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Neale Donald Walsch – Conversaciones con Dios – Libro 2 – Capitulo 17

Neale Donald Walsch - Conversaciones con Dios - Libro 2 - Capitulo 17

Conversaciones con Dios – Libro 2 – Capitulo 17

Neale Donald Walsch


Neale Donald Walsch – Conversaciones con Dios – Libro 2 – Capitulo 17

 


 

Revoluciones y guerras civiles son inevitables, así como las guerras entre las naciones mientras los que “tienen” sigan explotando a los que “no tienen”, con el disfraz de proporcionarles oportunidades.

 

Aferrarse a la riqueza y a los recursos se ha institucionalizado de modo tal, que hoy el modelo parece aceptable aún para algunas personas de amplio criterio, que ven en él simplemente una economía de mercado abierto.

 

El caso es que solamente el poder en manos de las personas y de las naciones ricas del mundo permite que este engaño, que esta ilusión de justicia, sea posible. Ciertamente, no es justo que las mayorías estén sometidas y, no obstante, deseen lograr lo que ya tienen ahora las naciones poderosas.

El sistema de gobierno que describí cambiaría drásticamente el equilibrio de poder y lo quitaría a los ricos para darlo a los pobres, obligando así a que los recursos sean compartidos con más justicia.

 

Eso es lo que temen los poderosos.

 

Sí. La solución a corto plazo al crecimiento del mundo podría muy bien ser una nueva estructura social, un gobierno nuevo y de corte mundial. Entre los lectores habrá líderes con la perspicacia y el valor suficientes para proponer el comienzo de este orden mundial nuevo. George Busch, a quién la historia juzgará como un hombre de mayor sapiencia, visión, compasión y valor que la sociedad contemporánea hubiera querido admitir, fue un líder así. También lo fue Mijail Gorbachov, presidente del Soviet Supremo de la URSS, el primer jefe de estado comunista en ganar el Premio Nobel de la Paz, hombre que propuso enormes cambios políticos que dieron fin, de hecho, a la llamada Guerra Fría. En el mismo plano se sitúa el presidente Carter, que indujo a Menajem Begin y a Anwar el-Sadat a firmar acuerdos que nadie antes había jamás soñado, y que, mucho después de su gestión presidencial, evito en el mundo la confrontación violenta una y otra vez mediante la enunciación simple de una verdad igualmente simple. Ningún punto de vista u opinión es más valioso que otro para ser escuchado; ningún ser humano tiene menos dignidad que otro.

No deja de ser interesante que estos valerosos líderes, que en su tiempo libraron al mundo de la guerra, y apoyaron y propusieron grandes movimientos contra la estructura política prevaleciente, actuaron solamente por un plazo breve, ya que los desplazaron aquellos a quienes habían querido elevar. Increíblemente populares en todo el mundo, en sus países fueron rotundamente rechazados. Se dice que nadie es profeta en su tierra. En el caso de estos hombres, ello se debió a que su visión estaba a miles de kilómetros delante de sus pueblos, los cuales sólo podían ver intereses muy limitados y circunscritos, y únicamente imaginar las pérdidas resultantes de esas visiones amplias.

Del mismo modo, todos los líderes que se atrevieron a apretar el paso y a querer dejar atrás la opresión de los poderosos, acabaron siendo vejados y desalentados.

Por consiguiente, la situación no cambiará sino hasta que se aplique una solución a largo plazo que no es política. Esta solución a largo plazo, la única que es real, es una Nueva Consciencia y una Nueva Percepción. Una percepción de Unidad y una consciencia de Amor.

El incentivo para tener éxito, para hacer lo mejor de la propia vida, no debe ser un premio o recompensa económica o materialista. No se trata de eso. La mala colocación de esta prioridad crea todos los problemas de que nos hemos ocupado aquí.

Cuando el incentivo de grandeza no sea económico, cuando la seguridad económica y las necesidades materiales estén garantizadas para todo el mundo, entonces el incentivo no desaparecerá, pero sí será diferente, aumentará en cuanto a vigor y a determinación, y producirá grandeza verdadera, no el tipo de “grandeza” transparente y transitoria que producen los incentivos actuales.

 

Pero, ¿por qué vivir una vida mejor, crear una vida mejor para nuestros hijos no es un buen incentivo?

 

“Vivir una vida mejor” es un buen incentivo. Crear una “vida mejor” para nuestros hijos es un buen incentivo, pero cabe preguntarnos: ¿qué crea una “vida mejor”?

¿Cómo defines “lo mejor”? ¿Cómo defines “vida”?

Si defines “mejor” como mayor, buenísimo, más dinero, poder, sexo y posesiones (casas, automóviles, ropa, colecciones de CD, etcétera)… y si defines a la “vida” como el período que transcurre entre el nacimiento y la muerte en su existencia actual, entonces no estarás haciendo nada para salir de la trampa que creó la propia situación de este planeta.

Pero si defines “mejor” como una experiencia más amplia y como una experiencia más generosa de nuestro grandioso Estado del Ser, y a la “vida” como un proceso de Ser eterno, constante, sin fin, lo más probable es que hallemos nuestro camino.

Una “vida mejor” no se crea mediante la acumulación de bienes materiales. Casi todos lo saben, todos dicen que lo entienden, pese a lo cual sus vidas – y las decisiones que toman y que los impulsan – tienen mucho que ver con esos bienes.

Se esfuerzan por tener cosas, trabajan por ellas, y cuando consiguen lo que quieren, nunca lo dejan ir.

El incentivo para la mayo parte de la humanidad es lograr, adquirir, obtener cosas. Aquellos a quienes no les interesan, las dejan ir con facilidad.

Debido a que nuestro actual incentivo de grandeza está relacionado con la acumulación de todo aquello que el mundo nos ofrece, lograrlo implica diversas etapas de lucha. Grandes porciones de la población siguen esforzándose por lograr la simple supervivencia física. Cada día está lleno de momentos de ansiedad, de medidas desesperadas. La mente se enfoca en cuestiones básicas, vitales. ¿Tendremos suficiente comida? ¿Abrigo, protección? ¿No pasaremos frío? Masas enormes siguen preocupándose diariamente por estas cuestiones; son millares las que mueren cotidianamente sólo por falta de comida.

Cantidades menores de personas pueden sobrevivir razonablemente con los elementos básicos de sus vidas, pero luchan por conseguir más, una pequeña cantidad de seguridad, un hogar decoroso, un mañana mejor. Trabajan duro, se esfuerzan por el como y el si seguir adelante. Su mente está ocupada con consideraciones urgentes, dolorosas.

Son muchísimo menos los que tienen todo lo que necesitan, ciertamente, todo aquello que los otros dos grupos anhelan, pero, es sorprendente, muchos de este último grupo siguen pidiendo más todavía.

Sus mentes están preocupadas con retener todo aquello que han adquirido y con acrecentar lo que tienen.

Ahora bien, además de estos tres grupos, hay un cuarto. Es el menos numeroso. De hecho es muy pequeño.

Este grupo se ha liberado de la necesidad de las cosas materiales. Le importan la verdad espiritual, la realidad espiritual, la experiencia espiritual.

Los miembros de este grupo ven la vida como un encuentro espiritual, como un viaje del alma. Responden a todos los hechos humanos dentro de ese contexto. Retienen a toda la experiencia humana en el seno de ese paradigma. Su lucha tiene que ver con la búsqueda de Dios, con la realización del Yo y con la expresión de la verdad.

Conforme evolucionan, esta lucha deja de ser una lucha y se convierte en un proceso, un proceso de Autodefinición (no autodescubrimiento), de Crecimiento (no aprendizaje), de Ser (no hacer).

La razón de buscar, esforzarse, indagar, trabajar duro y tener éxito se torna totalmente diferente. Cambió la razón de hacer algo, y con ello cambia igualmente el hacedor. La razón se convierte en el proceso, y el hacedor se convierte en ser pleno.

Sea como fuere, antes, la razón para alcanzar, para luchar, para trabajar duro toda nuestra vida fue proporcionarnos cosas materiales; ahora la razón es experimentar cosas celestiales.

Dado que anteriormente los intereses fueron sobre todo intereses del cuerpo, ahora los intereses son principalmente el alma.

Todo se mueve, todo cambia. Al cambiar el propósito de la vida, consiguientemente cambia la propia vida.

El “incentivo de grandeza” cambió, y, así, desaparece la necesidad de codiciar, de adquirir, de proteger y de aumentar nuestras posesiones mundanas.

La grandeza ya no se mide por cuanto se acumula. Aplicándolo al mundo, los recursos se considerarían correctamente como pertenecientes a todos los habitantes de la Tierra. En un mundo bendecido con abundancia suficiente, se satisfarían las necesidades básicas de todos.


 

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