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Neale Donald Walsch – Conversaciones con Dios – Libro 2 – Capitulo 10

Neale Donald Walsch - Conversaciones con Dios - Libro 2 - Capitulo 10

Conversaciones con Dios – Libro 2 – Capitulo 10

Neale Donald Walsch

Neale Donald Walsch – Conversaciones con Dios – Libro 2 – Capitulo 10

 


 

Esperaba este momento. Es más de lo que suponía que Me habías prometido cuando Me dijiste que el Libro 2 abordaría temas planetarios en una escala global. ¿Podemos empezar a analizar las políticas humanas con una pregunta que puede parecer básica?

 

Ninguna pregunta carece de mérito o es indigna de atención. Las preguntas son como las personas.

 

Ah, excelente respuesta. De acuerdo, entonces, déjame preguntar: ¿Está mal emprender una política exterior basada en los intereses creados de un país?

 

No. Primero, desde Mi punto de vista, nada está “mal”. Pero entiendo cómo usas el término, por lo que hablaré en el contexto de tu vocabulario. Emplearé el término “mal” en el sentido de lo “que no te es benéfico, dado quién y qué has elegido ser”. Así es como siempre he usado contigo los términos “bueno” y “malo”; siempre es en este contexto, ya que, en verdad, no existe lo Bueno y lo Malo.

Por lo tanto, en ese contexto, no, no está mal que se basen las decisiones de política exterior en consideraciones de intereses creados. Lo que está mal es fingir que no se hace.

Desde luego, eso es lo que practican la mayoría de los países. Emprenden acciones – o fallan en emprender acciones – por un conjunto de motivos, y después exponen como fundamento otra combinación de razones.

 

¿Por qué? ¿Por qué actúan así los países?

 

Porque los gobiernos saben que la población no los apoyaría si entendiera las razones reales para la mayoría de las decisiones políticas.

Esto es aplicable a los gobiernos de todas partes. Son muy pocos los gobiernos que no engañan deliberadamente a sus pueblos. El engaño es parte del gobierno, ya que pocas personas eligirían ser gobernadas en la forma en que se les gobierna – pocas eligirían que se les gobernara siquiera – a menos que el gobierno las convenza de que sus decisiones fueron para el bien de la población.

Y este convencimiento es bastante difícil, ya que la mayoría de la gente percibe claramente la torpeza del gobierno. Por consiguiente, el gobierno tiene que mentir para retener, al menos, la lealtad del pueblo. El gobierno es la perfecta representación de la exactitud del axioma de que si tus mentiras son bastante grandes, y mientes durante suficiente tiempo, la mentira se convierte en la “verdad”.

Quienes ejercen el poder nunca pueden permitir que el público sepa cómo llegaron a esa posición – ni todo lo que han hecho y están dispuestos a hacer para permanecer en ella.

La verdad y la política no se mezclan y no pueden mezclarse debido a que la política es el arte de decir únicamente lo necesario – y decirlo en la forma adecuada -, a fin de alcanzar el objetivo deseado.

No toda la política es mala, pero el arte de la política es un arte práctico. Reconoce con gran habilidad la psicología de la mayoría de las personas. Observa simplemente que esa mayoría opera en razón del interés propio. Por lo tanto, la política es la forma en que los que están en el poder buscan convencer de que su interés es el de dicha mayoría.

Los gobiernos entienden ese interés propio. Por eso los gobiernos son muy hábiles para diseñar programas que dotan de algo a la población.

Originalmente, los gobiernos tenían funciones muy limitadas. Su propósito era simplemente “preservar y proteger”. Después alguien añadió “proveer”. Cuando los gobiernos empezaron a ser el proveedor del pueblo, así como el protector, los gobiernos empezaron a crear la sociedad, en vez de preservarla.

 

¿Pero acaso los gobiernos no hacen simplemente lo que quiere la gente? ¿No es verdad que los gobiernos sólo proporcionan el mecanismo por medio del cual la población provee para sí misma en una escala social? Por ejemplo, en Estados Unidos le adjudicamos un valor muy alto a la dignidad de la vida humana, la libertad individual, la importancia de la oportunidad, lo sagrado de los niños. Y así, hemos promulgado leyes y pedido al gobierno la creación de programas para proveer ingresos para los ancianos, a fin de que puedan conservar su dignidad después de sus años productivos; para asegurar la igualdad en el empleo y oportunidades de vivienda para todas las personas, incluso aquellas que son diferentes a nosotros, o con cuyo estilo de vida no estamos de acuerdo; para garantizar, por medio de leyes laborales para los menores, que los niños de una nación no se conviertan en esclavos y que ninguna familia con hijos carezca de los elementos básicos para una vida decorosa – alimento, vestido, albergue.

 

Esas leyes son favorables para esta sociedad. Sin embargo, cuando se provee para las necesidades de la población, debe tenerse cuidado de no despojarla de la mayor dignidad: el ejercicio del poder personal, la creatividad individual, y el ingenio firme que permite a las personas darse cuenta de que ellas pueden proveer para sí mismas. Es indispensable lograr un equilibrio delicado. Parece que ustedes sólo saben cómo ir de un extremo al otro. O quieren que el gobierno “lo haga todo” para el pueblo, o quieren aniquilar todos los programas del gobierno y borrar mañana mismo todas las leyes vigentes.

 

Sí, y el problema consiste en que son tantos los que no pueden proveer para sí mismos en una sociedad que proporciona rutinariamente las mejores oportunidades de vida para aquellos que portan las credenciales “correctas” (o, tal vez, que no portan las “equivocadas”); los que no pueden proveer para sí mismos en una nación donde los propietarios de casas no se las rentan a familias numerosas; las compañías no promueven a las mujeres; la justicia, con demasiada frecuencia, es un producto de la posición social; el acceso a la medicina preventiva está limitado a aquellos con suficientes ingresos, y en la que existen muchas otras discriminaciones y desigualdades en una escala masiva.

 

¿Los gobiernos deben, entonces, reemplazar la consciencia de la gente?

 

No. Los gobiernos son la consciencia del pueblo, franca, abierta. Es a través de los gobiernos que la gente busca, espera y determina corregir los males de la sociedad.

 

Eso esta bien dicho. Sin embargo, repito, ¡en el intento de garantizar a las personas la oportunidad de respirar, deben tener cuidado de que las leyes no los sofoquen!

No puedes legislar la moralidad. No pueden obligar a la igualdad.

Lo que se necesita es un cambio en la consciencia colectiva y no una ley aplicable a la consciencia colectiva.

La conducta (y todas las leyes, y todos los programas del gobierno), deben surgir de la Existencia, deben ser un verdadero reflejo de Quienes Son.

 

¡Las leyes de nuestra sociedad, reflejan quienes somos! Les dicen a todos: “Así es la situación aquí en Estados Unidos. Esto es lo que son los estadounidenses”.

 

En el mejor de los casos, tal vez. Pero con mayor frecuencia, esas leyes son los pronunciamientos de lo que piensan quienes están en el poder que deben ser ustedes, pero no son.

 

Los “pocos elitistas” instruyen a los “muchos ignorantes” por medio de la ley.

 

Precisamente.

 

¿Y eso que tiene de malo? Si hay unos pocos de los más brillantes y mejores entre nosotros que están dispuestos a atender los problemas de la sociedad, del mundo, y proponer soluciones, ¿acaso no beneficia eso a los muchos?

 

Depende de los motivos de esos pocos. Y de su claridad. En general, nada es más benéfico para “los muchos” que permitirles que se gobiernen a sí mismos.

 

Anarquía. Eso nunca ha funcionado

 

No pueden crecer y volverse grandes cuando el gobierno constantemente les dice qué deben hacer.

 

Se podría argumentar que el gobierno – con eso quiero decir que la ley por la cual hemos elegido gobernarnos a nosotros mismos – es un reflejo de la grandeza de la sociedad (o falta de), puesto que las grandes sociedades promulgan grandes leyes.

 

Y muy pocas. En las grandes sociedades, se necesitan muy pocas leyes.

 

Sin embargo, las sociedades sin leyes verdaderamente son sociedades primitivas, donde el “poder es para el más fuerte”. Las leyes son el intento del hombre de nivelar el campo de juego; de asegurar que prevalecerá lo que realmente está correcto, sin que importe la debilidad o la fuerza. ¿Cómo podríamos coexistir sin códigos de conducta en los que concordemos mutuamente?

 

No estoy sugiriendo un mundo sin códigos de conducta, sin acuerdos. Estoy sugiriendo que acuerdos y códigos se basen en un mayor entendimiento y una definición más amplia del interés propio.

Lo que dicta la mayoría de las leyes es lo que conviene a los intereses creados de los más poderosos.

Veamos un ejemplo: Fumar.

Ahora la ley dice que no pueden cultivar y usar una cierta clase de planta, hachís (mariguana), o cáñamo indio, porque el gobierno dice que no es bueno para ustedes.

Sin embargo el mismo gobierno dice que está bien que se cultive y se consuma otra clase de planta, el tabaco, no porque sea benéfica para la población (en efecto, el mismo gobierno dice que no lo es), sino, presumiblemente, porque siempre se ha consumido.

La verdadera razón para que la primera planta esté proscrita y la segunda esté libre de restricciones, no tiene nada que ver con la salud. Tiene que ver con la economía. Es decir, con el poder.

Por lo tanto, las leyes no reflejan lo que la sociedad piensa de sí misma y desea ser; las leyes reflejan dónde está el poder.

 

No es justo. Escogiste una situación en la cual son aparentes las contradicciones. La mayoría no son así.

 

Por el contrario la mayoría lo son.


 

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