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EL CIELO ES EL LIMITE

Capitulo 6

Confíe en sus señales internas

Wayne W. Dyer

 

CAPITULO 6

Confíe en sus señales internas


Una de las finalidades básicas de este libro ha sido, hasta el momento, determinar en qué medida se reprimen de modo sistemático y se pervierten con frecuencia, por ese autoritarismo imperante en nuestra sociedad, los impulsos naturales de los individuos en pro de la felicidad, la madurez y la creatividad, los impulsos que llevan a lo que yo llamo vivir Sin Límites.

 
   

Una de las características del autoritarismo es su insidiosa capacidad de enviciar a la gente a la persecución interminable de recompensas exter¬nas: riqueza, prestigio, ascensos, que otros aprueben el estilo de vida que lleva uno, honores protocolarios y símbolos de estatus de todo tipo. Para mantener a los individuos persiguiendo estas "zanahorias", contamos con guías, normas, costumbres, tradiciones y etiquetas de todo género. Nos vemos bombardeados continuamente por la propaganda y por instrucciones y directrices que provie¬nen de una hueste desconcertante de fuentes externas desti¬nadas a que persigamos esos objetivos con todas nuestras fuerzas para sentirnos satisfechos. La terrible lección es que cuantas más recompensas externas acumularlos, más satisfechos de la vida deberíamos sentirnos.

Parte de la atracción que ejercen esas recompensas externas en los individuos que piden medios cuantitativos o numéricos para valorarlo todo es que tales símbolos les facilitan la tarea de calibrar su mérito como individuos y su posición relativa en la escala social. Por ejemplo, si sigue usted al pie de la letra a alguien como Emily Post, puede sentirse seguro de que tendrá "buenas maneras", y se sentirá superior a todos esos palurdos que no conocen a Emily Post y, por tanto, no saben ser "finos" con la gente.Si tiene usted tres coches, nadie podrá decir que no está triunfando.  

Frente a los signos externos que le animan continuamen¬te a correr más y más de prisa tras lo que esos mensajes se proponen venderle, tiene dentro de sí mismo numerosas fuentes de señales internas que compiten con las externas por el control de su vida. Esas señales internas le asaltan como pensamientos o sentimientos, y entre sus fuentes están sus instintos animales y la voz del niño que hay dentro de usted, a lo cual añadiría yo la voz de sus "necesidades más altas" como ser humano (por lo que entiendo, necesidades cuya satisfacción puede "elevarle a las más altas cimas") y su propio sentido de finalidad o misión en la vida, que se expondrá en los dos capítulos siguientes.
Pero antes de pasar a pensar en profundidad sobre estas necesidades superiores, así como sobre ese objetivo o misión, es básico que se pare usted a determinar en qué medida deriva su capacidad de conocerse a sí mismo de haber aprendido a consultar esas señales internas, en vez de basarse primordialmente en todas esas directrices que otros intentan darle. Se trata de una de las etapas más difíciles para la mayoría de la gente en la vía que lleva al vivir Sin Límites, porque nos han condicionado a todos en tal grado a responder a órdenes externas y hemos adquiri¬do tantas capas de seguridad que estamos literalmente enterrados bajo ellas. Pero confiar en sus señales internas también puede ser el paso más importante en su objetivo personal de llegar a ser todo lo plenamente activo y creador que pueda.
Algunos investigadores han utilizado el término "lugar de control" para distinguir entre los individuos "internos" y los "externos". Si su vida está predominantemente controlada por señales procedentes del exterior, tendrá, según estos investigadores, un lugar de control externo. Los psicólogos afírman que el setenta y cinco por ciento de los individuos del mundo occidental tienen un control primor¬dialmente externo; en consecuencia, es evidente que muchos de nosotros tenemos que hacer un gran esfuerzo para lograr que nuestros centros de control dejen de ser predominantemente externos y pasen a ser básicamente internos. Pero, en fin, todos somos perfectamente libres a la hora de decidir cuánto control queremos ejercer sobre nuestro propio destino y cuánto deseamos ceder a esos sistemas externos de señales que pretenden encauzarnos y dirigirnos por nuestras sendas vitales. Si hace usted algo tan insignificante como comprar una pieza de tela porque pieasa que algún otro con mejor gusto o con mejor "vista para la moda" lo aprobaría (en vez de porque sea cómodo, barato y le guste cómo le sienta), no hay duda de que está convirtiendo a otros en dictadores de lo que debe usted vestir. Lo mismo podemos decir si decide usted que el gabán que más le abriga es demasiado pobre para ir con él a una fiesta elegante una noche fría y acaba usted tiritando sólo porque no se atreve a dar una impresión "pobre" a los demás.
Cuando los controles externos fe dictan decisiones más serías, por ejemplo la forma de educar a sus hijos, su forma de ganarse la vida, dónde va a vivir y, sobre todo, cómo va a disfrutar de la vida, las consecuencias pueden ser devastadores conflictos con esas señales internas que su propia mente está constantemente reprimiendo. Puede convertirse literalmente en esclavo de cualquier manipula¬dor que elija... y usted sabe de sobra que no existen esclavos bien adaptados.
Por otra parte, la confianza en el continuo combinarse de todas las señales internas, puede proporcionarle verdadera seguridad, paz mental y alegría. Cuanto más opere usted desde una perspectiva de confianza en sus señales internas y menos se base en esas claves externas omnipresentes, más aprenderá a centrar el punto de control sobre su propia vida en sus propias manos, que es donde debe estar.
Antes de analizar con más profundidad los modos de llegar a confiar más en las señales internas, quizá le sea útil recordar que todos tenemos siempre algún "centro de control" interno y alguno externo, y que ciertos días o en ciertas circunstancias podemos ser más externos que inter¬nos o viceversa. Puede ser usted mucho más sensible a las señales de carácter externo de su jefe que a las de su vecinoo su esposa, y, claro está, no debería considerarse controla¬do externa o internamente en todo lo que hace, durante todos los días de su vida, o intentar clasificarse o clasificar a otros como "externos" o "internos", que es otro ejercicio inútil de dicotomización que en realidad no lleva a ninguna parte. Lo importante es impedir que esas señales externas bloqueen sus impulsos internos en situaciones que puede reaccionar de un modo externo, de forma que pueda asumir el máximo control de su vida, y ser lo más indepen¬diente posible de las opiniones ajenas y tomar el máximo número de decisiones importantes por sí mismo.
No cabe duda de que es imposible eliminar algunos centros externos de control. Todos vivimos integrados en esta cultura y hemos de tener sistemas que puedan respetar todos para que funcione nuestro sistema social, y sobre todo para que funcione al máximo nivel. Un ejemplo básico de ese "control externo" necesario y legítimo son las señales de tráfico. Nadie en su sano juicio dirá: "Esa señal de tráfico externa, ese semáforo, está en rojo, pero mi luz interna está en verde", y se saltará el semáforo sólo para demostrar lo independiente que es de todo control externo. Hay que hacer, claro, ciertas concesiones a los controles externos legítimos, y tendrá que aprender a reprimir sus impulsos externos de vez en cuando. Pero si confia en sus señales internas, sabrá muy bien que jamás le dirían que se saltase un semáforo en rojo sin una buena razón para hacerlo. Podrían decirle que se lo saltase en una emergen¬cia, pero no sin cerciorarse de que no se pone en peligro por ello ni pone á otros, en cuyo caso, sus controles internos podrían "darle luz verde".
Otro obstáculo para llegar a estar más dirigido desde dentro es superar esas señales extemas que le dicen que es un egoísta si controla demasiado su propia vida.
Todos sabemos muy bien lo que es el egoísmo. Los egoístas están excesiva o exclusivamente pendientes de sí mismos, siempre procuran tener más ventajas que los demás, por cuyo bienestar no se preocupan y pisotean en general los derechos o las libertades ajenas. El niño "egoísta" era el que, cuando se abría la bolsa de caramelosen la fiesta, se metía todos los que podía en la boca, se enfurecía cuando otro quería más, daba dos a cada niño y se guardaba los demás.
De todas las críticas que han hecho a mis anteriores libros y a mis teorías, la más destacada ha sido la de que estimulo el egoísmo. Desde luego, nunca he dicho ni escrito que crea que la gente tenga que ser egoísta a expensas de los demás, y en realidad he procurado decir exactamente lo contrario. Pero, parece ser que muchas personas que captan que quiero que la gente piense por sí misma, que consulte sus impulsos internos y logre ser capitana de su propia alma, no pueden evitar interpretar mis palabras como un estímulo al egoísmo generalizado.
Permítame que siga mi propio consejo del capítulo anterior y suponga que usted, el lector, y yo, el autor, nos estamos aproximando a ese mundo abierto que he llamado vivir Sin Límites, con un deseo sincero e infantil de entendernos. Si es así, yo debería empezar por decir que quizá la mitad o más de este malentendido entre esos críticos que me acusan de estimular el egoísmo y yo es culpa mía. Quizás en mis escritos anteriores no consiguiese expresarme con claridad, no logré explicar lo que quería decir de modo que nadie pudiese interpretarlo como un estímulo al egoísmo.
Por otra parte, desearía que mis críticos me hicieran el favor de volver a leer Tus zonas erróneas y Evite ser utilizado y preguntarse si no habrán leído en ellos cosas que yo nunca escribí. Me gustaría en particular que usted, lector de este libro, se preguntase si ha leído ya algo en él que le haya hecho pensar: "Está diciendo que deberíamos ser más egoístas". Si es así, no era eso lo que yo quería decir, desde luego. Y ahora, esta pregunta para usted: ¿Utiliza la palabra "egoísta" para indicar a alguien que sigue sus señales internas más que usted, y es quizá muchísimo más feliz, en consecuencia, aunque nunca se aproveche de los demás ni abuse de ellos? En tal caso, quizá pueda estar utilizando mal la palabra "egoísta", esgrimiéndola para condenar a individuos que no se adaptan a la idea autoritaria que tiene usted de cómo deberían ser, utilizando el términopara dominarles, lo mismo que se deja usted dominar por otros.
Pero sea cuál sea la respuesta que dé a esa pregunta, permítame que exponga con toda claridad cuál es mi punto de vista respecto al egoísmo. Yo no pretendo impulsar a nadie a ser desconsiderado o abusivo con los demás. Considero, por el contrario, que el individuo Sin Límites es precisamente el que ama y ¡o acepta instintiva¬mente a otros del mismo modo que a sí mismo y, en consecuencia, es más considerado con los demás, por el simple hecho de que si no lo fuese estaría reprimiendo y menospre¬ciando sus propias señales internas, que intentan siempre llevarle al gozo infantil de ver a los demás como iguales, como "amigos de toda la vida" o como "compañeros de juegos".
No puedo aceptar, por otra parte, el juicio de quien me diga que es egoísta el que usted o yo orientemos nuestras vidas según nuestros criterios personales. Yo no creo que sea egoísta que usted se estime a sí mismo y se trate como una persona que posee mérito propio y dignidad innata, que no es egoísmo desear el tipo de vida que es más importante y más satisfactorio para usted.


Para liberarse del error de permitir a otros hacerle a usted sentirse mal llamándole egoísta cuando sus señales internas (en este caso su conciencia) le dicen que su conducta es perfectamente válida, sólo tiene usted que recordar que, si sabe que su propia conciencia está segura que no ha perjudicado en ningún sentido a otra persona, aquel que califica su conducta de "egoísta" debe estar intentando, por alguna razón, que se adapte usted a una serie de valores externos y autoritarios, debe querer rebajarle en la escala social.
Lo que pretendo decir es que confiar en las señales internas es algo que nada tiene que ver con el egoísmo en si, sino con la libertad de elegir. Si alguien le acusa de ser egoísta, tiene usted una opción: acepte lo que le dice y altere su conducta adaptándola a sus deseos sin pensar más en el asunto, o deténgase a revisar su conducta según su propia conciencia y altérela si llega a la conclusión de que la otra persona tiene razón en realidad. Dejo a su elección decidir qué actitud surge de un origen interno y tiene más sentido.
Con estos tres sobrentendidos, que todos estamos conti¬nuamente controlados en parte por señales externas y en parte por señales internas, que hay ciertos controles externos que son necesarios y legítimos (aunque sólo sus señales internas pueden indicárselo), y que el hecho de que confie en sus señales internas nada tiene que ver con el egoísmo, creo firmemente que cuantas más decisiones pueda usted tomar basándose en sus señales internas, y cuanto más aprenda a ignorar las presiones externas que constantemente intentan manipularle e inmovilizarle, mejor nos irá a todos en la vida. Toda la cultura se beneficiará de la existencia de individuos fuertes y dirigi¬dos por sus señales internas, sean éstos dirigentes o ciuda¬danos normales. Una ciudadanía que piense por sí misma, un país en el que la gente se conozca a sí misma y confíe en sí misma a nivel individual, sería prácticamente inmune a cualquier manipulación de dirigentes sin escrúpulos. En las familias en las que los individuos se conocen a fondo y confían en sí mismos, donde hay confianza y conocimiento mutuos y se siguen las señales internas, lo que une e integra es el respeto recíproco y no las jerarquías de autoridad. Y en las relaciones individuales, el que los individuos que se relacionen sean capaces de confiar en sus propios impulsos internos será la mejor garantía posible de que no intentarán manipularse unos a otros y de que habrá, en consecuencia, muchas más posibilidades para unas relacio¬nes cordiales y perdurables.

DE LO EXTERNO A LO INTERNO

El primer paso para aprender a confiar en las señales internas es que examine su pensamiento y su conducta con el fin de determinar en qué áreas de su vida ha ido usted "demasiado lejos" en su sometimiento a controles externos. Incluyo a continuación un gráfico que creo que puede ayudarle. Es una versión revisada de otro gráfico que utilicé en un libro del que soy coautor, titulado Técnicas efectivas de asesoramiento psicológico (Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1980, página 69).

ESTADOS EMOTIVOS Y DIMENSIONES DE CONTROL INTERNO Y EXTERNO

Ahora bien, todos utilizamos explicaciones de ambos tipos para indicar por qué nos sentimos como nos sentimos y unas y otras suelen estar íntimamente relacionadas. Por ejemplo, si sus padres se portan mal con usted, si cree usted que no le quieren en realidad y que simplemente le utilizan como alguien a quien poder dominar y dar órdenes para satisfacer sus propias ilusiones de poder, le resultará muy difícil decir que les respeta (pueda o no decir que les ama).
Si es usted un individuo que piensa con una orientación más bien externa, se dirá, sin embargo: "En fin, mis padres me tratan mal, me hacen desgraciado, eso es lo que pasa", y soportará su desdicha. La desdicha que tiene una causa externa es un callejón sin salida y la única salida que puede usted procurarse pasa por la ruta interna. Si achaca usted sus desdichas a sus padres, sus amigos, el mundo o cualquier otro factor externo, si insiste en que ellos son los únicos responsables de lo que siente usted, no tendrá más remedio que esperar a que ellos decidan cambiar de conducta y sólo entonces podrá sentirse bien.
Sólo buscando las causas internas de sus sentimientos, o "traduciendo" las afirmaciones "causa-externa" en afir¬maciones "causa-interna" puede encontrar el medio de mejorar su situación. Es evidente que los individuos con una dirección interna experimentarán más emociones negativas, pero asumirán la máxima responsabilidad posible respecto a tales sentimientos y a su superación, y, en consecuencia, tendrán muchas más posibilidades de liberarse de esas emociones que los que se sientan a esperar y desear que el mundo cambie y les haga más felices.
Si se ve usted de modo predominante encerrado en esa estructura mental de felicidad de origen externo, su primera etapa para salir de ella está a su alcance inmedia¬to. Puede empezar diciendo: "Detesto a mis padres porque me maltratan". Con esto, centra usted en su propio odio una parte, al menos, de lo que le produce tantas desdichas. Por supuesto, si su padre está borracho siempre y le zurra simplemente porque le da la gana, nada puede hacer para eludir ese dolor físico si no se libera de la causa externa, hallando algún medio de evitar las zurras. Esto puede significar huir de casa, recurrir a alguien que pueda controlarle a el y le proteja a usted, o cualquiera de toda una serie de posibilidades. Pero dése cuenta: no puede
usted llegar nunca a la felicidad de orientación interna sólo porque sea capaz de decir: "Amo y respeto a mi padre porque es bueno conmigo", pero puede llegar a ella por una combinación de pensamientos como: "No dejo que nadie me amedrente (o abuse de mí)", "No permitiré que el odio que siento hacia mi padre me inmovilice", o bien: "Voy a hacer todo lo posible por ayudar a mi padre a superar su problema para poder así amarle y respetarle". Si le parece que suele acabar usted en la columna "externa", si puede encontrar siempre veinte razones que expliquen su desgracia pero le resulta difícil hallar unas pocas incluso que "le hagan feliz", le apuesto lo que quiera a que la mayoría de las razones que ha enumerado como causa de sus desdichas son de origen "externo". Tenga razón o no, espero que considerará muy en serio la posibilidad de utilizar algún método para determinar si ha ido demasiado lejos en la cesión del control de su felicidad, dejándose atrapar por "desdichas de origen externo", y que pensará en medios de liberarse de esa disposición mental convirtiéndose en un individuo más internamente controlado, que es, en mi opinión, el único medio de controlar la propia vida.

PARA LLEGAR A SER VERDADERAMENTE SINCERO CON UNO MISMO

Esto sobre todo: sé veraz contigo,
y a eso seguirá, como la noche al día,
que ya no podrás ser falso con ninguno.
Polonio a Laertes, Hamlet, acto I, escena III

"Sé veraz contigo..." La segunda etapa para llegar a confiar en las señales internas es convencerse de que son dignas de confianza, o cultivar la propia conciencia, hasta el punto en que pueda confiar en sus propios juicios morales (cuando se le haga necesario decidir cómo va a actuar usted personal¬mente), prescindiendo de los signos externos que le están bombardeando, que intentan influir en usted en un sentido o en otro.
Quizá le parezca que ser veraz consigo mismo sólo asegura que "No podrá ser falso con nadie", o que no podrá usted hacer nada inmoral, desconsiderado o abusivo para ningún otro si tiene en principio conciencia. Quizá se esté usted diciendo más o menos esto: "El pistolero de la Mafia es absolutamente veraz consigo mismo. Su problema es que su yo concreto no tiene conciencia".
Pero en este caso yo le diría exactamente lo contrario: que el pistolero de la Mafia y todos los demás seres humanos de este planeta nacen con una conciencia cuya "semilla" quizá sea la percepción infantil de que para estar en paz con uno mismo ha de tratar uno a los demás como le gustaría que los demás le tratasen a uno. El problema de ese pistolero es que ha reprimido y marginado su conciencia, ha ahogado sus señales internas, permitiendo que quien rija su conducta sea la Mafia, una de las "sociedades" más rígidamente jerárquicas y autoritarias que pueda imagi¬narse; es decir, está engañándose, en primer término, a sí mismo.
Ser sincero con uno mismo significa ante todo ser totalmente honesto con uno mismo. Significa volver a ponerse en contacto con los instintos humanos básicos de justicia y equidad consigo mismo y con todos los demás. Significa identificar las defensas que ha erigido usted contra su conciencia y todas las demás fuentes de señales internas que le han impedido ser todo lo que puede llegar a ser, y liberarse de todo pensamiento defensivo (o paranoico) y de la fabricación de excusas en la que ha acabado apoyándose para explicar por qué es tan desdichado.
Lo que quiero decir, en cuanto a la conciencia se refiere, es que una conciencia "buena" o "clara" sólo puede nacer de la armonía de sus señales internas y externas, o, en otras palabras, de la integridad personal: la integración de su yo completo, en todas las áreas, desde sus instintos animales a su sensación de tener un objetivo en la vida. Recuérdelo: Sólo usted puede ser el creador de su propia integridad. Sólo usted puede dirigir su propia sinfonía interna.
Pero no lo olvide: si acepta usted plena responsabilidad en la dirección de la sinfonía de todas sus señales (pensamientos y sentimientos), tendrá usted que atender a toda la orquesta. No puede desfilar sólo al ritmo de tambor de las órdenes externas. Tiene que escuchar también las voces de su conciencia, la voz de ese niño que hay dentro de usted y todos ese concierto de voces de origen interno que tiene usted el privilegio de dirigir.
Una de las mejores imágenes populares de la conciencia es la que encontramos en un cuento clásico de niños: Pinocho, que la mayoría de la gente quizá conozca en la versión cinematográfica de Walt Disney. Pinocho era una marioneta convertida en niño, con la carga especial de que su nariz crecía y se hacía muy larga cada vez que mentía. Sin embargo, para superar este terrible obstáculo y poder entrar en el mundo adulto, se le otorgó una conciencia clara y encantadora (en la versión de Disney en la forma de Pepito Grillo, un grillo que le seguía a todas partes y que silbaba siempre que Pinocho estaba a punto de violar su conciencia). Lo importante de la historia es que si uno no es sincero consigo mismo, si no escucha a su Pepito Grillo y opera "sobre todo" desde su propio lugar de control interno, será y se sentirá en el fondo como un robot artificial más, monstruoso incluso.
Como dijo un moralista francés del siglo XVII, La Rochefoucault: "Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera".

Cómo empezamos a engañarnos a nosotros mismos

Creo que el autoengaño que a tantos nos margina de nuestras señales internas, se inicia en realidad con tentati¬vas de engañar a otros. Es evidente que el niño muy pequeño carece de capacidad para engañarse a sí mismo o engañar a otros. Al no conocer prácticamente impulsos externos, actúa siguiendo casi exclusivamente sus señales internas. Sólo cuando se hace patente el sistema externo de señal-y-recompensa surge la tentación de intentar "burlar¬lo", de embarcarse en un pensamiento y una conducta autolisiantes, intentando engañar a otros para que piensen que somos algo que no somos: concretamente, transmitir "señales falsas" a fin de manipular a otros, para poder sentirnos superiores, según pautas "externas". Estos pensa¬mientos y comportamientos negativos pasan luego a incluir prejuicios sin ninguna base real, falso orgullo, pretensiosidad y falsedad, hipocresía (sobre todo condenar a otros por hacer el mismo tipo de cosas que solemos hacer nosotros) y el recurso frecuente a la cólera, la falsa humildad, la turbación fingida, la susceptibilidad extrema, la arrogan¬cia, etc., en nuestros intentos de utilizar en provecho propio el sistema de señales externas.
Nuestra sinceridad con nosotros mismos puede medirse en gran parte por nuestra voluntad de desviarnos de nuestro curso para convencer a otros de que somos algo que en realidad no somos. Todos conocemos personas capaces de alquilar lujosos coches y chóferes para de esta manera impresionar a otros con su riqueza cuando en realidad no pueden permitírselo, o que llegan a extremos muy parecidos haciendo "exhibiciones externas" de sí mismos. Conocemos individuos que fingirán ser abiertos y carecer de prejuicios si las circunstancias externas les indican que es aconsejable obrar así. Y luego, se dan la vuelta y hablan en situaciones más íntimas de los italianos o los judíos que están destrozándoles la vida. Otros clamarán y vociferarán sobre los interminables males que tiene esa joven generación que fuma yerba mientras ellos toman sus qualuudes o "píldoras de dieta" u otras cosas para animarse.
Cuando se pregunta usted asombrado: "¿Pero a quién intentan engañar?", reconoce usted que esos individuos empezaron intentando engañar a otros como usted y al poco tiempo acabaron engañándose a sí mismos, extra¬viándose. Se dieron cuenta de que tenían que defender las falsas señales que habían transmitido al exterior, o vivir de acuerdo con las imágenes falsas de sí mismos que habían proyectado. Y, como había sido el sistema de señales externas el que había proporcionado en primer término las "falsas imágenes", intentar atenerse a ellas llevó inevita¬blemente a una dependencia mayor de las señales externasen la orientación vital del individuo, a más represión de las señales internas.
Engañarse a si mismo significa en el fondo convencerse y convencer a otros de que uno es algo que no es, desconfiar de las señales internas que en realidad están intentando decirnos quiénes somos. Significa en realidad hacer un mamarracho de usted mismo frente a sí mismo, y, cuanto más se ridiculice y se engañe, más desprecio por sí mismo irá acumulando, tenga o no la honradez de admitirlo.
Un ejemplo muy real de las consecuencias internas de este tipo de autoengaño procede de mi propia vida. Esa experiencia me llevó a decidir ser distinto, e indica que usted quizá tenga que pasar por algunas experiencias de falsedad consigo mismo para poder sentir lo que es y luego prometerse eliminarlo de su vida.
Yo estaba jugando un partido de tenis con un adversario que en realidad era mucho mejor que yo, lo cual significa¬ba que tenía que superarme a mí mismo para poder ganarle. Pero quise ganarle del peor modo, y el tanteo iba muy igualado cuando él lanzó una pelota que yo me di cuenta de que no podía devolver. Supongo que lo que pasó por mi cabeza cuando la pelota se acercaba fue algo así como: "¡Esa pelota tiene que salir fuera!"; grité: "¡Fuera!" una fracción de segundo antes de que mis señales internas me dijeran: "Fue casi fuera, pero, repasando la imagen, he de decir que dio justo en el borde interno de la línea". En una décima de segundo, tuve que decidir entre decir lo contrario de lo que había dicho y renunciar al tanto, o mantener mi postura. Mi adversario no tenía ni idea de si había sido fuera o no, porque yo le había impedido verlo al intentar coger la pelota.
La cuestión es que me mantuve en mis trece y me apunté el tanto, y gané, pero me sentía muy mal por lo que había hecho, y, debido a mi mala conciencia, ya no pude dar pie con bola. Perdí los tres juegos siguientes, el set y luego el match, aunque había estado en posición de adelantarme y ganar.
Lo que sucede es que sentía exactamente lo mismo que Pinocho, mi nariz crecía por minutos, y tomé la decisión en aquel momento, allí mismo, de que nunca volvería a hacer nada semejante, fuese cual fuese la importancia "exterior" del partido o fuesen cuales fuesen las circunstancias.
No sentí necesidad de explicar a mi adversario por qué se había desmoronado mi juego. Mi propia sensación interna de repulsa de mí mismo fue suficiente para ense¬ñarme la lección que necesitaba: que la integridad perso¬nal y ser sincero conmigo mismo tenía que ser mucho más importante para mí que ganar un partido de tenis.
En realidad, he estado en la misma situación varias veces desde aquel importante día, y unas cuantas me he cazado incluso gritando: "¡Fuera!" cuando no lo era. Pero ahora digo siempre de inmediato: "No, un momento, no fue fuera, dio dentro de la línea... ¡fue un tanto perfecto!" Y, al hacerlo, descubro que puedo seguir jugando bien después, porque estoy en paz conmigo mismo.
Ser sincero con los demás y veraz consigo, no sólo le ayudará a sentirse mejor ante sí mismo como ser humano, sino que aumentará su capacidad de "jugar bien", haga lo que haga. De gozar de si mismo y de su propia integridad personal interna realmente; estoy seguro de que si decide usted controlarse siempre que sus señales internas quieran advertirle que está usted siendo falso consigo o con otros, puede usted eliminar el autoengaño en su punto de origen, deteniéndose y preguntándose: "¿A quién intento en¬gañar?"

Para llegar a ser sincero consigo mismo

Si ha decidido usted preguntarse a quién está engañan¬do con esos pensamientos y esa conducta controlados externamente, y ha llegado a la conclusión de que es un error intentar engañar a alguien respecto a lo que es usted, va por el buen camino hacia lo que yo llamo autosinceridad total. Quizás haya empezado ya a identificar parte de las defensas y falsedades que ha utilizado hasta hoy. En tal caso, el paso siguiente para llegar a ser verdaderamente sincero consigo mismo no es ir a confesarse o sentirse culpable por algo que ha hecho en el pasado. Significa simplemente aceptar que ha estado haciendo ciertas elecciones autoengañosas, y luego ha pasado a oponerse a ello por el procedimiento de estimular y cultivar su capacidad de confiar en sus señales internas.
Autosincerídad significa liberarse de la necesidad de valorar los propios méritos en términos externos y, en vez de analizarse lo más objetivamente posible, procurando sobre todo vivir más del modo en que usted quiere vivir ahora, en vez de ser primordialmente fiel a "su modo de ser de siempre". Significa mirarse cara a cara en el espejo y sentirse a gusto porque hoy desea ser sincero consigo y con todos los demás, y aunque pueda resultar costoso desde el punto de vista externo (aunque pueda incluso costarle su trabajo, su matrimonio, su mejor amigo) le proporciona más paz interior que ceder a la presión externa y obligarse a ser lo que no es.
La autosincerídad exigirá que valore usted sus fuerzas y debilidades de modo realista, que identifique esas defensas que ha erigido contra sus señales internas y procure eliminarlas de su vida diaria.
No tiene por qué hacer declaraciones públicas ni expli¬car a otros su programa si desea lograr la autosincerídad. Basta con que se comprometa interiormente a ser todo lo que puede ser, y reconocer que ningún otro puede darle a usted la verdad ni la autosinceridad. Debe usted enfrentarse a sí mismo y descubrir la verdad que hay en su interior, por sus propias luces, porque está convencido de que es importan¬te. Puede decidir usted seguir enviando señales externas falsas para engañar a otros respecto a sí mismo, pero, aunque lo hiciese, por lo menos, puede empezarla a ser sincero totalmente consigo mismo. Si ha entendido usted lo que he dicho hasta ahora, sabrá de lo que estoy hablando. Usted sabe que tiene su propio Pepito Grillo, sus propias voces internas, que le interrumpirán para mantener breves diálogos consigo mismo siempre que esté a punto de sucumbir al autoengaño. "¿Por qué lo hago? ¿Cuándo voy a dejar de intentar fingir que soy algo que no soy? Sé que me resulta más fácil ser arrogante que ser sincero, pero intentaré cambiar".Estos diálogos consigo mismo son las sesiones internas de preguntas y respuestas a las que habrá de entregarse si desea llegar a ser más sincero consigo mismo, desprendién¬dose de todas las máscaras que se ha puesto para disfrazar¬se frente a sí mismo y frente al mundo. Si quiere seguir llevando las máscaras ante los demás durante un tiempo, adelante; pero si se afronta usted con una valoración sincera de lo que es y por qué se porta como se porta, y con una decisión de cambiar todo lo que es falso en relación consigo mismo, pronto no necesitará usted llevar máscaras para los demás. El asunto es que lo hace usted por si mismo, porque vivir en paz consigo mismo es la esencia de la autosinceridad; si puede usted confiar en que sus señales internas le guiarán lo mejor que puedan en su vida, de ello se seguirá, naturalmente, que usted confie en ellas al tratar también con los demás.
Hay otro ejemplo de mi propia vida que tal vez ¡lustre bien hasta qué punto es básico confiar en las señales internas para lograr la paz mental y para tratar honrada¬mente con otros.
Cuando presenté el manuscrito de mi primer libro, el equipo editorial me hizo algunas críticas, junto con |>eti-ciones de que hiciera algunos cambios que hubiesen modificado fundamentalmente el mensaje del libro. Aun¬que yo estaba deseoso de hacer cambios que mejorasen la calidad del manuscrito, mis señales internas me decían con toda claridad que me negase a hacer cambios que violasen mis intenciones originales al escribirlo.
El editor, los correctores, los agentes e incluso algunos buenos amigos me dijeron que debía aceptar los cambios propuestos porque, si me negaba, la editorial se negaría a publicar el manuscrito y no tendría siquiera libro. Pero lo cierto es que había tomado una decisión y ningún argu¬mento ni amenaza la alteraría. Mi libro diría lo que yo quería que dijese. Iría a otro sitio, estaba dispuesto incluso a publicarlo yo mismo, antes que renunciar a este prin¬cipio.
Pese a todas las señales externas que me pedían que recapacitase, que cogiera el dinero y saliese corriendo, que
siguiese, que aceptase, me afirmé más en mi decisión. Envié una larga carta al editor detallando mi postura, y cuando él entendió cuál era mi actitud, el libro se publicó tal como yo quería, diciendo exactamente lo que yo quería que dijese.
Muy pocos entendieron mi obstinada posición en este asunto. La mayoría hubiesen preferido verme ceder a las presiones externas. Pero mis señales internas me dijeron: "Sólo puedes llegar hasta ahí, y esos cambios no puedes siquiera tomarlos en consideración". En tal caso, al contrario de lo que me sucedió la vez que intenté engañar a mi adversario en la partida de tenis, me di cuenta de inmediato de que tenía que vivir conmigo mismo y no estaba dispuesto a comprometerme con presiones externas aunque los demás intentasen convencerme de que seguir la corriente y aceptar era una vía mucho más fácil.
Y, en realidad, era evidente que aceptar en ese caso no hubiera sido más fácil a la larga. Habría sido desastroso. ¿Cómo iba a poder hablar yo de este libro con mis colegas, utilizarlo con los clientes, hablar de él en público, si hubiese accedido a decir en él cosas con las que no estaba de acuerdo?
Pero, aunque parezca absurdo, editores y escritores se plantean continuamente problemas de este tipo, y los editores dicen cosas como: "Si lo hace así, nunca se venderá" y respecto a las diversas fórmulas para escribir un libro, ya consagradas, o señalando el último éxito de ventas y diciendo: "Debería usted hacerlo como ése", o enseñán¬dole el último informe de estudios de mercado que dice qué es lo que compran ahora los lectores y lo que quieren leer, para que pueda usted escribirlo... y, a menudo, le recuer¬dan a uno, al mismo tiempo, de paso, que el lector medio es un individuo torpe y superficial, y que por ello debería siempre escribir para el mínimo común denominador y no forzar demasiado al lector.
Quizá se pregunte usted para qué puede servir un libro que no hace más que copiar el éxito de ventas del mes anterior, que le dice a usted lo que ya piensa y que le obliga a ejercitar la mente al mínimo... Ese es también mi punto
de vista. Por suerte, tras la primera experiencia, supe ya lo bastante para dejar las cosas claras con los editores desde el principio, y para aceptar únicamente a los que estaban en principio de acuerdo en que no se dictarían normas o fórmulas externas de ningún género respecto a cómo habrían de ser mis libros. Siempre he disfrutado, desde luego, de ayuda editorial, gracias a la cual mis libros han sido más claros, y he recibido consejos positivos de todo tipo, pero con el sobreentendido de que yo no aceptaría ningún cambio que violase mi integridad personal, y que sólo mis señales internas determinarían dichos cambios, sin discusión posible al respecto. Creo firmemente que el único motivo de que mis libros hayan alcanzado los primeros puestos de las listas de éxitos de ventas es que he rechazado todas las directrices externas respecto a cómo llegar allí, y me he basado exclusivamente en mis propias directrices internas asumiendo el control absoluto de lo que mis libros deben decir.

LA CREATIVIDAD Y LAS SEÑALES INTERNAS

El ejemplo anterior me lleva a mi último punto en relación con la confianza en las señales internas, que es que lo que ha venido en llamarse "creatividad" depende, evidentemente de que estemos dispuestos a utilizar nues¬tros propios recursos internos (concretamente, la imagina¬ción) y a emprender cualquier tarea con un enfoque exclusivamente individual y personal.
Recordará que yo decía antes que no hay ni puede haber fórmulas para elaborar obras, originales, ideas o cualquier otra cosa, y que no se puede predecir cuándo, dónde o de quien surgirán. Los grandes artistas, músicos, escritores, poetas, arquitectos, científicos, inventores (todos los verdaderos innovadores de nuestro mundo) han sido sin excepción aquellos que, sobre todo, no sólo aprendieron a confiar en sus propias señales internas, en cuanto a cuál iba a ser la tarea de su vida y cómo debían actuar exactamente respecto a ella, sino que se negaron además a permitir que ningún otro les dictase normas y se atuvieron a sus propias ideas originales y a sus propios proyectos. En otras pala¬bras, la Fuente de la Inspiración (o la creatividad), lo mismo que la fuente de la juventud, está dentro y no fuera de nosotros.
La mitología nos dice que "la musa" es la que sopla en el individuo la inspiración poética. Ese mito es magnífico siempre que se sepa que "la musa" no es ningún ser externo que tenga que "entrar volando en usted" para que pueda crear algo (pues eso le dejarla a usted inmovilizado escrutando los cielos y murmurando: "Ojalá aparezca la musa para poder crear algo"), sino que representa más bien el destapar el pozo de sus propias señales de creatividad interna. Es cierto que sólo aquellos a los que el pozo les resulta tan fascinante que nunca logran volver a taparlo se ven lo bastante arrastrados para consagrar su vida a ello y acabar alzando "partenones" o ideando teorías matemáti¬cas de la relatividad. Pero todos tenemos dentro un pozo de profundidad infinita, en el que se encierra más creatividad potencial de la que podamos imaginar. La única razón de que muchos mantengamos cerrados nuestros pozos es, como ya hemos dicho, el temor al fracaso por comparación con aquéllos a los que otras entidades externas, la "socie¬dad" o la "historia", han considerado "los más grandes". Por ejemplo, oirá decir con frecuencia a la gente cosas como "me encanta escribir canciones, pero soy muy poco original en realidad. No tengo esos grandes arrebatos de inspiración que tienen los grandes artistas".
¡Absurdo! ¿Cómo cree usted que lo hacen los grandes artistas? Ellos no pueden permitirse pensar: "¿Dirán los demás que esto es genial?". Los grandes artistas nunca perdieron las señales internas infantiles que de algún modo componen canciones, poemas, lo que sea, en todo tipo de ocasiones. Nunca perdieron la confianza en su propio gusto, porque sólo se preocupaban de si les gustaban a ellos o no sus propias canciones, y deseaban recordar y cantar muchas de ellas, para ellos mismos, para sus mejores amigos, o para cualquier otro que pudiera desear escucharles en el futuro.
Podrá usted recordar sin duda que cuando era niño
hacia canciones para usted; "cancioncillas tontas", puede que se diga. Pero yo respondo: "¿Y qué?" ¡Vuelva a establecer contacto con esas señales que tiene en su interior y que desean componer nuevas canciones, idear nuevos inventos, recetas, teorías científicas o lo que sea, y deles vía libre! Y, además, recuerde que si lo que hace usted tiene sentido para usted, si todas sus señales internas, sus instintos animales y su conciencia y su imaginación y su capacidad de raciocinio le dicen, en una doceava o una veinticuatroa-va parte o una veintiochoava parte, que le encanta a usted lo que está haciendo ahora, que cree realmente que está creando una vida bella y Sin Límites para usted mismo, ¿corno pueden equivocarse? (Y, si desea usted componer una canción para expresar y conmemorar lo que siente respecto a la vida ahora, ¿cómo va a componer usted una mala canción?)
Todo el mensaje de este capítulo se reduce a esto: usted y todos los demás que habitan este planeta "nacieron libres", nacieron con libertad para cultivar todo el poten¬cial creador interno y vivir en paz con la propia concien¬cia. Pero sólo puede usted afirmar esos derechos de nacimiento si está dispuesto a correr los riesgos sociales o "externos" que conlleva el ignorar todas las presiones exteriores que nos mueven a hacer las cosas como otros dicen que "deberíamos hacerlas".
Los individuos que se rigen siempre por sus impulsos internos no sienten nunca el más mínimo respeto por el sistema de recompensas o señales externas cuando significa comprometer aquello en lo que creen realmente. Quizá los individuos Sin Límites sean escasos en este mundo por lo escasa que es realmente esa dirección desde dentro. Un filósofo de la antigüedad griega, Pitágoras, lo decía a menudo a sus discípulos y seguidores hace aproximadamente dos mil quinientos años:
"Respetaos a vosotros mismos por encima de todo".
Si decide seguir usted tan sabio consejo, dará enton¬ces un paso que puede ser gigantesco hacia la vida Sin Li¬mites.

ESTRATEGIAS PARA CONFIAR EN LAS SEÑALES INTERNAS

Usted (sí, usted, y cualquier otro) pueden empezar a forjar una personalidad más internamente dirigida sin necesidad de años de terapia o de discutir consigo mismo que no puede, en realidad, cambiar porque lleva muchos años siendo una persona externamente controlada. Si desea disfrutar de ese gozo interno real de saber que es usted verdaderamente usted mismo, si quiere que su paz interior sea más importante para usted que cómo le juzguen otros o cómo se adapte a normas externas, y si las recompensas externas que ha estado persiguiendo tantos años le parecen cada vez más insignificantes y desprecia¬bles, puede usted literalmente dar la vuelta al partido optando por un pensamiento y una conducta nueva dirigidos más interna que externamente.
A continuación enumero algunas cosas concretas que puede usted ensayar hoy, algunos cambios de actitud que puede iniciar en este momento, si usted (no un ellos o un ello) decide que pase lo que tiene que pasar entre usted y su voz interior:
Establezca claramente sus objetivos. Procure eliminar las explicaciones externas de su conducta, sus circunstancias vitales, sus ideas o sus sentimientos en la medida de lo posible. Por ejemplo, en vez de decir: "Tengo un ataque de angustia", como si una flota de aviones enemigos le hubiera atacado de pronto con bombas de angustia, procure traducir esta afirmación por: "Estoy reaccionando con angustia en este caso". O en vez de decir: "Mi esposa me provocó una manía persecutoria", lo cual es ridículo, diga: "Dejé que las opiniones que tenía mi esposa sobre mí fueran más importantes que mis opiniones sobre mí mis¬mo". En vez de decir: "Me da miedo la altura", pruebe a decir: "Me asusto cuando estoy en sitios altos, aunque sepa que no corro ningún peligro". Luego procure "traducir" esas frases en verdades sobre usted mismo que reflejen una felicidad de origen interno:
"Reacciono con angustia en este caso, porque tengo
miedo de que al jefe no le guste mi trabajo, pero ha sido una reacción absurda porque él ni siquiera lo ha visto aún. Estoy asustándome a proposito con la peor posibilidad. Así que voy a decidir no preocuparme del asunto. Aun en el caso de que no le gustase, ¿de qué me sirve estar angustia¬do? Lo discutiremos, decidiremos lo que hay que hacer y puede que aprenda algo. ¡Lo peor que puedo hacer es mostrarme defensivo con él al respecto! Si decide ser agresivo e intenta angustiarme, es su problema, yo no estoy dispuesto a caer en ese juego. ¡Hago el trabajo lo mejor que puedo según mi buen entender y es lo más que puedo hacer, en realidad!"
"He decidido no permitir que mi esposa me manipule condenándome por cosas que son perfectamente válidas según mis señales internas."
"He descubierto que me daba miedo la altura porque me imaginaba que caía cuando no corría ningún peligro si no decidía saltar al vacio. Pero, en realidad, lo que me daba miedo era perder el control de mí mismo y saltar de verdad. Resolveré el problema decidiendo confiar en mis instintos animales, e imaginar que soy un gato siempre que esté en un sitio alto. ¿Miraría por el borde un gato? Desde luego. ¿Saltaría alguna vez por el borde? Jamás. Intentaré ser un gato en varios sitios de mucha altura, empezando a subir progresivamente hasta que llegue el momento en que pueda subir al edificio más alto de la ciudad y seguro que resultará. Dejaré de tener miedo a las alturas."
Examine cuidadosamente dónde y cuándo intentan otros realmente controlar su vida de modo ilegítimo, y sabrá así a qué o a quién debe enfrentarse directamente. Si considera usted que sus padres se pasan de la raya en el control de su vida, la mejor salida de ese callejón de desdicha de origen externo en que está metido quizá sea sentarse con ellos y tener una charla concreta detallando y explicando que sus señales internas rechazan esos intentos de controlarle. Si le obligan a asistir a unas clases de piano que a usted le resultan insoportables, le dicen que a los dieciséis años no se puede ir solo de acampada, o le obligan a estudiar medicina cuando usted sabe lo que quiere ser, después de unas charlas sinceras con ellos, o con cualquier persona a la que usted haya permitido convertirse en su manipulador externo, si se muestra usted firme y tranquilo (animado incluso), verá cómo se tranquilizan y le respetan más. Recuérdelo, toda vez que sienta que esa recompensa externa o esas señales externas le controlan y chocan dolorosamente con sus señales internas, ello ocurre sólo porque usted ha permitido que ocurra. ¡Nadie puede engañarle sin su consentimiento!
Puede que lo más importante sea que tome conciencia de que no debería ser usted jamás un individuo que se limita a reaccionar a su medio cuando puede ser usted un innovador; que no tiene por qué limitarse a tomar lo que le da la "vida" si lo que le interesa es otra cosa. Si se recuerda usted a sí mismo que está atascado en uno u otro sector de su vida sólo porque permite que su historia pasada, su trabajo actual, su familia o lo que sea dicen que debe usted mantenerse allí atascado, y si, cuando todas sus señales internas intentan mostrarle la salida, decide usted correr algunos riesgos "externos" para lograr un cambio, empezará a crearse un medio propio en vez de limitarse a reaccionar a lo que recibe de fuentes externas. En cuanto decida usted apoyarse en si mismo para salir de sus estancamientos, descubrirá que las oportunidades se multiplicarán tan rápidas y furiosas como los taxis de la ciudad de Nueva York. Puede usted considerar todas las situaciones de su vida oportunidades de crecimiento y desarrollo, basta que se prometa ser fiel a sus señales internas y correr los riesgos que supone seguirlas hacia nuevas posibilidades de felicidad.
Examine la siguiente lista de cosas externas de las que nuestra cultura nos alienta a depender para nuestra felicidad. Pregúntese sinceramente hasta qué punto puede usted confiar en ellas y apoyarse en ellas y hasta qué punto le impiden convertir¬se en un individuo internamente dirigido.

Pastillas, alcohol, tabaco y "drogas sociales"

Somos un país —y no el único, por supuesto— de individuos controlados externamente y obsesionados con la
idea de que para curar nuestros males o sentirnos bien hemos de recurrir a "sustancias comerciales".
Seguro que muchas veces se ha dicho usted últimamen¬te: "No pueda quitarme solo este dolor de cabeza, asi que intentare que esta pastilla lo haga por mí"; "No puedo dormir"; "No puedo estar despierto"; "No puedo con los niños"; "No puedo aliviar toda esta tensión"; "No puedo controlar esta diarrea /este estreñimiento/este mareo /estos dolores menstruales/este constipado /este pequeño dolor muscular/pero puedo tomar una de estas pastillas o comprimidos". Son los productos comerciales anunciados que invaden a diario su vida por la radio y por la televisión y en los que ha acabado por creer.
£1 mensaje que está transmitiéndose a sí mismo cada vez que toma una de esas "pastillas mágicas" es: "No puedo hacer nada solo, así que confiaré en que este producto lo haga por mí", y cada pastilla que se traga le ayuda a creer más en las pastillas que en sí mismo.
No quiero decir que no deben tomarse nunca pastillas. Es evidente que son necesarias para diversos tipos de tratamientos médicos. Lo que quiero decir es esto: antes de tomar la próxima pastilla, pregúntese qué podría hacer, qué están intentando decirle que haga sus señales internas, para resolver el problema sin pastillas. Sus señales internas pueden estar intentando decirle lo siguiente: "Dése un baño caliente para aliviar esa jaqueca. Ponga música suave, vaya a dar un paseo por el parque", o cualquier otra cosa que sus instintos animales de curación o cualquier otra de sus señales internas consideren la solución a su proble¬ma. ¡Y olvídese de la pastilla! Ensaye lo que le indican sus señales internas. Le asombrará cuántas enfermedades cotidianas saben eliminar sus señales internas; cuántos dolores de espalda pueden curarse con ejercicios adecuados (aun¬que pocos médicos lo digan), cuántos casos de diarrea crónica o de estreñimiento se pueden resolver con una dieta adecuada, sueño y ejercicio. Como ya dije antes, cuando tenga que ir al médico procure buscar uno que crea que su trabajo es ayudarle a usted a controlar su proble¬ma, con el máximo respeto a la capacidad natural para
curarse de su propio cuerpo y el mínimo apoyo en ayudas externas.
En lo que respecta a las sustancias externas que nunca es necesario médicamente tomar, el cóctel para relajarse, el cigarrillo para ayudar a aliviar la tensión, la mariguana para animarse y poder disfrutar de sí mismo, son todos productos tóxicos e innecesarios que ha decidido usted tomar en vez de asumir plena responsabilidad de su propia capacidad para animarse o relajarse. Cada vez que se apoya usted en una de esas sustancias da un paso más en la perdida del control de su vida y lo emplaza en un sistema de señales externos a usted. Sus señales internas, si confía en ellas, no le dejarán nunca envenenar su vida con pas¬tillas, alcohol, tabaco o drogas sociales, pese a las muchas presiones externas que intenten imponerle esas cosas.

La indumentaria como símbolo de prestigio

¿Cuántas veces ha gastado usted dinero en ropa que no le entusiasmaba gran cosa en realidad porque no podía sentirse importante si no llevaba la firma del diseñador adecuado, o no iba según "la moda actual"? Por muchas veces que lo haya hecho, cada vez ha depositado usted la responsabilidad de su estima de sí mismo y de su importan¬cia en manos de diseñadores cuyo trabajo es hacer creer a la gente que sus productos de esta temporada son la moda y todos los demás no, gústele la moda de esta temporada o no a usted personalmente, necesite o no en realidad esas nuevas prendas. Puede usted conceder a la indumentaria y a sus códigos un enorme sector de control sobre su vida si lo desea, y si no puede sentirse a gusto consigo mismo sin su aprobación (sean quienes sean esos que aprueban o recha¬zan), no hay duda de que le tienen en sus manos, aunque usted se resista a admitirlo.
Párese ahora mismo un segundo y piense en su guarda¬rropa. ¿Cuánto hay en él que ha comprado usted para adaptarse a esos códigos, por "moda", y cuanto sólo porque sus señales internas le decían: "Compra eso, te gustará llevarlo"? ¿Qué fue lo que sus señales internas le dijeron que comprase después? ¿Un par de zapatos nuevos para sustituir otros, a sus favoritos, que están ya muy viejos, o unos zapatos nuevos para sustituir a esos otros que. ahora están "pasados de moda" pese a que aun pueden durar mucho más?
No quiero decir que deba usted procurar violar los códigos de la indumentaria. Ir a la ópera con un traje de hombre-rana de color rojo chillón, por muy divertido que pueda parecer teóricamente, sería tan inconveniente e innecesario (quizá) como tener que comprar cuatro trajes nuevos todos los años en primavera para seguir la moda o para adaptarse a la "imagen" que tenga uno de sí mismo. Lo que digo es lo siguiente: considere en qué medida rigen su vida esos códigos externos de la indumentaria como base del prestigio y decídase a reducir al mínimo ese control consultando sus señales internas en cuanto á lo que le apetece ponerse o comprar y cuándo.

Normas de etiqueta y de urbanidad

¿En qué medida permite usted que las señales externas dicten cómo ha de conducirse en las relaciones sociales? ¿Se basa usted en sus señales internas y confia en que ellas le digan cómo ha de hacerlo para ser realmente cortés o considerado con alguien con quien se encuentra, o cree que tiene que consultar a las autoridades en la materia antes de decidir cómo debe coger el tenedor, cómo debe contestar a una invitación, cómo debe reaccionar en su próximo encuentro con otra persona?


¿Recuerda usted al niño al que describí vagando por el pasillo del restaurante en el capítulo cinco? Ese niño, decía yo, utiliza los mejores modales que conoce, y confia en que los demás hagan lo mismo. Pero, por otra parte, ese niño no siente la menor necesidad de consultar libros de etiqueta para determinar cómo puede ser cortés con la gente.
Si usted, siendo adulto, ha decidido adoptar una actitud infantil hacia la verdadera cortesía, puede conocer todas las reglas de todos los libros de etiqueta que se han publicado, o puede no conocer ninguna de ellas, pero eso no importa. Lo que importa es si puede sentirse usted cómodo consigo mismo y hacer que se sientan cómodos los que están con usted en cualquier situación.
Hay varias anécdotas clásicas que ejemplifican cómo los individuos más verdaderamente corteses y educados han "prescindido del código de normas de urbanidad" cuando llega el momento de hacer que se sientan a gusto los demás, pero mi anécdota preferida procede de un amigo:
Hace poco asistí a la boda de un amigo. El novio y la novia pertenecían a la alta sociedad y sus familias habían organizado una ceremonia con mucha etiqueta y mucho protocolo. Pero el padrino, compañero de habitación del novio en la universidad, procedía de una humilde familia campesina de Arkansas. Era un gran tipo, pero se hundió al verse en medio de todo aquello, al enfrentarse a tantas cosas que se regían por libros de etiqueta, así que en el ensayo del banquete, en el que sirvieron pechugas de pollo a la brasa con salsa de crema, hizo lo que hacía siempre en casa: cogió el pollo con los dedos y así se lo comió.
En fin, había que ver las miradas de horror de los demás comensales; todos aquellos fanáticos de la etiqueta cuchicheaban por lo bajo... hasta que la madre de la novia, que era por cierto una de las damas más distinguidas de la ciudad, advirtió lo que pasaba y cogió de inmediato el pollo también con los dedos.
El padrino no se dio cuenta siquiera de lo que pasaba. Siguió tranquilamente siendo él mismo, cordial con todo el mundo, disfrutando dé la comida, mientras los otros invitados que estaban tan preocupados por las buenas maneras olvidaron también sus cuchillos y tenedores y los que aún tenían la cabeza bloqueada por las normas de etiqueta se quedaron perplejos sin saber qué hacer ni cómo comer. Quizás aún se pregunten hoy qué dirían esos que establecen las normas de etiqueta qué se puede hacer cuando la madre del novio coge el pollo con los dedos en el ensayo del banquete nupcial.

El mensaje de esta anécdota me parece obvio: las normas de etiqueta y otros códigos de modales de formulación externa, son sólo útiles en el sentido en que nos indican cuáles son las normas aceptables en un determinado sector de la sociedad externamente mentado en un momento deter¬minado. Puede usted conocer a la perfección los "moda¬les" de los esquimales del siglo XIX, o los "buenos moda-
les" de los norteamericanos del siglo XX, tal como los explican esta o aquella autoridad, pero sólo sus señales internas podrán decirle cómo tener siempre buenos moda¬les, como sentirse cómodo yliacer que se sientan cómodos los que están con usted.
Si se respeta usted a sí mismo y confía en que sus señales internas le indicarán los "mejores modales" siempre descubrirá que sus modales naturales son muy superiores a cualquier idea de cortesía humana que pueda sacar jamás de un manual o un libro.

Normas externas del gusto

Cuando prueba usted un vaso de vino, reacciona ante una película o una obra de teatro o un programa de televisión, o decide si le gusta o no una canción, ¿está consultando, ante todo, sus señales internas, prescindiendo de lo que le digan fuerzas externas que ha de pensar sobre ello? ¿O está valorando el vino por el prestigio de la marca o por el precio de la botella, o prejuzgando la obra según lo que los "críticos" dijeron ya al respecto?
Hay un refrán francés que dice: Chacun a son goát. ("Cada uno según su gusto".) Lo que significa en esencia que, en cuestiones de gusto, sólo usted es y ha de ser el juez de lo que le satisface. Si ha bloqueado usted sus señales internas hasta el punto de que su propio gusto depende de lo que se diga que ha de decir o finja que le gusta algo cuando no es así, puede volver a contactar con sus propios gustos personales ensayando alguno de los experimentos que siguen:
La próxima vez que esté a punto de pedir un licor de marca en un bar, pídale al camarero que le traiga una copa de ese licor y otra de la marca barata que suele tomar, sin que le diga cuál es uno y cuál es otro. Pruebe los dos y decida cuál le gusta más. Si no puede distinguirlos, ¡decídase por el menos caro! Si descubre que prefiere en realidad el más caro, disfrútelo por su sabor, no por el estatus que teóricamente le proporciona consumirlo.
La próxima vez que visite usted un museo de arte, la
casa de un amigo que tenga cuadros en las paredes, o cualquier otro lugar en que haya obras de arte que usted vea, determine que' obras de arte le satisfacen, basándose en su propia valoración interna de la satisfacción que tales obras le producen a usted, antes de ver quiénes son los autores y cuánto cuestan las obras. Si a otros no les gustan las cosas que a usted le parecen atractivas y les encantan otras co¬sas que a usted no le dicen nada, o incluso le llaman inculto porque no está de acuerdo con lo que dicen "los especialis¬tas" que ha de gustarle, puede limitarse a ignorar esos juicios sobre usted y sobre las obras de arte, porque sabrá que ellos, por su parte, sólo hacen caso de lo que piensan otros... y si es así, ¿por qué debería usted prestar atención a lo que piensan ellos? Lo irónico de este ejercicio es, como comprobará, que los que estaban más preocupados por disfrutar intentando adaptarse a sus normas externas le respetarán, sin lugar a dudas, mucho más por confiar en sí mismo; mucho más de lo que harían si supieran que en el fondo usted se limitaba a seguir ciegamente a los especialis¬tas o a los críticos y que era un farsante como ellos.

Los mensajes publicitarios

Siempre que vea usted anuncios o mensajes publicita¬rios, sean del tipo que sean, recuerde que son propaganda destinada a convencerle de que las opiniones de otros individuos son más importantes que sus propias opiniones sobre usted mismo. Recuerde que esos mensajes intentan sobre todo condicionarle externamente más que interna¬mente. Sea lo que sea lo que tales mensajes intentan transmitir, lo que intentan venderle, desde perfumes que volverán loco a su esposo a desodorantes para los pies que garantizan que su perro dejará de andar siempre olis¬queándole los pies malolientes, los mensajes publicitarios están destinados casi todos a destruir su confianza en sí mismo y a crearle "adicción" a cualquier tipo imaginable de "recompensa externa" que puedan convencerle que le hará a usted feliz sólo con comprarla. El mensaje universal es que lo que otros puedan pensar de usted es tan importanteque debe usted asfixiar sus propias opiniones internas para estar seguro de que complace a otros.
La próxima vez que lea u oiga un anuncio, pregúntese: "¿Qué información real saqué de eso que pudiera ayudar¬me a decidir si ese producto podría ser bueno y útil para mí y cuánto del anuncio fue sólo pura petición (o exigencia) de que compre ese producto porque, si no lo hago otros me criticarían?"
Si examinase usted a esta luz el suficiente número de mensajes publicitarios, pronto le dirían sus señales internas que podía reírse de casi todos ellos y rechazarlos... y le dirían también como poder diferenciar los pocos que realmente le ofrecen algo bueno o algo que podría serle útil en la vida.

Burocracias

Nuestras burocracias podrían volvernos locos a todos si se lo permitiésemos. Nuestros múltiples niveles de gobier¬no, nuestros grandes negocios, nuestros servicios públicos, nuestros sindicatos y todas las superorganizaciones viejas y rancias que se han convertido en inmensas burocracias son, primordialmente, centros establecidos de control externo que están intentando siempre regularnos y regimentarnos más allá de lo razonable. Esa es la pretensión de las burocracias: controlar las vidas de masas de individuos a través de "los canales adecuados", para que los individuos se adapten al mayor número posible de normas (para hacerles más "fácil" la vida, menos dolorosa y trabajosa, a los burócra¬tas o a las computadoras). Así, cuanto más logre una burocracia tenernos haciendo cola una hora, perder otra media rellenando un formulario, pagar el precio que nos dicen, olvidar nuestro caso especial porque la computado¬ra no puede resolverlo, ver al hombre del fondo del pasillo (que le enviará a usted a otro hombre que hay al fondo de otro pasillo), más podrá hacer pasar a través de nuestras duras cabezas el mensaje de que no somos personas sino objetos destinados a que la burocracia los manipule, y más burócratas intentarán controlarnos estrictamente a todos. La cuestión es la siguiente: ¿Cómo "lidiar" con eso?
Evidentemente, lo primero es no dejar que nuestras burocracias nos vuelvan locos, y lo segundo evitar acosos y molestias burocráticos cuando podamos oponernos a ellos y oponernos cuando nuestras señales internas nos digan que debemos. Sólo cuando un número suficiente de indivi¬duos decide "no voy a aguantarlo más", decidirán nuestros burócratas que es más "fácil" tratar a la gente con dignidad y respeto individual que como ganado que hay que meter en este o aquel corral según dicta "el sistema".
La próxima vez que se sorprenda maldiciendo esos impresos fiscales incomprensibles, maldiciendo las largas colas que debe hacer para sacar el dinero del banco, o cualquier otra molestia burocrática que le ha impuesto un sistema monumental de normas externas, pregúntese: "¿Qué me dicen mis señales internas que haga en este caso?"
Descubrirá que tiene tres alternativas: 1) soportar las molestias y pasar por ellas con el mejor humor posible; 2) librarse de algún modo de esas molestias, o 3) armar un escándalo y protestar por esas molestias innecesarias a que le somete la burocracia... es decir, resistir.
Entra ahora en juego su felicidad interna: ¿cómo puede usted acabar en el lado "felicidad" del tablero sea cual sea la alternativa (o combinación de alternativas) que elija?
Para satisfacer su objetivo de hacer el mayor número posible de entradas en la columna felicidad-de-origen-interno de su vida, procurará rápidamente ensayar una de estas tres alternativas básicas en el caso, por ejemplo, de que esté usted haciendo cola, con cuarenta personas delante, para sacar el dinero del banco:

1. Dígase a sí mismo: "Esperaba una cola así en el banco y ya tenía previsto tiempo suficiente. Además, me he traído un libro".

2. Dígase a sí mismo: "Esta cola es ridícula. Veré si . puedo hacer efectivo un cheque en otro sitio".

3. Dígase a sí mismo: "Este banco está cada vez peor. ¡Pretenden que haga media hora de cola por el privilegio de depositar mi dinero con ellos y luego sacarlo otra vez si puedo permitirme perder el tiempo necesario y pasar por todas estas molestias! Voy a explicarle claramente a ese tipo cuales son mis derechos como cliente, me llevaré el dinero a otro sitio si no me, dan explicaciones suficientes y romperé el talonario de cheques y tiraré los pedazos aquí mismo", o cualquier otra cosa parecida.

Lo importante, sea cual sea la estrategia que elija en éste o en cualquier otro lío burocrático, es cerciorarse de que ha seguido usted sus señales internas de modo que pueda sentirse feliz y a gusto con cualquier estrategia que esas señales internas hayan elegido para usted en el momento.
Si sus instrucciones internas le dicen que acepte una larga cola en el banco con el mejor ánimo posible, quizá quiera leer el sexto capítulo del libro mientras hace cola, o bromear con otros sobre las largas colas y lo poco que el banco se preocupa por sus clientes, pero aun puede eliminar esa sensación de "pérdida de tiempo" diciéndose: "Utilice' ese tiempo de espera en el banco del mejor modo posible, y no me aburrí en ningún momento".
Si sus señales internas le han dicho que siga la segunda opción y salga de esa situación imposible lo más de prisa que pueda, tal vez se haya dicho: "Hay una vía rápida de burlar al banco, y es hacer efectivo el cheque en la tienda de ultramarinos". En ese caso, se sentiría usted muy satisfecho sin duda pensando que un paseo rápido hasta la tienda será más agradable que una espera en el banco, e irá silbando muy contento camino de la tienda.
En tercer lugar, si sus señales internas le han dicho, por ejemplo, "¡ya está bien!" y le han inducido a inclinarse por la tercera opción, la de la resistencia, también debería decidir usted pasarlo bien. Opte por romper el talonario de cheques y salir corriendo y riéndose del banco, o tenga una charla acalorada con un empleado protestando por el mal servicio del banco y diciendo que va a sacar su dinero de allí y llevarlo a otro sitio si no le atienden o consiga que los otros que están haciendo cola canten al unísono: "Estamos ya hartos, no aguantamos más!", ¡Podrá descubrir entonces que hasta la resistencia puede ser divertida!


Mientras sepa usted que tiene una reclamación legítima contra una burocracia que está exigiéndole cosas absurdas y robándole tiempo, y le resulta a usted agradable protes¬tar y ver cómo reaccionan "las computadoras del mundo", ¿por qué no hacerlo? Después de todo, las burocracias quizás estén intentando decirle que tiene usted que sopor¬tar quiera o no sus sistemas absurdos y descomunales de control externo, pero, en ese caso, tiene usted igual derecho a decirles, que también ellas deben soportar a individuos furiosos que zancadillean el sistema de vez en cuando y que si no saben aguantar una broma, peor para ellos.

Grados y rangos

Parvulario, primer grado, segundo grado... Novato, primera clase, "Águila"... primera fila, segunda fila, soldado, comandante, general... Somos parte de una cultura obsesionada por los grados, los rangos y las jerar¬quías de todo tipo: son estructuras externas a través de las cuales podemos valorar el "progreso" o "estatus" de cualquiera, incluidos nosotros, en cualquier sector posible de nuestras vidas.
Si nos detenemos a pensar en el asunto, veremos inme¬diatamente que aunque se nos ha condicionado notable¬mente a aceptar como necesarios todos esos grados y rangos y a defenderlos diciéndonos unos a otros que la sociedad no podría funcionar sin ellos, hay muchos, en realidad, que son completamente innecesarios, e incluso aquellos que nos parecen legítimos nos los tomamos demasiado en serio, con efectos destructivos, devastadores la mayoría de veces, sobre nuestras propias posibilidades de felicidad.
Por ejemplo, ¿por qué demonios hay que organizar a un grupo en tres clases de boy scouts, o exploradores, con uniformes y alfileres y enseñas y cintas y toda clase de artilugios que indican rango, y dividirlos en "patrullas" y convertir a algunos en "jefes de patrulla" para salir de acampada con ellos? No es necesario, desde luego. Pero algunos adultos parecen pensar que un chico nunca aprenderá a montar una tienda si no se le da una medalla por ello, mientras que otros sostienen que, aunque nada de eso sea necesario ahora, el objetivo es iniciar a los chicos en el funcionamiento del mundo adulto.
Este segundo argumenta tiene tanto sentido para mí como la idea de un sostén de entrenamiento, pero es más insidioso porque admite que el objetivo de los boy scouts, en este caso, es condicionar a los niños a reaccionar ante sistemas externos de "señal-y-recompensa", y reprimir sus propias señales internas, si intentan decirles que todo eso es estúpido. Y eso lleva muy pronto a regimentar hasta a los niños pequeños en grupos de aprendices de explorador, cosa necesaria para iniciar a los chicos en el funcionamien¬to de los boy scouts.
Según esto, es un milagro que no tengamos seis grados de bebés exploradores, con medallas por los méritos en el aprendizaje del control del pis y la caca prendidas en los pañales. Después de todo, ¿no sería un perfecto medio de iniciar a los bebés en el funcionamiento del mundo de los aprendices de explorador? (Aunque los boy scouts propor¬cionen una magnífica base de instrucción para que el individuo confíe más en sí mismo y yo apoyo enérgicamen¬te, desde luego, esos esfuerzos, la excesiva insistencia en lo externo, si no se controla, puede echar por tierra el objetivo mismo del propio entrenamiento.)
Por muy ridículo que pueda parecer el ejemplo anterior; es en realidad la lógica seguida por todo nuestro sistema "educativo", en el que casi todo el mundo está de acuerdo en que hay que empezar con notas en el primer grado (¿cómo saber si no quién pasará al segundo?) y así sucesiva¬mente, hasta ocho o doce o más grados de educación, con las inevitables notas en cada etapa del camino (¿cómo iban a saber si no en la universidad si pueden admitir a un candidato o no, o cómo va a saber el patrón si contratar o no a un empleado?).
Desde luego, estos sistemas de notas y grados no colabo¬ran gran cosa a que el individuo aprenda, como ya vimos en el capítulo cinco, en el apartado "Para superar las deficiencias de la educación". Su objetivo básico es conver¬tirle a usted en un ser humano externamente orientado, conseguir que acepte usted que la parte más importante de su educación queda valorada por las notas que le dan los profesores y por otras recompensas externas. El sistema educativo, está destinado, todo él, a hacerle pasar por un laberinto externo de señales de grados, más que a enseñarle a apreciar los gozos intrínsecos o internos del aprendizaje. Y una vez que le han condicionado en la escuela a aceptar la persecución de matrículas de honor en todo y a intentar que le pasen al grado siguiente (instituto, universidad, escuela de graduados) como medida de su "éxito", estará en condiciones de iniciarse en el "mundo de los adultos", donde todos los que han sido condicionados de igual modo conspiran para convertir en una profecía que se cumple a sí misma la tan cacareada necesidad de grados en la socie¬dad.
Enfóquelo de este modo: el "jefe de patrulla" de los boy scouts reclutará a otros muchachos para que ingresen en la organización, porque ha invertido mucho (y sacrifi¬cado muchísimas cosas a las que sus señales internas le indicaban que debía entregar su juventud) para lograr ese rango realmente intrascendente. Él sabe que no podría ni siquiera fingir que el rango significa algo si no hubiese "exploradores" a los que dirigir en su "patrulla". (¡Se vería limitado de nuevo a dirigirse sólo a sí mismo, Dios mío!) Así que procura moverse y convencer a unos cuantos novatos y la comedia continúa. Lo mismo puede ocurrir en cualquier otro sector, desde las agrupaciones sociales (por ejemplo, ¿es usted ya masón de tercer grado?) hasta la escala laboral. ¿Teniente? ¿Catedrático?
En fin, el rango de teniente o el de catedrático no son nada malo per se. Un ejército que combate tiene que tener redes de mando claramente definidas, y una facultad universitaria debe estar organizada, por lo menos lo suficiente para proteger las libertades académicas. Las cuestiones que creo que debemos plantearnos en lo que respecta a grados o rangos o a nuestras posiciones en las jerarquías en cualquier momento dado son: "Si consiguiese una matrícula de honor en esto, y luego me ascendiesen a aquello, ¿sería porque unas señales externas me dijesen que tenía que subir el siguiente escalón en esa escala? ¿O medicen mis señales internas que debería gozar más del aprendizaje en esa materia y que el sistema externo me da este grado o este ascenso sólo porque el sistema funciona de ese modo extraño, proporciona trozos de papel llamados "títulos" y todo género de enseñas distintas de mérito (dinero incluido) cuando uno aprende cosas nuevas o se hace verdaderamente experto en ellas?"
En otras palabras: ¿llega el grado o el ascenso en realidad por accidente? (usted no lo pretendía pero el sistema sencillamente se le ofreció), o ¿llegó porque usted se esforzó en lograrlo?
Haga una lista que incluya todas las formas en las que está usted "graduado" externamente en este momento. Puede ser jefe de departamento, un masón de tercer grado, un miembro del equipo de primera de su liga de bolos, el doceavo de la clase... Anote el máximo número de grados o rangos o posiciones en la jerarquía en que pueda incluirse.
Luego, junto a cada uno de ellos, con la máxima sinceridad y honradez consigo mismo, ponga una A si obtuvo esos "grados" primordialmente como resultado de perseguir algo que sus señales internas le decían que deseaba usted hacer, de todos modos, y una F si los ha conseguido (y aspira a "grados superiores" en el mismo sector) sólo porque deseaba usted ahogar sus señales internas y perseguir esos grados o rangos externos al precio de muchos sacrificios en su vida actual.
La lista le dará una idea clara de lo que ha invertido en los sistemas externos de grado-y-rango, y de cuáles no son necesarios en realidad o chocan con sus señales internas. Decídase a resolver todos esos conflictos en favor de sus señales internas, superándose al máximo.
Si quiere usted reírse un poco, vuelva a repasar su lista o sus experiencias pasadas de "graduación" y ponga notas a todos esos sistemas externos que se la han puesto a su actuación en el pasado basándose en lo útiles que le hayan sido a usted como individuo. Por ejemplo, ¿qué nota le pone usted a su educación en la escuela primaria por el interés que haya podido despertar por los estudios y el aprendizaje? Si puede usted ponerle un aprobado, me sorprendería. Piense en sus antiguas notas. ¿Cómo calificaría usted a los profesores que le calificaron? Si fuese usted sincero consigo les pondría, tantos suspensos como los que ellos le pusieron a usted o más.
¿Recuerda cuando ponían sus notas en el mural para que todos las vieran? ¿Recuerda usted todos aquellos títulos honoríficos, y los premios y los castigos que reseña¬ban públicamente como cosa normal todos aquellos crea¬dores de grados? Puede que un ejercicio de la fantasía le ayude a eliminarlos riéndose de ellos. Por ejemplo, yo he imaginado muchas veces que entraba en la escuela y hacía una encuesta en la que los estudiantes calificaban a sus profesores según su actuación y que colocaba luego los resultados a la puerta del colegio. Por supuesto, los profesores que hubieran sacado malas notas y las vieran allí expuestas para que todo el mundo las viese, tendrían un centenar de razones para calificar de ilegítimo este sistema de calificación: a los estudiantes no les gustan los profesores "duros" que quieren imponerles disciplina (para que saquen buenas notas); carecen del criterio "adulto" nece¬sario para calificar a sus profesores; ponen mejores notas a los profesores que les dejan divertirse; y, sobre todo, "no se puede calificar a todos los profesores siguiendo el mismo criterio, porque cada profesor trabaja de un modo dis¬tinto".
Si fantasea usted "calificando" a todas las personas e instituciones que le califican y gradúan a usted del mismo modo público que lo hacen ellos, tendría ocasión de reírse mucho y tendría una perspectiva interna mucho mejor de todos los grados, rangos y jerarquías externos.
También podría ayudarle a percibir que con los sistemas de aprendizaje, en los que se dan notas según normas artificiales y arbitrarias, se esfuma el impulso de autosuperación. Por ejemplo, si conseguir una matrícula de honor es la recompensa por su participación en una clase de educación física, y el profesor establece un sistema arbitra¬rio, según el cual la matrícula de honor son cincuenta "planchas", el sobresaliente cuarenta, y treinta el notable, el aprobado veinte, y diez el suspenso, la mayoría de los
estudiantes intentarían llegar a las cincuenta planchas y luego pararían. Muy pocos mostrarían interés por hacer cien planchas o ciento cincuenta. ¿Qué sentido tendría? Obtendría usted la misma nota que los que hacían cin¬cuenta. £1 mismo efecto de "limitación del estímulo" que tienen los grados lo tiene cualquier sistema de aprendizaje. Si su objetivo es sólo un ascenso, es muy probable que no haga más que lo suficiente para lograrlo. Sólo cuando sus motivaciones son internas en principio, y persigue usted los beneficios intrínsecos de hallar un sistema aún mejor de hacer lo que hace, de convertirse en un individuo más inteligente y más sensible, o lo que usted quiera, se hace ilimitado el impulso de desarrollo y de crecimiento. En consecuencia, el individuo Sin Límites, por definición, no puede preocuparse por grados externos y por sistemas de rango externos, pues esos mismos sistemas imponen límites a las ansias de superación.

Estatus familiar

¿Qué rango o qué grado ocupa usted en su familia? ¿Es usted el varón de más edad, es usted el padre o el abuelo? ¿O es sólo "uno de los chicos"? ¿Es usted el "gran éxito" o la "oveja negra" de la familia? ¿Le preocupa mucho su rango en la familia? ¿Hasta qué punto permite usted que este aspecto de su estatus externo rija su vida?
La familia en sí puede organizarse en nuestra cultura de acuerdo con rangos y grados externos, o jerarquías autori¬tarias, en vez de seguir las líneas más acordes con la felicidad interna de todos los miembros. Se sigue así la tradición de que la familia como conjunto debe responder sobre todo teóricamente (ha sido condicionada a hacerlo), a los sistemas externos de "señal-y-recompensa" sobre todo, lo que convierte a la "familia autoritaria" en piedra angular del sistema de señales externas. Por eso las familias rechazan con tanta frecuencia el pensamiento indepen¬diente y castigan a los miembros que se apartan demasiado de lo previsto por las normas externas. "Pertenecer a la familia" pasa a ser más importante que pensar por uno mismo, que a veces llega a considerarse una violación de la responsabilidad familiar. Los que se rebelan siguiendo las directrices de sus señales internas, lo harán a riesgo de la crítica familiar y hasta del ostracismo. Salvo en las familias más sanas, se considera un acto de traición confiar en las señales propias del individuo. Todo miembro de la familia recibe instrucción minuciosa en la tarea de reprimir sus propios puntos de vista en favor de la "lealtad a la familia", y suelen oírse cosas así: "¿Por qué no puedes parecerte más a tu hermana? ¿Cómo puedes pensar sólo en ti sin tener en cuenta a toda la familia? Si no haces las cosas como quiere tu padre que las hagas, se enfadará. Recuerda que como eres el hijo mayor, tienes ciertas obligaciones. ¿Quién si no va a heredar el negocio de la familia?"
Si considera detenidamente cuántos nos vemos forzados a dejar a un lado la propia individualidad por respeto a sistemas familiares de orientación externa, y hasta qué punto pueden forzarnos nuestros "rangos" familiares a abandonar el individualismo para "interpretar los pape¬les" que nos ha adjudicado nuestro estatus familiar, quizás empiece a comprender por qué se está desmoronando la familia como institución tradicional. (O por lo menos eso es lo que dicen los científicos sociales.)
Si su familia está sometida a una gran tensión, o se está desmoronando incluso, es básico que reconozca usted que sólo cuando los individuos se clasifican y gradúan mutuamente según normas externas de jerarquías familiares, sólo cuando hay alguien que está imponiendo rangos a otros, intentando forzar a otros a reprimir sus propios impulsos y adaptarse a categorías de valores y a conductas impuestas externamen¬te en nombre de la familia, estallan el resentimiento y la hostilidad. Si le resulta a usted imposible "controlar" a su hijo adolescente, es probable que se deba a que sigue usted insistiendo en que su rango como padre o madre debería darle derecho a dictar las señales internas de sus hijos, cosas que a éstos tiene que irritarles forzosamente, porque sienten que intenta usted ahogar su desarrollo. La solución es olvidar por un momento el "estatus familiar", sea usted la madre, la hija adolescente, el tío rico, el primo pobre o la oveja negra, en cualquier situación. Limítese a tratar a todos los miembros de la familia y a tratarse a usted mismo como si fueran todos de un mismo estatus o rango, y muy pronto descubrirá que el mejor medio de generar respeto, amor y responsabilidad "interna" en una familia es alentar a cada uno de sus miembros para que piense y actúe con la mayor independencia posible.
Lo he visto una y otra vez: en las familias que están más preocupadas por su estatus en la sociedad como unidad familiar, y son más rígidas en lo de los rangos y papeles de cada miembro, los hijos suelen escaparse en cuanto pueden y vuelven lo menos posible. Por otra parte, en las familias en las que se ayuda a los hijos a salir del nido y a volar lo antes posible en la dirección elegida por ellos mismos , en las que todos se sienten más libres de las trabas "de estatus familiar" impuestas desde el exterior, los hijos vuelven con más frecuencia a casa y son las más unidas en épocas difí¬ciles.

Su psicología

Una de las cosas más tristes de la psicología académica y profesional de hoy es lo mucho que estimula el pensamien¬to orientado externamente, a través de las teorías filosófi¬cas, rechazando la posibilidad de ayudar a la gente a volver a contactar con sus propias señales internas y a aprender a confiar en ella misma. Los psicoterapeutas suelen ' llevar a sus clientes a depender aún más de ellos y de su aprobación de lo que dependían de sus padres, esposas, hijos, jefes o cualquiera otras personas, y transmiten a sus clientes la idea de que nunca serán capaces de resolver del todo sus problemas.
Los terapeutas no lo hacen deliberadamente y, en realidad, suelen hablar muchísimo de problemas de "transferencias" y de la dependencia. Creo que lo que les pasa es que no se dan cuenta de hasta qué punto sus teorías, nombres y etiquetas para definir el estado de sus pacientes, todo el aparato externo de la psicología como disciplina investigadora, impiden al cliente recuperar esa
confianza en sus propias señales internas que podría permitirle lograr una verdadera integridad y la salud mental o la "supersalud". En vez de enseñarles a interpre¬tar su agitación, sus aspiraciones, sus fantasías e incluso sus sueños por sí solos, se impulsa a los clientes a creer que no pueden descubrir la verdad real sobre sí mismos más que si un psicólogo especialista interpreta para ellos sus señales internas; o, estudiando psicología durante años, graduán¬dose y convirtiéndose también en psicólogos (e incluso los que siguen esta ruta, raras veces dicen que su disciplina les haya ayudado a ellos a convertirse en individuos verdade¬ramente felices).
En casos extremos esta interposición de las teorías de la psicología entre el cliente y sus propias señales internas puede obligarle a ir al .terapeuta semana tras semana, durante años y años, gastando quizá mucho más dinero del que puede permitirse (otra causa de angustia), lo cual debería por sí sólo ser clara prueba de que el terapeuta está fomentando de algún modo una dependencia externa dañina. Si es así, cuando el paciente piensa en abandonar la terapia o tratamiento, puede producirse una conversa¬ción como la siguiente:

CLIENTE:
Creo que me gustaría dejar el tratamiento. Llevo ya años con él.

TERAPEUTA:
Me da la sensación de que se siente usted irritado y decepcionado.

CLIENTE:
Sí, me siento un poco decepcionado: son muchos años y no veo ningún beneficio.

TERAPEUTA:
Está usted irritado conmigo, ¿verdad?

CLIENTE:
Sí, supongo que sí. En realidad, lo que pasa es que quiero dejarlo. Me gustaría intentar resolver mis problemas solo.

TERAPEUTA:
Eso demuestra que no está usted aún en condicio¬nes de dejarlo, ya que no puede controlar su irritación. Habría que resolver ese problema de transferencia antes de abandonar el tratamiento.

Quizás esto parezca ridículo, pero es la grabación auténtica de una sesión en la que una cliente hablaba con su terapeuta de abandonar la terapia después de siete años de sesiones semanales, una cliente que se sentía completa¬mente atrapada, pues sabía que deseaba abandonar el tratamiento y confiar en sus propias seriales internas, ¡pero no era capaz de hacerlo sin el permiso de su terapeuta! Cuando habló conmigo del asunto, le dije que no me parecía que tuviera ninguna obligación con su terapeuta y que si creía que no necesitaba tratamiento era motivo suficiente para que lo dejara, que bastaba una llamada telefónica o una carta informándole de su decisión.
Pero ella se mostraba reacia, asustada, porque si su terapeuta no lo aprobaba era sin duda porque debía saber algo de ella que ella ignoraba, y eso la asediaría en el futuro si cortaba antes de que él dijese que estaba en condiciones de hacerlo.
Este tipo de tratamiento que fomenta la dependencia es muy corriente entre las "psicologías" de nuestra cultura externamente orientada, y la idea de que es preciso que nos ayude a resolver nuestros problemas un terapeuta profesio¬nal impera hasta tal punto que muchos individuos no tienen libre voluntad de dejarlo cuando se plantea la disyuntiva de si necesitan o no uno, y llegan a creer que les deben algo a los terapeutas aparte del tiempo y el dinero que han gastado con ellos hasta el momento.
Los terapeutas pueden estimular el pensamiento externo y la conducta externa en todas las áreas de sus sistemas de diagnóstico y de tratamiento, apoyándose a menudo en exceso en datos de pruebas psicológicas de carácter exter¬no, cuya validez es de lo más dudoso. Si quieren conven¬cerle de que las causas de sus problemas tienen sus raíces en que es hijo único, o en que es el primero o el segundo, en la conducta de sus padres, en su infancia o en su estatus social o económico, en la personalidad de sus progenitores, en la rivalidad con sus hermanos o en cualquier otra fuente externa a usted mismo; si le dicen qué se dedique a vagar por su pasado pero que sólo un terapeuta especializado puede guiarle por él y ayudarle a desenredar la compleja maraña de influencias destructivas de ese pasado que sigue influyendo en usted; entonces, están enseñándole a ser ante todo un individuo más externa que internamente dirigido, y haciéndole adicto al tratamiento en vez de animarle a asumir la responsabilidad de cuanto le pasa, y a asumir el control de su vida.
Piense que no necesita usted para nada un terapeuta que estimule la dependencia y le haga a usted esclavo de su "psicología". La psicología externamente orientada impe¬ra tanto en nuestra cultura que puede acabar "psiquiatrizándose" usted mismo. Le enseñarán a buscar fuentes externas a las que achacar sus problemas o a analizarlas en términos de complejos de Edipo, complejos de inferiori¬dad, compulsiones, etc. Es por tanto vital que no se lance usted a buscar automáticamente salvación psicológica en una dirección que no sea la de sus propias señales internas. Si está usted en tratamiento, y si su terapeuta no le ayuda a erradicar su dependencia de esos, "determinantes" exter¬nos mientras intenta liberarle del tratamiento de las píldoras y para que pueda hacer elecciones nuevas dirigi¬das internamente, le recomiendo que lo deje o que busque un terapeuta que no vaya a convertirse en otra fuerza directriz externa de su mundo. Y hay muchos terapeutas que tienen interés en ayudarle a convertirse en un indivi¬duo dirigido internamente... sólo tiene que buscar profesio¬nales orientados más interna que externamente.

Símbolos de autoridad y leyes

¿Cuál es su reacción profunda cuando ve a un policía? ¿Siente un leve estremecimiento de temor, pensando que quizá le va a coger haciendo algo malo? ¿Revisa usted de pronto toda su conducta para cerciorarse de que no se fijará en usted?
¿Qué hace usted si un policía le pone una multa sobre la cual sus señales internas le dicen que es en realidad injusta e injustificada, y cita alguna oscura norma, como "está prohibido aparcar a menos de tres metros de una boca de incendios", que usted debe conocer teóricamente aunque la línea amarilla del bordillo estuviera pintada sólo dos metros setenta a ambos lados de la boca de incendios y
usted pensase (le indujeron a pensar) que había aparcado legalmente?
¿Qué hace usted si ha sido víctima de un accidente de tráfico poco importante y su abogado quiere que exagere usted los daños sufridos para "sacar el máximo posible" (diciéndole al mismo tiempo: "Lo hace todo el mundo")?
¿Cómo reaccionaría usted si fuera un soldado y un superior le mandase disparar contra una multitud de civiles desarmados?
¿Qué haría, por ejemplo, si hubiera una ley que dijera que había que encerrar de inmediato en campos de concentración a todos los norteamericanos de origen japonés? ¿Iría usted si fuese un norteamericano de origen japonés o colaboraría en la aplicación de tal ley si no lo fuera?
Responda como responda a estas preguntas y a otras similares (cada cual puede formular las suyas: todos sabemos lo que diríamos, pero ¿cuántos sabemos realmente lo que haríamos, en situaciones concretas como ésas?), usted ya sabe, por sus propias señales internas, que la gente externamente dirigida tenderá a obedecer a la imagen de autoridad y a las leyes sólo porque el policía lleva unifor¬me, el abogado sabe mejor lo que hay que hacer en esos casos, es traición desobedecer a un superior en tiempo de guerra y si el presidente dice que los norteamericanos de origen japonés son una posible amenaza para nuestra seguridad interna ha de tener razón.
No cabe duda de que es sumamente autoritario creer que todo el que lleve uniforme, todo el que tenga un título rimbombante o que ocupe una posición de prestigio, merece que se le obedezca sin discusión, y el "antídoto igualitario" es aceptar que todo el mundo, usted incluido, prescindiendo de posiciones y títulos, puede cometer errores y puede dar órdenes que no merezcan cumplirse y que merezcan la desobediencia. La obediencia ciega a normas, leyes, regulaciones y símbolos de autoridad, constituye sin duda la base del autoritarismo externamente dirigido. No quiero decir con esto, ni mucho menos, que la gente
internamente dirigida contravenga de modo compulsivo la ley o menosprecie habitualmente la autoridad; todo lo contrarío. Cuando los individuos internamente dirigidos-coinciden o simpatizan con los que tienen autoridad, pagarán instintivamente las multas o se convertirán en los grandes pilotos de caza de la guerra, en los agentes secretos que reunirán las mejores pruebas para desenmascarar a aquel que es realmente un espía enemigo. Pero pueden hacer esto sólo porque, si las autoridades les piden que hagan algo que viole sus propios valores personales, han aprendido a ignorar esas órdenes y normas... y, en cuanto a sus aspiraciones a la vida Sin Límites quizá le interesara practicar la técnica de ignorar símbolos de autoridad pomposos y leyes absurdas en la medida en que pueda hacerlo, sin perjudicar a nadie.
La próxima vez que esté usted a punto de ceder a los autoritarios que además sean símbolos de autoridad, o a leyes determinadas sólo porque son leyes, recuerde que en el estado de Massachusetts aún existe una ley que declara ilegal sentarse en un retrete redondo.

Religión organizada (en algunos casos)

Tenemos plena conciencia la mayoría de que las religio¬nes oficiales u "organizadas", cuando exigen que sus miembros se adapten ciegamente a prejuicios etnocéntricos, tradiciones rígidas u otros "códigos" generales que dictan cómo deben regir su vida los individuos, cuando enseñan a ignorar el sentido interno y personal de morali¬dad, son vigorosas fuerzas externas o autoritarias en nuestra cultura, catastrófícamente peligrosas a veces, como cuando fomentan las cazas de brujas, las guerras religiosas y la fidelidad excesiva al culto.
Lo irónico de esta conciencia casi universal de que hablamos es que la mayoría de los católicos autoritarios dirán que casi todos los musulmanes son "una pandilla de fanáticos que no piensan nunca por su cuenta, que se limitan a seguir ciegamente los dictados de sus ayatolajs", mientras que la mayoría de los protestantes autoritarios
dirán lo mismo de todos los católicos, los judíos más autoritarios dirán lo mismo de todos los cristianos, y los musulmanes autoritarios dirán lo mismo de todos los que siguen la tradición judeocristiana. En este sentido, quizá sea Buda quien puede reír el último (a menos que esté muy ocupado llorando por la orientación externa en que han incurrido tantos supuestos budistas).
La cuestión es que, si bien usted puede legítimamente ver mucha dirección externa en las "religiones organiza¬das" de otros, cuanto más externamente dirigido esté uno, más probable será que no vea esa dirección externa en su propia iglesia. Como nos preguntó una vez un hombre cuando aún no había religión organizada que siguiese sus doctrinas: «¿Por qué ves la paja en el ojo ajeno y no ves la viga en el tuyo? O ¿cómo puedes decirle a tu hermano: "Hermano, déjame que te saque la paja que tienes en el ojo", cuando tú no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócritas, sacad primero la viga de vuestro ojo y entonces veréis claro para sacar la paja del ojo de tu hermano.»
En otras palabras, los que tienen mayores "vigas" de origen externo en sus ojos serán los últimos en reconocer¬lo... y también los primeros en ver pajas en los ojos ajenos. Serán los primeros que digan "el aborto es válido" o "el aborto es inadmisible", según lo que les digan que piensen sus dirigentes religiosos, y serán también los primeros en decir: "Esas personas cuyas religiones permiten (o prohi¬ben) el aborto son como pequeños hitlers, que siguen ciegamente a sus caudillos".
En cuanto a la religión y a la salud psicológica interna de usted, olvide la paja o la viga que pueda haber en los ojos de otros y limítese a pensar en sus ojos. ¿Le ayuda su religión a ponerse en contacto con lo que sus señales internas identifican inmediatamente como su Dios? ¿Alien¬ta su religión el pensamiento independiente, que cada individuo consulte su propia conciencia, que piense libre¬mente en cuestiones religiosas? Tales religiones y sus miembros son magníficas e importantes piezas de cualquier cultura. Pero cuando se pretende decir a los seres humanos que deben pensar como les digan que piensen sus "autoridades religiosas", que deben hacerlo de este modo porque Dios les dice que lo hagan así (por mediación de las autoridades eclesiásticas), y que transmiten básicamente el mensaje de que los "buenos" fieles han de ser robots sin voluntad libre o "animales" o "niños" a los que hay que castigar severamente si no hacen lo que manda la Iglesia, entonces, la "religión organizada" surge como otra buro¬cracia autoritaria que exige una entrega absoluta con castigos y recompensas externos.
Cuanto más alienten las religiones al individuo a que se rija por sí solo y asuma las responsabilidades de su propia conducta, a ser moral y justo para sentirse bien consigo mismo, más probable será que se cumpla la misión de to¬dos los dirigentes religiosos Sin Límites verdaderamente grandes.
Piense en su propia religión y pregúntese si un dios verdaderamente bueno y amante de los hombres podría engañarles con la ilusión de una voluntad individual libre y sentarse luego y establece/ una religión organizada con normas que determinan todas las decisiones importantes de su vida. Pregúntese si su dios (si es que cree en alguno) cree en usted, cree que usted debe pensar autónomamente, obrar según la moral más alta, y le dice directa y personal¬mente (a través de sus señales internas) que tendrá más paz interior si lo hace, y si su religión es una experiencia verdaderamente bella y personal.
Si descubre que concibe usted su religión como algo primordialmentc externo en sus enseñanzas y en su orientación, recuerde que algunas de las peores injusticias cometidas se perpetraron en nombre de la religión, y que, aun así, su religión puede ser interna y personalmente una de las fuerzas más significativas de su vida... siempre que estimu¬le el aprecio y el uso de la libre voluntad individual.

Confio en que este capítulo le haya dado una idea ciará de hasta qué punto han llegado a estar manipulados los
miembros de nuestra cultura por sistemas externos de "señál-y-recompensa", y espero le haya estimulado en cuanto a capacidad personal de ser feliz y de desarrollarse si decide explorar, expresar y, sobre todo, confiar en esas voces e impulsos interiores que siempre intentan guiarnos con nuestras propias luces, sin la censura o la represión de nadie.
Si pensamos en Diógenes diciéndole a Alejandro Magno que lo único que el gran conquistador podía hacer por él era no quitarle la luz, y en el comentario de John Gardner de que "una de las mejores cosas que podemos hacer por los nombres y mujeres creadores es no quitarles la luz", quizás el mensaje básico de este capítulo sea que, suponien¬do que seamos todos individuos de una creatividad teórica¬mente ilimitada, lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos es no quitarnos nuestra propia luz interna.
Considere lo siguiente. Un grupo de personas ha sido abandonado en la selva en mitad de la noche; todos tienen linterna. Suponiendo que no corran peligro, no existe ningún motivo concreto para que permanezcan juntos, están allí sólo para disfrutar del vagabundeo hasta la mañana, en que volverán a recogerles estén donde estén. ¿Cuáles son los que enfocan la luz hacia delante y escudri¬ñan en todas las direcciones para explorar lo que atrae en concreto su curiosidad? ¿Cuáles se sitúan automáticamente detrás de otros y dejan sus linternas inactivas, colgando del cinturón, de modo que lo único que iluminan es el suelo que van recorriendo?
¿Cuáles dicen: "Lo primero que tenemos que hacer es organizamos. Joe es <1 que tiene más experiencia en el bosque, así que lo mejor es que le sigamos a él"? ¿Cuáles dicen: "Bueno, está bien, seguidme todos, en fila india, vamos, uno, dos tres, cuatro"? ¿Quién dice: "Yo quiero ir por ese otro lado, y si alguien quiere acompañarme, vayamos codo con codo, de modo que podamos iluminar más bosque, descubrir más y si alguien encuentra algo puede llamar a los demás para compartirlo con ellos"?
En suma, ¿cuáles quieren seguir sus propias luces y cuáles bloquearlas? Le dejo a usted decidir qué tipo de individuo desea ser. Por supuesto, siempre ha tenido esa opción, pero lo más probable es que nunca lo haya considerado algo que pudiera decidir por sí solo. Lo más probable es que en muchos o en la mayoría de los sectores de su vida se haya limitado usted a ponerse en la cola, dando por supuesto que el tipo que la encabezaba sabía mejor adonde debía ir todo el mundo. Si es así, puede que sea conveniente que piense un poco sobre lo que dijo un hombre antes de que naciese la religión que siguió sus enseñanzas: "Vosotros sois la luz del mundo... Nadie enciende la lámpara y la coloca debajo del candelero sino en el pedestal, para que ilumine toda la casa".(1)
Todos decimos amar y estimar la libertad, pero defini¬mos con demasiada frecuencia la libertad propia externa¬mente, decimos, por ejemplo, que es "lo que nos propor¬ciona el sistema político norteamericano". Nos entregamos demasiado poco a buscar e indagar en la vida tras esa gloriosa experiencia de la libertad personal a la que sólo pueden conducirnos nuestras propias luces.

Naturalmente, deseamos ser buenos miembros de la familia, amantes satisfechos, ciudadanos responsables y consagrarnos a un trabajo significativo que mejore la calidad de la vida, y no sólo de la nuestra. Pero para disfrutar "de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad", en estos y en todos los demás sectores, hay que empezar por aprender a confiar en las señales internas. Como escribió Platón: "El hombre que hace que todo lo que lleve a la felicidad depende de él mismo y no de los demás, ha adoptado el mejor plan para vivir feliz". Unas palabras simples y sencillas dichas hace unos miles de años, y que siguen siendo simples y sencillas hoy: confíe en ' mismo.

 

 

 
 
 
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