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EL CIELO ES EL LIMITE

Capitulo 4

Primero sea un buen animal

Wayne W. Dyer

 

CAPITULO 4
Primero, sea un buen animal

Tomémonos un descanso en el aprendizaje del gran arte del pensamiento Sin Límites y corramos un poco por ahí: subamos a un árbol, por ejemplo, o vayamos a nadar un poco o a jugar con el niño. Si he explicado bien lo que es pensar SZE/Sin Límites, para usted debería ser fácil apreciar el gozo natural que está a su alcance todos los días sólo por su condición de animal entre otros animales en este planeta. Pese al hecho de que muchos de nosotros hemos llegado a menospreciar el "lado animal" de nuestra naturaleza.

 
   


Para llegar a ser todo lo plenamente humano que puede ser uno, no puede usted evitar considerar su propia relación con su cuerpo y su biología humana básica. ¿Está usted en paz con su cuerpo? ¿No siente vergüenza de sus cualidades "animales" y acepta usted gustoso esa parte de sí mismo que está más próxima a la naturaleza? ¿O acaso le llena de vergüenza y de sensación de culpa su cuerpo, y procura ocultar esa parte de su humanidad básica? ¿Cree usted que hay una escisión fundamentalmente entre su mundo intelectual (en sentido amplio) y su aspecto más básico, biológico y animal, que le impide verse primordial-mente como un ser humano único y unificado, que acepta y disfruta todos los elementos que constituyen su huma¬nidad?

La notable alienación del individuo de su propia natura¬leza animal que ha llevado a tantos a menospreciar el cuerpo o a abusar de él, o a prescindir como mínimo de muchos placeres físicos, parece haberse iniciado con espe¬culaciones intelectuales sobre lo que sitúa al hombre por encima de las bestias. Algunos afirman que la capacidad
de razonar y de pensar de los seres humanos les sitúa en un iugar aparte de los demás animales.
 

Otros consideran que es la espiritualidad la única característica que nos permite considerarnos1 superiores a todos los demás seres vivos. Hay cultas publicaciones académicas llenas de referencias a la capacidad humana para superar los instintos, en las que se cita el tamaño del cerebro, la capacidad de inventar y la capacidad de usar herramientas o de crear sociedades complejas y sumamente "avanzadas", como factores clave que nos han permitido dominar la Tierra.
Estas especulaciones pueden ser válidas e interesantes en el contexto adecuado. Pero se utilizan a menudo para demostrar que somos muchísimo mejores que los animales... como si estuviéramos tan inseguros de nuestro valor qué hubiéramos de enumerar todas las razones por las que somos "superiores" a los perros, las ranas o las amebas. Su principal consecuencia social ha sido escindir a los indivi¬duos en dos, desde un punto de vista psicológico, inducirles a reprimir el simple hecho de que, sea cual sea el tipo al • que pertenecemos, seguimos siendo animales y debemos , respetar y gozar ese hecho innegable.
Enfoquémoslo de este modo: si un caballo pudiera escribir o pensar tan bien como cree hacerlo usted mismo, ¿puede imaginárselo anotando todos sus atributos propios bajo el título "Por qué soy superior a un perro"? La verdad es que creo que el caballo tendría bastante más sentido que todo eso.
Y el hecho mismo de que parezcamos tan deseosos de negar nuestra naturaleza animal básica, y de que esta negativa provoque tantos conflictos entre los seres huma¬nos y tantas desdichas, debería inducirnos a preguntarnos si somos, en cierto sentido, un poco más torpes que el resto de los animales; si no podríamos quizás aprender más de nuestro perro que lo que pueda aprender él de nosotros.
Nunca he tenido un perro como cliente en todos los años que llevo trabajando como asesor, y no porque algunas personas no hubiesen traído a sus perros al terapeuta si se hubieran vuelto neuróticos. Pero nunca he visto un perro al que le resultase difícil aceptarse como perro; y, además,
como exactamente el tipo de perro que es. Jamás he visto a un cachorro de pastor alemán intentando parecer un galgo de tres años. Nunca vi que un perro se considerase torpe ladrando o se deprimiese porque el perro de al lado ladraba mejor que él. Un perro nunca se matriculará en una escuela de perros para aprender a ladrar ni se tirará de los pelos por no sacar un diez en la asignatura de ladridos. Y los perros no son, por supuesto, los únicos animales no neuróticos. No sé de ningún gato que se sintiera avergonza¬do por no haber conseguido atrapar a un ratón. El gato aprende sin lamentarse por el ratón perdido. Los antílopes, los osos, las hormigas y las ballenas no parecen tener tampoco conflictos internos. Los periquitos y las serpientes no tienen, al parecer crisis de identidad.
En realidad, los seres humanos parecen ser los únicos animales capaces de volverse neuróticos por el hecho de oponerse a la evidencia de que son animales, en primer término. Parece ser que son siempre quienes consideramos más "refinados" dentro de nuestra cultura los más deseosos de divorciarnos de nuestro ser animal, afirmando que debemos avergonzarnos de nuestra naturaleza biológica básica; que debemos admitir que no tenemos nada en común con esas bestias que vemos en los zoos o representa¬das én "Vida Salvaje".
Todo esto, según mi opinión, carece de sentido. Todos somos animales, y si necesitásemos pruebas de ello bas¬taría que observáramos que todos realizamos actos ani¬males básicos todos los días. Cazamos, dormimos, co-pulamos, olemos, luchamos, nos aseamos, hacemos nidos, defecamos y orinamos, corremos, lamemos, chupamos, 'buscamos lugares sombreados cuando hace sol. Hacemos prácticamente, en realidad, todo lo que hacen todos los animales. Hacemos algunas cosas, claro está, de modo diferente a como las hacen otros animales, pero no cabe duda de que procuramos aparentar por todos los medios que estamos en realidad por encima de todas esas criaturas "animales" inferiores, con las que compartimos este pla¬neta. Nuestros conflictos con nuestra naturaleza animal se
manifiestan claramente en nuestra actitud dualista hacia los animales. Es frecuente oír cosas como "es tan grosero, es igual que un animal", o "son repugnantes, se comportan como animales". Luego, esas mismas personas utilizarán comparaciones con animales para expresar el máximo de la capacidad humana: ágil como un gato, corre como un gamo, fuerte como un toro, tiene memoria de elefante, tiene vista de águila, es libre como un pájaro.
Creo que todos nuestros conflictos con el "lado animal" de nuestra naturaleza pueden resolverse sólo con que prescindamos de la primera mitad de esta actitud dualista, con que nos paremos siempre que nos sorprendamos denigrando nuestra propia naturaleza animal, emplazan-do al resto de los animales por debajo de nosotros (aún más abajo de donde nos emplazamos a nosotros mismos) y dando la espalda a todo lo que podemos realmente apren- der de los otros animales respecto a los mejores medios de ser nosotros mismos.
Walt Whitman resumió mis sentimientos en Hojas de yerba:

Creo que podría irme a vivir con los animales
. Son tan plácidos y autónomos...
Ninguno es respetable o desdichado en toda la Tierra.

No tiene usted por qué avergonzarse en lo que respecta a su "naturaleza animal", sino mucho de qué alegrarse. Todo lo que hace para mantenerse vivo y sano es algo que hacen a diario prácticamente todos los demás animales. Resulta dificil negar que la mayoría de los animales están más en armonía con su naturaleza básica de lo que lo están los humanos.
Cuanto más se para uno a observar y a aprender de los animales, más probable es que tenga una filosofía saluda¬ble y sana de la vida. Samuel Butler lo expresó de este modo: "Todos los animales, salvo el hombre, saben que el principal objeto de la vida es gozarla". Si pudiera conseguir usted que este sentimiento quedara firmemente grabado en
su conciencia, sería usted una persona mucho más feliz durante todos los días que le queden de vida. Si abandona¬se usted las preocupaciones, la cólera, el miedo, la angus¬tia, la planificación del futuro, las limitaciones y represio¬nes, las comparaciones, y todas las demás neurosis exclusiva¬mente humanas con las que esta sociedad le ha cargado, y adoptase usted un enfoque más gozoso del objetivo de su estancia aquí en la Tierra, en primer término, y decidiese aprender de los animales, su situación sería mucho mejor en todos los sentidos.
A veces, quizá disfrute discutiendo sobre la verdadera esencia de la humanidad, intentando determinar los pape¬les relativos de la herencia y el medio en la conformación del individuo, comparando su capacidad de raciocinio con sus poderes instintivos. Pero otras veces le irá mucho mejor si se limita a olvidar todos esos argumentos académicos y se acepta como lo que es: un animal que está en esta tierra y cuyo "yo" ligado a esta tierra mora en su cuerpo.
Si valora usted sinceramente su situación en esta vida, ¿qué otra cosa puede ser en este mundo si no su cuerpo? No cabe duda de que sin su cuerpo no es usted nada (aparte del legado que deje usted a las generaciones futuras después de morir), y que su esencia misma está en su biología, en ese organismo que es usted en el aquí y el ahora. Aun cuando su "yo real" fuese su mente, su espiritualidad o su proceso mental, ese yo real aún sería bastante depen¬diente de su "yo irreal" (es decir, su cuerpo) en cuanto a la supervivencia, porque cuando su cuerpo está enfermo, se deteriora, mueve, independientemente de lo sano que pueda estar el resto de su "yo real", morirá usted como totalidad sin lugar a dudas.
No tenemos por qué convertir el problema de nuestra "realidad básica" en un problema religioso o metaflsico. Se trata de una cuestión de puro sentido común. Durante el tiempo que está usted aquí en este planeta es usted su cuerpo y todo lo que comprende su cuerpo.
Su cuerpo incluye, claro está, ese órgano majestuoso e incomprensible que es su cerebro. Como ser humano, posee usted capacidades de raciocinio insondables y dimensionesespirituales también insondables. Pero su yo real es ese organismo maravillosamente perfecto y plenamente desa¬rrollado llamado su cuerpo, que es su cerebro, su corazón, sus pies, sus dedos y todo lo demás.
Su cuerpo no es sólo una maleta en la que lleva usted su cerebro de aquí para allá. Su cerebro es, por el contrario, un centro neurálgico, una cabina desde la cual ese miste¬rioso actor que es t\yo pilota el cuerpo, de acuerdo con sus necesidades básicas como ser humano, según los datos que aportan los sentidos y su idea de adonde desea volar hoy.
Si aprende usted a cuidarse de su cuerpo, a utilizar todas sus gloriosas cualidades, será usted un individuo mucho más eficaz, productivo y feliz mientras viva en este mundo. Después de que el cuerpo muera, ¿quién puede decir lo que es posible? Su espíritu puede sin duda evolucionar más (ésa es mi opinión). Puede usted superar su animalidad (tam¬bién lo creo). Su esencia total puede ser muy distinta de todo lo que conocemos de este mundo.
Pero durante su estancia aquí su yo real, como el de todos los demás, se identifica con su propio cuerpo, su constitución, su pertenencia a una especie; no hay duda de ello: se identifica con su yo animal pleno, está unido a él.

CONFÍE EN SUS INSTINTOS ANIMALES

Si se para usted a considerar su naturaleza animal básica se dará cuenta de que diariamente, en todo momento, sus instintos animales le empujan o tiran de usted en una di¬rección u otra. La cuestión que ha de plantearse el indi¬viduo SZE es: ¿puedo armonizar mi vida con mis instintos animales de modo que logre establecer una "paz verdade¬ra" con esos instintos y vivir una vida feliz con ellos... en otras palabras, alcanzar la verdadera vida Sin Límites?
Antes de poder contestar a esto, debemos formularnos otra pregunta: ¿Qué son nuestros instintos? ¿Y cómo podemos identificarlos cuando los sintamos?
Los instintos son reacciones a estímulos ambientales o externos de carácter hereditario e inalterable, al margen de lo racional. Son reacciones inmediatas del organismo
destinadas a aliviar la tensión corporal creada por situaciones vitales que exigen reacciones animales básicas.
Dicho de otro modo, si alguien pretende darle un puñeta¬zo, y reacciona usted de un modo instintivo, alzará el bra¬zo para pararlo, o se agachará o se apartará, sin pensarlo siquiera. Si ve usted a alguien que le resulta muy atractivo sexualmente, su cuerpo reaccionará inmediatamente.
No todos los instintos animales están presentes en los seres humanos, por supuesto. No poseemos ese vigoroso circuito innato que permite a los patos, sin adiestramiento alguno, volar en perfecta formación con otros congéneres, o que permite que las abejas, sin estudiar arquitectura, construyan siempre paneles perfectos. Pero tenemos ten¬dencias e impulsos biológicos muy fuertes que existen en los seres humanos desde mucho antes de su aprendizaje a través de métodos de instrucción convencionales, y sin duda podemos contactar de nuevo con esos impulsos y esas intuiciones biológicas si nos lo proponemos. Pero hemos de recordar que no sólo son más débiles nuestros instintos que los de los otros animales, sino que somos capaces de reprimirlos, cosa que los otros animales no son capaces de hacer (podemos, si decidimos hacerlo, quedarnos quietos y aguantar el puñetazo). Reprimen además sistemáticamen¬te nuestros instintos las presiones culturales, las experien¬cias de aprendizaje y, en último término, nuestra propia actitud defensiva respecto a ellos.
Los restos de instintos animales que poseemos, aunque puedan ser muy débiles en este momento, no son malos, no son algo de lo que haya que avergonzarse. Por el contrario, los individuos que se apoyan firmemente en sus instintos para sobrevivir, para resolver problemas y ampliar su hori¬zonte vital, los que consideran esos impulsos profundos de los seres humanos no como "la parte enferma que tenemos", como tantos especialistas del campo de la salud mental, los psicoanalistas sobre todo, pretenden hacernos creer, sino como las partes potencialmente prometedoras y práctica¬mente ilimitadas de nuestra naturaleza, esas personas afrontan correctamente sus vidas, e incluso las controlan.


Como ya subrayé antes al hablar de la dicotomía cons-cíente/inconsciente, si sondea usted a fondo dentro de sí mismo, no hallará una bestia "incivilizada" y salvaje sin cultura ninguna. No es usted básicamente un barniz de ser humano que, 'si se lanza plenamente a explorar sus instin¬tos animales más profundos pondrá al descubierto un esquizofrénico gravemente trastornado, un violador, un asesino o un engendro inhumano incontrolable. En reali¬dad, creo que descubrirá usted exactamente lo contrario. En las profundidades de su interior hay un superviviente, un organismo capaz de funcionar con eficacia casi en cualquier medio y de alcanzar los niveles más elevados de perfección. En las profundidades de su interior hay actitu¬des, capacidades y potencialidades naturales que le ayuda¬rán en todos los sectores operativos de su vida. Pero para hacerlos aflorar debe permitirse confiar en esa reserva de instintos animales que ha guardado usted escondidos dentro de sí mismo, y basarse más en sus capacidades humanas naturales que en todas las normas culturales de conducta que ha aprendido.
Utilizo mucho la palabra "instinto" a lo largo de este libro para designar todas esas cualidades especialísimas que nos permiten actuar de forma básica para nuestra supervivencia, sin tener que pensar previamente lo que vamos a hacer, incluyendo lo que llamamos tendencias, impulsos, inclinaciones o predisposiciones humanas. Dé¬mosles el nombre que les demos, no hay duda de que están ahí, de que las tenemos todos, y lo que a mí me interesa es ayudarle a usted a poder recurrir a ellas con más eficacia, a mantener un contacto más permanente con ellas, pues constituyen grandes recursos de fortaleza humana, de paz y de desarrollo humano positivo.
Es tal el carácter de nuestros instintos que no es preciso que hagamos nada (no tenemos que aprender nuevas técnicas, adquirir conocimientos nuevos, ascender a una posición nueva) para volver a establecer contacto con ellos. Lo único que tenemos quehacer es dejar de bloquearlos y expulsarlos de nuestra mente, dejar de discutir con ellos, de reprimirlos y de menospreciarlos.
Aprender a confiar en los instintos no es algo que se
inicie intentando hacer cosas concretas, en el sentido de luchar o esforzarse. Si se esfuerza usted por volver a establecer contacto con sus instintos, está usted ejerciendo en realidad, innecesariamente, una presión sobre sí mismo, para obligarse a hacer cosas que su cuerpo ya sabe hacer: correr, jugar, copular, respirar, dormitar al sol. Asimismo, cuando intenta usted forzar a su cuerpo a hacer algo que su cuerpo no quiere hacer, como estar sentado diez horas seguidas, o fumar cigarrillos, el cuerpo se resistirá.
¡Su cuerpo es perfecto! Sabe cómo ser un cuerpo, sabe hacer todas las cosas que son capaces de hacer los cuerpos. Sabe hablar, sudar, dormir, eyacular, tener hambre, llorar. Es también un aprendiz excelente. Puede usted enseñarle a nadar, a conducir un coche, a escribir una carta a tocar la guitarra, a tallar un diamante o a escalar una montaña. Pero mientras está usted enseñándole una habilidad nue¬va, necesita que le permitan hacerlo según sus propios instintos, sin que se le fuerce ni apresure con programas artificiales, sin que se le presione ni castigue por no hacerlo exactamente como "el libro" dice que ha de hacerse.
Por ejemplo, casi todos los accidentes de esquí en los que se producen roturas de brazos o piernas o algún otro daño grave se deben a que los individuos menosprecian sus instintos e intentan esquiar por laderas demasiado pen¬dientes en las que sus cuerpos no pueden desenvolverse bien sin más práctica o entrenamiento. Los aficionados bisónos que se lanzan por esas pendientes, reciben todo tipo de señales de aviso. Sus instintos les dicen: "Vas demasiado de prisa, la pista es demasiado estrecha y tortuosa, tu cuerpo no podrá desenvolverse en ella, no sabrá evitar la caída, no sabrá frenar e iras adquiriendo velocidad y si chocas con aquellos árboles yendo tan de prisa te harás mucho daño".
En tales circunstancias el individuo SZE se limitará a caer del modo más gracioso posible, sin que le importe que se le meta nieve por las mangas. Cuando sus compañeros más alejados paren y le pregunten qué le pasó, el dirá: "Esta pista es demasiado para mí, no estoy preparado todavía para bajar por ella y la única forma segura de
parar era forzar la caída. Creo que me quitaré los esquíes y bajaré por esa loma de la derecha. Ya nos reuniremos abajo".
Lo que el individuo SZE ha hecho para no herirse ha sido ser fiel a sus instintos que en esa décima decisiva de segundo le decían: "¡Tírate al suelo!".
Por otra parte, los que reprimen sus instintos son los que dicen en esa décima de segundo crucial: "No, no quiero que se me meta nieve en las mangas, sería vergonzoso además caer delante de toda esa gente, y además tendría que bajar andando por la otra loma...".
Esa desconfianza de una décima de segundo en sus instintos es la que lleva a los esquiadores a sufrir caídas a velocidades superiores a las que sus cuerpos pueden soportar y a romperse algún hueso... o, en el mejor de los casos, a bajar de mala manera la ladera, con el orgullo" intacto pero con el cuerpo diciendo: "Qué estupidez he hecho, Dios santo. ¡Podría haberme matado!".
Confiar en los propios instintos significa, simplemente dejarlos actuar, permitir al cuerpo hacer lo que sabe hacer. Significa relajarse, desinhibirse, olvidarse de presiones y no juzgar el rendimiento del propio cuerpo según los criterios de otros. Significa confiar realmente en que el cuerpo va a salir adelante y plasmar todos sus maravillosos milagros instintivos sin un esfuerzo excesivo por su parte, sin permitir que domine una cuestión de "valoración de la tarea" en sus procesos mentales. Si te sorprendes regañan¬do a tu cuerpo por no hacer algo tan bien como lo habías exigido, adoptarás hacia él una actitud que obstaculizará sin el ida tu funcionamiento desinhibido y natural prácti¬camente en cualquier situación que pueda plantearte la vida.
He aquí lo que dijo Ralph Waldo Emerson sobre la confianza en los propios instintos: "Todo nuestro progreso es un desplegarse similar al del capullo de una planta. Tenemos primero un instinto, luego una opinión, luego un conocimiento, lo mismo que la planta tiene raíz, capullo y fruto. Confía en el instinto hasta el final aunque no puedas aportar ninguna razón".
En lo que respecta a la cuestión de cuándo hay que confiar en los instintos animales, lo mejor es plantearse esta pregunta: "¿Cuándo pueden equivocarse mis instintos respecto a lo que es mejor para mí?"
Para responder a ello, hemos de tomar ejemplo de nuestra propia vida. Mi ejemplo favorito de una auténtica conducta instintiva resultará familiar a todos los que hayan tenido hijos. Data de 1967, dos meses después del naci¬miento de nuestra hija Tracy. Eran aproximadamente las tres de la madrugada. Yo estaba sentado en la cama estudiando para un examen que tenía al día siguiente. Mi mujer estaba profundamente dormida a mi lado sin que la molestase el ruido que yo hacía al pasar las páginas ni mis movimientos ni el brillo de la luz. El dormitorio de Tracy quedaba en la planta baja, bastante lejos del nuestro.
Tracy tosió. Aunque estaba completamente despierto, yo apenas la oí. Pero mi mujer se despertó de inmediato de un sueño profundísimo por aquel pequeño ruido. Se sorprendió de que yo aún estuviese despierto. "¿Puedes ir a ver qué le pasa a Tracy?" —me dijo—. "La he oído toser".
Mi esposa no revelaba poderes sobrehumanos. Dejaba, sencillamente, vía abierta a sus instintos maternales bási¬cos, que habían bloqueado todos los sonidos y luces e imágenes mientras ella dormía salvo los gritos y las toses de su hija. Tan instintivamente conectada estaba la madre a los sonidos concretos de su hija que oyó una tosecita que sonaba en una parte muy lejana de la casa. La hizo despertar de un sueño muy profundo, analizar la situación y ("Wayne está despierto, él puede ocuparse del asunto") hacer una pregunta, convencerse de que estaba protegida la seguridad de su hija, y volver a dormirse pacíficamente.
Así como las madres tienen conexiones muy especiales con sus hijos pequeños que ningún razonamiento puede descartar, y que sólo se bloquean si la madre se emborra¬cha o se halla en un estado mental equivalente, usted sabe que tiene una reserva ilimitada de instintos animales infalibles en su interior. No es algo aprendido, ni algo determinado por el medio. Nace con usted, y la gata que sabe instantáneamen¬te cuándo necesita ayuda uno de sus gatitos no es distinta de la madre humana que despierta por una tos lejana en plena noche.
¿Cuándo pueden equivocarse sus instintos respecto a lo que es mejor para usted y para sus seres queridos?
Consideremos otra serie de casos clínicos de conducta instintiva, la que nos ofrecen las experiencias de los supervivientes; es decir, aquellos que, tal como estudiamos en el capítulo uno, sobreviven a pruebas físicas en las que otros simplemente ceden y mueren.
En el capítulo primero subrayábamos la capacidad que tiene el superviviente para "retirarse" totalmente a vivir el instante presente. El lector entenderá ya a estas alturas que ser capaz de vivir ahora es vital para poder confiar en los instintos animales básicos, o para ser un buen animal (y casi equivale a ello).
El superviviente es sobre todo una persona que sabe confiar de veras en sus instintos animales básicos. Cuando la gente normal se ve de pronto en situaciones en que su vida corre peligro, se repite siempre el caso de que los que son capaces de abandonar los razonamientos y ceder por completo a los instintos logran sobrevivir y los otros no.
Erich Maria Remarque, en una de las novelas de guerra más inteligentes que se han escrito, Sin novedad en el frente, describe el horror diario de la vida en las trincheras en la primera guerra mundial. Tras sobrevivir durante años en las circunstancias más terribles, el protagonista explica cómo empieza a tener miedo de que su instinto de supervi¬vencia pueda estar abandonándole: "Nos dispersamos y nos arrojamos al suelo, pero en ese momento siento que la alerta instintiva me abandona, y ella es la que me ha hecho realizar siempre, inconscientemente, las acciones correctas bajo el fuego enemigo". El protagonista explica cómo los que abandonaban sus instintos solían resultar heridos, y explica también que los mejores soldados eran los que confiaban totalmente en lo que sus cuerpos les decían que hicieran en momentos de-crisis.
Un ejemplo aún más aplicable a usted y a mí nos lo proporcionan los que sobrevivieron al famoso accidente aéreo de los Andes. No estaban especialmente equipados ni entrenados para sobrevivir a temperaturas bajo cero. Eran personas normales, exactamente lo mismo que usted y yo, y la lección de su experiencia fue muy simple: los que confiaron en sus instintos sobrevivieron; mientras que los que dejaron que las supersticiones, heredadas de su cultu¬ra, se impusieran a sus instintos no lograron sobrevivir. El verdadero mensaje de esa historia fue que los supervivien¬tes volvieron a sus bases instintivas para poder salir con vida. Pero ¿qué fue lo que provocó los titulares en la prensa? El "canibalismo" al que tuvieron que recurrir los supervivientes: esa "horrible conducta animal" a la que se entregaron cuando su instinto les dijo: "Esas otras personas están ya muertas. Sus cadáveres son el único alimento que tenemos en esta montaña. Hemos de comerlo".
¿Se comportaron como animales? ¡Desde luego! Pero como buenos animales.
¿A quién perjudicaron en realidad esos supervivientes? No perjudicaron, desde luego, a los compañeros muertos, cuyos cuerpos comieron. ¿Podemos imaginar acaso a una de esas víctimas desdichadas volviendo de entre los muer¬tos y diciendo: "No devores ese cuerpo... lo he dejado, sí, puede que ya no lo necesite, pero quiero que te mueras de hambre para que pueda pudrirse donde está, o para que lo encuentren y se lo lleven a enterrarlo en el cementerio de mi pueblo".
A los muertos, desde luego, no les importaba. En realidad, es muy probable que hubieran dicho: "¡Pues claro, cómelo! Ya no lo necesito".
Decidir no hacer aquella "cosa horrible y canibalística" en tales circunstancias era elegir la muerte. Era permitir que lo que podías imaginar que iba a ser la reacción de la gente que entonces estaba en casas calientes y cómodas a muchos miles de kilómetros de distancia dictase lo que debías hacer en aquella situación; significaba permitir que las normas habituales de la sociedad ("en fin, no nos comimos al abuelo cuando se murió el año pasado") se impongan a los buenos instintos animales de supervivencia y le maten a uno.
Tomando ejemplos de conducta instintiva como éste, y como otros casos que podrá usted sin duda citar por propia experiencia, podría llegar a la misma conclusión que yo respecto a cuándo sus instintos animales pueden equivo¬carse sobre lo' que es mejor para usted o para sus seres queridos. Yo creo que la respuesta es nunca, cuando usted los respeta, los cultiva y les presta atención "como un buen animal". Sus instintos sólo pueden "equivocarse", sólo pueden convertirse en una amenaza para usted o para cualquier otro, cuando usted los aplasta o los frustra reprimiéndolos, denigrándolos e ignorándolos. Entonces, y sólo entonces, es posible que se vuelvan contra usted en venganza, y le asedien la angustia, el miedo y la contradicción interna, como resultado de la tensión orgánica que ellos saben resolver del modo más creador y constructivo posible pero que usted se niega a dejarles resolver como saben. Entonces y sólo entonces se estancarán, replicarán y se convertirán en tensión, en esa presión interna destructora que es indicio de un cuerpo-mente dominado por el pánico y la inercia, esas tensiones dinámicas y naturales cuyo aumento y disminución, cuya interconexión e interrelación constitu¬yen la vida.
La solución a este problema es evidente. Debe confiar usted en su cuerpo y dejarle hacerse cargo de usted, aun cuando dude de que sea posible que lo haga. No debe olvidar nunca que esto que llamamos el cuerpo es la maravilla de las maravillas, y que si usted intenta negar sus perfecciones y eludir sus instintos, lo único que hará será ponerse enfermo. Su biología interna velará por usted prácticamente en cualquier circunstancia, con su seguri¬dad y salud intactas, si usted le permite funcionar. Lo básico para convertirse en un buen animal es aprender a confiar en el cuerpo y en todos sus maravillosos instintos innatos, confiar en que puede guiarle por la vida con un máximo de placer y un mínimo de dolor y sufrimiento.
Consideremos, pues, hasta qué punto nos hemos alejado de nuestros instintos anímales básicos respecto al dolor, por ejemplo. El dolor es un aviso, y todos los animales, salvo el hombre, harán irremisiblemente cuanto puedan por evi¬tarlo. Pero nuestra formación cultural nos dirá que no sólo debemos esperar cierta cantidad de dolor innecesario en nuestra vida, sino que, en determinadas circunstancias, uno debe, teóricamente, dar la bienvenida a la oportuni¬dad de sufrir un dolor absolutamente gratuito e infligírselo a otros.
Uno de los ejemplos más claros y espantosos de este tipo de actitud es el que nos proporciona lo que ha sucedido con el supuesto deporte del hockey profesional.
Cualquier chico que haya jugado al hockey puede decirle a usted que es posible jugar un gran partido sin que se haga daño nadie, salvo los golpes y rozaduras sin importancia que puede producir un deporte de contacto. Todo el que haya visto al equipo de hockey de Estados Unidos llevarse el título en las olimpiadas de 1980 sabe que los que fueron quizá los mejores partidos de hockey que se hayan jugado no exigieron sangre en el hielo. Más bien todo lo contrario: las normas olímpicas y el espíritu olímpico no permiten sencillamente peleas ridiculas que nada tienen que ver con el deporte.
Pero, ¿en qué se ha convertido el hockey "profesional"? No en un deporte sino en una serie obligatoria de peleas, en que el partido es malo si no sale alguien con la nariz rota o descalabrado, y durante la mayor parte del encuentro los jugadores se pelean denodadamente sobre el hielo y llegan incluso a subir a las gradas para pegarles a los aficionados hostiles. La valía de un jugador de hockey ha pasado a ser determinada no tanto por su habilidad para marcar goles o evitarlos como por lo malvado que puede ser en la tarea de causar dolor a los demás, y lo "fuerte y silencioso" que pueda ser cuando los que resultan rotos son sus propios huesos.
¿Y qué es lo que dicen los que se quedan sobrecogidos con este asunto de los jugadores de hockey? Dicen, natural¬mente: "¡Son como animales!"
¡Eso es absurdo! No hay animales salvajes en la tierra que elijan el dolor cuando pueden evitarlo, o que causen más dolor a otros animales del necesario para asegurar su propia supervivencia. Los predadores matan con la mayor rapidez y limpieza posibles, y lo hacen instintivamente. El tigre hunde sus colmillos en el cuello de su víctima. Es cosa de un instante. Quizás el gato doméstico que captura a un ratón juegue con él más de lo necesario. Pero es una historia distinta. Sus instintos han sido ya manipulados, confundidos; en realidad, ya no sabe exactamente por qué lo hace. Pero si pasara hambre durante unos días, no trataría así al siguiente ratón que cazara.
¿Qué piensa el jugador de hockey profesional que sale a la pista sabiendo que es probable que sufra un dolor completamente innecesario? Puede emocionarle la idea de destacar su imagen de macho frente a la multitud. O quizá se haya resignado simplemente a la idea de que eso es lo que el público espera, de que es eso, en realidad, lo que atrae a la gente a las gradas. Quizás hasta maldiga al público porque le vitorea con más fuerza cuando se enzarza en una lucha que cuando marca los mejores goles, y llame a los espectadores animales. Pero, piense lo que piense, es poco probable que reconozca que cada vez que sale al hielo para participar en uno de esos partidos que son caricaturas del deporte está violando el más fundamental de sus instintos animales. Es poco probable que piense que cuando pierde el control y empieza a golpear a uno de sus compañeros de "profesión", su cuerpo está, en realidad, rebelándose contra la violación de sus instintos que signifi¬ca todo ese espectáculo inhumano en el que participa. No está, en primer término, peleando con otro; está, en primer término, entregado a un malévolo combate contra sus propios instintos naturales y animales que se oponen a ese dolor innecesario, tanto para él como para otros.
Se produce también una perversión similar de los instintos en lo que respecta a la inclinación natural animal a buscar el placer. ¿Cuántos pájaros conoce usted que, una vez acabadas sus horas de ajetreo construyendo el nido, se digan: "Ahora no puedo parar, tengo que construir otros tres nidos, o hacer este nido tres veces mayor que el del gorrión de al lado, para demostrar que soy el gorrión más importante de todo el barrio".
El pájaro,' por supuesto, no concibe la construcción del nido como un trabajo gravoso que deba realizar para poder ganarse los lujos de un baño, una canción, un gusano, un vuelo de recreo con su novia y sus amigos. En suma, los pájaros no padecen las dicotomías trabajo /diver¬sión, y no tienen capacidad alguna para reprimir sus deseos naturales de placer.
Sólo los seres humanos son capaces de imponerse e imponer a otros la extraña idea de que buscar el placer por el placer es malo, es hedonista y no se debe hacer. Esto va, por supuesto, contra todo lo que sabe el cuerpo. Pero usted hace caso a esos tontos de fuera y el resultado es una vida desdichada.
Hasta el rosal es lo bastante listo como para crecer hacia arriba y hacia la luz del sol. Entre todas las variedades de rosas jamás hubo una que desviase sus ramas hacia el rincón más oscuro y húmedo posible o enterrase todos sus capullos en el suelo. Nadie ha pervertido los instintos de la planta ni le ha hecho pensar: "La luz del sol es mala porque es agradable. Debería darte vergüenza desear esa luz. Ya sé que es agradable, que ayuda a crecer y a estar sano, pero es egoísmo perseguir todos los días la luz del sol".
Sólo los seres humanos son capaces de decirse : "Espera a que seas viejo, ahorra luz, ahorra y espera a disfrutarla de aquí a veinte años. Y, de momento, sufre en silencio y crece hacia la oscuridad, aunque eso te mate".
¡Es evidentemente absurdo! Tus instintos te dicen que te comportes de un modo sano y aprender a oírlos sólo puede ayudarte a ser más eficaz en todo lo que hagas en tu vida. ¡En todo, no lo olvides!

NUEVE VÍAS PARA LLEGAR A SER UN BUEN ANIMAL

Todos nosotros, los animales humanos, tenemos necesi¬dades básicas o instintos o impulsos naturales que nos indican cómo debemos satisfacer esas necesidades. Si escuchásemos atentamente a nuestros cuerpos seríamos perfectamente capaces de comer en concreto lo que necesitamos sin consultar a un especialista en dietética. Sabemos dormir
sin necesidad de acudir a una escuela donde nos enseñen a hacerlo. Sabemos encontrar o construir cobijos, obtener oxígeno respirando, sabemos defecar, orinar, menstruar, tener orgasmos, reproducirnos. Nuestras necesidades más elementales y nuestros medios instintivos de satisfacerlas no son algo que podamos cambiar a voluntad; es algo que se nos ha dado como medio natural para asegurar la supervi¬vencia de la especie y nuestra relación con ello es simple: si respetamos nuestras necesidades naturales y hacemos caso a nuestros instintos animales, vivimos. Si no, de un modo u otro, morimos.
He aquí nueve de nuestras necesidades humanas más elementales, y algunas sugerencias para llegar a ser un buen animal y reaccionar de acuerdo con los instintos, que le dirán a usted cómo satisfacer mejor todas y cada una de ellas.

Funciones orgánicas

Orinar, defecar, menstruar, sudar y otras funciones orgánicas elementales parecidas, figuran sin duda entre las funciones más naturales y básicas de la vida humana. Si despertase usted una mañana y cayera en la cuenta de que llevaba seis semanas sin hacer de vientre, lo más lógico es que ya no estuviera vivo y bien en el planeta Tierra. Estaría usted muerto y se hallaría en otra parte. Puede que lamentase el hecho, si le gustaba su vida de animal, pero la cuestión es: ¿Se siente usted aliviado por no tener que hacer ya "esas cosas sucias propias de los animales"? Mientras habita usted su cuerpo, ¿considera usted esas funciones algo subhumano, aspectos de su vida de los que tiene que sentirse avergonzado, que hay que considerar lo menos posible, que le degradan incluso? ¿O los considera usted lo que son, la prueba de que aún está vivo y bien en la Tierra, de que su cuerpo aún sigue feliz con sus ciclos de digestión y eliminación, con su capacidad reproductiva, con sus reacciones al frío y al calor, etcétera?
Por absurdo que pueda parecer cuando piensa usted en ' ello, a la mayoría nos han condicionado a considerar la
defecación, por ejemplo, no como un proceso maravilloso por el que nuestro cuerpo, tras haber descompuesto los alimentos en lo que puede utilizarse para nutrirnos y lo que no puede utilizarse con ese fin, devuelve la parte inutiliza-ble a la biosfera (una cosa tan "limpia" como la que más), sino como una forma de "crear basura", una prueba de lo "sucios" que somos.
A algunas personas les da tanto rubor defecar y lo consideran y lo ven como un aspecto tan sucio de su humanidad, que su angustia condiciona al organismo, creando colitis nerviosas (ataques alternativos de estreñi¬miento y diarreas) u otras dificultades de eliminación, y tienen que recurrir a laxantes u otros medicamentos para intentar restaurar los ciclos naturales que su vergüenza ha destruido. Esto equivale sin duda a "pánico en el tracto digestivo".
Asimismo, muchas mujeres han llegado a considerar la menstruación una "maldición" y a considerarse impuras durante este tiempo. Pueden apartarse de los demás innecesariamente, actuar a la defensiva, retirarse avergon¬zadas a un rincón, esperando a que termine y, de este modo, aumentar la intensidad de sus molestias o conseguir de otra forma que sus periodos sean mucho más desagrada¬bles de lo que tienen que ser.
Muchas personas se vuelven tan paranoicas respecto a la transpiración y a los olores corporales que andan constan¬temente preocupadas por ello. Evitan actividades que puedan hacerles sudar, y andan echándose siempre sustan¬cias químicas que les impidan transpirar naturalmente o que les hagan oler como cuencos de especias o pinos.
Por supuesto, estos hábitos se ven fomentados masiva¬mente por la industria publicitaria, que es capaz de inculcar cualquier tipo imaginable de vergüenza y sensa¬ción de culpabilidad respecto a nuestros aspectos animales para conseguir vender un producto que nos libre de esas cualidades. Como hoy en día "natural" se ha convertido en una palabra que vende mucho, el truco consiste ahora en convencer a la gente de que necesita por lo menos cien productos químicos para "tener ese aspecto natural", para "tener una personalidad natural", etc. ¡Y lo patético del caso es que el sistema funciona! La gente acepta que basta tener un desinfectante con un aroma especial para que el agua del inodoro se vuelva azul, un extractor potentísimo en el baño que se activa automáticamente siempre que tiras de la cadena, tres frascos de pulverizador para refrescar el ambiente, por si acaso, plantillas desodorantes en los zapatos, pastillas de menta para refrescar el aliento en la boca, un pulverizador desodorante para la vagina, etcétera, para cada "enfermedad animal" que los publici¬tarios han creado a fin de destruirla con un producto.
¡Sin duda reconocerá usted que todos nuestros juicios contra el funcionamiento de su organismo actúan en su contra! Es esencial la aceptación total de su cuerpo perfecto y de todo lo que necesita y quiere hacer para que sea operativo y eficaz en cuanto hace. Avergonzarse de sus funciones orgánicas fundamentales le inhibe en todas sus funciones. El sentimiento de culpa le agarrota y le impide ser feliz.
Para liberarse de conflictos respecto a sus funciones orgánicas, debe reconocer, en primer término, la medida en que su repugnancia es resultado de valoraciones apren¬didas.
¡No tiene nada de natural esa actitud de desprecio hacia el organismo! El porqué se ha enseñado a la gente a considerar de un modo negativo las funciones orgánicas básicas y se han alterado a menudo negativamente esas mismas funciones orgánicas necesarias para la superviven¬cia, es algo que en este momento no ha de preocuparnos. Lo que tenemos que recordar es que no tiene usted por que aceptar la actitud que cualquier otro, o la sociedad en general, quieren hacerle adoptar respecto a esas funciones. Si lo hiciese, estaría decidiendo aceptar obsesiones de segunda mano.
En vez de aceptar lo que le dicen los demás de que sus funciones orgánicas son antinaturales, procure aprender de los otros animales. Ellos aceptan la totalidad de su organis¬mo y aceptan todo lo que deben hacer para sobrevivir como seres normales. Quizá la gata no sepa que su vagina es la parte más limpia de su cuerpo, que sus secreciones
naturales y la química de su organismo la mantienen con un nivel de esterilidad que avergonzaría a las salas quirúr¬gicas de los hospitales, pero, desde luego, jamás se le ha ocurrido pensar que es sucia. La naturaleza mantiene la vagina humana en el mismo estado de esterilización, y, sin embargo, muchas hembras humanas llegan al punto de pensar que sus vaginas son sucias. Esto, a su vez, puede llevar a problemas sexuales: esas mujeres pueden conside¬rar el acto sexual algo despreciable porque supone mostrar esas partes tan repugnantes de nosotros mismos. Para hacer menos viles esas partes, pueden dedicarse a saturarlas de productos químicos artificiales, algunos de los cuales pueden destruir el equilibrio químico natural y dejar vía abierta a las infecciones.
Aprenda usted del gato, que nunca tiene que preocupar¬se de ninguna parte de su cuerpo ni de sus funciones, y pruebe a hacer los siguientes ejercicios:


1. Esté atento mentalmente para identificar de modo inmediato todas sus actitudes de rechazo hacia sus funcio¬nes corporales básicas y convertirlas en actitudes de aceptación. Niéguese a valorar como negativa cualquier cosa que haga su cuerpo por sí solo, y no comunique ese tipo de juicios a los demás. No tiene por qué caer en éxtasis pensando en las perfecciones de la naturaleza cada vez que defeca, pero, de todos modos, eso sería muchísimo mejor que pensar que está haciendo algo repugnante.

2. Todos los días, durante unos minutos, mientras está usted duchándose o mientras pasan los anuncios en la televisión, dediqúese a tomar conciencia de su cuerpo y piense en todo lo que su cuerpo ha de hacer para sobrevivir y para complacerle a usted.
¿Cuántas veces se ha humillado usted con juicios críticos respecto a su cuerpo y a sus funciones básicas? ¿Cuánto tiempo ha dedicado a aprender a amar su cuerpo y cuánto hace su cuerpo?
¿Ha pensado alguna vez en hacer ejercicios prácticos para estar más armonizado con su cuerpo, por ejemplo a través del yoga o la meditación?
Cuando haya llegado usted a saber más sobre su cuerpo y sobre su funcionamiento, cuando aprecie usted más plenamente todo lo que tan milagrosamente hace su cuerpo por usted, no le restarán sentimientos de aversión hacia ese organismo tan notable.

3. Recuerde que toda actitud negativa respecto a sus funciones orgánicas naturales es un ataque a sus instintos animales básicos. Cada vez que se sorprenda diciendo: "¡Uf, estoy empapado de sudor!", deténgase. No corra inmediatamente a buscar la toalla, la ducha o el desodo¬rante. Dedique tres segundos a pensar lo siguiente: "Algu¬nas personas me dirían que el sudor es repugnante, pero, ¿qué es lo que pasa realmente? Los poros del cuerpo estarán ahriéndose para emitir agua que enfríe la piel al evaporarse. Es el sistema natural de refrigeración de la piel, y hasta ahora no he tenido que recurrir a ningún técnico en refrigeración para que lo repare. Siempre funciona según lo previsto".
Es posible que después de esto-siga sintiendo ganas de refrescarse. Es algo natural; ganas de limpiarse, de darse una ducha, pero no irá corriendo a la ducha pensando "¡Tengo que librarme de este espantoso sudor antes de que alguien me vea o sienta lo mal que huelo".

4. Puede utilizar también la misma técnica de pararse y pensar tres segundos siempre que se siente en el inodoro, se cambie una compresa, cada vez que tenga que sonarse, que toser, que estornudar, que vomitar, cambiar las sábanas después de un "sueño húmedo", o cuando tenga que hacer cualquier otra cosa que pertenezca al apartado de funciones orgánicas.
Para ser un buen animal, ha de tener siempre presente que los individuos pueden hacer cosas horribles consigo mismos o en todo caso con otros, pero que sus funciones orgánicas elementales nunca figuran entre esas cosas horribles. Por el contrario, si acepta usted de una manera absoluta su naturaleza animal y aprecia la capacidad de su cuerpo para mantenerle en forma y para desarrollarse en cada momento de su vida, puede convertirse en el animal Sin Limites.

La comida

¿Cómo son sus hábitos de alimentación comparados con los de los animales salvajes, que se basan únicamente en sus instintos para determinar lo que deben comer y cuándo?
Lo más probable es que sus hábitos alimenticios sean muy inferiores a los del atún medio.
Cuando el atún va nadando por el océano, ¿cómo decide lo que ha de comer y cuándo?
La respuesta es muy simple: no lo decide en absoluto, por lo menos no lo decide por adelantado. Lo que hace el atún es simplemente darse cuenta de que tiene hambre, entonces mira lo que hay en la cocina (en este caso el océano), come lo que quiere en ese momento y luego sigue haciendo su tarea habitual, que puede ser, por ejemplo, nadar hacia el norte porque se acerca el verano.
¿Engordan alguna vez excesivamente los atunes? ¿Tiene acaso que decirle su madre a un atún: "Ay, querido, qué flaco estás; estoy tan preocupada"? ¿Tienen alguna vez los atunes deficiencias vitamínicas porque se olviden de ingerir su dosis diaria de uno u otro alimento?
Al parecer, de un modo u otro, «1 atún mantiene un tipo perfecto durante su vida sin necesidad de seguir una dieta cara, atenerse a un programa de ejercicios o a otras prácticas similares que prometen alargar la vida; le basta seguir sus instintos animales básicos respecto a lo que debe comer y cuándo, por dónde debe nadar y la rapidez con que ha de hacerlo. La ingestión de alimentos está estricta¬mente regulada por sus instintos, que le indican lo que su organismo necesita o desea en el momento.
En lo que se refiere a la alimentación, nuestro organismo sabe tan bien como pueda saberlo el organismo de un atún las cosas concretas que ha de comer para mantener su peso a nivel correcto y para mantener el equilibrio nutritivo correcto. No le gusta en absoluto que le sobrealimenten, y lo indica de modos diversos. Si se sobrealimenta usted, su cuerpo reaccionará acumulando gases molestos, o con una indigestión, con retortijones, con ahogos cuando suba usted las escaleras, o acumulando grasa y engordando.
Su cuerpo le pide que le deje comer solo lo que él quiere para estar bien alimentado y tener un peso normal, pero si tiene usted "mentalidad de obeso" o "mentalidad de flaco" permitirá que su aparato mental se imponga a los instintos saludables y naturales de su cuerpo.
Es posible que haya sobredosificado usted su cuerpo con azúcar a pesar de que proteste con la caída de los dientes, con granos, con un exceso de grasa en la piel o con capas de depósitos grasos. Es posible también que haya privado usted a su organismo de los minerales, vitaminas, proteínas y otros nutrientes comiendo con menos sabiduría que un animal normal. Puede que se haya pasado usted la vida consumiendo productos que han trabajado contra su cuerpo, en vez de dejar que él le dijera lo que necesita para mantenerle a usted sano. Si ha hecho cualquiera de estas cosas, y ha hecho engordar en exceso a su cuerpo en consecuencia, o le ha privado de alimentos necesarios, o ambas cosas (muchas personas gordas están subnutridas en lo que respecta a proteínas, minerales, vitaminas y otros elementos vitales), yo no creo que necesite usted seguir ningún programa dietético especial para corregir sus deficiencias alimentarias. Creo que si se limita a establecer contacto de nuevo con sus instintos alimentarios, su organismo le indicará la dieta perfecta para usted. Puede ser, claro está, que se halle en este momento tan alejado de sus instintos alimentarios básicos que necesite los servicios de un especialista para que le diga que necesita usted tantas zanahorias, espinacas, patatas, tantos gramos de carne o de ensalada para la semana, pero en lo que se refiere a sus hábitos alimenticios (como en lo que respecta a sus otros hábitos autodestructivos) todos están en el pasado, y si quisiese usted convertirse en un buen animal sano ahora en sus hábitos de alimentación, le aconsejo que considere lo siguiente:
Coma sólo cuando tenga hambre. No coma nunca ajustándo¬se al horario de otros. Rechace ideas como: "Es la hora de cenar, creo que tengo que comer algo". Consulte a su organismo. ¿Tiene hambre él? ¿Querrá esperar una hora, querrá quizá tomar un baño antes? ¡Si no tiene usted realmente ganas de comer, no coma! Escuche a su cuerpo. Nunca le dejará morirse de hambre. Piénselo bien, ¿ha visto alguna vez en la naturaleza un animal gordo?
Coma usted sólo hasta que esté lleno... y no más, sean cuales sean las circunstancias. En vez de llenar su plato de comida, pruebe a servirse menos comida de la que crea que va a comer. Coma eso y luego consulte a su cuerpo unos segundos. Si su cuerpo está satisfecho, no tiene usted por qué comer más.
Su cuerpo puede preferir comer quince veces al día en porciones pequeñas cuando usted sienta hambre, en vez de atracarse unas cuantas veces al día.
Tenga una mentalidad abierta respecto a los alimentos que ofrece a su cuerpo. Déle abundancia de sabores sanos entre los que pueda elegir. Si nunca prueba el bróculi, las zanahorias u otras verduras ricas en hierro, no sabrá con qué satisfacer el hambre cuando tenga deficiencia de hierro. Si piensa usted sencillamente que el bróculi, las zanahorias, el hígado o cualquier otro tipo de alimento nutritivo "no le gustan", quizá se deba a que le obligaron a ingerir esos alimentos cuando su cuerpo no los necesitaba y cuando a usted no le apetecían.
—¡Cómete las zanahorias, hijo! —¡Me dan náuseas!
—-Pues tienes que comerlas. ¡Tu cuerpo las necesita!
—¡Me dan aseó!
Éstas son las situaciones que provocan pesadillas en los niños respecto a las zanahorias y a otras "cosas que son buenas para ti". No debe chocarnos, pues, que se refugien luego en los "alimentos basura".
Esas zanahorias sabrán completamente distinto de las que le daban nauseas hace veinte años. Tal vez le sepan estupen¬damente o quizá no le sepan a nada, pero no le harán daño y se habrá liberado por fin de su miedo a las zanahorias. Cuando su cuerpo necesite las cualidades especiales que éstas poseen, le preguntará a usted: "¿Por qué no haces un plato de zanahorias según esa receta para cenar?".
Trate usted a sus hijos como a usted mismo. No les obligue a comer cuando no quieren, y no les haga tragar nada que
hayan probado y rechazado. Limítese a ofrecerles una variedad de alimentos sanos para que ellos elijan. Deje de armar escándalos en las comidas y permita a sus hijos comer lo que les indiquen sus cuerpos. Olvide los postres, las recompensas de azúcar refinada por haberse comido esas horribles zanahorias. Deje de Henar la casa de alimen¬tos basura y verá muy pronto cómo sus hijos buscan y piden alimentos sanos y comen regularmente. Si refuerza usted los hábitos alimentarios perniciosos y no instintivos no se sorprenda luego si sus hijos no quieren comer alimentos sanos. Si se les tienta constantemente con comida más sana y apetitosa que los alimentos basura, dejarán de consumir éstos.

La bebida

Intente recordar el día de más calor de su niñez... aquel día en que notaba la garganta seca y tenía que correr otro medio kilómetro bajo un sol abrasador para poder beber. Quizá fuese una vieja bomba de agua manual de una granja cercana. Su cuerpo paladeaba ya el agua del pozo antes de llegar allí. Apenas si podía esperar mientras accionaba con su amigo la bomba con todas sus fuerzas y ola el gorgoteo del agua que empezeba a salir. '
La alegría que experimentó al beber aquel agua, al saborear todos los matices del agua concreta de aquel pozo (o fuente, o arroyo), probablemente sea lo que llamaría usted "la mejor experiencia de su vida" en cuanto a beber se refiere. Era una reacción a la necesidad de su cuerpo, y como reaccionó usted inmediatamente satisfizo a su cuerpo y se consagró inmediatamente a saborear el agua. Quizá no olvide usted nunca el sabor de aquel agua que tomó aquel día.
Compare esto con la reacción de su organismo la primera vez que tomó alcohol. Lo más probable es que reaccionara violentamente. Puede que le diesen nauseas, que se marease, puede que vomitase usted. Pero siguió adelante pese a ello, consumiendo sustancias que eran venenosas para su organismo porque otros decían que era un comportamiento "adulto" o "elegante", que no se sabe muy bien por qué razón le colocaba por encima de "esos animales que son incapaces de disfrutar de un trago".
No quiero decir que tenga usted que ser abstemio. Hay incluso pruebas médicas de que un trago de vez en cuando puede beneficiarnos. Lo que le digo es que no beba alcohol por puro formulismo social. No beba automáticamente lo que beben los demás cuando están bebiéndolo. Escuche a su cuerpo.
La próxima vez que beba algo pregúntese esto: ¿Lo desea realmente mi cuerpo? ¿Lo recibirá como el agua del pozo en un día de calor sofocante? ¿Desea ansiosamente mi cuerpo las vitaminas que contiene esta bebida? ¿Por qué bebo esto ahora? ¿No preferiría mi cuerpo cualquier otra cosa?
Beba sólo cuando su cuerpo tenga sed, y sólo hasta que su sed natural quede saciada. Tenga una mentalidad amplia respecto a lo que se ofrece usted a sí mismo para beber. Si está acostumbrado a beber tres tazas de café, dos sodas, un güisqui y tres cervezas al día, intente beber una cosa distinta por lo menos al día: zumo de papaya, un batido de leche, sidra... cualquier cosa que represente un cambio de su rutina actual y que pueda apetecerle a su organismo. Si su cuerpo desea cualquiera de esas otras bebidas que ha probado, concédaselas. Quizá no sea usted capaz de prescindir de los tres martinis de antes de la comida por "pura fuerza de voluntad", pero si se concede permiso para probar cosas distintas y deja decidir a su cuerpo cuál de ellas quiere y cuándo, los tres martinis de antes de la comida serán fácilmente cosa del pasado.

La respiración

¿Qué recuerda usted de su niñez respecto a la respiración? Es posible que en determinado momento tomara usted conciencia súbita de que sus pulmones trabajaban conti¬nuamente, segundo a segundo, día y noche, y se asombrase de este milagro que le mantenía vivo. Tal vez recuerde un claro día de primavera en que iba camino de la escuela y el aire era tan claro y diáfano y fragante que resultaba maravilloso el solo hecho de aspirarlo. Puede que recuerde otras ocasiones en las que corrió hasta quedarse sin aliento y entonces se 'detuvo y le impresionó el ritmo firme de sus pulmones que restauraban rápidamente el equilibrio de oxígeno de su cuerpo.
Compare esos sencillos gozos animales con la tremenda reacción de su organismo cuando introdujo en él tabaco por primera vez. Tosió, le lloraron los ojos, se mareó. Puede que incluso vomitase. ¿Se obligó usted a ignorar esos avisos y forzó a su cuerpo a aceptar el tabaco? ¿Es usted "adicto" a él ahora? Si lo es, no necesito explicarle lo que significa para su salud y la de quienes le rodean; lo importante que es que lo deje usted. Pero quiero subrayar el conflicto interno que ha creado entre usted mismo y su organismo. Su cuerpo ya no confía en usted y, en cierto modo, está luchando contra usted continuamente.
Los animales son demasiado inteligentes para incurrir en algo semejante. Acerque un cigarrillo a la nariz del gato. Se encogerá y hará una mueca, cerrará los ojos, sacudirá la cabeza y cruzará como un tiro la habitación, volviendo la vista y mirándole resentido como si fuera usted el marqués de Sade.
Ningún animal inhalará voluntariamente humo de tabaco ni ningún otro humo tóxico. En realidad, los únicos animales que fuman, que yo sepa, son los perros, que se ven obligados a hacerlo, ¡para proporcionar datos experimen¬tales sobre los peligros que entraña el fumar para los seres humanos! No sólo aplastamos nuestros propios instintos animales si abusamos de ellos, sino que además abusamos de otros animales, lo que me parece una práctica horrorosa y en la que nadie habría pensado jamás si los seres humanos no hubiéramos violado nuestros propios instintos animales.
No pretendo exponer aquí un curso breve para dejar de fumar. Existen muchos métodos para lograrlo, y si usted necesita uno, elíjalo. Pero fume usted o no, he aquí un par de sugerencias para recuperar el contacto con sus instintos respiratorios:
Párese un momento y saboree ti aire una o dos veces al día. ¿Cómo sabe? ¿Puede usted oler los pinos o las flores o la yerba recién cortada? ¿Desean sus pulmones aspirar pro¬fundamente una bocanada relajante, hacer una "inspira¬ción" de aire vital? ¿O huele usted los humos de los escapes de los automóviles o los de una fábrica cercana? ¿Acaso dicen sus pulmones: "Deseo lo menos posible de esto", y reducen automáticamente sus "aspiraciones"? Solamente con hacer esto, aprenderá una vez más a apreciar y respetar todo lo que sus pulmones hacen por usted conti¬nuamente.
Si está a. punto de encender su primer cigarrillo o su cigarrillo número diez mil, acuérdese del gato: no olvide que suyo animal se encoge, hace una mueca, da un salto y cruza como un rayo la habitación. Pregúntese cuándo le dejará volver.
Haga usted o no ejercicio de modo regular, procure hacer todos los días un poco, procure hacer algo que le fuerce a respirar vigorosa¬mente. Siéntese luego y aprecie cómo regulan sus pulmones de modo totalmente automático la ingestión de oxígeno necesario.
El yoga, la meditación y otras disciplinas de origen oriental proporcionan medios maravillosos para recuperar el contacto con la respiración. Si desea usted un contacto" profundo con ella, pruebe esos sistemas.
Resumiremos ahora lo más importante de lo dicho en esta sección:
Si sabe usted que algo de lo que come, bebe o inhala es perjudicial, suprímalo. Sencillamente niegúese a introducir alcohol, drogas, tabaco, azúcares y otras sustancias dudosas en su organismo hoy, durante este día, esta hora, este minuto o este segundo, mientras su cuerpo lo siga rechazando (quizá lo rechace siempre). Si acepta usted el hábito instintivo de dejar a su organismo conservar la salud, pronto abandonará esos malos hábitos, eliminará esos kilos que le sobran, suprimirá esos tres martinis, esos cigarrillos. No olvide nunca que estar sano es natural e instintivo. Sólo cuando ignora los avisos de su cuerpo y cede a las presiones culturales socava los buenos y sanos instintos de su yo animal.

El sueño

Usted sabe dormir. Su cuerpo sabe exactamente el descanso que desea, y cómo trasladarse al país de los sueños, abandonando completamente las preocupaciones y cuidados del mundo, mientras su mente se repara y refresca con la máxima eficacia.
Aun así, puede dormir demasiado por no saber llenar todas sus horas de vigilia, o por haberse dejado dominar por torpes rutinas, por el aburrimiento o por la inercia.
No cabe duda de que la mayoría de la gente pierde mucho más tiempo del necesario durmiendo o intentando dormir. Esa rígida norma que establece de ocho a diez horas de sueño como la normal —según los países— es un hábito torpe que a su cuerpo no le agrada gran cosa. Y el cuerpo reacciona ante el exceso de sueño con torpeza mental, dolores de espalda, rigidez e incluso mareos. Si insiste en irse a la cama a las once todas las noches y levantarse a las ocho (salvo los fines de semana, en que seguramente puede usted dormir hasta el mediodía), está obligando a su organismo a una rutina artificial que, sin duda, dificultará su sueño.
El insomnio sólo se convierte en un problema cuando usted no confia en su cuerpo. Si se va usted a la cama antes de que su cuerpo quiera dormir, estará allí tendido dándole vueltas a todos sus problemas, o intentando dormir. Su cuerpo no cooperará en la tarea. Cuando su organismo está listo para dormir, se relaja, tranquiliza la mente y se queda usted gozosamente dormido sin tener que ejercer sobre sí mismo la menor presión.
Además de que la mayoría de nosotros pasamos dema¬siado tiempo durmiendo de modo irregular y superficial, hay algunos que se niegan a sí mismo el sueño que necesitan: el estudiante que permanece en vela cuarenta y ocho horas seguidas preparando un examen, el camionero que tiene que llegar al punto de destino por la mañana, por cansado que. esté, el publicista que no puede dejar el trabajo porque tiene que entregarlo en el plazo previsto y ha de trabajar noche y día. No hay duda de que todas estas
personas que intentan ignorar que sencillamente deben dormir según las necesidades de su cuerpo para funcionar a nivel óptimo, deben servirse del café, las anfetaminas u otras sustancias artificiales para ahogar sus instintos de sueño. Pero nada puede eliminar los efectos de la falta de sueño en el organismo: nerviosismo, irritabilidad, trastornos intesti¬nales y todo un espectro de efectos psicosomáticos que, en último término, pueden llevar al "derrumbe": el estudian¬te se desmorona y garrapatea absurdos en el examen; el camionero se queda dormido y se sale de la carretera; el ejecutivo contrae úlceras y colitis nerviosa, y llega incluso a la "crisis nerviosa".
En realidad, las investigaciones psicológicas han demos¬trado que se puede volver locos a los animales por el simple procedimiento de no dejarles dormir interrumpiendo continuamente sus pautas de sueño por el procedimiento de provocarles insomnio.
Quizá haya advertido usted ya que el insomnio, que es la incapacidad prolongada y "anormal" de dormir bien y bastante, tiene dos caras. Una es nuestra tendencia a dedicar demasiado tiempo a intentar dormir, que es el resultado de la inercia en el conjunto de nuestra vida. Está comprobado que la gente muy ocupada, muy animosa y muy entregada a la vida no suele excederse en el sueño como lo suelen hacer las personas cuya vida es aburrida y tediosa. Dormir en exceso es insomnio en el sentido de que su sueño es inadecuado, porque obliga a su cuerpo a estar en la cama más horas al día de las que él desea estar echado. Es posible que su cuerpo prefiera correr por el parque, pero tiene que estar allí atado a la cama. Por tal razón, se rebela e impide el sueño. Con lo cual necesita usted aproximadamente el doble de tiempo para lograr un verdadero descanso.
La otra cara de la moneda del insomnio aparece cuando la angustia producida por determinadas situaciones de la vida alcanza el nivel crítico (siempre al borde del pánico), y nos negamos el tiempo necesario de sueño. Tomamos drogas, forzamos al cuerpo. Si logramos dormir, desperta¬mos a las cuatro horas con un sudor frió de angustia;
interrumpimos las pautas de dormir —y— soñar; y, al final, nos desmoronamos.
Si atiende a sus instintos animales éstos le guiarán impecablemente permitiéndole eludir esos dos tipos de insomnio y llevándole a las mejores pautas de sueño en cualquier situación y en cualquier momento. Para lograr establecer de nuevo contacto con esos instintos y ser un buen animal en lo que a hábitos de sueño se refiere deberá usted confiar en su reloj biológico interno.
Sabe perfectamente que tiene en el cerebro un reloj tan preciso y perfecto como el mejor reloj suizo, y con garantía para toda la vida. Funciona del siguiente modo: usted sabe que tiene que levantarse a determinada hora para acudir a una cita o tomar el tren; cuando se va a dormir, su cuerpo tiene conciencia de lo importante que es que se despierte a tiempo, y pone el despertador para despertarle a la hora precisa. Y con toda seguridad, cinco minutos antes de que suene el despertador, usted se despierta.
Esto no es coincidencia. Sucede siempre. Y sin embargo, sigue usted poniendo el despertador mecánico exterior todas las noches. ¿Por qué? ¡Porque tiene miedo a no conceder a su cuerpo tiempo suficiente para dormir y que, debido a ello, no se despierte solo! £1 paso siguiente es que se olvida de su reloj interno y confia en el despertador externo para regir sus rígidos hábitos de sueño. Pronto tendrá que decirse: "Tengo la sensación de que debería haberme ido a la cama hace dos horas. Tendré que poner el despertador para estar seguro de no perder el tren".
Cuando vuelva a sorprenderse poniendo el despertador, deténgase. Consulte su despertador interno. Si él sabe que tiene usted que levantarse a las seis, le indicará exactamen¬te cuándo ha de ir a la cama para poder dormir tranquilo y despertar fresco exactamente a las seis. No sentirá sueño ni un momento antes ni un momento después de lo necesario. Si es usted capaz de apreciar la increíble precisión de su reloj interno, se irá a la cama cuando él se lo diga, y dormirá usted "como un tronco".
Y deténgase también cuando se sorprenda intentando dormir. ¿Está usted cavilando y considerando lo cansado que estará mañana si no se duerme inmediatamente; cavila usted sobre lo mucho que le cuesta dormirse?
Relájese un segundo. Si deja de esforzarse tanto en dormir, verá cómo desaparece el insomnio. Si no puede dormir, levántese. Lea un libro, ponga su disco preferido, lave los platos. Confíe lo suficiente en su cuerpo para creer que aunque tarde otras dos horas en irse a dormir funcio¬nará perfectamente mañana... pero deje también abierta la posibilidad de que su cuerpo desee dormir dentro de un cuarto de hora.
La próxima vez que se sienta cansado, deténgase. El estar cansado no tiene nada en común con tener deseos natura¬les de dormir. Estar cansado significa tener agotada la fuerza física y/o la paciencia, o estar absolutamente hastiado y aburrido.
¿Ha advertido usted alguna vez lo mucho que se cansa cuando tiene que hacer algo desagradable? El cansancio nace básicamente del aburrimiento, la impaciencia y la angustia, más que del agotamiento físico. Si está usted cansado mentalmente, es probable que el insomnio sea al mismo tiempo una causa y un síntoma. Quizá tenga que reestructurar su vida para curarlo, según las directrices que propongo en el conjunto de este libro. Pero en lo que se refiere a aprender a dormir según los instintos animales básicos, es importante que aprenda a distinguir cuándo está cansado (fatigado por preocupaciones, normalmente por cosas que ha de hacer mañana o el año que viene) y cuándo tiene sueño (cuando su reloj interno le indica que debe dormir un poco o dormir toda la noche).
Recuérdelo: cuando está usted cansado, pero no tiene sueño, la solución no es irse a la cama e intentar huir de sus preocupaciones procurando dormir. ¿Nace su insomnio de que cree que ha retrasado lo que consideraba una tarea desagradable? ¡Aborde tal tarea y hágala! Desaparecerá el cansancio y podrá pagar usted las facturas, lavar los platos, escribir esas cartas o lo que sea que le impide dormir. Si está dispuesto a la vez a dejar de escribir una carta cuando va por la mitad, y echar un sueñecito si tiene ganas (si su reloj biológico interno le avisa), estará en el buen camino y
podrá reintegrar el sueño en su naturaleza como un buen animal.

La curación

Su cuerpo posee una capacidad natural de curación que en el campo de la medicina nadie puede pretender entender. Si se rompe usted un hueso, el hueso se cura solo. Lo único que hace el médico es colocar bien todas las piezas para que la curación siga su curso normal. Si se corta usted, el cuerpo sangra, la sangre se coagula y se forma una costra bajo la cual desaparecerá la herida.
Observe a un animal enfermo o herido. Advierta cómo descansa, bebe agua y procura hacer poco ejercicio. De algún modo sabe cómo curarse. Pero usted no debe ser tan listo como esos seres "inferiores". Cuando sabe que está enfermo o herido, quizá se fuerce más allá de los límites tolerables. Quizás se niegue usted a descansar o a comer adecuadamente, o simplemente no conceda a su organismo el tiempo necesario para recuperarse de una enfermedad grave o de una herida importante.
Puede incluso haberse convencido a sí mismo de que. está enfermo. Quizá se ha convertido usted en un hipocondría¬co, centrándose en su enfermedad imaginaria, preocupán¬dose tanto por su salud física que ha llegado a enfermar por ello.
¿Le habla usted siempre a todo el mundo de este o aquel problema de salud que tiene ahora, y espera que las cosas empeoren? ¿Espera anhelante a pillar la última gripe que anda por ahí? ¿Se preocupa constantemente por su salud física porque en el fondo sabe que lleva mucho tiempo abusando de su cuerpo y se pregunta cuánto tiempo podrá aguantar?
Si está usted siempre preocupado por su salud, o por la capacidad de su cuerpo para curarse y seguir viviendo, equiparando cualquier problema que surja casi con una herida mortal o una enfermedad incurable, piensa usted de un modo malsano... esperando que sus problemas de salud empeoren, e ignorando las señales que le transmite el cuerpo y que le permitirán curarse sea cual sea la enferme-
dad o dolencia que padezca. Si quiere usted confiar en su cuerpo para estar sano, olvide sus obsesiones y deje de ser una persona enfermiza y escuche a su organismo cuando intenta decirle lo que necesita para recuperarse plenamen¬te. Pruebe algunas de estas sugerencias:
La próxima vez que esté enfermo o lesionado, conceda usted a su organismo la capacidad de curarse. Confíe en sus instintos. No se base exclusivamente en los médicos o en las medicinas. Procure evitar toda dependencia de sustancias químicas y no se someta a ellas sólo por el hecho de que quiere pasar por el proceso de curación sin interrumpir su programa diario. Si está enfermo o lesionado, puede usted confiar en que su cuerpo se recobrará si le concede el tiempo necesa¬rio, si le proporciona usted los cuidados precisos... entre los que muy bien puede figurar buscar los servicios de un médico que le imponga un tratamiento. Si lo hace, vaya a un médico que no se limite exclusivamente a recetar medicamentos, que crea en la capacidad del organismo para resolver sus problemas. Busque servicios médicos cuando los necesite, pero no se enamore de sus medicinas, ni crea que los medicamentos pueden curar sus enfermeda¬des. Todas las medicinas se basan en la capacidad del organismo para curarse a sí mismo, y todo médico digno de tal título le dirá que lo mejor que puede hacer para ayudar a su cuerpo a ayudarle es respetar sus propios instintos curativos animales.
¡Deje de pensar de un modo malsano y negativo! ¡Prescinda de la idea fija de que su salud empeorará inevitablemente! ¡Empiece a creer que puede usted evitar la mayoría de sus enfermedades sólo con cambiar radicalmente de actitud. Si piensa usted en que va a empeorar, si habla constantemen¬te de su enfermedad, no hace más que convertirse en su propia víctima. Si piensa usted de modo saludable (es decir, respetando las necesidades de curación de su cuerpo en determinadas situaciones y de estar sano el máximo tiempo posible de la vida) padecerá menos "enfermedades huma¬nas normales" como jaquecas, catarros, dolores, calambres o hipertensión.
Recordando lo que dije en el capítulo primero sobre la supersalud, no limite su idea de la capacidad de curación de su organismo a la de que puede restaurar su salud normal tras una lesión o una enfermedad.
Piense además que esta capacidad de su cuerpo puede ayudarle a lograr la supersalud. No se preocupe sólo de que desaparezca la herida bajo la costra, sino de curar toda deficiencia que haya podido causar usted a su organismo, desde las deficiencias vitamínicas a la obesidad o a la debilidad del tono muscular o a los dolores de cabeza o de estómago producidos por la .tensión, siguiendo sus instintos animales. Piense que puede usted llegar a ser una persona Sin Límites respecto a toda su salud física y mental, sólo con preguntarle a su cuerpo: "¿Estoy en conflicto contigo en este momento? ¿Te doy el tiempo suficiente y los cuidados que deseas para curarte y para alcanzar tu perfección?".
Esa capacidad milagrosa del cuerpo para curarse a sí mismo es la llave maestra para ser un buen animal. Si sabe usted apreciarla en su justo valor, si sabe confiar en ella, su capacidad natural de curación le permitirá satisfacer todas sus necesidades animales y le llevará a una vida mucho más plena, le hará experimentar una vitalidad que no sentía desde la niñez.

Juego y ejercicio

Sabe usted perfectamente que sus instintos le impulsan a hacer ejercicio, que su cuerpo necesita actividad. El cuerpo desea estar en la mejor forma posible. Heredamos estos instintos de nuestros ancestros más "primitivos", de caza¬dores que tenían que correr para conseguir alimento o para evitar que les devorasen a ellos, cuyas vidas dependían de su fuerza, su capacidad de resistencia y su coordinación. El tipo de vida y el medio han cambiado radicalmente en los últimos milenios, pero no así nuestro carácter animal esencial: todos los niños nacen con un vigoroso instinto para el ejercicio, y desde que empiezan a abrir y cerrar los puños, a descubrir cómo funcionan sus dedos y a aumentar sus fuerzas, hasta que se ponen de rodillas y empiezan a
gatear, y hasta que corren enloquecidos por la casa o en el patio del colegio, siguen fielmente esos instintos. El ejerci¬cio es juego, el juego es ejercicio. Los niños corren, gatean, pelean hasta que se cansan. Cuando vuelven a tener ganas de hacerlo, lo hacen otra vez.


Pero ¿qué sucede luego? El niño "crece", se convierte en adulto, empieza a hacer un trabajo de nueve a cinco, se sienta a una mesa o repite los mismos actos todo el día, y de pronto se siente demasiado cansado o hastiado para hacer ejercicio o para jugar. El cuerpo se deteriora, deja de estar en forma. El adulto se ahoga, le cuesta trabajo respirar. Se hace a la idea de que "jugar" es para los niños, que los ejercicios de "adultos", como hacer treinta planchas todas las mañanas, son aburridos, le duelen inexplicablemente los músculos, le duele la cabeza... todo son simples excusas para no seguir sus instintos que le impulsan a hacer ejercicio.
Los instintos nunca desaparecen. El cuerpo está allí sentado ante la barra o la televisión, pero se irrita y se enfurece por esa esclavitud artificial.
Es posible que el médico del adulto dig;i por fin: "Tiene usted que hacer algo de ejercicio". Y es posible que le imponga un régimen. Puede que lo siga, aunque a regaña¬dientes y con desgana. Puede que lo deje al cabo de un tiempo. O quizá, en el mejor de los casos, advierta que se siente mucho mejor, ceda a sus sanos instintos de hacer ejercicio y jugar y ejercite su cuerpo de formas distintas, hasta que por fin recupere del todo la forma y alcance la supersalud.
Cuando está físicamente en forma, todo funciona mejor. Cuando hace ejercicio regular no siente ganas de comer en exceso. Siempre tiene energías, no está fatigado. Sus procesos digestivos funcionan con más eficacia. Tiene el corazón más sano. El bazo, el hígado, los pulmones, las arterias, todo se beneficia y también, claro está, su mente: el cerebro recibe más oxígeno, la circulación es mejor y está usted en una relación armónica con sus instintos, en vez de estar en conflicto continuo con ellos. El ejercicio prolonga su vida, le proporciona el equipo físico necesario para superar mejor las enfermedades, le proporciona vigor para combatir el agotamiento. Es, en suma, la esencia de su supervivencia, y ésa es concretamente la función de los instintos: ayudar al organismo a sobrevivir del modo más sano posible.
Si confía usted en su cuerpo y le permite elegir a él sus actividades de ejercicio y juego, verá que su cuerpo hace milagros. Si le permite usted caminar, correr, nadar, jugar al golf o a balonvolea o al tenis cuando quiere, se convertirá en un modelo de fuerza, resistencia, coordina¬ción y, sí, atractivo físico, si le concede usted el tiempo preciso para ello. Si le permite usted ir a su propio ritmo, confiando en que parará cuando haya tenido suficiente, y si le permite ejercitarse un poco cada día, muy pronto estará en condiciones físicas excelentes. Su cuerpo se controlará por sí solo. Pronto deseará caminar o correr mayores distancias por iniciativa propia, aumentando él mismo la velocidad, practicando un tiro determinado, fortaleciendo determinados músculos, librándose por sí mismo de esa grasa que sobra. ¡Limítese a seguirle! Le llevará a usted adonde tiene que ir sin aburrirle ni causarle daño.
Por otra parte, si inicia usted un régimen predetermina¬do de ejercicios con su actitud habitual orientada hacia el rendimiento, y establece límites, y decide de antemano cuántas planchas "tiene que hacer" o cuantos kilómetros debe correr, obligándose a mejorar día a día, al poco tiempo estará usted cansado y harto de ese régimen. Será "trabajo y no juego". Y casi una imposición a sus instintos tan gravosa como menospreciar por completo el ejercicio y el juego. Experimentará usted un dolor y una frustración innecesarios. Es probable que exceda la capacidad de su cuerpo y se lesione, lo cual, claro está, le mantendrá al margen de cualquier tipo de ejercicio durante un tiempo y quizá le dé una excusa para decir: "No merece la pena hacer ejercicio, me perjudica".
Si quiere usted volver a establecer contacto con las tendencias instintivas naturales de su organismo y alcanzar una buena salud física, pruebe lo siguiente: Destine una parte del día a hacer ejercicio, pero no decida de antemano lo que va a hacer (salvo que haya decidido hacer ejercicio con otra persona). Procure que el ejercicio no sea excesivo para no cansarse de él antes de alcanzar el nivel adecuado de forma física. Corra sólo hasta que lo juzgue suficiente, y luego corra un poco más cuando recupere el aliento. Si decide hacer esto mismo todos los días durante dos semanas, sin intentar superar sus marcas anteriores, sin ningún tipo de presión temporal, seguirá usted el camino correcto.
Cuando corra, por ejemplo, recuerde que ¡nadie le persigue! Quizá sus ancestros primitivos tuvieran que correr para evitar que les devorasen, pero usted no. Usted corre sólo por placer, como si fuera un juego. No tiene por qué correr en línea recta y a una velocidad constante. Imagíne¬se que está usted en un gran camino abierto, viendo a los niños que juegan a perseguirse. Corren en línea recta, hacen un giro, corren hacia otro lado. Luego se sientan y descansan. ¡Puede usted correr también asi si quiere!
O imagine que está recorriendo el campo, avanzando a trotes rápidos, como un indio, corriendo por un camino que no conoce demasiado bien, por un sector de la ciudad o una zona de bosque que nunca ha visto, dando una vuelta cuando ve algo que desea examinar de cerca, parando cuando quiere descansar y contemplar determi¬nada pieza arquitectónica o un viejo roble. También puede correr así si quiere.
Considere su ejercicio como aventura y como juego, no como una tarea agotadora que tiene que realizar para satisfacer los deseos de una autoridad externa. Recuerde que correr no es aburrido. No podemos decir que ir a dar un paseo o nadar un poco sea aburrido. Lo que pasa es que uno utiliza el aburrimiento como excusa para no correr, porque resulta doloroso y molesto superar tantos años de inactividad.
Admita que todas sus actitudes negativas respecto al ejercicio, al juego proceden de su necesidad de defender su vida adulta "normal" de inactividad, y admita lo anormal que es esa vida desde el punto de vista de su cuerpo. Admita la verdad de que estar físicamente en forma es agradable y placentero, que tendrá usted más vigor y más fuerza, más energía y menos enfermedades si se permite alcanzar una buena forma física. Confie en su cuerpo, vaya con él en vez de contra él, y concédase tiempo suficiente para superar los dolores, molestias y fatigas que padece por llevar toda una vida ignorando sus instintos.
Cuando haga ejercicio, procure dejar vagar la mente por el cuerpo. Observe cómo se mueven sus piernas, paso ¡i paso. Intégre¬se en la majestuosidad de su aliento, en sus latidos cardía¬cos. Siéntase satisfecho con su cuerpo, unido a él, y pronto se sentirá tan maravillado de tener un organismo tan fantástico que no tendrá tiempo para torturarse con las preocupaciones cotidianas ni para aburrirse.
Usted ya sabe que tiene poder para pensar como quiera. El objetivo rejuvenecedor del ejercicio y el juego se alcanza, en parte, dejando que el pensamiento abandone un rato "los cuidados del mundo" y vuelva a centrarse en los elementos básicos de la existencia humana. Si no es usted capaz de dejar de preocuparse por otras cosas cuando hace ejercicio o juega, sigue siendo esclavo de las creencias y normas de la sociedad, aún sigue dejando que alguien que no es usted mismo controle su centro de pensamiento. Pero si deja usted que quienes ejerzan el control sean sus propios instintos animales, pronto gozará de la supcrsalud y de la vida Sin Limites.

La sexualidad

Piense en la gente que le rodea. Piense en los millones de individuos que viven hoy en este planeta. ¡Ninguno de nosotros estaríamos aquí si la naturaleza no hubiera hecho tan placentero el sexo!
Las actividades sexuales nos incluyen a todos. Todos sabemos instintivamente cómo funcionar en este campo. Nadie tiene que ir a la escuela a aprenderlo. Es algo natural, sensacional, excitante, hermoso... salvo que repri¬mamos nuestra sexualidad o le impongamos limitaciones externas, salvo que caigamos en la trampa de pretender que estamos por encima de la sexualidad.
Que a los seres humanos les guste copular es algo natural. Les encanta besar, tocar, palpar, lamer, acariciar. Pero podemos impedir a nuestros cuerpos una actividad sexual perfecta si empezamos a juzgar nuestras actividades sexuales según criterios sociales de "normalidad", si nos preocupamos demasiado por lo sexual, y creamos con ello conflictos innecesarios con nuestros instintos.
Cuando inicia usted por vez primera una relación sexual, ésta puede ser perfecta. Si está usted totalmente entregado a ella, los cuerpos reaccionan normalmente porque los que participan se lo permiten. Si sienten ustedes libremente amor y pasión mutuos, sus cuerpos harán de modo automático lo que saben muy bien que han de hacer. Se humedecen sin que usted tenga que incitarles a hacerlo. Experimentan sensaciones, escalofríos, respiración acelera¬da, erecciones, períodos de estabilidad y de estimulación intensa y orgasmos y eyaculaciones, ellos solos, por su cuenta.
Su cuerpo es un instrumento sexual perfecto "en princi¬pio", porque no le interpone usted ningún tipo de obstácu¬lo. Pero después de llevar un tiempo de relación, es posible que permita la intromisión de pensamientos o preocupa¬ciones exteriores. Quizás esté usted preocupado por la reunión de negocios dei día siguiente. Puede que le preocupe que les oigan los niños, o quizás esté pensando en la fiesta del viernes que viene, o en otra persona con la que preferiría hacer el amor; o en el hecho de que no ha eyaculado, o cualquier otra cosa, incluidas las grietas del techo.
Cuando su pensamiento se aleja de las actividades sexuales de su cuerpo, el cuerpo deja de comportarse como debe en las relaciones sexuales.
La cosa puede ser aún peor, puede avergonzarle a usted su sexualidad, pueden avergonzarle sus "partes íntimas", ya para empezar. La sexualidad puede parecerle a usted una cosa "sucia" (lo mismo que puede parecerle una cosa sucia orinar, defecar, sudar, etc.). Entonces, puede conver¬tirse en un individuo impotente, "sexualmente inactivo". Ya no experimentará esos escalofríos ni esa respiración
acelerada, ni orgasmos. Se sentirá, por el contrario, frustrado. Adquirirá el hábito de reprimir las cosas que más ansia su cuerpo: que le-acaricien y le amen sexualmen-te. Y, claro está, esta frustración de su instinto sexual, esta "inercia sexual", la pagará con aumentos progresivos de tensión, depresión y quizá con todo tipo de trastornos psicosomáticos.
Si su vida sexual se encuentra en ese estado de pánico o inercia, sólo puede hacer una cosa: ¡Despertar! Empezar a aceptar su sexualidad como un buen animal.
¿Ha visto usted alguna vez un animal que esté copulan¬do con su cuerpo y que tenga el pensamiento en otra parte? Claro que no. Los animales están en lo que están, gozan de sí mismos ahora. No les inquieta que pueda sentirse celoso el perro de la casa de al lado. No les preocupa la inflación ni los plazos de la hipoteca. No tienen jaquecas. Nunca piensan que lo están haciendo por obligación. Se entregan por completo a lo que hacen. Les da igual incluso que usted esté mirando. Ellos no se avergüenzan de sí mismos. Si le da vergüenza a usted de ellos, si les separa y les persigue y les echa, quizá les dé rabia, pero se irán corriendo a otro lugar y lo harán allí.
Todos podemos aprender de los animales. No tenemos por qué copular en las calles; hay, por supuesto, sitios más cómodos y más románticos. Pero si cultivásemos en noso¬tros mismos los mismos instintos animales a los que se entregan ellos para integrarse completamente en el acto mientras lo hacen, eliminaríamos muchas interferencias y obstáculos que ha emplazado la sociedad en el sendero de nuestras reacciones humanas naturales.
No cabe duda de que los seres humanos parecen por naturaleza más fijados en las experiencias sexuales que los otros animales, más predispuestos a convertir las activida¬des sexuales en un arte. Ello se debe quizás a que los seres humanos figuran entre el escaso número de animales que parecen tener instinto desunirse para toda la vida", para ver como sus hijos crecen, para cuidarlos, para cuidarse unos a otros en la vejez, juntos. Así pues, junto con esa capacidad humana de reprimir la sexualidad natural como ningún otro animal puede hacerlo, figura la capacidad para apreciar las maravillas de la sexualidad como quizá no pueda hacerlo ningún otro animal. Para llevarla al limite de su inmensa capacidad de inspiración, de intimidad y de profundidad justo ahora.
Quizás el elevado arte muga de hacer el amor sea sobre todo asequible a los humanos debido a su gran capacidad para cuidarse y preocuparse de otro miembro de la especie durante largos períodos de tiempo. Es posible que ésa sea la causa de que los humanos sean capaces de pasar horas estableciendo contacto, jugando, subiendo, caminando por lisas llanuras de estabilidad, y de alcanzar las cimas de estimulación intensa, orgasmos mutuos, de bajar de nuevo, de descender de las cumbres cogidos de la mano... porque sus instintos les dicen que toda experiencia animal es una imagen de toda su vida unidos, toda su vida juntos, una afirmación de lo que han sido y serán el uno para el otro, una celebración del hecho de que como animales están casados para siempre.
O puede que gente que no tenga ningún deseo de unirse para toda la vida pueda satisfacer sin problemas sus instintos sexuales por el simple procedimiento de reaccio¬nar a ellos cuando surgen de modo libre y auténtico, cuando no se interponen en el camino de su vivir y amar ahora consideraciones morales o éticas.
Pero ya proceda esa increíble capacidad humana para convertir. el amor y la sexualidad en una plasmación artística del vivir el instante presente de la institución humana del matrimonio (en el sentido de un compromiso para toda la vida de cuidarse mutuamente), o ya proceda simplemente de la capacidad humana innata para conside¬raciones y cuidados insólitos en toda situación, todo ser humano que busque el amor Sin Límites puede alcanzarlo a través de sus propios instintos animales básicos.
Pero, tanto si desea usted volver a la relación erótica original con su pareja de cuarenta años, como si tiene veinte años y esté aún tanteando el terreno, tanto si es de clase alta como de clase baja o clase media, puede usted lograr la paz mental en el terreno sexual y cultivar sus experiencias sexuales hasta el máximo de su capacidad como ser humano si tiene en cuenta lo siguiente:
Libérese de sus ideas rígidas de cuándo, dónde o cómo han de tener lugar las relaciones eróticas.- Deje de intentar planearlas. Acepte que cualquier lugar, cualquier momento o situa¬ción es perfecto si se sienten atraídos y están de acuerdo en que es un buen momento y es un buen lugar. Si ritualiza usted sus relaciones sexuales, limitándolas únicamente a cuando están los niños dormidos, sólo por la noche o en una habitación determinada, limita usted sus impulsos libres y espontáneos.
¡Hágalo en el coche, en la cocina, donde le apetezca! ¡Si necesita intimidad absoluta, deje que sus instintos no preparen su cuerpo hasta que su cuerpo sepa que tiene la intimidad que usted desea! No considere malo nada que sienta y tenga ganas de hacer mientras sus instintos le digan que no perjudica a nadie con ello.
Cuando se sorprenda usted hablando solo o hablando con otro de sus proezas o hazañas sexuales, deténgase. Si habla y presume constantemente de sus actividades sexua¬les ejercerá una presión sobre sí mismo, obligándose a ser fiel a ese estatus sexual imaginario, o a esa imagen sexual que intenta usted proyectar hacia otros, en vez de satisfa¬cer sus instintos sexuales internos según su mejor idea personal del tipo de animal que es.
Si lleva usted algún tipo de inventario mental de los hombres o mujeres que ha "conquistado"... libérese inme¬diatamente de él. Considere más bien su vida amorosa pasada como una serie de películas en las que ha interveni¬do. Conserve en la memoria las películas que le gusten; paladéelas y saboréelas. Aprenda de ellas. Las que no le gusten olvídelas de una vez.
Sólo hay un inventarío de su vida sexual en este mundo, y es, según mi opinión, su propio inventarío de si ha gozado usted de su sexualidad animal, cuándo y cuánto.
Revise sus tabúes personales respecto a la sexualidad. ¿Vacila usted a la hora de acariciar a otros seres humanos? Acariciar es un instinto del que no hay por qué avergon¬zarse. ¿No se atreve a mostrar afecto sexual por su marido
cuando los niños están delante? ¿Le da miedo que ellos la vean besarle, acariciarle o abrazarle? ¿De qué otro modo podrían aprender ellos?
¿Qué otros tabúes tiene usted?
Un tabú es una actitud que ha adoptado usted que indica que ciertas áreas de su posible experiencia le han quedado prohibidas sólo porque otros, un grupo de individuos "más importantes" (los sumos sacerdotes, hechiceros, etc.) han decidido que esa zona es sagrada, que está impregnada de un cierto poder sobrenatural y maligno del que sólo pueden liberarle ellos si desea disfrutar de sus frutos prohibidos.
Si permite usted que los publicitarios, los psiquiatras o cualesquiera otros le dicten los tabúes sexuales que ha de tener, olvidará usted que en su mundo sexual personal y privado no existe nada que no sea aceptable o que sea incorrecto. Todo lo que parezca bueno, todo lo que ambos disfruten y gocen, es perfecto.
Si inicia usted una relación sexual, asegúrese de que deja de pensar y de esforzarse. ¡Láncese simplemente a hacer! Si su pensamiento está centrado en el puro amor sexual hacia la otra persona en ese momento, podrá usted alcanzar cumbres elevadísimas en su experiencia sexual.
Deje libre a su cuerpo. Déjele hacer lo que él sabe perfectamente hacer.

Vagar, viajar, explorar

Puede que le sorprenda ver estas necesidades agrupadas con las otras ocho que he enumerado. Quizá resulte obvio por qué las otras necesidades biológicas fundamentales corresponden a una conducta instintiva, pero se pregunta¬rá usted sin duda si existe en realidad una necesidad humana básica de vagar, viajar y explorar. Irse de vaca¬ciones, por ejemplo, es sin duda agradable, pero ¿no es más un lujo que una necesidad? ¿Nos indican realmente nues¬tros sentidos que hagamos eso?
Piénselo de nuevo. Considere toda la historia de la evolución de la vida en este planeta. Es una larga historia ininterrumpida de seres vivos en movimiento: aventurándose en medios nuevos, explorándolos, adaptándose a ellos, abandonándolos de nuevo. El oso sube a la montaña a ver lo que puede ver; la semilla recorre quinientos kilómetros antes de caer en la tierra y echar raíces; Colón zarpó hacia el Nuevo Mundo, pese a que muchos pensaban que se despeñaría cuando llegase al límite de la Tierra.
Raras veces ha habido —si es que ha habido alguna vez— una cultura de seres vivos que se haya limitado a trazar un círculo alrededor de su habitat y haya dicho: "Esto es todo, a nosotros no nos interesa lo que pueda haber fuera de ese círculo. Vamos a mantenernos aquí eternamente." Y el homo sapiens está dotado de más curiosidad natural y de más deseos y ansias de vagar y de viajar que ninguna otra especie.
Sabe usted perfectamente que a los seres humanos nos encanta viajar, nos gusta vagar por la Tierra, explorar nuestro medio, nuestro planeta, e incluso los otros planetas del universo. ¡Somos exploradores instintivos! El explorar es algo natural y emocionante. Nos convierte en animales buenos y atractivos y más plenamente vivos.
La mayoría soñamos una u otra vez con "partir", con "lanzarnos a la carretera", durante un período indefinido, simplemente por viajar; soñamos con cruzar las montañas o simplemente recorrer kilómetros sin ningún destino concreto; soñamos con visitar nuevas ciudades y nuevos países, conocer nuevas culturas, vagar simplemente, sin destino, "para ver lo que haya que ver".
Si les hablamos a los niños de exploraciones y viajes quedan inmediatamente fascinados. Si le dice usted a un niño que le gustaría llevarle a la selva para que viera lo que hay allí, seguro que se sentiría entusiasmado de inmediato. Fíjese en que los niños cuando van de acampada apenas si pueden esperar a que la tienda esté instalada, están deseando lanzarse de inmediato a recorrer el lugar, exami¬narlo, seguir ese sendero y bajar por la orilla del río y subir las laderas llenos de entusiasmo y de ansias de moverse y de ver.
No he conocido a nadie que no se sintiese, al menos en secreto, emocionado ante la perspectiva de vagar, viajar y
explorar. Pero, por desgracia, he conocido a muchos que ahogan o rechazan sus instintos de vagabundeo. Vemos incluso a muchos adultos que se aferran tan rígidamente a la rutina de su vida casa-y-trabajo que van siempre a los mismos sitios y siguen siempre las mismas rutas, que nunca ven nada nuevo ni nada insólito, nada que no les sea ya conocido y familiar. Si se van de vacaciones (en. vez de quedarse sencillamente en casa), van al mismo lugar año tras año, a lugares que se parecen lo más posible a su medio normal, a su mundo de siempre. Ni que decir tiene que estos tipos suelen ser archiautoritarios, suelen ser la gente menos tolerante y la más deprimida y la más desdichada.
Es frecuente oír a gentes de veintitantos o treinta y tantos años decir: "No sé cómo mis padres aguantan. ¡No van nunca a ningún sitio! Tienen dinero suficiente para permitirse unas magníficas vacaciones, pero tienen la mentalidad de los años de la depresión: piensan que viajar es un lujo frívolo y que no hay nada como la propia casa. Me temo que se van a volver cada vez más gruñones, a medida que envejezcan".
John Steinbeck expuso de forma muy clara ese hábito que muchos tienen de reprimir los instintos de vagabundeo y viaje en Travels with Charley, cuando explica cómo hace el equipaje y sale con su perro a ver lo que puede ver por el país.

Y entonces vi lo que llegué a ver tantas veces en el viaje... Una mirada de añoranza...
—Me gustaría poder irme, señor.
—¿No te gusta estar aquí?
—-Se está muy bien aquí, pero me gustaría poder irme.
—No sabes siquiera adonde voy.
—Me da igual, me gustaría ir a cualquier sitio.

Si descubre usted que ha estado reprimiendo sus instin¬tos nómadas, quizá porque tenga miedos irracionales a lo desconocido, o porque equipare cualquier entrega a esos instintos a la irresponsabilidad, quizás esté usted eliminan¬do esa serie de instintos para los que puede que se hayan forjado todos los demás: su posibilidad de salir al mundo y
moverse en él y de descubrirlo en toda su gloria y su vida Sin Límites y en todo su misterio.
Puede usted vagar, viajar y explorar de diversos modos. Puede hacerlo a pie o con un equipo de bucear, con un microscopio o con un telescopio, con un libro de historia o con una revista de ciencias naturales. Puede hacerlo en su propio pueblo o ciudad, en las selvas de África, en la superficie de la Luna. Puede llevarle a usted a descubrir la ciudad perdida de Knosos o un restaurante húngaro magnífico en la calle de al lado. Pero, sea como sea, ¡hágalo!
Si ha llegado a acostumbrarse a acallar esa voz de intrigada curiosidad cuando diga "me pregunto qué habrá al final de ese camino, nunca he ido por ahí", piense en cambiar sus actitudes y conductas respecto a la satisfacción de su instinto ateniéndose a lo siguiente:
Dedique unos cuantos minutos al día a fantasear sobre cómo vagaría, viajaría o exploraría usted, si pudiera. Si le resulta difícil hacerlo, porque se diga que es una irresponsabilidad querer vagabundear por este planeta, deténgase. Recuér¬dese que es importante favorecer esos instintos para su plenitud personal, que es tan vital como comer o dormir, necesita ver lugares nuevos. Necesita usted olfatear territo¬rios nuevos. Si otros deciden llamarle "vagabundo" por¬que anda siempre de un lado para otro, no es problema de usted sino de ellos. Su -solución es tomarse en serio sus fantasías exploradoras. ¿Cuál de ellas puede seguir? Puede que no le sea posible en este momento viajar con una nave espacial dando una vuelta al sol, pero puede ir de acampa¬da, o puede usted lanzarse al campo y recorrerlo hasta que encuentre un lugar donde estén preparando sidra y la vendan en jarras junto a la carretera. Puede ver cómo funcionan las prensas, cómo se hace la sidra según los métodos tradicionales, apreciar el aroma intenso de las manzanas prensadas y el olor del zumo, hablar con el campesino un rato sobre las manzanas o la sicNca o cual¬quier otra cosa.
Puede usted decidir concederse diez minutos más y volver a casa desde el trabajo por una ruta distinta, o ir de
vacaciones este año a otro sitio, un sitio que le gustaría explorar.
Sean cuales sean sus fantasías, entregúese a ellas siempre que pueda. Si utiliza su imaginación, descubrirá que sus fantasías de exploración y sus posibles experiencias en este sentido son prácticamente ilimitadas.
Recuerde que explorar no significa sólo viajar; significa abrirse a todo tipo de variedades en el conjunto de la vida. ¡Ningún animal desea hacer las mismas cosas día tras día! Nuevos alimentos nuevas amistades, nuevas aficiones, deportes, música, arte o lo que sea, todo eso satisfará sus instintos animales básicos de vagabundeo, de viajar y explorar. ¡Cambiar constantemente de medios y ambientes en todos los sectores de su vida no le hará a usted inestable! Le dará, por el contrarío, la variedad y la emoción que anhela usted por imperativos naturales, le dará una idea más definida y más plena de los objetivos de la vida humana... más plena casi de lo que usted puede imaginar.
Si ha considerado usted en serio su actitud hacia estas nueve necesidades animales básicas, y los instintos que las acompañan, que son sin duda los más importantes de la naturaleza humana, si ha considerado en serio cómo puede hacerlos actuar en beneficio suyo por el simple procedimiento de abrirse a ellos y permitir a su cuerpo ser el animal que desea ser (evitando el esforzarse denodadamente y liberándose de todos los juicios negativos respecto a su cuerpo) estará en condiciones de permitir que su cuerpo opere del modo perfecto que es natural en él en todas las situaciones de la vida. Cuando uno aprende el secreto de respetar su cuerpo y de confiar en que él haga lo que debe hacer, se verá conectado con una de las satisfacciones básicas que entraña el hecho de ser un individuo Sin Límites, la satisfacción de ser sencillamente un buen animal.

 

 

Hubo un tiempo en que prado, bosque y arroyo, la tierra y todas las cosas corrientes, me parecían
adornadas de luz celestial, de la gloria y la frescura de un sueño.
Mas hoy no es ya como ayer; vaya donde vaya
de noche o de día, las cosas que veta entonces no las veo ya.
WlLLlAM WORDSWORTH,
Intimations qf Inmortality from
Recollections qf Early Childhood (1807)

 

 
 
 
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