, aunque sin una relación causal con ellos, eran meramente casuales. Entonces tuvieron lugar dos investigaciones que volvieron a abrirnos los ojos al misterio del universo. Mucho se ha escrito en las últimas décadas sobre la revolución en la física, pero los cambios en realidad derivan de dos conclusiones fundamentales, las de la mecánica cuántica y las de Albert Einstein. El trabajo de toda la vida de Einstein habría de mostrar que lo que percibimos como materia dura es en su mayor parte espacio vacío con una estructura de energía que lo atraviesa. Esto nos incluye a nosotros. Y lo que mostró la física cuántica es que, cuando miramos esas estructuras de energía en niveles cada vez más pequeños, pueden verse resultados asombrosos. Los experi­mentos han revelado que cuando rompemos pequeños aspec­tos de esa energía, lo que llamamos partículas elementales, y tratamos de observar cómo funcionan, el acto mismo de obser­vación altera los resultados... como si esas partículas elementa­les se vieran afectadas por lo que el experimentador espera. Esto ocurre aun si las partículas aparecen en lugares a los que es absolutamente imposible que lleguen, dadas las leyes del universo tal como las conocemos: dos lugares al mismo tiempo, adelante y atrás en el tiempo, ese tipo de cosas.

Se detuvo y volvió a ponerse frente a mí.

-En otras palabras, la materia básica del universo, en su núcleo, va pareciéndose a una especie de energía pura, maleable a la intención y la expectativa humanas hasta un punto que pone en duda nuestro viejo modelo mecanicista del universo... como si nuestra expectativa misma hiciera fluir nuestra energía en el mundo y afectara otros sistemas de energía. Lo cual, por supuesto, es exactamente lo que nos llevaría a creer la Tercera Revelación.

Sacudió la cabeza.

-Por desgracia, la mayoría de los científicos no toman en serio esta idea. Prefieren seguir siendo escépticos y esperar a ver si podemos probarlo.

-¡Eh, Sarah, estamos aquí! -gritó desde lejos una voz apagada. A la derecha, a unos cincuenta metros entre los árboles, se veía a alguien haciendo señas.

Sarah me miró.

-Tengo que ir a hablar unos minutos con esos muchachos. Llevo conmigo una traducción de la Tercera Revelación, si quieres buscar un lugar y leer algo mientras no estoy.

-Sí, por supuesto -acepté.

Sacó una carpeta del bolso, me la dio y se alejó.

Tomé la carpeta y miré en derredor buscando un lugar para sentarme. El suelo estaba cubierto de pequeños arbustos y se hallaba ligeramente húmedo, pero hacia el este el terreno se elevaba hasta algo que parecía otro montículo. Decidí caminar en esa dirección en busca de un lugar seco.

Ya en la cima de la elevación, me quedé estupefacto. Era otro lugar de increíble belleza. Los robles nudosos se alzaban a unos cinco metros de distancia unos de otros y sus anchas copas se unían en lo alto, creando una suerte de bóveda. En la base crecían plantas tropicales de un metro veinte o un metro cincuenta de alto, con hojas de hasta veinticinco centímetros de ancho. Entre ellas aparecían grandes helechos y exuberantes arbustos con flores blancas. Escogí un lugar seco y me senté. Percibía el olor húmedo de las hojas y la fragancia de los pimpollos.

Abrí la carpeta y busqué el comienzo de la traducción. Una breve introducción explicaba que la Tercera Revelación aporta una comprensión transformada del universo físico. Sus pala­bras eran un eco del resumen de Sarah. Predecía que en algún momento, hacia el final del segundo milenio, los seres huma­nos descubrirían una nueva energía que originaba todas las cosas -incluidos nosotros- y emanaba de ellas.

Analicé esa idea por un instante y después leí algo que me fascinó: el Manuscrito afirmaba que la percepción humana de esa energía empieza primero con una sensibilidad acentuada respecto de la belleza. Mientras reflexionaba sobre esto, atrajo mi atención alguien que pasaba por el camino que corría más abajo. Vi a Sarah en el preciso momento en que ella miraba hacia el montículo y me divisaba a mi.

-Este lugar es fantástico -observó cuando llegó adonde yo estaba-. ¿Ya leíste la parte que habla de la percepción de la belleza?

-Sí. Pero no sé bien qué significa.

-Más adelante -me aclaró- el Manuscrito lo explica con más detalle, pero trataré de resumírtelo. La percepción de la belleza es una especie de barómetro que nos indica cuán cerca nos hallamos de percibir realmente la energía. Es algo evidente porque, una vez que observamos esa energía, nos damos cuenta de que está en el mismo continuum que la belleza.

-Da la impresión de que la ves -comenté.

Me miró sin la más mínima inhibición.

-Sí, pero lo primero que desarrollé fue una apreciación más profunda de la belleza.

-Pero, ¿cómo puede ser? ¿Acaso la belleza no es relativa?

Sacudió la cabeza.

-Tal vez las cosas que percibimos como bellas sean dife­rentes, pero las características reales que adjudicamos a los objetos bellos son similares. Piénsalo. Cuando algo te parece hermoso, exhibe una mayor presencia y precisión de forma e intensidad de color, ¿no es cierto? Se destaca. Brilla. Parece casi iridiscente comparado con la opacidad de otros objetos menos atractivos.

Asentí.

-Mira este sitio -continuó-. Sé que estás deslumbrado con él, porque todos lo estamos. Este lugar se nos viene encima. Los colores y las formas parecen aumentados. Y bien, el siguiente nivel de percepción consiste en ver un campo de energía alrededor de todo.

Debo de haber puesto cara de asombro, porque se rió y luego dijo, seria:

-Tal vez deberíamos ir a los jardines. Quedan a menos de un kilómetro hacia el sur. Estoy segura de que te parecerán interesantes.

Le di las gracias por tomarse la molestia de explicarme el Manuscrito, siendo yo un absoluto desconocido, y por mostrar­me Vicente. Se encogió de hombros.

-Das la impresión de simpatizar con lo que tratamos de hacer –explicó-. Y aquí todos sabemos que debemos ocupar­nos de las relaciones públicas. Para que esta investigación continúe, debemos difundirla en los Estados Unidos y en todas partes. Las autoridades locales no nos quieren demasiado.

De repente oímos una voz que habló a nuestras espaldas.

-¡Disculpen, por favor!

Nos dimos vuelta y vimos a tres hombres que subían rápidamente por el camino en dirección a nosotros. Rondaban los cincuenta años e iban vestidos con elegancia.

-¿Alguno de ustedes podría decirme dónde están los jardines de investigación? -preguntó el más alto de los tres.

-¿Podrían decirme qué los trae por aquí? -preguntó a su vez Sarah.

-Mis colegas y yo tenemos permiso del dueño de esta propiedad para examinar los jardines y hablar con alguien sobre la presunta investigación que se lleva a cabo aquí. Somos de la Universidad de Perú.

-Al parecer, no están de acuerdo con nuestros hallazgos -comentó Sarah, sonriendo, en un esfuerzo evidente por suavizar la situación.

-Por supuesto que no -replicó otro de los hombres-. Creemos que es absurdo afirmar que ahora se puede ver cierta energía misteriosa cuando nunca antes fue observada.

-¿Ha tratado de verla? -inquirió Sarah.

El hombre la ignoró y volvió a preguntar:

-¿Puede dirigirnos a los jardines?

-Por supuesto-respondió Sarah-. Unos cien metros más adelante verán un camino que dobla hacia el este. Tómenlo y más o menos a unos cuatrocientos metros los verán.

-Gracias -dijo el hombre alto al tiempo que los tres emprendían la marcha a toda velocidad.

-Los mandaste para otro lado -observe.

-En realidad no -respondió Sarah-. De ese lado hay otros jardines. Y las personas que hay allí están más preparadas para hablar con esta clase de escépticos. De vez en cuando llega gente así, y no sólo científicos sino también buscadores de curiosidades, gente que no logra captar lo que hacemos... lo cual da la pauta del problema que existe en la comprensión científica.

-¿A qué te refieres? -pregunté.

-Como te dije antes, la vieja actitud escéptica resultaba muy útil cuando se trataba de explorar los fenómenos más visibles y obvios del universo, como los árboles o el sol o las tormentas eléctricas. Pero hay otro grupo de fenómenos obser­vables, más sutiles, que no se pueden estudiar, que ni siquiera puede afirmarse que existan, a menos que dejemos de lado o pongamos entre paréntesis nuestro escepticismo y tratemos a toda costa de percibirlos. Una vez que lo logramos, volvemos al estudio riguroso.

-Interesante -comenté.

Más adelante, terminaba el bosque y se veían docenas de parcelas cultivadas, en cada una de las cuales crecía un tipo distinto de planta. En su mayoría parecían comestibles: de todo, desde bananas hasta espinacas. En el borde este de cada lote había un ancho camino de ripio que corría hacia el norte y terminaba, al parecer, en una ruta pública. Junto al camino se alzaban tres construcciones de metal. Cerca de cada una había cuatro o cinco personas trabajando.

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-Veo a algunos amigos míos -dijo Sarah, y señaló el edificio más cercano-. Vamos. Me gustaría que los conocieras.

Sarah me presentó a tres hombres y una mujer relacionados con la investigación. Los hombres hablaron brevemente con­migo y luego se disculparon para continuar su trabajo, pero la mujer, una bióloga llamada Marjorie, tenía más tiempo para conversar.

-¿Qué es lo que investigan aquí, exactamente? -quise saber, atrayendo la atención de Marjorie.

La tomé desprevenida, pero sonrió y respondió:

-Es difícil saber por dónde empezar. ¿Has oído hablar del Manuscrito?

-De las primeras secciones -comenté-. Acabo de empe­zar la Tercera Revelación.

-Bueno, por eso estamos todos aquí. Ven, te mostraré.

Me hizo señas de que la siguiera y rodeamos el edificio de metal hasta llegar a una parcela de habas. Noté que estaban excepcionalmente sanas, sin hojas secas ni daños visibles producidos por insectos. Las plantas crecían en un suelo rico en humus y casi esponjoso, y cada planta se hallaba bien separada de las otras; los tallos y las hojas estaban cerca pero nunca tocaban los de la planta vecina.

Señaló la planta más próxima.

-Hemos tratado de ver estas plantas como sistemas tota­les de energía y pensar en todo lo que necesitan para florecer: suelo, nutrientes, humedad, luz. Lo que descubrimos es que el ecosistema total alrededor de cada planta es en realidad un sistema viviente, un organismo. Y la salud de cada una de las partes repercute en la salud del todo.

Vaciló y luego dijo:

-Lo esencial es que, una vez que empezamos a pensar en las relaciones de energía alrededor de la planta, comenzamos a ver resultados asombrosos. En nuestros estudios, las plantas no eran particularmente más grandes, pero, según los criterios nutrimentales, eran más potentes.

-¿Cómo lo medían?

-Contenían más proteínas, hidratos de carbono, vitaminas y minerales. - Me miró con cierta ansiedad. -¡Pero eso no era lo más asombroso! Descubrimos que las plantas que recibían atención humana más directa eran aún más potentes.

-¿Qué clase de atención? -pregunté.

-Bueno -explicó-, remover la tierra, revisarlas todos los días, esa clase de cosas. Iniciamos un experimento con un grupo de control: algunas recibían atención especial y otras no, y la conclusión se confirmó. Es más, ampliamos el concepto e hicimos que un investigador no sólo les dedicara más atención sino que les pidiera mentalmente que crecieran más fuertes. La persona se sentaba con ellas y concentraba toda su atención y preocupación en su crecimiento.

-¿Y crecieron más fuertes?

-En proporciones significativas, y también más rápido.

-Es increíble.

-Sí, realmente... -Su voz se apagó cuando vio que se nos acercaba un hombre mayor, de unos sesenta años.

-El señor que se acerca es micronutricionista -comentó con discreción-. Vino por primera vez hace un año, y de inmediato tomó licencia en la universidad de Washington. Es el profesor Hains. Ha hecho varios estudios estupendos.

Cuando llegó, nos presentaron. Era un hombre robusto, de pelo negro con las sienes canosas. Aguijoneado por Marjorie, el profesor resumió su investigación. Me contó que su mayor interés era el funcionamiento de los órganos del cuerpo, eva­luado mediante análisis de sangre de alta sensibilidad, y en especial en la medida en que ese funcionamiento se relacionaba con la calidad de la comida ingerida.

Me dijo que le interesaban mucho los resultados de un estudio en particular que mostraba que, aunque ciertas plantas muy nutritivas del tipo de las cultivadas en Vicente aumenta­ban en forma considerable la eficiencia del cuerpo, ese incre­mento estaba muy por encima de lo que razonablemente podía esperarse de los nutrientes en si, tal como entendemos que funcionan en la fisiología humana. Algo inherente a la estruc­tura de esas plantas producía un efecto aún no explicado.

Miré a Marjorie y pregunté:

-Entonces, ¿el concentrar la atención en esas plantas les transmitió algo que, al ser comidas, aumenta la fuerza huma­na? ¿Ésa es la energía que se menciona en el Manuscrito?

Marjorie miró al profesor. Este me dirigió una sonrisa a medias.

-Todavía no lo sé -repuso.

Lo interrogué acerca de su futura investigación y me expli­có que quería hacer un duplicado del jardín en el estado de Washington y emprender algunos estudios a largo plazo, para ver si las personas que comen esas plantan tienen más energía o son más sanas durante un período más prolongado. Mientras él hablaba, yo no podía evitar mirar cada tanto a Marjorie. De pronto me pareció increíblemente hermosa. Su cuerpo se veía largo y esbelto aun debajo de los pantalones anchos y la remera. Tenía los ojos castaño oscuro, y el pelo, del mismo color, le caía en rulos pequeños alrededor de la cara.

Sentí una fuerte atracción física. En el preciso instante en que tomé conciencia de esta atracción, se volvió, me miró a los ojos y se apartó de mí un paso.

-Tengo que ver a alguien -dijo-. Tal vez te vea luego.

-Se despidió de Hains, me sonrió con timidez y, después de pasar ante el edificio metálico, se alejó por el camino.

Al cabo de unos minutos de conversación con el profesor, lo saludé y volví adonde estaba Sarah. Seguía hablando anima­damente con uno de los otros investigadores pero, cuando pasé, me siguió con la mirada.

Al acercarme, el hombre que estaba con ella sonrió y entró en el edificio.

-¿Averiguaste algo? -me preguntó Sarah.

-Sí -respondí distraído-. Parecería que esta gente está haciendo cosas interesantes.

Yo miraba hacia abajo cuando ella preguntó:

-¿Adónde fue Marjorie?

Al levantar los ojos, vi que me miraba con aire divertido.

-Dijo que debía ver a alguien.

-¿La hiciste enojar? -me preguntó, ahora sonriendo.

Reí.

-Supongo que sí. Pero no dije nada.

-No hacía falta -replicó-. Marjorie detectó un cambio en tu campo. Era evidente. Yo lo vi perfectamente.

-¿Un cambio en mi qué?

-En el campo energético alrededor de tu cuerpo. La mayoría de nosotros hemos aprendido a verlos, al menos con cierta luz. Cuando una persona tiene pensamientos sexuales, la energía de la persona se arremolina de alguna manera y se proyecta realmente hacia la persona que es objeto de la atracción.

Todo me parecía absolutamente irreal, pero antes de que pudiera comentarlo nos distrajo un grupo que salía del edificio de metal.

-Es la hora de las proyecciones de energía -dijo Sa­rah-. Te gustará ver esto.

Seguimos a cuatro muchachos, al parecer estudiantes, has­ta una parcela de trigo. Cuando nos acercamos, me di cuenta que la parcela estaba subdividida en dos parcelas más, cada una de un poco más de tres metros cuadrados. En una de ellas el trigo tenía unos sesenta centímetros de alto. En la otra, las plantas tenían menos de veinticinco centímetros. Los hombres caminaron alrededor de la parcela donde crecía el trigo más alto y se sentaron, uno en cada punta, mirando hacia adentro. Como siguiendo alguna señal, todos parecían concentrar los ojos en las plantas. El sol del atardecer brillaba a mis espaldas y bañaba la parcela con una luz ámbar claro, en tanto que el bosque se veía oscuro a lo lejos. La parcela de trigo y los estudiantes se dibujaban contra ese fondo casi negro.

Sarah se hallaba parada detrás de mí.

-Esto es perfecto -dijo-. ¡Mira! ¿Ves?

-¿Qué cosa?

-Están proyectando su energía sobre las plantas.

Miré atentamente la escena pero no logré detectar nada.

-No veo nada -dije.

-Entonces agáchate -me indicó Sarah- y concéntrate en el espacio entre las personas y las plantas.

Por un momento me pareció ver un rayo de luz, pero llegué a la conclusión de que era simplemente un reflejo o una mala jugada de mis ojos. Hice varios intentos más por ver algo y al final me di por vencido.

-No puedo -protesté, y me incorporé.

Sarah me palmeó el hombro.

-No te preocupes. La primera vez es la más difícil. Por lo general, hay que experimentar un poco para aprender a enfocar la vista.

Uno de los meditadores nos miró y se llevó el índice a los labios, de modo que caminamos hacia el edificio.

-¿Te quedarás mucho tiempo aquí en Vicente? -me preguntó Sarah.

-Es probable que no -respondí-. La persona con la que vine está buscando la última parte del Manuscrito.

Me miró sorprendida.

-Pensé que ya lo habían localizado todo. Aunque en realidad no sé. He estado tan concentrada en la parte que corresponde a mi trabajo, que no he leído demasiado del resto.

Instintivamente busqué el bolsillo de mi pantalón, pues no estaba seguro de seguir teniendo la traducción de Sarah. Estaba enrollada en el bolsillo trasero.

-¿Sabes? -dijo Sarah-. Hemos descubierto que hay dos momentos del día más propicios para ver los campos energéti­cos. Uno es el atardecer. El otro, el amanecer. Si quieres, podemos vernos mañana al alba y volver a probar.

Estiró la mano para tomar las hojas.

-Así puedo hacerte una copia de esta traducción para que te la lleves Continuó.

Analicé la sugerencia durante unos segundos y decidí que no habría ningún problema.

-¿Por qué no? -dije-. De todos modos, hablaré con mi amigo para asegurarme de tener suficiente tiempo. -Le sonreí.- ¿Qué te hace pensar que puedo aprender a ver eso?

-Digamos que es un presentimiento.

Acordamos encontrarnos en la colina a las seis de la mañana, y emprendí solo el regreso a la posada. El sol había desaparecido por completo pero su luz todavía bañaba las nubes grises que cubrían el horizonte con matices anaranjados. El aire estaba fresco pero no había viento.

En la posada encontré una cola formada frente al mostra­dor del bar del inmenso comedor. Como tenía hambre, fui hasta el extremo de la cola para ver qué comida servían. Wil y el profesor Hains se hallaban entre los primeros de la fila, conversando.

-Bueno -dijo Wil-, ¿qué tal pasaste la tarde?

-Estupendamente -respondí.

-Te presento a William Hains -agregó Wil.

-Sí -dije-, ya nos conocimos.

El profesor asintió.

Mencioné la cita que había concretado para la mañana siguiente. Wil dijo que no había problema, pues quería ver a un par de personas con las que todavía no había podido hablar y no pensaba salir antes de las nueve.

La fila avanzó y las personas que estaban más atrás me permitieron sumarme a mis amigos. Me ubiqué al lado del profesor.

-¿Qué piensa, entonces, de lo que estamos haciendo aquí? -me preguntó Hains.

-No sé-repuse-. Trato de absorberlo de a poco. La idea de los campos de energía es nueva para mí.

-La prueba de su existencia es nueva para todos -con­testó-, pero lo interesante es que esta energía es lo que siempre buscó la ciencia: algo que estuviera implícito en toda materia. A partir de Einstein, en particular, la física ha buscado una teoría unificada. No sé si ésta lo es o no, pero, en todo caso, este Manuscrito estimuló investigaciones interesantes.

-¿Qué necesitaría la ciencia para aceptar esta idea? -pregunté.

-Una forma de medirla –respondió-. La existencia de esa energía no es tan extraña, en realidad. Los maestros de karate hablan de una energía Chi subyacente, responsable de sus hazañas aparentemente imposibles de romper ladrillos con las manos y ser capaces de permanecer sentados en un lugar, inmóviles, mientras cuatro hombres tratan de empujarlos. Y todos hemos visto a atletas que hacen movimientos espectacu­lares, que se contorsionan, se tuercen y cuelgan en el aire desafiando la ley de gravedad. Todo esto es consecuencia de esa energía oculta a la que tenemos acceso. Obviamente -con­cluyó-, no será aceptado hasta que más gente lo vea por sí misma.

-¿Alguna vez la observó? -pregunté.

-He observado algo -repuso-. En realidad, depende de lo que hayamos comido.

-¿Cómo?

-Bueno, las personas de aquí que ven con facilidad esos campos energéticos comen sobre todo vegetales. Y en general, sólo estas plantas muy potentes que ellos mismos cultivaron.

Señaló la mesa de comidas.

-Éstas son algunas de ellas, aunque, gracias a Dios, también sirven algo de pescado y hacen trampa para algunos viejos como yo, adictos a la carne. Pero si me obligo a comer de otra manera, sí, puedo ver algo.

Le pregunté por qué no cambiaba su dieta durante lapsos más prolongados.

-No lo sé -dijo-. Los viejos hábitos son difíciles de dejar.

La cola avanzó y pedí sólo verduras. Los tres nos acercamos a una mesa grande donde había otra gente, y charlamos durante una hora. Luego, Wil y yo fuimos hasta el jeep a buscar nuestras cosas.

-¿Viste alguna vez esos campos de energía? -pregunté.

Sonrió y asintió.
-Mi cuarto está en el primer piso -contestó-. El tuyo, en el tercero. Habitación 306. Pide tu llave en la recepción.

 

 
 

 

 

 
 
 

 

 

 
         
         
       
       
       
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