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JHASUA A LOS VEINTE AÑOS

Vuelto nuevamente Jhasua al Santuario del Tabor, reanudó sus silenciosas tareas de orden espiritual intenso, algo interrumpidas por las actividades exteriores. Nos referimos en particular a sus ensayos de telepatía y a su Diario, pues que en la práctica misma del bien, no cesaba de extender sus admirables facultades, y sus poderes internos en armonía con las fuerzas y leyes naturales.

Sólo había faltado del Santuario treinta días escasos, y encontró a su regreso varias epístolas de diversas partes.

Desde Ribla le había escrito Nebai con importantes noticias.

Los hijos del sacerdote de Hornero se habían casado con doncellas sirias.

Los dos hermanos de Nebai que también estaban en vísperas de celebrar matrimonio, ponían un movimiento desusado en el gran casti­llo, antes tan silencioso y sereno.

Y Nebai con mucha gracia decía en su epístola:

"Me ha llegado el momento de poner en práctica aquellas ense­ñanzas tuyas Jhasua, llenas de sabiduría: Extraer del fondo de todas las cosas lo más hermoso que hay en ellas. Y en mi caso, lo más hermo­so son las almas de las que van a ser mis cuñadas y que vendrán pronto a vivir al castillo, hasta ahora casi vacío, y donde se han arreglado dos nidillos independientes para estos pájaros bulliciosos.

"Los Terapeutas del Santuario del Hermón nos visitan con frecuen­cia y con ellos hablo de ti Jhasua, y ellos me alientan en esta vida mía tan diferentes de las demás mujeres de mi edad y condiciones.

"Ellos me dicen: Tú las harás a ellas a tu medida, y no que ellas te hagan a la suya.

"Y será así Jhasua, porque mis hermanos, sus novias y yo, hemos ingresado al grado primero de la Fraternidad Esenia y en su próximo viaje, los Terapeutas nos traerán el libro de la Ley con los Salmos, y el manto blanco correspondiente al grado que comenzamos.

"Espero que también las nueras del anciano Menandro, inicien es­te camino.

"Quiero saber si es realidad o ilusión lo que me ocurrió hace cuatro días.

"Pensaba yo en la fuente de las palomas de la casita de piedra, al caer de la tarde, según lo convenido. Me imaginé que tú no estabas allí, porque mi pensamiento parecía perderse en el vacío sin que nadie lo acogiera. Pero pasado un buen rato sentí la vibración tuya Jhasua que desde otro lugar me decía: Nebai, no me busques en la fuente porque no estoy en el Tabor sino en las montañas de Samaría. Pronto volveré.

"¿Es cierto esto Jhasua? ¿Cómo es que no me lo anunciaste en tu última epístola?".

Y continuaba así la epístola de Nebai descubriendo nítidamente las luces y sombras de aquella hermosa alma, que buscaba cumbres diáfanas con claridades de estrellas y ansias de inmensidad.

Al regresar de Samaría Jhasua y el maestro Melkisedec se detu­vieron en Nazareth durante algunos días, para ayudar con fuerzas es­pirituales y magnéticas a Joseph y Jhosuelín. Ambos parecían revivir con la sola presencia de Jhasua.

La llegada del tío Jaime con su hijo, puso una nota más de íntima ternura en aquella familia, sobre la cual desbordaba la piedad y mag­nificencia divinas.

La fisonomía del anciano Joseph iba adquiriendo esa apacible se­renidad que parece tener reflejos de la vida superior, a que pronto será llamado el espíritu triunfante en las luchas de la vida.

Joseph el justo, como le llamaban muchos porque veían en su vida un crisol de nobleza y equidad, estaba viviendo sus últimos años y como si una luz superior le iluminase, iba disponiéndolo todo, para que la familia que le rodeó en el ocaso de su vida, no se viera perturbada por aquella otra familia de su juventud.

—Todos son honrados y buenos —decía él muy juiciosamente—' pero entre los buenos, el orden los ayuda a ser mejores y a comprender más claramente los derechos de los demás.

Jhasua dijo a sus padres:

—Voy al Santuario sólo por una luna y en seguida estoy nueva­mente con vosotros por todo este invierno.

"Entre todos vosotros y yo tenemos que arreglar muchas asuntos.

Excusado es decir que la noticia causó a todos indecible alegría.

Su estaría en el Santuario la emplearía en descanso de su espíritu y para tomar nuevas energías.

Había gastado muchas en las obras espirituales y materiales rea­lizadas en favor de sus semejantes.

El dominar las corrientes adversas que dificultan la vida del hom­bre en los mundos de expiación, requiere esfuerzos mentales demasiado intensos, y esto lo saben y experimentan todas las almas que en una for­ma o en otra consagran su vida a cooperar en la evolución espiritual y moral de la humanidad.

Las epístolas de Nebai y de Hallevi (el que años más tarde tomó el nombre de Bernabé) eran su noticiario del norte, como las de José de Arimathea eran su noticiario del sur.

Junto con las de este último, los Terapeutas le traían los mensajes escritos o verbales de sus amigos del Monte Quarantana, los porteros del Santuario Bartolomé y Jacobo ya padres de familia, y en cuyas al­mas seguía vibrando como un arpa eterna el amor de Jhasua.

Un mensaje del menor Bartolomé, causó al joven Maestro una tiernísima emoción. Le anunciaba que el mayor de sus hijitos había cum­plido cinco años, y pedía permiso a Jhasua para empezar a montarlo en aquel asnillo ceniza que le había regalado en su estadía en el San­tuario siete años atrás.

Sus amigos de Bethlehem, aquellos que le vieron la noche misma de su nacimiento, Elcana y Sara, Josías, Alfeo y Eleazar, escribían juntos una conmovedora epístola que era una súplica brotada del fondo de sus corazones:

"Van a llegar las nieves —le decían-— y con ellas el día glorioso que hará veinte años brilló sobre Bethlehem como una aurora resplan­deciente. Venid con Myriam y Joseph a pasarlo entre nosotros y haréis florecer una nueva juventud sobre estas vidas cansadas que ya se incli­nan hacia la tierra".

La suave ternura que saturaba la epístola vibró intensa en el alma del joven Maestro, que entornando los ojos dejó volar su pensamiento como una mariposa de luz, hacia aquellos que así llamaban por él.

Volvió a ver mentalmente a Sara en su incansable ir y venir de las amas de casa consagradas con amor a velar por el bienestar de toda la familia; a Elcana su esposo al frente de su taller de tejidos, siendo una discreta providencia sobre las familias de sus jornaleros; a Alfeo, Josías y Eleazar, con sus grandes majadas de ovejas y cabras, prove­yendo a toda aquella comarca de los elementos indispensables para la vida como es el alimento y, el abrigo.

En muchas de aquellas casas betlehemitas se anudaba un vínculo de amor con el joven Mesías, al cual no veían desde sus 12 años cuando estuvo en el Templo de Jerusalén.

Y hasta en el oculto Refugio esenio de los estanques de Salomón, habitado por la mártir Mariana, llorando eternamente a sus hijitos ase­sinados por mandato de Herodes, el nombre de Jhasua era como una luz encendida en las tinieblas, como un rosal en un páramo desierto, como el raudal fresco de una fuente en los arenales calcinados por el sol

Todo esto vibró en el alma de Jhasua como el sonido de una cam­pana lejana, y no pudiendo resistir a aquel llamado imperioso del amor, contestó con el primer Terapeuta que salió rumbo al sur, que pasaría en Bethlehem el día que cumplía sus 20 años de vida terrestre.

Había prometido a sus padres pasar ese invierno con ellos, y con ellos iría a Jerusalén donde la Escuela de sus amigos le reclamaba ar­dientemente, después de la dura borrasca que hubo de soportar. Allí estaba también Lía, la parienta viuda que al casarse sus tres hijas, lle­nó su soledad con las obras de misericordia que derramó a manos llenas sobre los desamparados y los enfermos.

"—Son las flores de mi huerto" —decía ella cuando en determi­nados días de la semana, su jardín se llenaba de madres con niños, y con ancianos cargados no sólo de años, sino más aún de pesadumbre y de miseria.

Lía, la viuda esenia, silenciosa y discreta, asociaba a sus obras a sus tres hijas casadas, Susana, Ana y Verónica que ya conoce el lector en los comienzos de esta obra. Ellas concurrían los días señalados para leer los libros de los Profetas a los protegidos de su madre, instruyén­dolos por este medio en sus deberes para con Dios, con el prójimo y consigo mismos.

La obra silenciosa y oculta de los Esenios que quedó olvidada por los cronistas de aquel siglo de oro, fue en verdad la red prodigiosa en que quedaron prendidas para toda la eternidad, las almas que en nu­merosa legión se unieron al Hombre-Luz, ungido del Amor y de la Fe, que marcó el sendero imborrable de la fraternidad entre los hombres.

Toda esta inmensa labor silenciosa como una vid fantástica que extendía sus ramas cargadas de frutos por todas partes, esperaba a Jhasua en aquella Judea árida y mustia para los que bajaban de las fértiles montañas samaritanas y galileas, pero donde el amor silencioso de las familias esenias ponía la nota tierna y cálida de una piadosa fraternidad más hondamente sentida.

Vemos, pues, que desde las fértiles montañas del Líbano en la Siria, hasta los ardientes arenales de la Idumea en el sur, florecía en las almas la esperanza como un rosal mágico de ensueño.

El Ungido de Jehová andaba con sus. pies por aquellas tierras, y los dolores humanos desaparecían a su contacto.

Los Terapeutas peregrinos que salían de sus Santuarios cargados de amor en el alma, iban llevando de aldea en aldea el hilo de oro que ataba los corazones unos con otros en torno al Hombre Ungido de Dios, cuya vida de niño y de joven les relataban en secreto y minuciosamente.

Bastó que Jhasua instalase un pequeño recinto de oración en la casa de sus padres en Nazareth, para que se hiciera lo mismo en todas las familias esenias que pudieron disponer un rinconcillo discreto con una mesa suntuosa o desnuda, donde los Salmos y los Profetas estaban presentes con su pensamiento escrito, y vivido cual si fuera el aliento mismo de la Divinidad.

Sobre aquella mesa, y grabada en una lámina de madera, de cobre o de mármol, aparecía invariablemente el mandato primero dé la Ley de Moisés: "Adorarás al Señor Dios tuyo con toda tu alma y amarás a tu prójimo como a tí mismo".

Para los más pobres y que no disponían sino de una cocina con estrados para el descanso, la piedad esenia tenía el recurso de la oración en casa del vecino, que tenía abierto su recinto sagrado para aquellos hermanos de ideal que no podían tenerlo. Tal fue la obra esenia de elevación de las almas a un nivel superior que las pusiera a tono con el Pensamiento Eterno que el Cristo traía a la Tierra.

Esta armónica corriente de amor y de fe, esparcida como un fuego purificador por toda la Palestina y países circunvecinos, fue la ola mágica en que Jhasua desenvolvió su vida oculta, que quedó como sepultada en el olvido a mitad del siglo pasado, a medida que iban desapareciendo del plano físico los testigos oculares, sus familiares y sus discípulos.!

El recinto de oración en cada casa esenia, ha dado origen a la afir­mación de algunos viajeros que han escrito sobre el particular, de que toda Palestina estaba llena de Sinagogas y que en las grandes ciudades se contaban hasta cuatrocientas o más.

El pensamiento sutil del lector que analiza y razona, parece es­tarnos preguntando: ¿Cómo, de esta ola de paz y amor fraterno, de esta intensidad de vida espiritual pudo surgir trece años después el horrendo suplicio con que se puso fin a la vida física del Cristo?

El pontificado y clero de Jerusalén vio llegado su fin ante el verbo de fuego del gran Maestro que volvía por los derechos del hombre, y vació el oro acumulado en el comercio del templo, en las bolsas vacías del populacho ignorante y hambriento mientras le decía: "Causante de nuestros males, es el vagabundo que predica el desprecio por los bienes de la tierra, porque con él ha llegado el reino de Dios que él anuncia".

Calmada así brevemente la inquietud del lector, continúo la na­rración:

Diez y seis días antes del aniversario vigésimo de Jhasua, salió de Nazareth con sus padres en la caravana que venía de Tolemaida hacia el sur.

El camino se bifurcaba al llegar a la Llanura de Esdrelón, y el uno recorría el centro de la provincia de Samaria pasando por Sebaste y Sichen, mientras el otro tocaba Sevthópolis y seguía por la ribera del Jordán hasta Jericó, Jerusalén y Bethlehem.

A los viajeros que seguían el camino del Jordán, se unieron Joseph, Myriam y Jhasua, pues que en aquel camino se encontraban muchos amigos y familiares. En Sevthópolis que ya conoce el lector, se hallaba el Santuario esenio recientemente restaurado, donde los porteros de la amistad del tío Jaime, les brindarían un cómodo y tranquilo hospedaje.

En Archelais, segundo punto de parada de la caravana, vivía la familia de Devora, la primera esposa de Joseph, a la cual se había uni­do Matías, el segundo hijo de aquel primer matrimonio.

El justo Joseph había sido siempre el paño de lágrimas de sus sue­gros mientras vivieron, y aún lo era para dos hermanas viudas de su primera esposa, que vivían pobremente en aquella localidad. La familia había sido avisada y les esperarían seguramente.

Y finalmente en Jericó, tercer punto de parada, vivían familiares de Myriam, dos hermanos de Joaquín su padre, con sus hijos y sus nietos.

Todo esto fue tenido en cuenta por nuestros viajeros con el fin de estrechar vínculos con seres que aunque muy queridos se mantenían algo alejados por las escasas visitas que sólo se hacían de tiempo en tiempo.

Para Jhasua existían a más, otros poderosos motivos: las grutas refugios que en las montañas de las riberas del Jordán habían vuelto a ser habitadas, según noticias que le mandó Judas de Saba, cuyo ar­doroso entusiasmo por las obras de misericordia le había convertido en providencia viviente para los desamparados  de aquella comarca.

Nuestros tres personajes eran, entre la caravana, los viajeros ricos, pues llevaban tres asnos con cargamento, cuando todos los demás sólo tenían aquel en que iban montados.

Sólo el jefe de la caravana sabía que el cargamento de los tres asnos contratados por Joseph no llevaban oro ni plata, sino pan, frutas secas y ropas para los refugiados en las grutas del Jordán.

El amor de Jhasua para sus hermanos menesterosos había pren­dido un fuego santo en las almas de sus padres y familiares, hasta el punto de que no podían sustraerse a esa suave influencia de piedad y conmiseración.

En los tres puntos de parada de la caravana, dejó Jhasua el rastro luminoso de su paso.

En Sevthópolis, alrededor de las tiendas movibles que se instalaban cada día, se observaban a veces algunos infelices contrahechos, niños retardados, o con parte del cuerpo atacado de parálisis.

Descender de su borrico e ir derecho hacia ellos, fue cosa tan rá­pida, que ni aún tuvieron tiempo sus padres para preguntarle: ¿A dón­de vas?

El dolorido grupo miró con asombro a este hermoso doncel de ca­bellos castaños y ojos claros, que les miraba con tanto amor.

—Vosotros estáis enfermos —les dijo—, porque no os acordáis que vuestro Padre, que está en los cielos, tiene el poder de curaros y quiere hacerlo. ¿Por qué no se lo pedís?

—El está muy lejos, y no oirá nuestros clamores —contestó un jovenzuelo que tenía todo un lado de su cuerpo rígido y seco como un haz de raíces.

—Os engañáis, amigo mío. El está en torno a vosotros, y no lo sentís porque no lo amáis lo bastante para verlo y sentirlo.

Una poderosa vibración de amor comenzó a flotar como una brisa primaveral, y Jhasua, mirando al asombrado grupo, comenzó a decir con una voz dulce y profunda:

"Amarás al Señor Dios tuyo con todas tus fuerzas, con toda tu al­ma, y a tu prójimo como a tí mismo".

"Así manda la Ley del Dios-Amor que vosotros olvidáis".

Repartió unas monedas, y les dijo:

—Volved a vuestras casas, y no olvidéis que Dios os ama y vela por vosotros.

Mientras aquellas pobres mentes estuvieron absortas en la mirada y la palabra de Jhasua, sus cuerpos recibieron como una ola formida­ble, la energía y fuerza vital que él les transmitía, y recién cuando le perdieron de vista en el tráfago de gentes, bestias y tiendas, se aperci­bieron que sus males habían desaparecido.

Los unos corrían por un lado y los demás por otro como enloque­cidos de alegría, y buscando al doncel de la túnica blanca que no apa­recía en parte alguna.

Por fin llegaron a la conclusión de que debía ser el arcángel Rafael que curó a Tobías, por cuanto había desaparecido tan misteriosamente.

—Será un mago venido del norte —decían los extranjeros en el país, que nada sabían del arcángel Rafael ni de Tobías.

—Pero si estáis curados, a trabajar —decían otros ofreciéndoles trabajo en sus comercios, cuyas agitadas actividades necesitaban siem­pre más y más operarios.

Era inútil que buscaran a Jhasua, que instaló rápidamente a sus padres bajo la tienda-hospedería, y corrió al Santuario en busca del portero, con cuya familia pasaría la noche hasta la hora primera en que la caravana continuaba el viaje.

Con gran sorpresa de los solitarios, se les presentó de pronto en el archivo donde todos ellos se encontraban ordenando de nuevo su abun­dante documentación.

— ¿No os dije antes que sería vuestro cirio de la piedad? Pues aquí estoy, pero sólo por unas horas.

"¿Dónde están los ex cautivos? —preguntó aludiendo a los tres terapeutas libertados de la cadena.

—En la cocina preparando las maletas para ir a las grutas —le contestaron.

—Pues nada más oportuno —dijo Jhasua—. Traemos un pequeño cargamento para los refugiados.

Indecible fue la alegría de los tres terapeutas al abrazar de nuevo a Jhasua.

Cuando se acercaba la hora de partir, ellos acompañaron a los tres viajeros para hacerse cargo de las provisiones que la familia de Joseph donaba a los refugiados, en las grutas del Jordán.

Después de pedirles referencias y detalles minuciosos sobre el es­tado y condiciones de los enfermos, Jhasua se despidió de ellos para continuar viaje junto a sus padres.

Desde que salieron de Sevthópolis, el camino se deslizaba en plena montaña, costeando serranías que por estar adelantado el invierno apa­recían un tanto amarillentas y desprovistas, desde luego, de su exuberante verdor.

Todo el trayecto desde Sevthópolis hasta Archelais ofreció a Jha­sua la oportunidad de derramar como un raudal caudaloso el interno poder que su espíritu-luz había conquistado en sus largos siglos de amor.

Y continuaba amando, como si no pudiera más detenerse en la glo­riosa ascensión a la cumbre, a la cual parecía subir en vertiginosa ca­rrera.

"Amar por amar es agua

que no conocen los hombres.

Amar por amar, es agua

que sólo beben los dioses".

 

Había cantado así Bohindra, el genio inmortal de la armonía y del amor, y su verso de cristal lo vemos vivir en Jhasua con una vida exuberante, que asombra en verdad a quien !o estudia en su profundo sentir.

Montado en su jumento, no descuidaba mirar a cada instante en su carpeta que llevaba en su mano izquierda.

Mira Jhasua que este camino tan escarpado ofrece tropiezos a cada instante —decíale su padre—, y temo que por mirar tu carpeta no ayudas al jumento a salvar los escollos.

—El está bien amaestrado, padre; no temáis por mí —contesta­ba él.

¿Se puede saber, hijo mío, qué te absorbe tanto la atención en esa carpeta? — le preguntaba a su vez Myriam cuya intuición de mujer estaba adivinando lo que pasaba.

Cosillas mías, madre, que sólo para mí tienen interés —contes­taba sonriente Jhasua, como el niño que oculta alguna travesura muy dulce a su corazón.

"Aquí están las dos encinas centenarias —murmuró a media voz—. Es la señal de la gruta de los leprosos.

Aún estaban a cincuenta brazas de las encinas, y ya vieron salir un bulto cubierto con un sacón de piel de cabra que sólo tenía una aber­tura en la parte superior para los ojos.

Sólo así les era permitido a los atacados del horrible mal el acer­carse a las gentes que pasaban, en demanda de un socorro para su irremediable situación.

Jhasua habló pocas palabras con el jefe de la caravana, que siem­pre llevaba preparado un saco con los donativos de algunos de los via­jeros para los infelices enfermos.

—Yo lo llevaré por vos —dijo Jhasua recibiendo él saco y enca­minándose hacia el bulto cubierto que avanzaba. Los viajeros pasaron de largo, deseando poner mayor distancia entre el leproso y ellos.

Myriam y Joseph detuvieron un tanto sus cabalgaduras para dar tiempo a Jhasua.

—Ya imaginaba esto mi corazón —decía Myriam a su esposo.

"En la carpetita debe traer Jhasua escritas las señas donde están las grutas, y eso era lo que absorbía su atención.

— ¡Oh! Este hijo santo que Jehová nos ha dado, Myriam, nos da cada lección silenciosa, que si sabemos aprenderla seremos santos también.

Y el anciano, con sus ojos humedecidos de llanto, continuaba mi­rando a Jhasua, que llegaba sin temor alguno al leproso.

Le vieron que le quitó el sacón de piel y le tomó las manos.

Fue un momento de mirarle a los ojos con esa irresistible vibración de amor que penetraba hasta la médula como un fuego vivificante, que no dejaba fibra sin remover.

Myriam y Joseph no podían oír sus palabras, pero nosotros podemos oírlas, lector amigo, después de veinte siglos de haber sido pronunciadas.

En los Archivos Eternos de la Luz, maga de los cielos, quedaron escritas como queda grabado todo cuanto fue pensado, hablado y sentido en los planos físicos:

—Eres joven, tienes una madre que llora por ti; hay una doncella que te ama y te espera unos hijos que podrán venir a tu lado. Lo sé todo, no me digas nada. Judas de Saba me ha informado de todo cuanto te concierne.

—Sálvame, Señor, que ya no resisto más el dolor en el cuerpo y el dolor en el alma —exclamó el infeliz leproso, que sólo tenía veintiséis años.

—El poder divino que Dios me ha dado, y que tú fe ha descubierto en mí, te salvan. Anda y báñate siete veces en el Jordán y vuelve al lado de tu madre. Sé un buen hijo, un buen esposo y un buen padre, y esa será tu acción de gracia al Eterno Amor que te ha salvado. Di a tus compañeros que hagan lo mismo, y si creen como tú en el Poder Divino, serán también purificados.

El enfermo iba a arrojarse a los pies de aquel hermoso joven, cu­yas palabras le hipnotizaban causándole una profunda conmoción. Pero sintió que todo su cuerpo temblaba y se sentó sobre el heno seco que bordeaba el camino.

— ¡Anda!, no temas nada —le dijo  Jhasua montando de nuevo y volviendo al lado de sus padres que le esperaban.

Los otros viajeros se perdían ya en una de las innumerables vueltas del tortuoso camino costeando peñascos enormes, y que pensaban sin duda en que el infeliz leproso sería un familiar de Jhasua por cuanto le prestaba tal atención.

No ha comprendido aún la humanidad lo que es el amor, que no necesita los vínculos de la sangre ni las recompensas de la gratitud, para darse en cuanto tiene de grande y excelso como una vibración permanente del Atman Supremo, que es amor inmortal por encima de todas las cosas.

Nuestros tres viajeros quedaron por este retraso a cierta distancia de la caravana, lo cual les permitía hablar con entera libertad.

— ¡Qué obra grande has hecho hijo mío! —le dijo Joseph mirando a Jhasua con esa admiración que producen los hechos extraordinarios.

—Era lástima tan joven y ya inutilizado para la vida —añadió Myriam, esperando una explicación de Jhasua que continuaba en si­lencio—. ¿Se curará hijo mío?

—Sí, madre, porque cree en el Divino Poder y eso es como abrir todas las puertas y ventanas de una casa para que entre en torrente avasallador el aire puro que lo renueva y transforma todo.

— ¿Habrá otros leprosos allí? —volvió a preguntar ella.

—Han quedado veinte de los treinta y dos que había desde hace mucho tiempo.

"Los otros murieron cuando los Terapeutas del Santuario dejaron de socorrerles. Eran ya de edad y su mal estaba muy avanzado. La mi­seria los consumió más pronto.

— ¿Y no podría evitarse Jhasua este mal espantoso que va desarro­llándose tanto en nuestro país?

—Cuando los hombres sean menos egoístas desaparecerá la lepra y la mayoría de los males que afectan a la humanidad. La extremada pobreza hace a los infelices de la vida, ingerir en su cuerpo las materias descompuestas como alimento. Los tóxicos de esas materias ya en estado de putrefacción, entran en la sangre y la cargan de gérmenes que pro­ducen todas las enfermedades. Los gérmenes corrosivos van pasando de padres a hijos, y la cadena de dolor se va haciendo más y más larga.

"Cuando los felices de la vida amen a los infelices tanto como a sí mismos se aman, se acabarán casi todas las enfermedades, y sólo mo­rirán los hombres por agotamiento de la vejez o por accidentes ines­perados.

"He podido curar leprosos, paralíticos y ciegos de nacimiento; pe­ro no he podido aún curar a ningún egoísta. ¡Qué duro mal es el egoísmo! Una honda decepción pareció dibujarse en el expresivo semblante de Jhasua, cuya palidez asustó a su madre.

Hijo mío —le dijo—, estás tan pálido que me pareces enfermo.

Jhasua queda así cuando salva a otros de sus males. Se diría que por unos momentos absorbe en su cuerpo físico el mal de los curados —añadió su padre.

Jhasua les miraba a entrambos y sonreía en silencio.

Veo que os vais tornando muy observadores —dijo por fin.

Cuando has curado a Jhosuelín y a mí, te he visto también pali­decer —dijo Joseph—. Pero me figuro que si el Señor te da la fuerza de salud para los otros, te repondrá la que gastas en ellos.

—Es así padre como lo piensas. Ya me pasa este estado de laxitud, porque los enfermos ya entraron en renovación.

— ¿Pero, se curarán todos? —preguntó alarmada Myriam temero­sa de que tantos cuerpos enfermos agotasen la vida de su hijo. Jhasua comprendió el motivo de esa alarma.

— ¡Madre! —le dijo con infinita ternura—. No me des el dolor de adivinar en tu alma ni una chispa de egoísmo. La vida de tu hijo vale tanto como esas veinte vidas salvadas.

"También ellos tienen madres que les aman como tú a mí. Ponte tú en lugar de una de ellas y entonces pensarás de otra forma.

— ¡Tienes razón hijo mío! Perdóname el egoísmo de mi amor de madre. Eres la luz mía, y sin ti, me parece que me quedaría a obscuras.

—Tendrás que aprender a sentirme a tu lado, aunque yo desapa­rezca del plano físico...

—¡Dios Padre, no lo querrá, no!. . ¡Moriré yo antes que tú!... —dijo ella como en un sollozo de angustia.

— ¿Ves madre el dolor de esas madres que ven morir vivos a sus hijos en las cavernas de los leprosos?

—Sí hijo mío!, lo veo y lo siento. Desde hoy te prometo averiguar donde hay un leproso para que tú le cures. Yo soy la primera curada por ti del egoísmo.

"¡Ya estoy curada Jhasua!... ¡Ante Dios Padre que nos oye, en­trego mi hijo al dolor de la humanidad!

Y   la dulce madre rompió a llorar a grandes sollozos.

— ¿Qué hiciste Jhasua, hijo mío, qué hiciste? —decía Joseph, to­mando una mano de Myriam y besándola tiernamente.

— ¡Nada padre! Es que al sacarse ella misma la espina que tenía clavada en el alma, le ha causado todo este dolor. Pero ya estás curada madre, para siempre, ¿verdad?

Esto lo decía Jhasua ya desmontado de su asno y rodeando con su brazo la cintura de su madre.

—Sí hijo mío, sí, ya estoy curada.

Y   la admirable mujer del amor y del silencio, secaba sus lágrimas y sonreía aquel hijo-luz que tenía al alcance de sus brazos.

El camino se acercaba más y más al río Jordán, cuyas mansas aguas se veían correr como en el fondo de un precipicio encajonado entre dos cadenas de montañas.

Los viajeros tenían al occidente la mole gigantesca del monte Ebat de 8.077 pies de altura, cuyas cimas cubiertas de nieve iluminadas por el sol de la tarde, les daba el aspecto de cerros de oro recortados sobre el azul turquí de aquel cielo diáfano y sereno.

— ¡Qué bella es Samaría!... —exclamaba Jhasua absorto en la con­templación de tan espléndida naturaleza—. Me recuerda los panoramas del Líbano, con la cordillera del Hermón, más alto que estos montes Ebat.

—Los recordamos, hijo mío —contestaba Joseph— pues los hemos contemplado a través de nuestras lágrimas de desterrados cuando con­tigo, pequeñito de diez y siete meses pasamos allí cinco años largos.

—Mi vida os trajo muchas pesadumbres —dijo Jhasua— y acaso os traerá muchas más.

— ¡No hagas malos augurios, hijo mío! —le dijo su madre— ni ha­bles de las pesadumbre que trajo tu vida. ¿Qué padres no las tienen por sus hijos?

—Y más en estos tiempos —añadió Joseph— en que la dominación romana tiene tan exasperados a nuestros compatriotas, que cometen serias imprudencias a cada paso. Uno de los hermanos de Débora está preso en Archelais y no sé si podré verle.

— ¡Cómo! ¿Y no habías dicho nada?... Joseph, eso no está bien.

— ¡Mujer!... no quise decírtelo por evitarte una amargura. En­tonces no pensaba en hacer este viaje y creí que todo pasaría sin que tú lo supieras.

— ¿Y la esposa y los hijos? —volvió a preguntar Myriam.

—El hijo mayor que ya tiene veinte años como nuestro Jhasua, está al frente del molino ayudado por mi hijo Matías a quien le pedí que se ocupase del asunto.

—Y ¿qué crimen le imputan para llevarlo a la cárcel? —preguntó Jhasua.

—Este cuñado mío —decía Joseph— estuvo siempre en desacuerdo con los herodianos y sus malas costumbres, y no se cuidó nunca de ha­blar en todas partes exteriorizando sus rebeldías. Cuando Herodes hizo modificar la antigua ciudad de Yanath y le dio el nombre de su hijo ma­yor Archelais, mi cuñado levantó con el pueblo una protesta porque aquel viejo nombre venía desde el primer patriarca de ¡a tribu de Manases que se estableció en esa región, y fue quien construyó el primer santua­rio que el pueblo hebreo tuvo al entrar en esta tierra de promisión.

"Con esta protesta ya quedó sindicado como un revoltoso, y cual­quier sublevación que hay en el pueblo, la cargan sobre él. El infeliz tuvo la equivocada idea de que una protesta justa y razonable como era, pudiera torcer el capricho de la soberbia de un rey que tenía la preten­sión de que los nombres de sus hijos se inmortalizaran hasta en los pe­ñascos de este país usurpado a los reyes de Judá.

Hace dos lunas, cuando los herodianos celebraban el aniversario de la coronación de Herodes el Grande como rey de la Palestina, apare­ció apedreada y rota la estatua suya que estaba en la plaza del mercado, y arrancada la placa de bronce en que está escrito el nuevo nombre de la ciudad.

"Los herodianos señalaron en seguida a mi cuñado como incitador a este desorden. Eso es todo.

— ¿No habéis hecho nada por salvarle? —preguntó Jhasua intere­sándose en el asunto.

—Se ha hecho mucho, y ahora sabremos si hay esperanzas de liber­tarlo —contestó Joseph.

En Jhasua se había despertado ya el ansia suprema de justicia y de liberación para el infeliz cautivo que se hallaba en un calabozo cuando tenia nueve hijos que alimentar.

Sus padres lo comprendieron así y Joseph dijo a Myriam en voz baja:

—Aquí va a pasar algo; ya preveo un prodigio de esos que sólo nuestro Jhasua puede hacer.

— ¡Calla, que no nos oiga! —Decía Myriam—. Le disgusta mucho que hagamos comentarios sobre las maravillas que obra.

Cuando llegaron a Archelais, lo primero que vieron fue la gran plaza mercado y la estatua del Rey Herodes sin cabeza y sin brazos provocando las risas y burlas de sus adversarios.

Jhasua sumido en hondo silencio parecía absorto en la profundi­dad de sus pensamientos.

—Padre —dijo de pronto— los que están felices y libres, no ne­cesitan de nosotros. Dejemos a mi madre en la casa familiar y vamos tú y yo a ver al tío Gabes en su prisión. —Bien hijo, bien.

La pobre esposa desconsolada, se abrazó de Myriam y lloró amar­gamente.

—Sé que tu hijo Jhasua es un Profeta que hace maravillas en nombre de Jehová —le dijo entre sollozos.

"Dile tú que salve a mi esposo del presidio, y mis hijos y yo le seremos fieles siervos hasta el fin de su vida.

Jhasua alcanzó a oír estas palabras, y acercándose al tierno grupo, le dijo:

—No llores buena mujer, que nuestro Padre Celestial ya ha tenido piedad de ti. Hoy mismo comerá el tío Gabes en tu mesa. Pero, ¡silen­cio!, ¿eh? que las obras de Dios gustan albergarse en el corazón y no andar vagando por las calles y las plazas.

Luego de un breve saludo a los familiares, Jhasua y su padre, guiados por Matías fueron a la alcaidía del presidio.

Según habían convenido mientras iban, Joseph se ofrecería como fianza por la libertad provisional del preso, con la promesa de pagar la reconstrucción de la estatua.

El alcaide era un pobre hombre sin mayor capacidad, pero con una gran dosis de dureza y egoísmo en su corazón.

Desde que lo vieron, Jhasua lo tomó como blanco de los rayos mag­néticos fulminantes que emanaba su espíritu en el colmo de la indig­nación.

—Señor —le dijo, luego que habló el padre—. Pensad que ese hombre tiene nueve hijos para mantener y que no hay pruebas dé haber sido él quien rompió la estatua del Rey.

—No encontrando al culpable, debe pagar él, que en otras ocasio­nes amotinó al pueblo por bagatelas que en nada le perjudicaban —con­testó secamente el alcaide.

La presión mental de Jhasua iba en aumento y el alcaide vacilaba.

—Bien —dijo— que venga el escriba y firmaréis los tres el com­promiso de pagar la restauración de la estatua. Aunque no sé cómo os arreglaréis porque el escultor que la hizo, ha muerto, y no se encuentra en todo el país quien quiera restaurarla.

—Eso corre de nuestra cuenta —dijo Jhasua—. Hay quien la re­construye si ponéis en libertad ahora mismo al prisionero.

El escriba levantó acta que firmaron Joseph, Matías y Jhasua.

El preso les fue entregado, y Jhasua les dijo después de la emo­cionada escena del primer encuentro que ya imaginará el lector:

—Bendigamos a Dios por este triunfo, y volved los tres a donde está la familia para salvarles de la inquietud.

—Esto será por poco tiempo; de todas maneras os agradezco en el alma cuanto habéis hecho por mí —le contestó Gabes.

— ¿Por poco tiempo decís? —Preguntó Jhasua—. ¿Creéis entonces que os detendrán de nuevo?

—Seguramente, en cuanto no aparezca reconstruida la estatua. Esos herodianos andan como perros rabiosos. No apareciendo el verda­dero culpable, volverán por mí.

— ¡No tío Gabes!... ¡no volverán! Te lo digo en nombre de Dios —afirmó Jhasua con tal entonación de voz, que los tres hombres se miraron estupefactos.

— ¡Que Dios te oiga sobrino, que Dios te oiga!

— ¡Gracias! Yo vuelvo a la plaza del mercado donde tengo una diligencia urgente que hacer. Y sin esperar respuesta, Jhasua dio media vuelta y aligeró el paso en la dirección que había indicado.

— ¿Tiene amigos aquí tu hijo? —preguntó Gabes a Joseph.

—Que yo sepa no, pero él ha crecido y vivido hasta ahora entre los Esenios, y es impenetrable cuando se obstina en el silencio. Es evidente que algo hará en favor tuyo. Sus palabras parecen indicarlo. Dejémosle hacer. ¡Este hijo es tan extraordinario en todo!

La alegría de Ana, esposa de Gabes y de todos sus hijos y fami­liares, formó un cuadro de conmovedora ternura al verle ya libre.

"—Hoy mismo comerá el tío Gabes en tu mesa" —me dijo al llegar esta mañana tu hijo Myriam.

"¡Oh!, ¡es un profeta al cual el Señor ha llenado de todos sus dones y poderes supremos!... —exclamaba entre sus lloros y risas la pobre mujer, madre de cuatro niñitos pequeños, porque los cinco ma­yores eran de las primeras nupcias de Gabes.

— ¿Dónde dejasteis a Jhasua? —preguntaba Myriam a los tres re­cién llegados— porque vamos a sentarnos a la mesa, y es triste comer sin él en este día de tanta alegría.

—Ya le hice esa observación y dijo que venía en seguida-.

Mientras tanto Jhasua llegó a la plaza y se ubicó discretamente a la sombra de una hiedra que formaba una rústica glorieta, a veinte pasos de la estatua rota.

Aunque era invierno, un sol ardiente caía de plano sobre los blo­ques de piedra que pavimentaban la inmensa plaza. Los vendedores en­cerrados en sus carpas aprovechaban para comer tranquilos el tiempo de cese de las ventas que marcaba la ordenanza.

Jhasua se sentó en el único banco que había en la glorieta y sintió que todo su cuerpo vibraba sobrecargado de energía, en forma tal, co­mo no se había sentido jamás.

Y oyó en su mundo interior uno voz muy; profunda que le decía "no temas nada". "Las fuerzas vivas de la naturaleza te responden. El sol está sobre ti como un fanal de energía poderosa. La libertad de un hombre que alimenta nueve hijos, está en juego.

"Entrégate como instrumento a las fuerzas vivas, y duerme. La Energía Eterna hará lo demás". Y se durmió profundamente.

Muy pronto se despertó porque al salir los vendedores de sus tien­das daban gritos ofreciendo sus mercancías. Miró hacia la estatua rota, y la vio en perfecto estado como si nada hubiera ocurrido.

Pensó en acercarse a observarla de cerca, pero no quiso hacerlo para no llamar la atención en esos momentos. Nadie en la plaza demos­traba haber observado el extraordinario acontecimiento.

Jhasua elevó su pensamiento de acción de gracias al Supremo Po­der que así le permitía librar a un padre de familia de una injusta pri­sión, y volvió apresuradamente a casa de Gabes, donde su tardanza empezaba a causar inquietudes.

—Tío Gabes —dijo al entrar— ya no tienes que temer nada del alcaide, porque la estatua rota ha sido restaurada, y está perfecta.

— ¿Quién lo hizo —preguntaron varias voces a la vez.

— ¿Quién ha de ser? ¡Los obreros del Padre Celestial, del cual os acordáis muy poco para lo que El se merece, con tanto que os ama!      contestó Jhasua y se sentó a la mesa.

Myriam, Joseph y los dueños de casa se miraron como interrogan­do. El índice de Myriam puesto sobre los labios les pidió silencio y ca­llaron.

Cuando se terminó la comida, todos quisieron ir a la plaza, para ver y tocar la estatua ya reparada, a la vez que acompañaban a los via­jeros a incorporarse a la caravana.

Gabes y Ana hacían que todos sus hijos besaran la mano de Jha­sua, que de tan prodigiosa manera había anulado la condena de su padre.

Matías que tenía cuatro hijos, acercaba los suyos pidiendo a Jhasua que les conservara la salud y la vida, porque eran débiles y enfermizos.

—Matías —le dijo él— cuida de enseñar a tus hijos a amar a Dios y al prójimo, y El será quien cuide y conserve su salud y su vida.

—A mi regreso en la próxima luna visitaré tu casa —añadió Jhasua— porque he visto que uno de tus hijos vendrá conmigo.

Cuando montó en su cabalgadura luego de haber ayudado a su ma­dre, todas las manos se agitaban en torno de él que les decía:

—Porque me amáis, callad lo ocurrido, que el silencio .es hermano de la paz.

— ¡Es un Profeta de Dios!... —quedaron diciendo en voz baja todos.

—Myriam y Joseph merecían tal hijo y el Señor se los ha dado —decía Gabes.

—Pero la pobre madre vive temblando por ese hijo —añadió Ana, pues desde muy pequeño se vio obligado a huir de persecuciones de muerte.

—Fue cuando la matanza de niños betlehemitas —dijo Matías— que mi padre tuvo que llevarle muy lejos porque era a él a quien buscaban por orden de Herodes el viejo, cuya estatua acaba de restaurar Jhasua con él poder de Dios.

Mientras los familiares comentan a media voz los sucesos, nos­otros, lector amigo, lo haremos también con la antorcha de la razón y el estilete de la lógica.

El prodigioso acontecimiento que llenaba de asombro a los fami­liares de Jhasua, está dentro de la ley de integración y desintegración de cuerpos orgánicos, inorgánicos y materia muerta, lo cual es per­fectamente posible a las inteligencias desencarnadas que dominan los elementos de la naturaleza, y que tienen en el plano físico, un sujeto cuyos poderes internos pueden servirles de agente directo para la realización del fenómeno.

Más admirable es aún el desintegrar un cuerpo y reintegrarlo en otro sitio diferente, lo cual está asimismo dentro de la ley. El hecho de la estatua rota en la plaza de Archelais, sólo era reintegración parcial por acumulación de moléculas de una materia inorgánica y muerta.

Los seres que fueron testigos oculares de este hecho, .no estaban sin duda en condiciones mentales de asimilar la explicación científica que pudiera darles Jhasua, el cual se limitó a responder a las pregun­tas de "quién lo hizo" con su sencillez habitual: —"Los obreros del Pa­dre Celestial" con lo cual decía la verdad, sin entrar en las honduras de una explicación que no alcanzarían a comprender.

Cuando nuestros viajeros llegaron a Jericó, se encontraron con la caravana que venía desde Bozra, en Arabia, y atravesaba la Perea por Filadelfia y Hesbon.

Llamaba la atención de las gentes, una gran carroza que sólo usa­ban para viajar las personas de alta posición, mayormente si eran mu­jeres.

Venía en ella una hija del Rey de Arabia con un niño suyo, ata­cado de una fiebre infecciosa que. le llevaba irremediablemente a la muerte. El llanto de la joven madre partía el alma.

Un mago judío le había asegurado que si lo llevaba al templo de Jerusalén y ofrecía allí sacrificios a Jehová, su hijo sería curado. Y la infeliz madre había emprendido el largo viaje desde su palacio encla­vado como un cofre de pórfido en los montes Bazán, en busca de la vida de aquel hijo único que sólo contaba diez años de edad.

Oír el lastimoso llorar de aquella mujer y acercarse al lujoso carro, fue todo un solo momento para Jhasua.

—¿Por qué lloras mujer con tan hondo desconsuelo? —le preguntó.

— ¡Mi hijo se muere!... ¿no lo veis? Ni aún a mí me reconoce ya, y veo que no alcanzaré a llegar al templo de Jerusalén para que sea curado.

—Todo el universo es templo de nuestro Dios Creador, y todo dolor llega hasta El, como le llega el tuyo en este instante.

Mientras así decía, se sentó en el lecho del niño a cuyo rostro lívido y sudoroso acercó el suyo enrojecido como por una llama viva que vi­braba en todo su ser. Unió sus labios con aquellos labios incoloros, y en largos hálitos que resonaban como un soplo de viento poderoso, in­yectaba vitalidad nueva en aquel pobre organismo que ya abandonaba la vida.

El cuerpecito empezó a temblar, y luego a dar fuertes sacudidas, después de las cuales la sangre afluyó de nuevo a su rostro y el niño abrió los ojos para buscar a su madre.

— ¿Ves mujer cómo aquí también es el templo de Dios que oye to­dos los clamores de sus hijos sin pedirles sacrificios de bestias, sino sólo la ofrenda del amor y de la fe? —preguntó Jhasua a la joven prin­cesa arabeña que no salía de su asombro.

— ¿Quién eres tú que das la vida a los que llama la muerte? —pre­guntó ella espantada.

—Un hombre que ama a Dios y al prójimo. Tu hijo está curado.

La madre se abrazó de su niño, cuyo rostro cubría de besos y de lágrimas.

Jhasua bajó de la carroza para volver al lado de sus padres, pero aquella mujer le llamó ansiosamente.

—No os vayáis así —le dijo— sin poner precio a vuestro trabajo.

"¿Cuánto vale la vida de mi hijo?

—Dios sólo sabe el precio de una vida humana. La vida de tu hijo es un don suyo, si quieres agradecerlo como El desea, sigue un poco más el viaje hasta pasar Jericó y yo te enseñaré dónde puedes salvar vidas humanas como Dios salvó la de tu hijo.

_ ¡Qué Alá te bendiga, pues que eres un arcángel de su cielo! contestó la mujer bajando la cortina que cerraba la carroza.

Aún alcanzó a oír Jhasua su voz cuando decía a los criados:

—Seguid a ese joven y no detengáis la marcha hasta que él os mande.

—Esperadme aquí —les dijo Jhasua—, que entro a la ciudad hasta que la caravana siga el viaje.

Los familiares de Myriam les esperaban en la balaustrada que cer­caba la plaza de las caravanas.

Sus ancianos tíos Andrés y Benjamín, hermanos de su padre, con sus hijos y nietos formaban un grupo numeroso.

Aunque se habían visto algunas veces en las fiestas de Pascua en el Templo de Jerusalén, la ausencia continuaba, hacía más emotivas la escena de un encuentro nuevo entre seres de la misma sangre y del mis­mo pensar y sentir.

A Jhasua no le veían desde los doce años, y se asombraron gran­demente ante aquel hermoso joven de alta estatura y de fina silueta, que sobrepasaba a sus padres.

Los dos ancianos tíos de Myriam, creyeron tener el derecho de apo­yarse en sus brazos, y así vemos a nuestro hermoso y juvenil Jhasua en medio de ambos ancianos cuyas cabelleras y barbas blancas forma­ban un llamativo contraste con los cabellos dorados de aquél.

Toda esta antigua familia era esenia desde sus lejanos antepasados, y Andrés y Benjamín, hermanos de Joaquín, padre de Myriam, eran como libros vivos, en que estaba escrita la extensa crónica de las perse­cuciones y sufrimientos de la Fraternidad Esenia desde siglos atrás.

Tenían ambos por Jhasua un amor delirante, pues que habían se­guido desde lejos sus pasos, y los Terapeutas peregrinos les tenían al corriente de su vida de niño y de joven.

Para ellos, el gran Profeta estaba bien diseñado desde los primeros años. Pero cuando ellos pasaron al grado tercero cuatro años más hacía, en el Santuario del monte Quarantana les fue avisado que el Mesías estaba en medio de la humanidad, encarnado en el hijo de Myriam su amada sobrina.

¿Qué significaría pues, para aquellos dos buenos ancianos, el verse apoyados en los brazos de Jhasua que caminaba entre ellos, hablándoles de las glorias de una ancianidad coronada de justicia, de paz y de amor?

Y tan pronto lloraban como reían, pareciéndoles un sueño aquel hermoso cuadro formado por ellos y su inseparable sobrino nieto, con su belleza física _y moral extraordinarias.

—Eres un sol naciente entre dos ocasos nebulosos —decía gracio­samente Benjamín, el mayor de los dos.

Mientras tanto, las primas de Myriam, eran incansables en pregun­tar si eran verdades los hechos que les habían referido los Terapeutas referentes a Jhasua.

La discreta Myriam, siempre corta en el hablar, sólo respondía:

—Cuando los Terapeutas hablan, ellos saben bien lo que dicen y la verdad está siempre con ellos. Mi Jhasua es grande ante Dios, ya lo sé; pero como yo soy débil y mi corazón es de carne, padezco por él. Soy su madre y estoy siempre temerosa de que su misma grandeza le traiga notoriedad. Mientras le tengo escondido de las gentes, le veo más seguro. El día que salga al mundo ¿qué hará el mundo con él?

"Casi todos nuestros grandes Profetas fueron sacrificados. ¿Lo será él también?

— ¡Debido a eso —dijo una de las primas de Myriam— nos aconse­jaron loa Terapeutas no hacer comentario alguno referente al Mesías en­carnado en tu hijo! Queda esto muy cerca a Jerusalén —dijeron— y el sacerdocio del templo está vigilante y alerta.

Jhasua no perdía su tiempo a donde quiera que llegaba, y aprovechó las breves horas de estadía en la ciudad de las flores, oasis de la árida Judea, para averiguar quiénes padecían en ella.

—Los enfermos incurables —le contestaba alguno de los ancianos tíos— fueron llevados a las grutas del monte de los Olivos, y aquí sólo hay un refugio de ancianos desvalidos que sostenemos entre todos los Esenios de la ciudad, que somos una gran mayoría.

—Parece que tenemos la bendición del Señor —añadía el otro an­ciano, porque en la aldea de Bethania hay un florecimiento de abundancia en los huertos y cabañas, que de allí solamente podrían alimentarse bien las grutas y refugios de estas montañas.

—El amor a Dios y al prójimo —dijo Jhasua— es la más pura ora­ción que puede elevar el alma hasta los cielos infinitos, para atraer el bien en todos sus aspectos y formas.

—Así lo dice la ley de Moisés —añadió uno de los viejos tíos— la cual resume todos sus mandatos en "amar a Dios y al prójimo como a sí mismo".

—Lo cual no es tan fácil como parece —añadió el otro—. ¿Verdad Jhasua?

— ¡Y tanta verdad tío Andrés!

"La humanidad en general, hace como el niño que antes de repartir entre amiguitos una cestilla de melocotones, mira bien cuál es el mejor, que dejará para sí mismo. Por eso la prescripción esenia dice: "Da al que no tiene, de lo que tienes sobre tu mesa".

—Y por eso —añadió el tío Benjamín—, los Esenios de Jericó hemos formado una pequeña congregación que se llama "Pan de Elías",' nombre que no puede causar alarma ninguna ni a las autoridades romanas, ni sacerdotales de Jerusalén. Significa y alude a la forma en que la piadosa viuda de Sarepta socorría al Profeta Elías, fugitivo y perseguido por el rey Achab. Según la historia, hacía dos grandes panes cada día y llenaba dos cestillas de frutas y dos tazones de manteca, tal como si hubiese dos personas en la casa. Una porción era de Elías y la otra para sí; jamás hizo diferencia alguna entre el donativo- y lo suyo, y si alguna ventaja hubo, fue en favor de su protegido.

— ¡Comprendo!... —dijo Jhasua— y en vuestra congregación de misericordia, hacéis como la viuda de Sarepta, y llamáis a vuestra discreta piedad "Pan de Elías". ¿Hace mucho que hacéis esto?

—Cuando la persecución a los niños bethlemitas —le contestaron.

"Fueron tantos los refugiados en toda la extensión del monte de los Olivos, que fue necesario hacer mayor distribución de alimentos. Las gru­tas aparecían como hormigueros de madres con niños. Y hasta en las gru­tas sepulcrales se escondían huyendo de la cuchilla de Herodes.

—Eras tú .Jhasua, la víctima que buscaba el rey.

—La ignorancia da cabida en los hombres a todos los fanatismos, y la ambición los lleva a todas las crueldades y crímenes —dijo Jhasua.

"Figuraos el mundo sin Ignorancia y sin ambición. Sería un huerto de paz lleno de flores, frutas y pájaros. Un ensueño primaveral. Un reflejo de los cielos de Dios donde aman y cantan los que triunfaron de la ignorancia y de la ambición..."

"¿Tenéis aquí, muchas Sinagogas? —preguntó de pronto.

—Tenemos una, puesta y sostenida por el templo de Jerusalén, que es la menos concurrida. Hay otras diez más, particulares, sostenidas por veci­nos pudientes. La que tiene mejores concurrentes es la de Gamaliel el viejo. La dirige él mismo, y concurre dos sábados por mes, lo más sano y puro del doctorado de Jerusalén.

—Nada sabía de eso —dijo Jhasua.

—Son Esenios, hijo mío y hablan muy poco por las calles. ¡Pero hay que oírlos entre los muros de la sinagoga! Hay dos doctores jóvenes todavía que concurren desde hace poco tiempo, y que son como una luz en las tinie­blas. Al uno lo llaman José y al otro Nicodemus. Son inseparables. Saben que está el Mesías entre nosotros y sus palabras son como una llama viva. A veces vienen también con ellos otros nombrados Rubén, Nicolás y Gama­liel el joven.

—Nosotros no faltamos de allí ningún sábado —añadió el tío Andrés— porque se está comentando el Génesis de Moisés, y estos doctores jóvenes han comenzado a echar luz sobre todas las obscuridades con que los siglos o la malicia humana, han desfigurado los grandes libros que tenemos como única orientación.

Jhasua escuchaba en silencio y comprendía que sus amigos de Jerusa­lén no perdían el tiempo, y que iban desgranando lenta y discretamente el magnífico collar de diamantas que habían extraído del viejo archivo de Ribla.

Comprendió asimismo, que estos dos ancianos eran, entre la turba­multa, de lo más adelantado que encontrara en su camino.

— ¿Queréis asociaros a un pequeña obra mía? —les preguntó.

—Con toda el alma, hijo mío —contestaron ambos a la vez.

Jhasua les refirió la llegada de la princesa arabeña con su niño mori­bundo y ya curado. Se encontraba ella en su carroza como sabe el lector.

—Pensaba conducirla hasta las grutas de los refugiados para que ella misma les ofreciera sus dones; pero puesto que estáis tan bien organizados para el sostenimiento de los pobres enfermos, os propongo entrar en rela­ción con ella, instruirla en la verdadera doctrina de sabiduría divina, y orientarla para el bien y la justicia. He comprendido que es un alma ya preparada para la verdad y el bien.

—Es un honor, hijo mío, colaborar contigo en tus obras de apóstol.

Vamos a verla —dijo el tío Andrés.

Poco antes de la salida de la caravana se encaminaron todos hacia la plaza, donde la gran carroza de la arabeña era lo primero que se veía entre el movimiento de los viajeros y vendedores ambulantes. Jhasua se adelantó.

El rostro de aquella mujer pareció iluminarse de dicha al ver de nuevo a Jhasua.

—Como los arcángeles de Jehová aparecen y desaparecen —dijo—, creí que no os vería más. Este es el Profeta que te curó, hijo mío —dijo al niño que sentado en el lecho se divertía haciendo dibujos de los animales más comunes de su país.

— ¿Cómo te llamas para recordarte siempre? —preguntó.

—Mi nombre es Jhasua —le contestó en árabe—. ¿Y tú?

—Ibraín, para servirte Profeta —le contestó el niño. Mataste a la fie­bre que quería matarme a mí. ¡Eres muy valiente! En mi tierra dan un premio al que mata a las panteras y las víboras "cobra" que traen la muerte.

"Y yo quiero darte mi mejor libro de dibujos; es éste con cubierta de piel de cobra, ¿lo ves? En mi libro, los animales hablan y dicen cosas mejores de las que hablan los hombres a veces.

Jhasua y la madre sonreían del afán de hablar del niño que no pa­raba en su charla.

Al joven Maestro le bastó un instante para comprender la viva inteligencia de aquella criatura y sus buenos sentimientos.

Hojeando el álbum de dibujos se veían tigres y panteras, lobos y víboras cobras amarradas al tronco de un árbol para que los corderinos bebieran tranquilos en un remanso; unos buitres descomunales colgados de las patas, para que no hicieran daño a las tórtolas que tomaban sol al borde de la fuente, y todo por el estilo.

—Eres amante de la justicia —le decía Jhasua— y ¡qué bien la haces, con los malos y con los buenos! Y ¿qué te parece si perdonamos al tigre, al lobo y pantera, les soltamos de nuevo y les recomendamos que no ha­gan a los otros animales lo que no quieran que les hagan a ellos?

— ¡No, no, no Profeta!..., ¡por favor!... en menos tiempo que se abre y se cierra un ojo, me comerían todas las palomas y corderitos...

"Con los malos hay que ser malo. Mi abuelo los encierra en una fortaleza y de allí no salen más. Son hombres como los tigres, los lobos y las panteras. ¡Hacen daño siempre!

Mientras el niño hablaba, Jhasua había diseñado en una página, un sol naciente detrás de las cumbres de una montaña. En el valle un remanso.

—Mira Ibraín: dibuja alrededor de este remanso, lobos, corderos, ti­gres y gacelas bebiendo todos tranquilamente.

— ¡imposible Profeta... imposible! ¿Crees que el lobo no se comerá al cordero, y el tigre a las gacelas? A no ser que tú hagas con ellos como has hecho con la fiebre que me mataba…

— ¡Justamente Ibraín!... así quería verte razonar. Este sol que apa­rece sobre la montaña, es el amor coronando como una diadema la vida de los hombres y triunfando de todas sus maldades. Entonces no habrá lobos ni panteras, ni víboras cobra, sino que todos serán corderitos, gacelas y palomas. ¿No es esto mucho más hermoso, Ibraín?... ¡así será un día la tierra!

El niño lo miró espantado y le tomó las manos.

— ¡Tú deliras Profeta!. . . ¡Mi fiebre mala se entró en tu cuerpo y vas a morir!... ¡Yo no quiero que te mueras!... y el niño se abrazó a Jhasua con los ojos llenos: de lágrimas. El joven Maestro enternecido hondamente, abrazó también al niño y puso un largo beso en su frente. La madre lloraba en silencio.

—No temas, Ibraín, no tengo fiebre.

— ¿Por qué deliras entonces?...

—Eres pequeñito aún y no puedes comprender, pero me comprenderás más tarde. Mi delirio será realidad algún día... muy lejano quizá, pero llegará.

"Aquí llega mi familia —dijo Jhasua interrumpiendo su diálogo con el niño. Son mis tíos Andrés y Benjamín, que os guiarán para que hagáis con los pobres y enfermos como Jehová lo hizo con vosotros.

—Yo quiero vivir —dijo la princesa, cuyo nombre era Zaida—, yo quiero vivir en tu tierra, Profeta, y en este sitio donde recobré la vida de mi hijo. ¿No puedo hacerlo acaso? ¿Vuestra religión me rechazaría?

—No, de ninguna manera. Haced vuestra voluntad, y mis tíos os ser­virán de guías hasta que os orientéis en este país.

—Aquella mujer debe ser vuestra madre —si es que la tenéis en la tierra y no habéis bajado de los cielos de Alá —decía Zaida mirando a Myriam que hablaba con sus primas.

—Sí, es mi madre —contestó Jhasua.

La árabe no esperó más y bajando por la plataforma en declive que desde la carroza llegaba hasta la tierra, corrió hacia Myriam a la cual tomó las manos y las besó con delirio mientras le decía:

—Tu hijo es un Profeta de Alá que ha curado a mi hijo consumido por la fiebre. Eres una madre dichosa, porque trajiste al mundo un Profeta que vence el dolor y a la muerte...

En ese momento bajaba de la carroza Jhasua con el niño de la mano. Su aspecto débil y enflaquecido, declaraba muy alto que acababa de pasar una grave enfermedad.

—Nuestro Dios-Amor le ha salvado la vida, y la madre quiere vivir en Jericó y compensar con donativos a los necesitados, el bien que ella ha recibido.

Myriam y sus primas abrieron el corazón para la extranjera que tan agradecida se mostraba a los beneficios de Dios.

—Seremos vuestras hermanas —le decían— y contad que estáis como en vuestro país.

—Mi hijo y yo seguiremos viaje al sur —díjole Myriam— pero si os quedáis entre mis familiares, nos volveremos a ver cada vez que pasemos por Jericó.

Joseph con los dos ancianos tíos, conversaban aparte.

Temían un desacuerdo con el rey de Arabia, padre de Zaida, y trata­ron de aclarar ese punto.

La arabeña que hablaba por intermedio de su intérprete, uno de sus criados, les dijo que su padre tenía muchas esposas, y que sus hijos e hijas se contaban por docenas; que él les dejaba libertad para vivir donde qui­sieran, más en un país limítrofe con el cual mantenía buenas relaciones.

Eliminado este temor, los ancianos Andrés y Benjamín se encargaron de hospedar a Zaida hasta que ella adquiriese su propia vivienda.

—Ha de ser —dijo ella— en el sitio en que me fue devuelto mi hijo.

—Junto a la plaza de las caravanas, hay una antigua casona en venta con un hermoso huerto —dijo uno de los ancianos. Estoy encargado de ella por sus dueños que se han establecido en Tiro. ¿Vuestro marido estará de acuerdo con vuestras resoluciones? —preguntó el anciano.

—No tengo marido —contestó Zaida. Se enemistó con mi padre y huyó a tierras lejanas para conservar la vida. Hace seis años de esto y no le he visto más. Pero no creáis que vivo sola. Si me quedo aquí, mi madre ven­drá conmigo y todos mis criados.

—Bien mujer, que nuestro país te sea propicio —añadió el anciano. Haremos por ti cuanto podamos.

Mientras tanto el niño no podía separarse de Jhasua, con el cual ha­blaba siempre de lo imposible que era la unión de los tigres de sus dibujos, con las palomas y los corderos.

—A mi regreso —decíale el joven Maestro y en muchas veces que nos veremos, hemos de llegar a un acuerdo sobre ese punto.

Llegó la hora de la partida y la caravana salió de Jericó, dejando en el alma de la arabeña y de su hijo grabada para siempre la imagen del jo­ven Profeta, que al devolverle la vida al niño había anudado con ambos un lazo de amor que no se rompería jamás. A este amor se debió acaso que el rey Hareth, guerrero y conquistador, respetase el país amigo donde encon­tró la vida su nieto, y protegiera más tarde el Santuario-escuela de monte Horeb y del Sinaí, donde vivía Melchor y sus numerosos discípulos.

El amor silencioso de Jhasua, extendía sus velos mágicos de luz, allí donde encontraba una lamparilla para encender entre las tinieblas heladas de la humanidad.

El Hijo de Dios a sus veinte años entraba en Jerusalén sin que ésta se apercibiera de que aquel por quien había suspirado tantos siglos, estaba dentro de sus muros y respiraba su aire cargado de aroma de mirra, y olores de carnes de sacrificio quemadas en el altar.

Fue un día de gloria para Lía la parienta viuda, que ya les esperaba en su vieja jasa solitaria. Jhasua dejó allí a sus padres y quiso visitar el templo, que no siendo época de fiestas, debió hallarse lleno de silencio y soledad. Así quería verle. Así quería encontrarse, sólo bajo aquella te­chumbre ensombrecida de humo, entre aquellas columnatas, arcadas y pór­ticos, llenos de rumores, de ecos, donde un vientecillo imperceptible agitaba la llama de los cirios, y ondulaba el gran velo que interceptaba la entrada al Santa Sanctorum.

Un anciano sacerdote quemaba esencias en el altar de los holocaustos, y a lo lejos sonaba un laúd.

Era el caer de la tarde, y la vieja ciudad empezaba a dormirse en la quietud profunda, del anochecer en la Judea y en pleno invierno. Subió las gradas del recinto en que se deliberaban todos los asuntos religiosos y civiles, y se sentó en uno de los estrados.

Una indefinible angustia se apoderó de él... No había allí su am­biente, su bóveda psíquica, mil veces más hermosa y radiante que aquella techumbre de oro y jaspe, que parecía aplastarle el alma como una mon­taña de granito.

Su gran sensibilidad percibió vibraciones de terror, de espanto, de desesperada agonía. Un penoso hálito de muerte soplaba de todos lados, como un sutil veneno que le penetraba hasta la médula.

— ¡Es este un recinto de matanza y de tortura! —exclamó desespera­do... ¿Cómo ha de encontrarse aquí la suavidad divina del Padre-Amor, de mis sueños?. . .

Vio un libro abierto sobre el atril, donde el sacerdote de turno debió leer en la última reunión. Era el Deuteronomio, o libro de los secretos, atri­buido a Moisés.

Estaba abierto en el capítulo XVII, en cuyos versículos 3-4 y 5, manda matar a pedradas a todo hebreo, hombre o mujer que hubiese demostrado veneración a los astros que brillen en el cielo.

Y subrayando con su punzón aquellas palabras, puso una llamada al margen con este interrogante:

"¿Cuál es el Moisés iluminado de Jehová; el que escribió en tablas de piedra "no matarás" o el que manda matar?"

Un ventanal se abrió con estrépito, y agitando el gran velo del tem­plo, fue a rozar la llama de los cirios que ardían perennemente ante el tabernáculo con el Arca de la Alianza.

Jhasua no alcanzó a ver este principio de incendio porque salió pre­cipitadamente a la calle, como si horrendos fantasmas de muerte y san­gre le persiguieran.

Dos ancianos que oraban en la penumbra de un rincón apartado, comenzaron a dar gritos.

"— ¡El velo arde, el templo se quema!... Un hermoso doncel de túnica blanca estaba aquí y debió salir por el ventanal que se abrió con gran ruido...

"—Pecados horrendos debe haber en el templo, cuando un ángel de Jehová ha encendido este fuego demoledor".

Un ejército de Levitas invadió el recinto y descolgaron rápidamente el velo, que aplastado en el pavimento bajo sacos de arena mojada, el fuego se extinguió con facilidad.

Nadie logró descifrar aquel enigma. Para los sacerdotes de turno, era evidente que alguien estuvo en el recinto de las asambleas, puesto que en el libro abierto en el atril, habían escrito la misteriosa y terrible pregunta en que tan mal parada quedaba la ley dada por Moisés. Los fariseos y gentes devotas hicieron un ayuno de siete días, para aplacar la cólera de Jehová por los pecados de los sacerdotes, causa sin duda de aquel desventurado accidente.

Un descanso de dos días en Jerusalén permitió a Jhasua entrevis­tarse con sus amigos Nicodemus, José, Nicolás y Gamaliel, que eran los dirigentes de la escuela de Divina Sabiduría ya conocida por el lector.

Rubén, esposo de Verónica., la tercera hija de Lia y Marcos, el dis­cípulo de Filón de Alejandría, se habían unido íntimamente a aquellos cuatro desde que trajeron las copias del archivo de Ribla. Eran .sólo diez, los afiliados a esta agrupación de buscadores de la Verdad Eterna.

Comprendieron que la pasada borrasca tuvo por causa la indiscre­ción de algunos, que sin estar por completo despiertos a la responsabili­dad que asumían: al afiliarse, no pudieron resistir la hora de la prueba.

También los dirigentes se culparon a sí mismos, de inexperiencia en la recepción de adeptos, que en esta clase de estudios, nada significa el número sino la capacidad intelectual y moral.

Los diez que quedaron después de la persecución sufrida, fueron José de Arimathea, Nicodemus y Andrés de Nicópolis, Rubén de Engedí y Nathaniel de Hebrón, Nicolás de Damasco, Gamaliel (sobrino), José Aar Saba, Santiago Aberroes y Marcos de Bethel.

Todos ellos de ciudades vecinas a Jerusalén, pero radicados en la vieja ciudad de los Reyes, tenían la creencia que de ella debía surgir la luz de la Verdad Divina para todo el mundo. Eran asimismo, hombres de estudio que estaban al tanto de las doctrinas de Sócrates y Platón sobre Dios y el alma humana, y que mantenían correspondencia con la escuela alejandrina de Filón, y con las escuelas de Tarsis, de donde surgió el apóstol Pablo años más adelante.

A esta creencia suya se debe, el que se empeñaran en mantener allí su escuela de Divina Sabiduría, y arrostraran los riesgos en que debía tenerles necesariamente la vetusta capital, donde imperaba el clero más duro e intransigente que han conocido aquellas edades.

Llamaron a sus reuniones "Kabal", palabra hebrea que significa convocación. Nuestro Jhasua concurrió al Kabal dos veces antes de pa­sar a Bethlehem, punto terminal de su viaja.

Uno de los diez ya nombrados mantenía vinculaciones con los gru­pos de descontentos, que desde los tiempos de las antiguas sublevaciones habían quedado medio ocultos, por temor a las sangrienta» represalias del clero aliado con los Herodes. Era José Aar-Saba, hombre de clara visión del futuro de los pueblos y que aborrecía todo lo que fuera enca­denar el pensamiento humano y la libertad de conciencia. Debido a esto, le llamaban el justo, y gozaba de gran prestigio entre las masas de pue­blo más despreciadas.

Como por una secreta intuición, comprendió, al conocer personal­mente a Jhasua, que sería el hombre capacitado para llevar al pueblo a conseguir el máximun de sus derechos, y le habló sobre el tema.

—Bien puesto es que llevas el nombre de justo —le contestó el joven Maestro— pues veo que tienes el alma herida por las injusticias sociales. Soy demasiado joven para tener la experiencia que es necesaria en esta clase de asuntos, pero te diré !o que pienso sobre el particular.

"Me parece que hay que comenzar por preparar a las masas para reclamar sus derechos con éxito, esto es, instruirlas en la verdadera doctrina del bien y de la justicia.

"El hombre, para ocupar su lugar en el concierto de la vida uni­versal, debe saber en primer lugar quién es, de dónde ha venido y hada dónde va. Debe saber su origen y su destino, lo cual lo llevará a com­prender claramente la ley de solidaridad, o sea le necesidad absoluta de unión y armonía entre todos, para conquistar juntos esa estrella mágica que todos anhelamos: 1.a felicidad.

"Esta es la obra que hace en silencio la Fraternidad Esenia, por me­dio de sus Terapeutas peregrinos que van de casa en casa curando los cuerpos enfermos y las almas afiebradas o decaídas.

"Me figuro, José Aar-Saba, que te debates en medio de innume­rables almas consumidas por esta fiebre, o abatidas por el desaliento. Bebes el agua clara y el pan blanco de la Verdad Eterna, constituyén­dote en maestro suyo, y harás la obra más grande que puede hacer una inteligencia encarnada sobre la tierra: iluminar el pasaje de las multi­tudes, para que encuentren su verdadero camino y marchen por él.

"¿Quieres que te dé la clave?

— ¡Eso es lo que quiero, Maestro! —le contestó José con vehemencia.

— ¿Tienen punto de reunión? —volvió a preguntar el Maestro.

—Como los búhos, en las antiguas tumbas que nadie visita, pero más frecuentemente en el sepulcro de David, a poco andar desde la puer­ta de Sión.

"Han descubierto la entrada a las galerías subterráneas, y allí es el refugio de los perseguidos.

—Quiero ir contigo hoy mismo, pues mañana sigo viaje a Bethlehem.

—Y conmigo —dijo José de Arimathea—. Ya sabes Jhasua mis promesas a tus padres. No puedo faltar a ellas.

—Y las mías —añadió Nicodemus—. Soy también de la partida.

—Bien, somos cuatro —contestó Jhasua—, y entre cuatro veremos más que entre dos.

Al atardecer de ese día y cuando ya comenzaba la quietud en la vetusta ciudad, salieron los cuatro amigos en dirección a la tumba de David, que era un enorme acumulamiento de bloques de piedra sin arte alguno, y ya cubierto de musgo y de hiedra.

Quien lo hizo, no debió tener otra idea fija, que la de construir un sepulcro inmensamente grande y fuerte, capaz de contener toda una dinastía de muertos de la estirpe davídica. Sólo había en la bóveda prin­cipal ocho o diez sarcófagos, visibles sólo por una mirilla practicada en la loza que cerraba la entrada a esa cámara. La sala de los embalsamamien­tos estaba vacía, y las galerías contiguas también. Los candelabros y las lamparillas de aceite, listas para encender, denotaban bien a las cla­ras que aquel enorme panteón, daba entrada más a vivos que a muertos.

Pero esto, a nadie podía extrañar, pues había viudas piadosas que tenían como una devoción la costumbre de alumbrar las tumbas de per­sonajes, cuyo recuerdo permanecía vivo en el pueblo.

Eran además tiempos demasiado agitados y difíciles, para que las autoridades romanas o judías se preocupasen de un antiguo panteón sepulcral, máxime cuando Herodes el ambicioso idumeo, prohibió con severas penas que se reconstruyesen tumbas de los reyes de Israel, hasta tanto que él mandara construir un soberbio panteón de estilo griego para su propia sepultura, a donde serían trasladados los sarcófagos reales.

A pocos pasos de la inmensa mole de rocas y hiedra, les salió al encuentro una ancianita con una cestilla de flores y pequeñas bolsitas blancas con incienso, mirra y áloe. Se acercó a José Aar-Saba que cono­cía, y haciendo como que le vendía, le dijo:

—No pude avisar a todos, pero hay más de un ciento esperando.

José tomó algunas bolsitas y ramilletes a cambio de unas monedas, y luego de observar que nadie andaba por aquel árido y polvoriento ca­mino, se hundió seguido por sus amigos, entre los pesados cortinajes de hiedra que cubrían por completo la tumba.

La puertecita de la galería subterránea se cerró detrás de ellos. Un hombre joven, de franca y noble fisonomía, era quien hizo de portero, y Jhasua observó que aquel rostro no le era desconocido, mas no pudo recordar al pronto, dónde podía haberle visto.

Tanto él como sus tres compañeros, iban cubiertos con los mantos color de nogal seco que usaban los Terapeutas peregrinos.

En la sala de los embalsamamientos encontraron una multitud de hom­bres ancianos y jóvenes, sentados en los estrados de piedra, y hasta en los bordes del acueducto seco que atravesaba el recinto funerario.

Una lámpara de aceite y algunos cirios de cera, alumbraban a me­dias aquella vasta sala de techumbre abovedada, porque las luceras abier­tas en lo alto de los muros estaban completamente cubiertas de hiedra y musgos.

La sensibilidad extrema de Jhasua percibió de inmediato como un hálito de pavor, de espanto, de suprema angustia bajo aquellas bóvedas sepulcrales, donde las sombras indecisas y animadas por el rutilar de la llama de los cirios, hacía aparecer un doble de sombra a todos los cuer­pos vivos e inertes.

Los grandes cántaros y ánforas que en otros tiempos habrían con­tenido vino de palmera y los aceites aromáticos; los cubiletes donde se depositaban los utensilios para el lavado de los cadáveres, hasta ser esterilizados debidamente para el embalsamamiento; los caballetes en que se colocaban las tablas cubiertas de blanco lino para las envolturas de es­tilo, en fin, cuanto objeto allí había, proyectaba una sombra temblorosa sobre el blanco pavimento, dándoles aspecto de vida en aquel antro de silencio y de muerte.

De pie Jhasua en medio de la sala, con su oscuro manto caído ya de sus hombros, y sólo sujeto en su brazo derecho dejando ver la blanca túnica de los maestros Esenios, aparecía como el personaje central de un cuadro de obscuras penumbras, con sólo aquella claridad que atraía todas las miradas.

Su alta y fina silueta, su extremada juventud, la perfección de lí­neas de aquella cabeza de arcángel y la inteligencia que fluía de su mi­rada, causaron tal asombro en aquella ansiosa multitud de perseguidos, que se hizo un silencio profundo.

José Aar-Saba, lo interrumpió con estas palabras:

—He cumplido mi palabra amigos míos, como debe cumplirla todo hombre sincero que lucha por un ideal de justicia y de libertad. Aquí tenéis al hombre de que os había hablado. Sé que os asombra su extre­mada juventud, sinónimo de inexperiencia en las luchas de la vida.

"Estamos reunidos en la tumba de David, vencedor de Goliath cuando apenas había salido de la adolescencia, y coronado rey mientras apacentaba los corderillos de su majada. Esta coincidencia no buscada, puede ser una promesa para nuestro pueblo vejado y perseguido por usurpadores y negociantes; vestidos de púrpuras sacerdotales o de púr­puras reales.

"Vosotros decidiréis.

El hombre que les abrió la entrada, se destacó de en medio de aque­lla silenciosa multitud y acercándose a Jhasua rodeado por sus tres ami­gos, le observó por unos momentos.

—Estos dos son doctores de Israel —dijo aludiendo a José de Arimathea y a Nicodemus— les he oído hablar en el templo y en las sina­gogas más notables de la ciudad.

"A este maestro-niño, no le he visto nunca, pero el mirar de esos ojos no miente, porque todo él está diciendo la verdad.

— ¡Viva Samuel Profeta, que dio rey a Israel!

— ¡Que viva y salve a su pueblo!

Fue un grito unánime cuyo eco corrió en prolongado sonido por la sala y galerías contiguas.

Mientras tanto, Jhasua observaba en silencio todas aquellas fisono­mías, espejo, para él, de las almas que las animaban.

—No os hagáis ilusiones respecto a mi persona, amigos míos —dijo por fin—. He venido hacia vosotros porque sé que padecéis persecucio­nes a causa de vuestras ansias de justicia, de libertad y de paz, esa her­mosa trilogía, reflejo de la Inteligencia Suprema que gobierna los mundos.

"Mas no creáis que me impulse ambición alguna de ser dirigente de multitudes que reclaman sus derechos ante los poderes civiles, usur­pados o no. Soy simplemente un hombre que ama a sus semejantes, por­que reconoce en todos ellos a hermanos nacidos de un mismo origen y que caminan hacia un mismo destino: Dios-Amor, justicia, paz y liber­tad por encima de todas las cosas.

"Las mismas ansias de liberación y de luz que os hace exponer vuestras vidas a cada instante, vive y palpita en mi ser con una fuerza que acaso no sospecháis, no obstante yo vivo en tranquilidad y paz, bus­cando el bien que anhelo por otro camino que vosotros.

"Vosotros veis vuestro mal, vuestra desgracia, vuestros sufrimien­tos, surgiendo como animalejos dañinos de un soberano que usurpó el trono de Israel, y su horrible latrocinio quedó en herencia a sus descen­dientes ; los veis en el poderío romano, cuyas ansias de conquista le atra­jo hacia estas tierras, como a la mayoría de los países que forman la civilización actual. Pero vuestro verdadero mal no está en todo eso, según el prisma por el cual yo contemplo la situación de los pueblos, sino en el atraso intelectual y moral en que los pueblos viven, preocupados sola­mente de acrecentar sus bienes materiales, y dar así a su cuerpo de carne, la vida más cómoda y halagüeña que puede imaginarse.

"Son muy pocos los que llegan a pensar, en que el principio inte­ligente que anima los cuerpos, tiene también sus derechos a la verdad y a la luz, y nadie se los da, antes al contrario, se busca el modo de que no los conquiste jamás.

"¿No habéis pensado nunca en que la ignorancia es la madre de toda esclavitud? Pensadlo ahora, y poned todo vuestro esfuerzo en luchar contra la ignorancia en que vive la mayoría de la humanidad, y habréis puesto al hombre en el camino de conseguir los derechos que con justi­cia reclama. Bien veis que, todas las rebeliones, los clamores, los tumul­tos, no han hecho más que aumentar la nómina de vuestros compañeros sacrificados al hacha de los poderosos, sin que hayáis conseguido dar un paso hacia la justicia y la libertad.

"Ni en las sinagogas, ni en el templo, se pone sobre la mesa el pan blanco de la Verdad Divina. Debe cada cual buscarlo por sí mismo y po­nerlo en su propia mesa, al calor santo del hogar, de la familia, como el maná celestial caído en el desierto y que cada cual recogía para sí.

"¿Cuántos sois vosotros?

_ ¡Ciento treinta y dos!... —se oyeron varias voces.

—Bien; son ciento treinta y dos hogares hebreos o no hebreos, que comerán el pan de la Verdad y beberán el agua del Conocimiento Divino que forma los hombres fuertes, justos y libres, con la santa libertad del Dios Creador que los hizo a todos iguales, llevando en sí mismos, los poderes necesarios para cumplir su cometido en la tierra.

"¿De qué, y por qué viven los tiranos, los déspotas, los opresores de los pueblos? De la ambición de unos pocos, y de la ignorancia de todos.

"Demos al hombre de la actualidad, la lámpara de la Verdad Eter­na encendida por el Creador para todas las almas, y haremos imposibles las tiranías, los despotismos, abortos nefandos de las fuerzas del mal, predominante por la ignorancia de las multitudes.

— ¡Pero decid Maestro!... ¿quién nos sacará de la ignorancia, si en el templo y en las sinagogas se esconde la verdad? —preguntó la voz del hombre que les abrió la puerta al entrar.

—Yo soy un portavoz de la Verdad Eterna —contestó Jhasua—, y como yo, están aquí estos amigos que lo son también y al lado de ellos, otros muchos.

"¿Os reunís en el panteón sepulcral del rey David para desahogaros mutuamente de vuestros anhelos, rotos en pedazos por la prepotencia de los dominadores? Continuad reunidos para encender la lámpara de la Divina Sabiduría, y prepararos así a las grandes conquistas de la justicia y de la libertad.

Un aplauso unánime indicó a Jhasua que las almas habían desper­tado de su letargo.

— ¿Quién sois?... ¿quién sois? —gritaban en todos los tonos.

—Me llamo Jhasua, soy hijo de un artesano; estudié la Divina Sa­biduría desde niño; soy feliz por mis conquistas en el sendero de la ver­dad, y por eso os invito a recorrerlo, en la seguridad de que os llevará a la paz, a la justicia y a la libertad.

De todo esto resultó que formaron allí mismo una alianza que se llamó "Justicia y Libertad'' bajo la dirección de un triunvirato formado por José Aar-Saba, José de Arimathea y Al-Jacub de Filadelfia, el por­tero que abrió la galería secreta del sepulcro de David.

Este hizo un aparte con Jhasua.

—Habéis hablado como un iluminado —dijo— y habéis mencionado que representamos ciento treinta y dos hogares; pero es el caso que la mayoría de nosotros no tiene un hogar.

— ¿Quién os impide tenerlo? —preguntó Jhasua.

—La injusticia de los poderosos. Yo soy yerno del rey de Arabia, casado con una de sus numerosas hijas... tengo un hijito que ahora debe tener diez años...

La voz del relator pareció temblar de emoción y sus ojos se hume­decieron de llanto.

— ¡Nada sé de él! —continuó— porque la prepotencia de mi suegro quiso poner cadenas hasta en mi libertad de pensar. Aunque nací hijo de padres árabes, mis ideas no tienen raza ni suelo natal, porque son hijas de mí mismo, y no podía aceptar imposiciones arbitrarias dentro de mi mundo interno.

"Para salvar la vida, me vi obligado a huir donde la familia de mi esposa no supiera jamás de mí.

Ante esta confidencia, en la mente lúcida de Jhasua se reflejó el niño Ibraín, hijo de la princesa árabe Zaida, que él curó en Jericó de la fiebre infecciosa que lo consumía.

— ¿Tu esposa se llama Zaida y tu hijo Ibraín? —le preguntó.

— ¡Justamente!...  ¿cómo lo sabéis? ¿Les conocéis acaso?

El joven Maestro le refirió cuanto había ocurrido en Jericó.

Aquel hombre no pudo contenerse y abrazó a Jhasua como si un torrente de ternura largo tiempo contenido, se desbordara de pronto.

— ¡Gracias, gracias!...  Profeta, ¡qué Dios te bendiga!

—Creo que el hogar tuyo, puedo ayudarte a reconstruirlo —le dijo Jhasua conmovido profundamente.

"Vete a Jericó a casa de mis tíos Andrés y Benjamín apellidados del olivar, debido al cultivo del olivar que poseen y del cual viven. En­cargada a ellos quedó tu esposa y tu hijo, hasta que se arregle su propia morada.

"Di a mis hijos "que te manda Jhasua su sobrino", al que has en­contrado en Jerusalén. Guarda silencio sobre cuanto ha ocurrido aquí en la tumba de David.

En pos de Al-Jacub de Filadelfia, fueron acercándose muchos otros de los allí congregados, y Jhasua vio con inmenso dolor que la mayoría de ellos habían sido víctimas en una forma o en otra de las arbitrarie­dades, atropellos e injusticias de los dirigentes de pueblo.

Los unos víctimas de los esbirros o cortesanos de Herodes el idumeo, o de sus hijos, herederos de todos los vicios del padre. Los otros habían sido atropellados en sus derechos de hombres, por el alto clero de Jeru­salén, o por hombres poderosos de la numerosa secta de fariseos. Otros se veían perseguidos por las fuerzas dependientes del procurador roma­no, representante del César en la Palestina. Algunos habían cometido asesinatos impremeditados, en defensa de la propia vida, cuando sus familias y sus posiciones fueron asaltadas como rebaño por lobos ham­brientos.

Uno de aquellos hombres, llamado Judas de Kerioth se acercó tam­bién. Era de los más jóvenes, y refirió a Jhasua cómo sus dos únicas hermanas le fueron sacrificadas a la lascivia de un legionario. Su padre murió por las heridas recibidas en defensa de sus hijas. Su madre falle­ció pocos días después a consecuencia del horrible suceso. Estaba él solo en el mundo.

Jhasua, herido en su sensibilidad, en sus sentimientos más íntimos de hombre justo y noble, se dejó caer sin fuerzas sobre un estrado y ce­rró los ojos como para aislarse de aquellas visiones de espanto, y a la vez recobrar las energías perdidas en aquel desfile de horrores sufridos por corazones humanos, por criaturas de Dios, despedazados y deshechos por otros seres humanos... ¡también criaturas de Dios!

Este Judas de Kerioth, cuyo relato colmó la medida de la angustia que el corazón de Jhasua podía soportar, fue años más tarde el apóstol Judas, cuyo defecto dominante, los celos, le llevaron a señalar a los es­birros del pontífice Caifás el refugio de su Maestro en el huerto de Gethsemani. Quizá la innoble acción de Judas llamado el traidor tuvo su ori­gen en el horrible drama de su juventud, que le despojó de todos los afec­tos legítimos que puede tener un hombre, como alimento y estímulo de su vida interior. Su carácter agriado se tornó receloso y desconfiado; se ena­moró apasionadamente de Jhasua y no le sufrió el corazón, ver su gran predilección por Juan, el discípulo adolescente...

Comprendo lectores amigos, que he anticipado acontecimientos, de­bido a mi deseo de haceros comprender hasta qué punto las injusticias de los poderosos, llevan el desquicio a las almas débiles, incapaces de soportar con altura la vejación de sus derechos de hombres.

Destruyen los cuerpos y las vidas, dejando las almas atrofiadas, enloquecidas, enfermas, y predispuestas para los más dolorosos extra­víos morales…

Los amigos íntimos de Jhasua le rodearon al verle así pálido y agotado. Fue sólo un momento. La reacción vino de inmediato en aquella hermosa naturaleza, dócil siempre al gran espíritu que al animaba.

Se levantó de nuevo y con una voz clara y dulce dijo con gran firmeza:

—Amigos, os doy a todos un gran abrazo de hermano, porque sien­to en mi propio corazón todos vuestros dolores. Mas, no busquéis en la violencia la satisfacción de vuestros anhelos, porque sería colocaros al mismo nivel de aquellos, contra cuyas injusticias lucháis.

"Haceos superiores a los adversarios por la grandeza moral, que se conquista acercándose el hombre al Dios-Amor que le dio vida, y cuanto bello y bueno tiene la vida.

"Volveré a encontraros en este mismo lugar, y no me apartaré de vosotros, mientras vosotros queráis permanecer a mi lado.

La noche había avanzado notablemente, y Jhasua se retiró seguido por sus amigos, mientras aquellos ciento treinta y dos hombres, des­pués de largos comentarios, fueron saliendo en pequeños grupos de dos o tres para no llamar demasiado la atención de los guardias de la ciudad.

Algunos no tenían otro techo ni otro hogar que aquel viejo panteón sepulcral, cuya existencia de siglos habría visto desfilar innumerables generaciones de perseguidos.

Entre éstos estaba el esposo de Zaida, la princesa árabe. Ella no imaginaba quizá, que el Profeta-médico, salvador de su hijo moribundo, le devolvería también vivo, el amor del hombre al que había unido su vida.

¡Para el inmenso amor del Hombre-Dios por la humanidad, no era prodigio sino ley, devolver la vitalidad a los cuerpos, la energía y la esperanza a las almas!

A la mañana siguiente salieron, los ya escasos viajeros, pues la mayoría de la caravana quedaba en Jerusalén.

Bethlehem está a media jornada escasa de Jerusalén, y el camino corría paralelo al acueducto que iba desde Jerusalén a los llamados Estanques de Salomón.

Grises peñascales a un lado y otro del camino, daban árido y entris­tecido aspecto a aquellos parajes, máxime cuando el invierno pone en los campos sus escarchas y sus nieves.

El viajero no encuentra belleza alguna para solaz del espíritu con­templativo, que se encierra en sí mismo a buscar en las actividades de su mundo interno, las bellezas que no encuentra al exterior.

Aquellos peñascales llenos de grutas sepulcrales cubiertos de enma­rañados zarzales y secos arbustos, era en general la angustia del viajero que hasta Beersheba debían recorrerlo forzosamente.

Sólo para Jhasua, ungido del Amor Eterno, aquel camino ofrecía un gran interés. La proximidad de la Piscina de Siloé, poblaba aquellas grutas de enfermos de todas clases, a los fines de acudir a las aguas que llamaban milagrosas, cuando el viento cálido del desierto las agitaba y removía.

La tradición antigua a este respecto decía que un ángel bajaba de los cielos a agitar las aguas que en una hora precisa, se tornaban cura­tivas de todas las enfermedades. Tal era la creencia vulgar de aquel tiempo.

El hecho real era, que aquellos remansos que siglos atrás fueron muy profundos, eran alimentados en épocas determinadas por una subte­rránea filtración, que venía desde los grandes peñascales del Mar Muerto, donde en épocas muy remotas existían volcanes en erupción. Se habían apagado al exterior, pero en las profundidades de las montañas, continua­ban su vida ígnea, que desahogaban su enorme caloría, por aquella fil­tración de agua subterránea que iba a estancarse en la Piscina de Siloé. Al recibir el torbellino de aguas hirvientes que desde las entrañas de la roca ígnea, venían con espantosa fuerza, las aguas de la superficie se agitaban naturalmente ante la mirada atónita de las gentes. Es bien sabido que las aguas termales son curativas para muchas enfermedades.

Tal era la razón, de que los peñascales grises y áridos de aquel camino, estuviesen siempre poblados de enfermos de toda especie.

Los Terapeutas peregrinos, sin pretender luchar con el fanatismo de las gentes que veían "Un ángel de Dios en la agitación de las aguas", se ocupaban piadosamente de ayudar a los enfermos a entrar a las aguas me­dicinales cuando aparecían agitadas, que era cuando tenían más subida temperatura.

Los enfermos, que aparte de serlo, sufrían también abandono y mise­ria, salían de ordinario al paso de la caravana en busca de piedad de los viajeros.

Jhasua vio aquella turba doliente que se arrastraba entre los zarzales y los barrancos, y su corazón se estremeció de angustia hasta el punto de quedar paralizado el asno que lo llevaba, porque le sujetó por la brida.

— ¿Te detienes Jhasua? —le preguntó su padre. El Maestro le miró con sus grandes ojos claros inundados de llanto, y los volvió nuevamente a los enfermos que se acercaban.

Joseph comprendió y se detuvo también. Los otros viajeros continua­ron la marcha.

Muchas manos extendidas y temblorosas tocaban casi las cabalgaduras.

Mientras Myriam y Joseph repartían unas monedas, Jhasua les miraba en silencio. Su pensamiento les envolvía, por completo.

— ¿Venís a la espera del ángel que removerá las aguas? —les preguntó.

—Sí señor viajero, pero esta vez tarda mucho —le contestaron.

—El Señor de los cielos y de la tierra, tiene la salud de los hombres en su mano, y la da a quienes le aman, con ángel o sin ángel que remueva las aguas... —dijo el Maestro.

"Entrad a la Piscina ahora mismo y decid: "¡Padre Nuestro que es­tás en los cielos! ¡Por tu amor quiero ser curado del mal que me aqueja!" Yo os aseguro que estaréis sanos a la hora nona.

—Y vos, ¿quién sois?... preguntaron.

—Pensad que soy el ángel del Señor que esperáis y que se os presenta en carne y hueso para deciros: ¡El Señor quiere que seáis sanos!

Y siguió su viaje, dejando a aquellas pobres gentes con una llamarada de esperanza en el alma.

El lector ya comprenderá que a la hora indicada por Jhasua, todos aquellos enfermos estaban libres de sus dolencias.

Poco después nuestros viajeros entregaban las cabalgaduras a la ca­ravana, y entraban a Bethlehem, donde eran esperados por Elcana, Sara y los tres amigos Alfeo, Josías y Eleazar, por encima de cuya firme amistad habían pasado veinte años desde la noche gloriosa en que el Verbo de Dios llegó a la vida física.

Sus familias rejuvenecidas en los nietos ya adolescentes y jovenzuelos, parecían un pequeño vergel de flores nuevas que rodeaban a los vetustos cedros, bajo cuya sombra se amparaban.

El mayor de todos ellos, Elcana estaba aún fuerte y vigoroso, como si aquellos veinte años no hicieran peso alguno en su organismo físico. Tenía en su hogar una parejita de nietos de diez y seis y diez y ocho años de edad: Sarai y Elcanin. Eran los nombres de los abuelos transformados en diminutivo.

Alfeo tenía consigo tres nietos varones, y había recogido además una hermana viuda, Ruth, para que le hiciera de ama de casa, pues recordará el lector que era viudo.

Josías, viudo también, tenía a su lado una nietecilla de doce años, Elizabeth, una prima anciana, que tenía dos hijos y una hijo.

Y por fin Eleazar, el de la numerosa familia, con varios de sus hijos ya casados y ausentes, sólo tenía a su lado al menor, Efraín, dos años mayor que Jhasua, y una hermana viuda con dos hijos de ocho y diez años.

Tal era el grupo de familiares y amigos que esperaban a los viajeros en la vieja ciudad de David.

¡Cuántos recuerdos tejieron filigrana en la mente de los que, veinte años atrás, estuvieron íntimamente unidos en torno al Niño-Luz que lle­gaba!

Dejamos a la ardiente imaginación del lector, la tarea muy grata por cierto, de adivinar las conversaciones, y el largo y minucioso noticiario que se desarrolló en la gran cocina-comedor de Elcana, al calor de aquella hoguera alimentada con gruesos troncos, allí mismo donde en la gloriosa noche aquella, habían bebido juntos el vino de la alianza, mientras el recién nacido dormía en el regazo materno, su primer sueño de encarnado.

Jhasua se les aparecía ahora a sus veinte años, como una visión de triunfo, de gloria, de santa esperanza.

Su aureola de Profeta, de Maestro, de Taumaturgo, casi les deslum­braba. Sabían toda su vida, habían seguido a distancia todos sus pasos, guiados siempre por la piedad y la justicia para todos. Era un justo que encerraba en sí mismo, los más hermosos poderes divinos. Era un Profeta. Era un Maestro. Era la Misericordia de Dios hecha hombre. Era su Amor Eterno hecho corazón de carne, que se identificaba con todos los dolores humanos.

Y éste gran ser había nacido entre ellos, y ahora le tenían nuevamente al cumplir sus veinte años de vida terrestre.

Solo sintiendo en alma propia las profundas convicciones que ellos sentían, podemos comprender las emociones profundas, el delirante entu­siasmo y amor que debieron sentir aquellas buenas familias betlemitas junto a Jhasua, al volver a verle en medio de ellos a los veinte años de su vida.

Visitó las sinagogas que eran cuatro-, y en ellas no encontró lo que su alma buscaba. La letra muerta de los libros sagrados, aparecían como el cauce seco de un antiguo río. Faltaba luz, fuego; faltaba alma en aquellos fríos centros de cultura religiosa y civil.

Los oradores hablaban con ese miedo propio de un pueblo invadido por un poder extraño. Ajustaban sus disertaciones a los textos que menos se prestaban para los grandes vuelos de las almas. ¡Siempre el Jehová colé­rico, fulminando a sus imperfectas criaturas y conminándolas con terribles amenazas al cumplimiento del deber!

— ¿Y el Amor del Dios que yo siento en mí mismo?, ¿dónde está? —preguntaba Jhasua dialogando consigo mismo.

Y desesperanzado, desilusionado, salía al campo a buscar entre la aridez de los peñascos cubiertos de seca hojarasca, el amor inefable del Padre Universal.

En la misma tarde del día que llegó a Bethlehem, cuando él volvía de su visita a las sinagogas, se encontró con una agradable sorpresa; la llegada de un Esenio del Monte Quarantana que venía de paso para Sevthópolis, a incorporarse al pequeño grupo que había quedado en aquel santuario recientemente restaurado.

La casa de Elcana era como el hogar propio, donde los solitarios encontraban siempre, junto con el afable hospedaje, las noticias más re­cientes del Mesías y de sus obras apostólicas.

La situación misma de la casa de Elcana, muy cerca a la explanada donde entraban las caravanas, y cuyo inmenso huerto de olivos y nogales, llegaba hasta el camino, la hacía el lugar más apropiado para reuniones de personas que no deseaban llamar la atención.

El Esenio recién llegado era samaritano de origen, gran amigo del Servidor del Santuario devastado, y los solitarios del Quarantana lo en­viaron como contribución viva a su restauración.

El encuentro inesperado, los hizo felices a entrambos. Desde los doce años de Jhasua no se habían visto. ¡Y habían ocurrido tantas cosas!

Una larga confidencia entre ambos, hizo comprender a Jhasua hasta qué punto, la Fraternidad Esenia secundaba la Idea Divina, hecha ley de amor para esa hora de la humanidad.

Este Esenio cuyo nombre era Isaac de Sichar, llevaba a la Palestina, la misión de transmitir a los Santuarios y a los Esenios diseminados en familias, un mensaje de los Setenta Ancianos de Moab.

Lo habían recibido en Monte Nebo, en la gruta sepulcral de Moisés, en el último aniversario del día que el gran vidente recibió por divina ins­piración los Diez Mandamientos de la Ley Eterna para la humanidad terrestre.

Siendo así que Elcana, Sara y los tres amigos Josías, Alfeo y Eleazar eran Esenios de grado tercero; que estaban presentes Myriam y Joseph, que lo eran también y con la presencia material del Hombre-Luz, nada más justo que iniciar en Bethlehem el cumplimiento de aquella misión.

El anuncio pasó discretamente por los hogares Esenios de la ciudad, para que al anochecer acudiesen los jefes de familia a la casa de Elcana a escuchar el mensaje de los Setenta.

El gran cenáculo apareció lleno de dos filas, alrededor de la larga mesa de encina cubierta del tapiz de púrpura que sólo aparecía en las grandes solemnidades de la casa de Elcana, considerado como un hermano mayor entre los Esenios bethlemitas.

Lo que era Joseph en Nazareth, era Elcana en Bethlehem: el hombre justo y prudente, cuya clara comprensión y dotes persuasivos sabían en­contrar una solución pacífica y noble a todas las situaciones difíciles, que le eran consultadas por sus hermanos de ideales.

Reunidos, pues, en su cenáculo cuarenta y dos Esenios jefes de fa­milias, se inició la asamblea con la lectura del capítulo V del Deuteronomio, donde Moisés recuerda al pueblo hebreo el mensaje de Jehová: los Diez Mandamientos eternos que forman la Ley.

Esta lectura la hizo Jhasua por indicación de Isaac, que inmediata­mente después les dirigió estas breves palabras:

—Os hemos reunido aquí, para que escuchéis un mensaje de los Se­tenta Ancianos de Moab, a cuyo retiro llegan los ecos de las luchas y dolo­res de este pueblo escogido por Dios, para la gran manifestación de su amor en esta hora de la humanidad.

"Oídlo, pues: "A nuestros hermanos de la Tierra de Promisión, paz y Salud.

"Nuestro Dios, Padre Universal de todo lo creado, nos ha hecho llegar por celestial mensajero, su divina voluntad en esta hora solemne y difícil que atravesamos.

"La Eterna Inteligencia designó a nuestro pueblo, habitante de este país para ser en esta hora la casa nativa de su Enviado Divino, de su Verbo Eterno, Instructor de esta humanidad! Designación honrosa sobre manera, y a la cual debemos responder con una voluntad amplia, clara y precisa, sin claudicaciones de ninguna especie, si no queremos atraer sobre nosotros las consecuencias terribles para muchos siglos., que nos traería la disociación con la Eterna Idea.

"El gran templo espiritual formado en esta hora con los pensamientos de amor de todos los que conocemos el gran secreto de Dios, está conmo­viéndose por falta de perfecta unidad entre todas las almas, y este graví­simo mal debe ser remediado de inmediato antes que venga un derrumba­miento parcial, que pondría en peligro el equilibrio de la vida física y de la obra espiritual del gran Enviado que está entre nosotros.

"Los componentes de este gran templo espiritual, somos los miembros todos de la Fraternidad Esenia, de los cuales deben estar muy lejos todas las tempestades promovidas por el choque de las pasiones humanas, puestas en actividad por las ambiciones de poder, de oro, de grandeza y de domi­nación.

"El trabajo honrado, el estudio, la oración y la misericordia, son las únicas actividades permitidas al esenio consciente de su deber, en esta hora solemne que atraviesa la humanidad.

"Cuidad, pues, que vuestro espíritu generador de vuestros pensamien­tos, no dé entrada en sí mismo, a los odios que nacen naturalmente en las almas que participan de las luchas por conquistar los poderes y grandezas humanas. Si así no lo hiciereis, sabed que perjudicáis inmensamente a la realización de la Idea Divina en medio de nosotros, y que toda demora, todo atraso y desequilibrio que por esa causa pueda venir, vosotros seréis los responsables, y sobre vosotros caerán las consecuencias para muchas eda­des futuras.

"Pensad que al ingresar a la Fraternidad Esenia, habéis dejado de ser turbamulta ciega e inconsciente. Se os ha dado una lámpara encendida, y no podéis alegar que vais a obscuras por vuestro camino. Pensad, que por el amor se salvará la humanidad, y no deis cabida en vosotros al odio, con­tra unos u otros de los que luchan por la conquista de los poderes y gran­dezas humanas. Son como perrillos que pelean por roer un mismo hueso, y no sois vosotros quienes podréis ponerlos de acuerdo. Dios-Padre hará surgir a su hora, quien lleve a la humanidad ciega, hacia su verdadera grandeza.

"Dos corrientes contrarias avanzan a disputarse el dominio de las almas: la material y la espiritual. La primera dice: el fin justifica los medios, y no se detiene ni ante los más espantosos crímenes para conseguir el éxito.

"La segunda dice: el bien por el bien mismo, y dándose con amor que no espera recompensa, busca el triunfo por la paz y la justicia, pero nunca por la violencia. La Fraternidad Esenia está, bien lo comprenderéis, en la corriente espiritual que busca el triunfo de la Verdad y del Amor entre los hombres, en primer término, entre los que convivimos en el país elegido por la Eterna Ley, para hospedar en su seno al Verbo encarnado.

"Hermanos Esenios de la hora solemne, que vio al Cristo Divino for­mando parte de esta humanidad, despertad a vuestro deber, y no derrum­béis con vuestra inconciencia, el templo espiritual cuya edificación ha costado muchos siglos de vida oculta entre las rocas a los profetas hijos de Moisés.

"Sabed ser más grandes, que los que buscan serlo por el triunfo de sus ambiciones y de su soberbia, tenebroso camino, al final del cual se en­cuentra el abismo sin salida. Recogidos en vuestro mundo interno, con­sagrados al trabajo honrado y santo que os dan el pan, a las obras de misericordia en que florece el amor de los que saben amar, a la oración, que es estudio de las obras de Dios y unificación con El, descansad en paz y no alteréis vuestros pensamientos, ni manchéis con lodo vuestra túnica, ni con sangre vuestras manos. Sólo así habitará el Señor en vuestra mo­rada interna, y El será vuestro guardián, vuestra abundancia, salud y bien para todos los días de vuestra vida, y para los que dejéis en pos de vosotros después de vuestra vida.

"Que la luz de la Divina Sabiduría os lleve a comprender las palabras que os dirigen con amor vuestros hermanos.

"Los Setenta Ancianos de Moab".

Un gran silencio llenaba el cenáculo de la casa de Elcana, a la ter­minación del mensaje de los Setenta.

Cada uno de los que lo escucharon llamó a cuentas a su propia con­ciencia, y algunos se encontraron culpables de haber participado indirec­tamente en las luchas por conquistar sitios estratégicos, donde otros podían recoger oro y placeres; y más, de haber dado cabida en sí mismos a pensamientos de odios en contra de los que habían llevado al pueblo hebreo a la triste situación en que se encontraba: dominación romana que le exigía pesados tributos; dominación de reyezuelos extranjeros usurpado­res del gobierno en contra de la voluntad popular; dominación de un clero ambicioso y sensualista, que había hecho un mercado de las cosas de Dios y de su templo de oración.

¡Qué gran purificación debieron tener los Esenios de aquella hora, para hacerse superiores a las corrientes de aversión y de odio en contra de tal estado de cosas! Pero ese odio, justificado hasta cierto punto, entorpecía la cooperación espiritual en la obra de redención humana del gran Misionero de la Verdad y del Amor, y los Setenta reclamaban por este entorpeci­miento, que podía traer desequilibrios presentes, y grandes males para el futuro.

Pasado este gran silencio en que las almas se habían sumido, como si hubieran sido llamadas al supremo tribunal de Dios, Isaac de Sichar el esenio mensajero de los Setenta, invitó a Jhasua a que expusiera su pensamiento a la vista de sus hermanos, a fin de que les sirviera de orientación en esa hora de perturbaciones ideológicas y sociales. Y el joven Maestro se expresó así:

—Creo que aún no es llegada la hora de que yo me presente a mis hermanos como un Maestro, pues que aún estoy aprendiendo a conocer a Dios y a las almas, creaciones suyas. ¡Me falta aun tanto por saber! Fecundos fueron estos veinte años de vida, debido a la abnegación y sabiduría de mis maestros Esenios, y a la solicitud infatigable de todos los que me han amado; pero ya que tanto lo deseáis, os expondré mis puntos de vista en los actuales momentos:

"El hombre dado a la vida del espíritu con preferencia a la de la materia, debe mirar todos los acontecimientos como mira un maestro de alta enseñanza a los niños que comienzan su aprendizaje. Les ve obrar mal en pequeñas o grandes equivocaciones. Les ve darse golpes o tra­barse en luchas por la conquista de un juguete, de una golosina, de un pajarillo que morirá en sus manos, de un objeto cualquiera que le entusiasma por un momento, y que luego desprecia porque su anhelo se ha fijado en otro mejor. Pero su yo interno permanece sereno, inalterable, sin permitir que encarne en él la ardorosa pasión, madre de odios infe­cundos y destructores.

"Bien veo que en nuestro pueblo fermenta sordamente un odio concentrado contra la dominación romana, contra reyes ilegítimos, con­tra un sacerdocio sin más ideales, que el comercio vil de las cosas sa­gradas. Tan grandes y dolorosos males, son simples consecuencias de la ignorancia en que se ha mantenido a este pueblo, como a ¡a mayoría de los pueblos de la actual civilización.

"Una fue la enseñanza de Moisés y de los Profetas, y otra muy diferente se dio como orientación a los pueblos.

"Moisés dijo: "Amarás al Señor Dios tuyo, por encima de todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo". Y el pueblo ve que en los atrios mismos del templo se ama el oro y el poder, por encima de todas las cosas; que se castiga con penas y torturas terribles a los acusados de faltas en que incurren a diario, los que se hacen jueces de sus hermanos indefensos; que los poderosos mandatarios viven en un festín eterno, y el pueblo que riega la tierra con el sudor de su frente, carece hasta del pan y la lumbre bajo su mísero techo.

"Moisés dijo en su inspirada ley: "No matarás, no hurtarás, no cometerán adulterio", y el pueblo ve que los poderosos mandatarios, ase­sinan a todo el que estorba en su camino, hurtan por ruines y engañosos medios, todo aquello que excita su avaricia, y destruyen los hogares, arrebatando traidoramente la esposa compañera fiel.

"¿Quién contiene al torrente que se desborda desde la cima de altas montañas? El pueblo se hizo eco de las falsas acusaciones de los ambi­ciosos y libertinos contra los Profetas, que le hablaban en nombre de la Eterna Ley de amor y justicia, y acalló sus voces, entregándolos a la muerte en medio de crueles suplicios. Ahora el pueblo paga las conse­cuencias de su ignorancia, y de sus odios inconscientes.

"Veo la sabiduría más alta en el mensaje de los Setenta que aca­báis de escuchar. No hemos de sacrificar inútilmente la paz que goza todo hombre de bien, todo esenio consciente de su deber, a la idea de que mezclándose a las luchas sórdidas y apasionadas de la turbamulta, pueda conseguirse de inmediato la transformación de este doloroso estado actual.

"Destruir la ignorancia respecto de Dios y de sus relaciones con sus criaturas, es !a obra que realiza en secreto la Fraternidad Esenia, y nuestro deber es secundarla en su labor misionera encendiendo la lámpara del divino conocimiento, o sea la ciencia sublime y eterna de Dios en relación directa con el alma humana.

"Padres, madres, jefes de familia, haced de vuestros hogares, san­tuarios de la verdad, del bien, del amor y de la justicia, sin más códigos ni ordenanzas que los diez mandatos divinos que trajo Moisés a esta tierra, y será como la marca indeleble puesta en vuestra puerta, que quedará cerrada a todos los males, y dolores que afligen a la humanidad.

"Tomad mis palabras pronunciadas con el alma saliendo a mis labios, no como de un Maestro que os enseña, sino como de un joven aprendiz que ha vislumbrado la eterna belleza de la Idea Divina, en las penumbras apacibles de los santuarios de rocas, bajo los cuales se co­bijan los verdaderos discípulos de Moisés".

— ¡Habló como un Profeta!... ¡Habló corno un iluminado!... —se oyeron varias voces rompiendo el silencio.

—Habló como el que es —dijo solemnemente Isaac de  Sichar—: como el Enviado Divino para esta hora de la humanidad. ¡Alma de luz y de amor!.. . ¡Qué Dios te bendiga como lo hago yo, en nombre de los Setenta Ancianos de Moab!

— ¡Gracias, maestro Isaac! —dijo emocionado Jhasua y fue a ocu­par su sitio al lado de sus padres.

Vio que su madre lloraba silenciosamente.

— ¿Te hice daño madre con mis palabras? —le preguntó tiernamente.

—No hijo mío, tú no puedes hacerme nunca daño —le contestó ella.

"Pero mientras tú hablas, en mi mente se formó como un arrebol de luz donde te vi rodeado por todos nuestros antiguos Profetas que fueron sacrificados como corderos por los mismos a quienes enseñaron el bien, la justicia y el amor.

"¡Hijo mío!... un día te dije que para matar mi egoísmo de ma­dre, te entregaba al dolor de la humanidad. ¡No sé por qué en este mo­mento he sentido muy hondo el dolor de este sacrificio!"... tal como si lo viera realizarse de terrible manera...

—Dios Padre, se nos da a cada instante en todos los dones y belle­zas de su creación universal; y nosotros cuando pensamos darle algo, nos atormentamos anticipadamente, aun sin la certeza de que El acepte o no, nuestra dádiva. ¿Por qué crear dolores imaginarios, cuando la paz, la alegría y el amor florecen en torno nuestro?

—Tienes razón Jhasua... perdóname. Mi amor te engrandece tan­to ante mí misma, que me lleno de temores por ti.

Los concurrentes comenzaron a retirarse cuando era ya bastante entrada la noche.

Bethlehem quieta y silenciosa como de costumbre, dormía bajo la nieve iluminada por la luna, que veinte años atrás, cuando los clarividen­tes que velaban espiando la conjunción de los astros anunciadores, oyeron voces no humanas cerniéndose como polvo de luz en el éter, que cantaban en un concierto inmortal:

"GLORIA A DIOS EN LO MAS ALTO DE LOS CIELOS Y PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD”

 

 
 
 
 
 

 

     
         
         
       
       
       

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