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EL CIELO ES EL LIMITE

Capitulo 5

Sea niño de nuevo

Wayne W. Dyer

 

CAPITULO 5

Sea niño de nuevo

Nos habla aquí el poeta de una época que todos hemos conocido: los momentos mágicos de la niñez en que la vida parecía buena y maravillosa, en que nuestros mundos nos tenían totalmente fascinados, completamente entregados a su exploración, ajenos a las tragedias o al duro trabajo que pudiesen caer sobre nosotros en el futuro.

 
   

Yo comparto ese entusiasmo de Wordsworth por el modo de vivir de los niños. Creo que los niños son, en conjunto, mejores animales que la mayoría de los huma¬nos. Yo suelo volver la vista con ternura y asombro a las experiencias más intensas del "vivir ahora" de mi propia niñez. Pero, considerando mis propias ideas y experiencias vitales, sé que el adulto humano no tiene por qué idealizar al niño, o desear encarecidamente poder ser niño otra vez en edad para alcanzar un estado infantil de existencia: para alcanzar un estado de conciencia en el que la tierra y todas las cosas corrientes parezcan "adornadas de luz celestial".

Pocos dirán que no envidian a los niños en muchas cosas. Pasamos por el patio de una escuela y vemos y oímos jugar a los niños, y percibimos lo plenamente entregados que están a sus juegos, cómo saltan y corren y ríen y disputan, ajenos a problemas futuros que son tan reales para ellos como los suyos para usted. Tienen que volver a clase pronto, tienen que hacer ejercicios y exámenes, tienen que aprobar cursos, tienen amigos por los que están interesa dos o preocupados, profesores que les fastidian y muchas, muchas más dificultades que afrontar en sus jóvenes vidas, pero lo cierto es que poseen esa capacidad mágica re dejar en suspenso sus problemas y simplemente dejarse ir; darse a sí mismos permiso para ser libres, y para entregarse totalmente a sus juegos.  

 Aún no han interiorizado, en suma, esa futurización de que hablábamos hasta el punto de no poder entregarse del todo a su tiempo presente. Aún no han perdido la capacidad de saber vivir ahora. Y sin embargo, nosotros, la mayoría de los adultos, nos vemos obligados a sospechar que hemos perdido ya esa capaci¬dad, y quizá creamos que, sólo por ser adultos, no podemos recuperarla nunca.
Puede que pasemos por eso junto al patio escolar murmurando: "Cuando yo era niño, hablaba como un niño, razonaba como un niño; al convertirme en > hombre, he abandonado los hábitos de niño",(1) o alguna otra consideración sabia y amarga que racionalice el hecho de que estamos resignados ya a no divertirnos nunca. Tenemos envidia de los niños e incluso podemos llegar a detestarlos por esa envidia, pero, ¿qué hacemos al respec¬to? He estado observando durante muchos años a niños que van con sus padres a los restaurantes. Los padres parecen estar mayoritariamente de acuerdo en que los restaurantes son lugares donde los niños no deberían ser niños, sino más bien "portarse como adultos". Lo más normal es que se haya advertido con firmeza a los niños antes de entrar en el restaurante que no deben hacer "niñerías". Y eso es como si le dijésemos a un perro que no fuera perro cuando le sacamos al parque; nunca resulta, claro. En consecuencia, los padres no pueden disfrutar de la comida, porque creen que deben estar controlando continuamente todos los aspectos de la conducta de sus hijos. "Vuelve a ponerte la servilleta. ¡Deja de mover las manos! No te rías tan alto. No molestes a esos señores. Come las espinacas o no tomarás postre. Corta uno o dos trozos de carne, deja el cuchillo y cambia el tenedor a la otra mano. ¿Cuántas veces he de decírtelo?" Los padres, al estar regañando sin parar, suelen alentar imprudentemen¬te al niño a que "se pase de la raya" para llamar más la atención incluso. De cualquier modo, suele acabar suce¬diendo siempre una de estas cosas:
Si los padres son sumamente rígidos y obligan a los niños a portarse como robots, llega un momento en que los niños no pueden aguantar más y se "pasan de la raya" con demasiada frecuencia. Esto suele desembocar en que los padres dejen la servilleta en la mesa furiosos y saquen a los niños del restaurante a rastras, dándoles de azotes incluso, quedándose a veces todos a medio comer. Cuando hacen de sí mismos grandes espectáculos y demuestran que exigen a sus hijos ser unos pequeños adultos perfectos, suele oírseles decir a esos hijos: "¡Ésta es la última vez que te traemos a un restaurante!" Ante lo que uno casi puede oír pensar al niño como respuesta: "Gracias a dios. ¡No. soporto los restaurantes!"
Por otra parte, algunos padres son muchísimo menos rígidos en los restaurantes y en otros lugares en los que se come en público. Después de pasarse media comida' pendientes de ellos, cuando se convencen de que sus hijos no van a comer más y ya no hay manera de controlarles, quizá les dejen corretear un poco, ir a los lavabos, por ejemplo. Los niños pueden hacer entonces nuevas amista¬des, explorar el restaurante en la medida en que se lo permitan. Hablarán con clientes simpáticos, con camare¬ros o camareras afables, curiosearán en la cocina y puede incluso que lleguen a hacerse la idea de que los restauran¬tes pueden ser lugares absolutamente fascinantes, después de cumplir todas las condiciones a las que has de someterte para ir a ellos. Entretanto, los padres se retrepan en sus asientos y se dedican a beber, a fumar, a hartarse de comida y se entregan a menudo a conversaciones intras¬cendentes, sin perder de vista a los niños para cerciorarse de que no molestan a nadie, pensando que la conducta de sus hijos es aún inmadura (y la suya perfecta y refina¬da), pero resignados al hecho de que es imposible hacer que los niños actúen como adultos todo el tiempo.
Si los padres son mucho menos rígidos no dejarán, desde luego, a sus hijos correr por el restaurante y molestar a los demás comensales, pero puede que actúen en el restauran¬te como si se tratase de un banquete en el comedor de su propia casa: una situación con la que los niños ya están familiarizados. Las normas de corrección en la mesa no se vuelven de pronto más estrictas, el niño no tiene por qué sentarse y no moverse cuando normalmente se le permite levantarse de la mesa. Los niños reaccionan, en general, con calma, y eso es lo más que puede esperarse de ellos en público. Exhiben los mejores modales que conocen. Si se dan una vuelta entre las mesas, perciben con toda claridad ante qué adultos merece la pena pararse y a cuáles han de evitar. Descubren a los adultos a los que les gustan los niños y que les entienden, a los que no les importa nada dejar un momento de comer y beber y decir: "¡Vaya! Hola. Mira a quién tenemos aquí. ¿Vienes a hacernos una pequeña visita?" En realidad pasa lo mismo que en casa: la gente a la que le gustan los niños acaba dedicándoles un rato y los menos tolerantes con ellos no suelen hacerles caso.
Si los padres tienen una mentalidad SZE, no les inquie¬tará la idea autoritaria de que haya que obligar a los niños a actuar como adultos siempre y se darán cuenta de que si pensasen de otro modo los desconectados de la realidad serían ellos, no los niños. El padre SZE sabe que los niños hacen lo que mejor saben, es decir, ser niños, pero que los adultos que esperan que los niños sean adultos, deben reconsiderar sus propias ideas sobre los adultos y sobre los niños. La persona SZE se da cuenta de que si pudiera aprender del niño y pudiera adoptar él mismo esas actitu¬des infantiles (aprender a ser curioso, hacer nuevas amista¬des, eludir conversaciones intrascendentes y aburridas, no excederse comiendo ni bebiendo sustancias venenosas) quizá descubriese también que salir a comer fuera era una experiencia mucho más agradable.
El individuo Sin Límites es, en suma, el individuo SZE
que sigue esos instintos infantiles que tanto ha admirado en los niños. En los restaurantes, se ve a veces a padres que están totalmente entregados a su comida y a sus hijos, indiferentes a" todo lo demás. Los niños se quedan quietos en la mesa y comen y charlan con sus padres o con la gente de alrededor que se muestra receptiva, igual que en casa. Cuando los niños acaban de comer y quieren moverse un poco, los padres van tras ellos, relacionándose con la gente a la que le gustan los niños y que establece contacto con ellos. Puede que corran detrás de la camarera y que ésta acabe llevándoles a la cocina para que se den una vuelta por allí. Hagan lo que hagan, es evidente que se contentan con dejar a sus niños ser niños, y que se sienten felices de poder ser niños ellos de nuevo por un rato.
En un viaje que hice hace poco a Denver, di un paseo hasta. el edificio del Capitolio del estado y vi que había allí un grupo de padres con sus hijos viéndolo. El guía se puso a farfullar un montón de datos aburridos y de estadísticas con su lenguaje enlatado y monótono, preparado clara¬mente para adultos, pero carente de cualquier sentido de los dramas históricos que pudieran haber tenido lugar allí y carente de toda espontaneidad y emoción respecto al tema, y la mayoría de los niños se alejaron de él y se dedicaron a pasear por una zona de yerba próxima y a jugar. Era evidente que los adultos se aburrían muchísima pero, aun así, siguieron todo el ritual. A ninguno se le ocurrió librarse de aquel tostón e irse con los niños.
Los niños no tienen problemas para saber pasarlo bien, para hacer que resulten divertidas hasta las peores situacio¬nes. Pero el adulto que hay en nosotros no se pondrá a jugar en la yerba... ¿por qué?
Dentro de cada uno de nosotros hay un niño maravilloso al que le encantaría retozar en la yerba, no preocuparse de si ensucia la ropa o no, ni de lo que pensarán los demás.
No quiero decir que haya que echarse rodando por una ladera en traje de noche. En realidad, quizá James Kavanaugh, con su bello poema "Te echo de menos, niño", pueda volver a ponerle en contacto con lo que siente por aquel niño que vive aún dentro de usted.

Te echo de menos, niño, con tu pronta sonrisa y
tu ignorancia del dolor.
Entrabas en la vida y la devorabas, sin nada más
que nublosos objetivos por compañía.
Tu corazón latía con fuerza cuando cazabas ranas,
y capturaste una tan grande que no te cabía en una mano sola.
Vagabas con tus amigos por bosques silenciosos donde
de pronto os asustaba un puerco espín furtivo.
Las cerillas eran un misterio que encendía fuegos y
devoraba hojas con un hambre feroz.
No había tiempo para significados: un caramelo los aportaba
en la punta de un palo.
Una navaja en el bobillo te proporcionaba tranquilidad cuando
se habían ido los amigos.
Una flor en los bosques tapada por un viejo
tronco arrugado;
un perro que bailaba y te lamía los dedos y
te mordisqueaba los pantalones,
un partido de fútbol inesperado,
un vaso de sidra, el canto de un grillo.

¿Cuándo perdiste la vista y el oído, cuándo dejaron
tus pupilas gustativas de temblar?
¿Cuándo se inició esta torpeza, este miedo creciente, esta disputa
con la vida, exigiendo significado y contenido?
La enloquecida búsqueda es el premio del )ocio.
El dolor que te prohibe ser niño.

Si ve que echa de menos a ese niño que lleva dentro, quizá pueda empezar a establecer contacto con él recono¬ciendo que, en realidad, no está muy lejos. En realidad, lo único que le inhibe es su propia resistencia a reconocer y aceptar a ese niño.
Aprecie lo divertido que es andar con gente que es capaz de ser como los niños. Suelen ser la gente más feliz, la que mejor funciona, la que no ha olvidado que es posible ser dichoso y ser responsable al mismo tiempo, que sabe un poco más que la mayoría dejar que salga el niño que hay en su interior, que no temen lo que piensen los otros; gente que puede sumergirse a veces por completo en lo fantásti¬co, lo mismo que cuando eran niños. Esa gente sabe que"la vida real" no es trabajar siempre y no jugar ni divertirse nunca, sino que es saber madurar a base de combinar continuamente la seriedad y el juego en la mayor cantidad. Son gentes que retienen una especie de inocencia y de curiosidad infantiles por el hecho de estar vivos y que saben, por tanto, ser buenos adultos sin dejar de apreciar y cultivar a los niños que llevan dentro. Esas son las personas que creo que pueden servir mejor de modelo a los demás, o los adultos a los que yo llamaría personas Sin Límites.



¿LE GUSTAN A USTED LOS NIÑOS?

Dejad que los niños se acerquen a mí,
pues de ellos es el reino de los cielos.
MATEO, 19:14

Un hombre que odie a los niños y a los cachorrillos
no puede ser malo del todo.
W. C. FIELDS

¿Qué le parecen a usted los niños? Cualquier niño, el suyo, el de otros o, sobre todo, el niño que siempre llevamos dentro. ¿Le gusta estar donde haya niños? ¿Le dan con¬ciencia acaso de las posibilidades ilimitadas de la vida? ¿O se siente usted irritado, ofendido e incluso celoso cuando está con ellos?
Todos conocemos gente que dice que no le gustan los niños; que no pueden soportar esa exuberancia constante de los niños, su inagotable energía. Todos sabemos del viejo que está sentado todo el día junto a la ventana esperando sólo cazar a los niños de los vecinos en su patio trasero o en su jardín para poder reñirles y echarles; la joven pareja a cuya casa no se atreve uno a llevar niños por lo meticulosamente decorada y ordenada que está, gente tan estricta respecto a las cosas de su casa que habría que reñir continuamente a los niños y controlarles para evitar que rompieran algo de valor. Puede que haya oído usted decir a esas personas: "Lo primero que hará cualquier niño, sea el que sea, es tomar la cosa de más valor que hayaa su alcance y destrozarla". O bien: "El problema de los niños es que no tienen mandos con control de volumen" o chistes similares que subrayan lo superiores que se sienten a los niños. El colmo de esto lo acuñó W. C. Fields, ese gran satírico de quienes odian a los niños que, cuando le preguntaron: "¿Cómo le gustan los niños?", contestó: "Estofados".
Por otra parte, todos conocemos gente que quiere y entiende a los niñovque establece una relación inmediata con ellos, que puede penetrar en su mundo en un instante y hacerles sentirse cómodos y fascinados. Todos conocemos al viejo que se sienta en el porche y saluda a los niños que pasan camino del colegio, que contesta cuando los niños llaman a su puerta, que les enseña el huerto y les dice: "Eso es una tomatera. ¿Tú sabes lo que es un tomate? Bueno, pues esos brotes, en un mes o así, se convertirán en tomates". Todos conocemos a la pareja joven que dice: "¡Traed a los niños, por favor! En diez minutos pondremos todo lo que puedan romper fuera de su alcance; no os preocupéis por eso. Llevamos seis meses sin ver a Ginny. ¡Cómo debe de haber crecido!"
Si hace usted un repaso de sus amistades y examina sus actitudes hacia los niños, descubrirá que la gente a la que le gustan los niños, que les acepta y disfruta con ellos, que son "buenos con los niños", suelen ser también los que están más en paz consigo mismos... mientras que aquellos a los que no les gustan los niños suelen ser los lloro¬nes crónicos, los que protestan por todo, los pesimistas; suele ser, en general, la gente más desdichada que usted conoce.
Recordará que en el capítulo primero rechazábamos enérgicamente el modelo "enfermedad" de la psique humana, según el cual es en cierto modo "natural" que los individuos estén cuando menos un poco neuróticos y sean desdichados. En lugar de eso, yo creo que es básicamente natural que las personas sean felices, vigorosas y sanas y tengan vitalidad creadora. Creo que nacemos todos con una salud mental perfecta, y que aprendemos a ser desdi¬chados e inseguros sólo por las presiones culturales, y que
llegamos a caer, por ellas, en el absurdo de que es normal estar angustiado, deprimido y triste como nuestra actitud habitual.
Si aceptamos la premisa de que la felicidad es instintiva, de ello se deduce que todos los individuos desdichados, neuróticos, deprimidos y trastornados que conocemos pueden volver a recuperar la felicidad únicamente observan¬do a los niños a los que la "educación" no ha deformado aún, que aún no han tenido posibilidad de aprender a ser neuróticos y desdichados, y aprendiendo a ser más infanti¬les ellos mismos. Las personas que insisten en que no les gustan los niños manifiestan una zona errónea que les separa del ámbito de la vida SZE /Sin Límites antes incluso de que tengan la posibilidad de apreciar lo que es. Se niegan a tomar en consideración a los niños que actúan de modo natural, los que no han sido aún deformados, los que no aprendieron aún a ser desgraciados, los que hacen lo que a ellos les parece correcto sin consultar manuales ni recurrir a los consejos de los especialistas, que sólo confian en sus propios instintos e impulsos para ser felices ahora: en suma, los que no han caído bajo la influencia de esos modelos neuróticos de "madurez" que ven en sus familias, en el colegio, en la televisión y prácticamente en todos los demás sectores de la sociedad.
Antes de que se adueñen de él por completo estas influen¬cias, el niño es un ser maravilloso que se encuentra en su elemento entre los seres humanos más maduros y evolucio¬nados, y que personifica en varios sentidos lo que es en realidad el individuo Sin Límites. Tengo la esperanza de que, sean cuales sean su edad y su experiencia, comprenda usted que lleva dentro un niño que ansia escapar de la cárcel que ha construido para él. Y si a usted no le gusta él o los demás niños, lo siento por usted: ese niño jamás alcanzará la libertad. No puede usted abortar y acabar con él. No puede ofrecérselo a otros para que lo adopten. Puede usted, claro está, menospreciarlo y olvidarlo. Puede negarse usted a atenderle cuando llore, puede no dejarle salir a jugar nunca, no contestar nunca a sus "ingenuas" preguntas ("¿Por qué es azul el cielo? ¿Qué hay al final de
ese camino?") Pero si lo hace, será, y se sentirá en secreto, tan culpable de desatender a ese niño como el padre que deja solo en casa a su hijo de dos años y se va a un bar... para siempre.

Si a usted no le gustan los niños o, más concretamente, no los quiere, e incluso si no le gusta todo lo que hacen, lo más probable es que tampoco le gusten los adultos sanos y felices. Le resultan amenazadores porque usted no es de ese modo. Le es más fácil aceptar a la gente cuando sabe que tiene algún problema, cuando hay desdichas o debili¬dades evidentes sobre las que pueda usted murmurar; le es más fácil aceptarla cuando puede usted explotar sus fragilidades y disfrutar sintiéndose superior a ellos, que aceptar a personas que funcionan plenamente, frente a las que se siente amenazado porque le resulta difícil encontrar campos en los que pueda considerarlos inferiores a usted. Es natural, pues, que el sistema habitual que tienen los que menosprecian a los niños consista en sentirse superiores a la gente infantil calificándola de "irresponsable", "inmadu¬ra" o incluso "demasiado feliz". Las cualidades infantiles que aseguran la salud de los adultos son objeto de burla, burla originada por la envidia, la envidia de los que han de acudir a consideraciones de madurez para sentirse seguros ellos mismos. Las "travesuras tontas", la espontaneidad, la capacidad de reír y divertirse y otras cualidades "infanti¬les" similares de los adultos Sin Límites constituyen algo que les gustaría tener a todos los adultos, pero que pocos saben alcanzar. Por ello, resulta más fácil ridiculizar y burlarse que aprender de los niños y de los adultos infantiles.
Partiendo de aquí, es fácil ver cómo se perpetúan por si solos sin la sociedad de ciclos destructivos del menosprecio de los niños y de todo lo infantil. Si la actitud infantil es continuo objeto de burla, puede resultar más fácil compor¬tarse siempre como un "ser maduro". £1 padre que sermonea continuamente a sus hijos con frases como: "¿Por qué no te portas como corresponde a tu edad? ¿Cuándo vas
a ser una persona adulta? ¡Deja de ser tan infantil!", está inculcándoles que el joven debe abandonar al niño que hay dentro de él. Cuando se han impuesto esas actitudes "adultas" queda vía libre para las actitudes y conductas autoritarias descritas en el capítulo dos y el niño queda absolutamente controlado, rechazado, inmovilizado, ra¬cionalizado y se convierte, en fin, en algo antinatural. £1 individuo menosprecia su deseo innato de seguir siendo joven y espontáneo. Empieza a exigir a sus hermanos y hermanas más pequeños y a sus compañeros de juego y de estudios una madurez artificial, y de esta forma, el ciclo continúa.
La gente se ha pasado la vida diciéndome cosas como estas: ."¡Nunca crecerás, Wayne, siempre serás un niño!" "Wayne, tú estás loco, ¿por qué no te portas como una persona de tu edad? ¿Cómo puedes ser tan tonto con tu educación y tu experiencia? No puedo creer que te vayas a jugar al balón con los niños cuando tenemos tantas cosas importantes que hacer".
Mientras siga oyendo a la gente "normal" decirme que soy demasiado infantil, sé que estoy haciendo bien las cosas. La verdad es que disfruto como un niño siempre que puedo. Me gusta tener niños alrededor, niños de cualquier clase, siempre. Si me meten en una habitación llena de adultos, siempre acabo buscando un niño o un animal que pueda haber allí. Me gusta bromear, jugar, ser un poco "loco", explorar, hacer todas esas cosas típicas de ios niños pequeños. No me paro a analizarlo. Ni siquiera puedo decir por qué me gusta ser de ese modo, sólo puedo decir que es algo instintivo, pero sé, desde luego, que eso me hace mucho más feliz en este mundo. Es muy sencillo, los niños pequeños me parecen tan sinceros y tan poco reprimidos, tan libres de la necesidad de impresionar a los demás, tan capaces de jugar libremente sin fanfarronear ni intentar demostrar que son superiores, que resultan tan agradables y reconfortantes como el agua fresca del pozo en un día de calor. Sé también que todos mis clientes, lectores o conocidos a los que he ayudado a ser más infantiles se sienten mejor y conocen una vida más plena por ese motivo, y que todo d proceso se inicia cuando llega uno a la conclusión de que quiere realmente a ese niño que hay dentro de él.

LO INFANTIL Y LO PUERIL

En la sección anterior mencioné que la forma habitual de menospreciar y rebajar a los adultos "infantiles" y a los niños es calificarles de "pueriles".
Ser pueril y ser infantil son cosas completamente distintas, pese al hecho de que estas dos palabras se utilicen a veces indistintamente. Ser pueril significa para mí ser un niño y actuar como un niño, lo cual es perfectamente válido, o ser un adulto y actuar como un niño de modo que indique que su crecimiento y su desarrollo se han paralizado años atrás, y que el individuo se ha estancado desde entonces, lo que, claro está, no es sano en ningún caso. Lo que quiero decir es que los adultos "pueriles" e "infantiles" son polos opuestos, no sinónimos, que en las dos citas del principio de esta sección, W. C. Fields satirizaba una actitud pueril hacia los niños (y sobre todo hacia el niño que llevamos dentro) y Jesús mostraba una actitud verdaderamente madura e infantil hacia los niños. Ser infantil significa en esencia ser inocente de todas esas ideas autoritarias y extra¬ñas de lo que ha de ser la madurez, de lo que otros han intentado imponernos; ser confiado en el sentido de no caer en una paranoia autoritaria que lleve a desconfiar de los demás sin ninguna razón sólida. Y ser ingenuo o directo, y "sin sutilezas" en las relaciones con los demás y en nuestra visión del mundo.
Lo esencial de esto es que no tenemos por qué dejar de ser adultos para ser más infantiles. No tenemos por qué hacernos pueriles y mucho menos aún irresponsables para volver a convertirnos en niños en el sentido al que me refiero. La persona plenamente integrada es capaz de ser adulta e infantil al mismo tiempo. Para lograrlo, ha de ¿prender usted a regresar voluntariamente de modo positivo. Lo importante aquí es lo del carácter voluntario del asunto, ya que los que regresan a su infancia sin saber por qué lo hacen, sin controlar su vida adulta, se exponen a que los encierren en un manicomio.
Cuando se hace voluntariamente, el regreso positivo a un estado infantil no es tan difícil como pueda parecer. Basta para ello soltarse un poco, hacer un poco el tonto, reírse, contar chistes, cultivar su personal sentido del humor respecto a sí mismo, ser un poco loco, saber jugar. Significa abandonar las máscaras de la edad adulta para divertirse y gozar, no tener que ser siempre solemne, coherente, serio y digno. Significa recordar su emoción desorbitada ante el mundo y su valoración espontánea de él y de todas las cosas y todas las personas que lo habitan; sentirse maravillado y sobrecogido ante este maravilloso universo en que vivimos; entregarse a la curiosidad infantil y natural hasta el Imite y descubrir que lo que puede descubrirse no tiene limites. El filósofo francés Maurice Merleau-Ponty aplicó un nombre a la esencia de la actitud infantil de que estoy hablando. Le llamó "maravillarse ante el mundo". Según él, ese estado mental primitivo fue el que dio origen a la forma de pensamiento más grande, más humana y más auténticamente madura y adulta. Yo pienso lo mismo, en realidad, pero considero ante todo que ese infantil "maravillarse ante el mundo" es sencillamente divertido.

Después de haber leído hasta aquí, quizá se diga usted: "Por supuesto, me gustaría volver a ser niño de ese modo, pero es muchísimo más fácil hablar del asunto que llevarlo a la práctica". Puede sorprenderse defendiendo su posición "adulta" actual con ideas como: "Por supuesto, me encantaría volver a ser niño y no tener preocupaciones. Pero tengo que mantener una familia, tengo muchísimas responsabilidades en que pensar, problemas financieros y de otro tipo. ¿Cómo puedo armonizar el dedicar tiempo a ser niño y seguir siendo un adulto responsable? Eso no tiene sentido".
Este tipo de argumentos indican que no le interesa a usted en realidad la vida Sin Límites. Cuando discute consigo mismo de ese modo, discute por sus problemas, y lo
239único que sacará de ese esfuerzo es perpetuar sus proble¬mas. ¡Una de las cosas más responsables que puede hacer como adulto es hacerse más parecido a un niño! Si decidiera usted que puede y debe ser niño y adulto al mismo tiempo (superar las pautas de pensamiento dicotómicas y autoritarias que han divorciado artificialmente al niño del adulto en usted, en favor del pensamiento holistico que identifica al niño primigenio y al adulto), puede disfrutar usted de todas sus tareas diarias tn vez de vivir resignado a que esas tareas le machaquen. Puede abordar todos sus problemas más direc¬tamente y con menos seriedad, con una actitud menos lúgubre; y puede conseguir que todas sus responsabilidades le resulten más divertidas sin ignorarlas por ello en absoluto. Sólo si elige usted defender su posición de tener que ser siempre un adulto, de tener que ser siempre hosco y serio, seguirán igual sus problemas, y se multiplicarán incluso.
Si descubre usted que se ha convertido en el adulto obsesivo que, para ser "adulto" y digno, renuncia siempre a su capacidad de ser infantil y divertido, si ve que ha perdido la capacidad de ser original y espontáneo, de correr riesgos sociales que le ayudarán, en último término, a saber resolver mejor los problemas, descubrirá que necesita ejercitar la voluntad para eliminar algunos de esos controles "adultos" artificiales que le han impedido volver a ser niño todos estos años. En mi opinión, dos de los controles clave que debe usted eliminar son aplazar la gratifica¬ción y las influencias destructivas de su educación formal.

EL ABSURDO DE APLAZAR LA GRATIFICACIÓN

Cuando los estudiantes universitarios que empiezan entran en contacto por primera vez con la "psicología del niño", una de las primeras cosas que se les enseñan es que los niños aún no han aprendido a aplazar la gratificación, mientras que los adultos han aprendido esta valiosa técnica. Profesores de todo el mundo le dirán a usted que el niño al que se le ofrece un chupachup o un caramelo hoy o tres mañana, cogerá siempre el de hoy. Generaciones de estudiantes de psicología elemental se han "graduado" muy satisfechos de lo superiores que son a los niños por tener el buen sentido adulto de elegir los tres chupachups de mañana. (Lo que significa, en realidad, para muchos adultos, no gozar nunca de un chupachup.) Esta pueril idea de la "psicología infantil" nos ha alejado a millones de seres humanos de nuestro yo infantil.
Mientras fui terapeuta en ejercicio estuve años atendiendo a innumerables niños "trastornados" o "problemáticos" enviados por asistentes sociales bien intencionados, asesores escolares, psicólogos y profesores. Los informes seguían siempre la fórmula "gratificación pospuesta" como definición del desarrollo adulto: "Johnny debe aprender a dejar de abordarlo todo tan frívolamente, debe dejar de ser tan impulsivo. Su problema básico es que es incapaz de posponer la gratificación. Parece no darse cuenta de que no puede hacer todo lo que quiere justo cuando quiere..."
¡Es como si enviara a un niño al terapeuta a que le enseñe a perder esa misma cualidad que le distingue de tantos adultos desdichados!
Naturalmente, los niños que me enviaron con aquellos informes para "adoctrinarlos en el aplazamiento de la gratificación" solían estar por "detrás" de otros de su grupo de edad en las categorías convencionales de "madurez", como maquillarse y llevar "relleno" en el sostén y pasar de pronto a no saber correr. Solían ser los pillastres, los graciosos de la clase, aquellos a los que les resultaba casi imposible mantenerse sentados y quietos como adultos durante horas seguidas. Pero para mí eran los niños más estimulantes de su grupo de edad, a menudo los más auténticamente maduros. Quizá no siempre prestasen atención al profesor. Quizás estuvieran haciendo aviones de papel para tirarlos en cuanto el profesor les diera la espalda, o se estuvieran pasando notas entre sí. Pero también solían ser los mejores estudiantes, los más "inteli¬gentes" de su clase. Porque, cuando centraban la atención en su trabajo escolar, no lo enfocaban como una tarea penosa a la que había que resignarse, del mismo modo que se resignan los adultos a sus trabajos, sino como un reto a su curiosidad "ingenua", lo que les permitía lograr una concentración mucho mayor de la que podían lograr sus condiscípulos más ''maduros". Solían ser los que volvían locos a todos los demás niños, porque sentados en las escaleras de la escuela y rodeados de un caos absoluto, eran capaces de hacer en un cuarto de hora antes de que empezara la clase los mismos deberes que a los otros les habían supuesto dos penosas horas de trabajo en casa. Eran los que hacían pruebas y rellenaban cuestionarios contes¬tando bien a todas las preguntas y luego se ponían a tamborilear con el lápiz en la mesa o a hacer aviones de papel mientras los demás seguían trabajando angustiados. Por eso les calificaban de "exhibicionistas", que era otro modo de decir "inmaduros".
Yo siempre traté con el mayor respeto a los "Johnies" o "Juanitos" que llegaron a mi oficina, remitidos por rígidos adultos que querían que colaborase en la eliminación de sus chispas vitales. Procuré aprender de ellos todo lo que pude y también ayudarles a aferrarse todavía más a la idea de gozar de sus vidas ahora, en el momento justo en que se vive, en vez de posponer perpetuamente el goce. Yo les decía a veces que lo de posponer la gratificación era un disparate, una inmensa pantalla de humo que alzaban los adultos que planeaban toda su vida por adelantado para descubrir más tarde que no sabían disfrutar de nada cuando por fin se materializaban todos y cada uno de sus planes. Procuraba aparta; i de los círculos viciosos de la planificación y la idealización extrema, alimentados por los síndromes "adultos" de futurización compulsiva. Al mismo tiempo, debido a que muchos de ellos estaban en profundo conflicto por el hecho de "no conseguir contro¬larse", y sufrían verdaderamente por las reprimendas de sus padres, sus compañeros, sus profesores y todo tipo de símbolos de autoridad, procuré ayudarles a hallar medios de eludir "el sistema" que preservasen sus cualidades infantiles y no provocasen, sin embargo, tantas condenas. Un ejemplo típico para un niño de quinto a octavo grado, sería:

YO:
¿Te gusta leer?

JOHNNY:
Algunas cosas. Novelas de aventuras, cuentos de la frontera. Hay unos cuantos autores que , me gustan mucho...

YO:
¿Y por qué cuando te aburres en clase no abres un libro de ésos y te pones a leer en vez de dedicarte a tirar aviones de papel?

JOHNNY:
Me encantaría, pero no me dejaría la profe¬sora.

YO:
¿Porque sería un mal ejemplo para los otros, o porque no sabrías de lo que estaba hablando ella cuando te preguntara? JOHNNY: No sé. Sólo sé que no me dejaría.

Una conversación posterior con la profesora:

YO:
A Johnny no le pasa nada. Su único problema es que se aburre mucho. En vez de intentar conseguir que posponga la gratificación, ¿por qué no le deja hacer algo gratificante? Si la clase no le interesa, déjele leer una novela que le guste.

PROFESORA:
No puedo hacer eso. Sería un ejemplo horrible. Se pondrían a leer todos los demás también, y no me harían caso. No conseguiría enseñarles nada. Seria convertir a Johnny en un caso especial, un ser privilegiado.

YO:
Pero me ha enviado a Johnny porque ya es un caso especial. Su informe dice que interrumpe constantemente la clase, hace chistes y bromas, contesta a gritos a las preguntas antes de que tenga usted tiempo de formulárselas a otro. ¿Cree usted que si estuviera leyendo tranquila¬mente interrumpiría más la clase de lo que la interrumpe?

PROFESORA:
Quizá. Su mesa queda en la parte delantera de la clase, porque tengo que vigilarle continua¬mente, y toda la ciase se daría cuenta. YO: Pues póngale al fondo. Haga un trato con él: puede leer en cuanto se aburra. Usted no le molestará a él y él no la molestará a usted.

PROFESORA:
Pero cuando le pregunte algo no sabrá lo que
le he estado explicando. ¡No aprenderá nada!

YO:
Tengo entendido que Johnny sacó nueves y dieces en las últimas notas. Sólo suspendió en aplicación y en conducta.

PROFESORA:
Sí, es muy buen estudiante cuando quiere, pero no ha aprendido a portarse bien.

YO:
En realidad, uno de sus problemas es que sabe todas las respuestas antes de que usted haga las preguntas, y no tiene paciencia para esperar a los otros alumnos. Por eso hace lo de contestar en voz alta sin que le pregunten. PROFESORA: Eso es, sí. Es un exhibicionista terrible.

YO:
No estoy de acuerdo. Póngale al fondo de la clase y déjele leer cuando quiera y no le pre¬gunte cuando vea que está leyendo. O, si lo hace, ha de estar dispuesta a repetir la pregun¬ta cuando alce la vista y diga: "¿Qué?" Y, si yo fuera usted, no me preocuparía por los otros chicos. Si todos pueden sacar las mejores notas (nueves y dieces) y estar leyendo al mismo tiempo novelas a escondidas durante la mitad de la jornada escolar aproximadamente, mejor para ellos.

PROFESORA:
Pero, ¿y si empeoran las notas de Johnny? Sus padres...

YO:
Incluya eso en el trato que haga con él de dejarle leer en clase. Dígale que sólo podrá hacerlo si las notas siguen siendo buenas. ¡Haga el experimento! Estoy seguro de que Johnny no tendrá ningún problema. Saber que puede hacer lo que quiera durante el tiempo de clase, será sin duda un estímulo positivo en su forma¬ción escolar. Y leer novelas no le hará ningún daño, ni a su vocabulario ni a sus cualidades ni a ninguna otra cosa. Ya hablaré yo del asunto con sus padres, les diré que creo que deberían intentarlo, al menos durante el próximo trimes¬tre. Lo que les interesa a ellos por encima de todo es que Johnny se porte mejor y además saque buenas notas. Estoy seguro en que esta¬rán totalmente de acuerdo en que merece la pena probar. Cuando se ensayan técnicas como esta, suelen resultar muy positivas, pero la clave está en que los símbolos de autoridad admitan que el "problema de Johnny" no es que no sepa aplazar la gratificación; su problema consiste en que sabe demasiado bien, por instinto, que alguien está intentando inculcarle una especie de pensamiento fiiturizante al que tiene que oponerse. Si los padres, los profeso¬res y los asistentes sociales estuvieran dispuestos a intentar la experiencia, nueve de cada diez niños leerían más libros en la escuela de los que leerían en casa, sacarían mejores notas, alterarían muchísimo menos el orden en la clase y, sobre todo, serían mucho más felices y se sentirían más seguros en su vida. (Aunque no hay duda de que se persigue también a muchos malos estudiantes por no "posponer la gratificación", el razonamiento sigue siendo el mismo. Si se les permitiese vivir la escuela de un modo que les interesase ahora, en el momento presente, sus notas y su conducta mejorarían también notablemente en la mayoría de los casos.)

Examinemos con más detenimiento de dónde proceden esos "problemas de aplazamiento de la gratificación" de Johnny. Es básico a este respecto el hecho de que muchos adultos consideren a los niños seres humanos incompletos, que aún no se han convertido en seres humanos verdaderos (adultos), son para -ellos algo así como "aprendices de personas". Este modo absurdo de razonar lleva a los niños a considerarse incompletos, no integrados del todo en la "vida real", no del todo en este mundo. Esta idea puede llegar a convertirse en algo permanente. Así, cuando el niño alcanza la edad adulta y descubre que no se siente más completo que antes, mira hacia el futuro, hacia los treinta años, como la época en la que podrá al fin gozar de la vida. Cuando alcanza esa edad, la "madurez", la "plenitud vital", pasa a trasladarse a los cuarenta años, etcétera. Por último, uno ve a personas de edad madura preguntándose qué ha sido de sus vidas, por qué no han alcanzado nunca esa sensación mágica de plenitud como individuos.
Es otra vez la historia del "luchar-pero-nunca-üegar-al-objetivo", y la única solución es admitir que somos siempre seres humanos plenos y completos. Independientemente de la edad o de las supuestas etapas de madurez; considerar siempre que hemos llegado, y considerar nuestro momento presente un momento que hay que vivir y gozar con toda plenitud. Sólo si libera usted al niño que lleva dentro, podrá superar el juego del aplazamiento de la gratifica¬ción.
Virginia Woolf escribió lo siguiente: "¿Puede haber algo más encantador que un niño que aún no ha empezado a cultivar su inteligencia? Da gusto mirarles; no presumen; comprenden el significado del arte y de la vida de modo instintivo; gozan de la vida y hacen gozar de ella también a otras personas".

El adulto que hay en usted cuando excluye esa capaci¬dad del niño para gozar el presente, es su enemigo. Recuér¬delo, esos niños a los que tanto admira por su capacidad para disfrutar de la vida, no son criaturas extrañas a usted. Hay uno de esos niños en su interior. La cuestión es si le dejará usted salir o si se sentirá tan amenazado como para procurar hacer cambiar a los niños reales que hay a su alrededor para que se parezcan más a usted, para que también ellos pospongan la gratificación, para que se sientan tan incompletos como pueda sentirse usted. En realidad, convertirse en una persona Sin Límites significa exactamente eso. Liberarse de esos límites que usted mismo se ha impuesto y que van implícitos en el hecho de posponer la gratificación. Vivir plenamente ahora significa vivir Sin Límites, mientras que posponer el goce es una grave limitación a su máxima plenitud humana.
Resulta irónico que muchos de los profesores que me en¬vían niños para que les enseñe a posponer la gratificación "enseñen" al mismo tiempo los poemas de Robert Frost:

Oh, sí, danos placer hoy en las flores;
y danos no pensar tan lejos
como la incierta cosecha; manéennos aquí
sencillamente aquí, en la primavera del año. (1)

PARA SUPERAR LAS DEFICIENCIAS DE LA EDUCACIÓN

Su educación formal o académica no estaba proyectada precisamente para ayudarle a usted a convertirse en una persona Sin Límites. En realidad, salvo que fuera usted muy afortunado, le habrán educado cuidadosamente para ser exactamente lo contrario: un autoritario. La educación debería haberse centrado sobre todo en una auténtica formación intelectual, en potenciar su capacidad para formularse problemas que le fascinaban y hallar o deducir las soluciones mejores. Pero los métodos a los que estuvo usted sometido fueron, en general, los medios menos eficaces para ayudar a alguien a aprender algo. Le obliga¬ron a aprender de memoria listas de datos para poder soltarlos luego en los exámenes, aunque usted no entendie¬se qué podían significar aquellos datos para su vida o para las vidas de los otros. El resultado fue que, en cuanto terminaron los exámenes, usted olvidó aquellos datos y pasó a aprenderse los siguientes, que carecían igualmente de sentido. (¿Cree usted que podría aprobar hoy un examen de álgebra? ¿O un examen de historia universal?) Su educación no seguía las vías que seguía su curiosidad infantil e innata. Si lo hubiese hecho (si le hubiesen puesto en contacto con la historia de su país o con el sistema circulatorio de la rana y le hubieran dejado luego formular sus propias preguntas al respecto, por ejemplo) recordaría naturalmente todo lo que aprendió hasta hoy.
Pero lá triste verdad es que la mayor parte de nuestra educación académica se dedicó a enseñarnos a complacer a profesores y directores. Muy pocas veces, ninguna quizá, le habrán impulsado a pensar por sí mismo, a escribir de modo original y creador, a dibujar con libertad, a abordar problemas desde su propia perspectiva personal. Le impu¬sieron un programa, le enseñaron que sobre todo debía adaptarse a las reglas de ese programa... porque si no le "expulsarían" como alborotador incorregible. Le enseña¬ron que la sumisión producía a la larga más gratificación que la originalidad, que complacer al profesor era el medio más seguro de tener éxito en la escuela y en la vida. Le
regañaron por pensar por su cuenta, por ser distinto o por desafiar a la autoridad. Le enseñaron a adaptarse al sistema, más que a crear un sistema propio o a preguntar por qué el sistema no podía cambiar sólo un poco para satisfacer mejor las necesidades de los individuos. Fueron forzándole cuidadosamente a ser un buen chico. Le priva¬ron de su capacidad natural y. espontánea de "maravillarse ante el mundo" con preocupaciones por un posible fracaso en su .propósito de ingresar en la universidad, y con otras conductas de zona errónea. Aprendió usted que obtener buenas notas era más importante que comprender de verdad un principio pedagógico. Su búsqueda de aproba¬ción superando exámenes, obteniendo determinadas notas, ganándose la aceptación de los profesores y de otras personas ajenas a usted, quizá se convirtieron en las "fuerzas motrices" de su vida estudiantil. Pero, como la vaciedad de todo esto hizo que el niño que hay en su interior se opusiese con todo vigor a la educación formal, como sabía usted en el fondo que muchos de sus profesores eran farsantes, que en realidad usted no les gustaba y que no le aceptaban tal como era, que no se entregaban del todo a su trabajo, el estar sentados en un aula y el que le tratasen "exactamente igual que a cualquier otro" le pareció una experiencia degradante.
De niño, sabía usted que en cuanto había dominado la división por más de un número, era una pérdida de tiempo seguir allí sentado y-esperar que el profesor se decidiera a pasar a explicar otra cosa para toda la clase. Se daba cuenta de que algunas cosas le resultaban más fáciles que a los demás, y que esperar que todos tuvieran la misma facilidad para dominar un tema sólo porque recibían las mismas lecciones era ridículo. En algunas cuestiones iba usted "por delante" de sus compañeros de clase y en otras iba usted "por detrás", pero siempre le trataban como "uno más de la clase", uno de aquellos "aprendices de persona", a los que los profesores consideraban todos iguales en vez de considerarles individuos con deseos, capacidades e instintos especiales y propios. Usted sabía que la competencia artificial que les había impuesto el
sistema educativo a usted y a sus condiscípulos no era más que una inmensa indignidad que esgrimían los profesores para mantenerles a raya. ^Todos ustedes sabían lo mal que se sentían cuando se exhibían o se leían en voz alta las notas y algunos tenían suspenso en una asignatura sólo porque no estaban tan predispuestos hacia esa asignatura en ese momento como otros, o no estaban tan interesados. Quizá se haya preguntado usted por qué, pese al hecho de que el estudiante suspenso podía aprender la materia suspendida de unos cuantos meses, ya que no todo el mundo aprende a la misma velocidad, el suspenso había de quedar con él para siempre.
Le molestaban aquellas comparaciones rígidas y aquel espíritu de competencia implacable de su educación aca¬démica. Usted sabía perfectamente que tanto usted como todos sus amigos eran individuos, y que cualquier persona o sistema razonable le trataría a usted como a tal, en vez de tratarles a todos como soldados destinados a alinearse en uniformes hileras autoritarias, sin permitir a nadie el menor individualismo. Pero probablemente siguiera usted sometido a todo esto porque "el sistema" parecía ser la única vía. En consecuencia, es muy posible que le enseña¬ran a usted a odiar la educación y los estudios, y que se haya convertido en un anti-intelectual autoritario.
El niño que hay en usted sabía bastante más que eso, y sigue sabiéndolo. Superar las influencias dañinas de su educación -formal significa reavivar su curiosidad natural infantil frente al mundo y seguirla adonde le conduzca. Significa aceptar que ya no tiene usted por qué competir con otros para sacar mejores notas, que tiene libertad absoluta para descubrir más sobre lo que desea saber su curiosidad infantil (sea la historia dé la Revolución rusa o de la Guerra de Independencia norteamericana, o apren¬der a arreglar el coche) sin que tenga que haber alguien (sobre todo el adulto autoritario que lleva usted dentro) atisbando por encima de su hombro y regulando sus actividades de formación personal y de aprendizaje.
Si quiere superar su educación formal y convertirse en un individuo Sin Límites, procure recordar a esos escasos y
magníficos profesores de profunda vocación que tuvo en la escuela y que se interesaban realmente por usted y querían mejorar su vida, que se consagraron a satisfacer la curiosi¬dad infantil y natural que usted sentía. Olvide que esos profesores fueron una pequeña minoría, y que se les calificaba, igual que a usted, de alborotadores o detracto¬res del sistema, cuando intentaban responder a las necesi¬dades de los estudiantes individuales en sus enseñanzas y en sus tareas de clase. Recuerde sólo cómo le ayudaban aquellos profesores especiales, y recuerde también que ahora tiene usted libertad absoluta para seguir sus ideales y modelos de lo que puede ser la educación si quiere.
Yo, que he sido profesor y funcionario de la enseñanza durante varios años, he tenido relación con miles de educadores de todo tipo. Los profesores capaces de llegar a casi todos sus estudiantes y de estimular su curiosidad intelectual natural, los más profesionales en el cumpli¬miento de su deber y los más populares entre los estudian¬tes eran, sin excepción, los que manifestaban menos rasgos autoritarios. Solían ser sobre todo los que menos dicotomiza-ban sus clases según pautas "convencionales". Nunca supe que ninguno de estos profesores de gran nivel pedagógico clasificase a los estudiantes en buenos y malos, inteligentes y tontos, maduros e inmaduros, problemáticos y bien adaptados, o cualquier otro tipo de clasificación ideada por conveniencia de los profesores. Estos educadores superiores eran algo excepcional, y he conocido a muy pocos, desde luego, pero existían, y todo estudiante que haya estado un tiempo dentro del sistema educativo de nuestro país, tiene que haber tenido unos cuantos profeso¬res más o menos parecidos a éstos. Eran los que nunca favorecían a ningún grupo de estudiantes frente a otro. Estos profesores Sin Límites parecían más bien abiertos a todos los estudiantes, fuese cual fuese su nivel de desarrollo. Los estudiantes de élite y los que estaban continuamente oponiéndose al sistema consideraban a estos profesores favorables a su causa. Los estudiantes con problemas de asistencia les consideraban sus defensores. Lo mismo los que sacaban sobresalientes y matrículas. Los miembros del
consejo estudiantil charlaban con ellos después de clase y también lo hacían los alumnos más revoltosos. En otras palabras, estos profesores destacados parecían tener la cualidad infantil de estar abiertos a todo. En consecuencia, todos los estudiantes, independientemente de sus aficiones, sus ideas o sus tendencias, seguían a esos profesores y les consideraban amigos especiales.
El don infantil de estar abierto a diferentes puntos de vista, de mostrarse tolerante con las diferencias de otros, adultos o niños, y negarse a clasificar a la gente en categorías, significaba, claro está, que estos profesores excepcionales habían superado el pensamiento dicotómico y autoritario y enfocaban básicamente el mundo de un modo abierto y holístico.
Puede que haya pasado usted por un sistema educativo "normal" sin grandes problemas, pero aun en el caso de que tuviera usted mucho "éxito", apuesto a que jamás creyó realmente en él; a que solía usted sentirse aburrido y asustado por la posibilidad de ser un "revoltoso" al que jamás escuchaba y sometía y reprimía diariamente un sistema que premiaba la conformidad y castigaba el individualismo. Aun en ese caso, fuera de su experiencia escolar, tiene que haber adquirido usted alguna idea del gozo que significa aprender y pensar por uno mismo, probablemente debido a alguno de los pocos profesores Sin Límites que le tocaron. De ellos debe haber aprendido, si lo piensa con detenimiento, que convertirse en una persona Sin Límites supone superar gran parte de su educación formal y enfocar sinceramente lo que realmente le importa en la vida. Significa aceptar que las escuelas no están sencilla¬mente organizadas para enseñar a los niños a ser todo lo plenamente humanos que puedan llegar a ser. Significa reconocer que en el sistema escolar ideal no deberían existir notas, ni niveles mínimos ni engaños. ¿Cómo iba usted a engañar si aprendiese para sí mismo en vez de aprender para competir con otros? ¿Cómo iba usted a hacer trampas si su objetivo fuese llegar a ser lo más culto y sano posible? Nadie que pudiera ayudarle a usted a aprender, nada que pudiera hacer usted para convertirseen una persona más culta, podría hacerle a usted un "mentiroso". Las notas, los exámenes, los niveles mínimos y otras medidas externas de "éxito" no tendrían sentido en un sistema de orientación humanística en el que los individuos se interesasen por aprender a ser felices, espon¬táneos y originales y a desarrollar plenamente su vida. El trabajo de curso en un colegio ideal estaría destinado a enseñar a los alumnos a pensar por sí mismos, a no temer el fracaso, a llegar a ser capaces de hacer cualquier cosa, en vez de especializarse rígidamente en hacer una u otra, a no hundirse en la neurosis; en suma, a ser un ser humano feliz. Las escuelas ideales considerarían como misión primordial la educación integral del niño. Los profesores impulsarían a los niños a convertirse en todo lo que pudiesen convertir¬se, en vez de obligarles a ser reprimidos, conformistas o "adultos" en su carácter.
Las escuelas no tienen por qué ser lugares permisivos con actitudes o ambientes completamente liberales, sino que deben convertirse en lugares de interés y de trabajo, con profesores que comprendan que enseñar a los individuos a estimarse a sí mismos, a considerar positiva su curiosidad natural y a controlar sus propias vidas, debe merecer la misma atención por lo menos que la geometría, la gramáti¬ca o cualquier otra asignatura que la tradición emplaza exclusivamente en el sector intelectual o académico de la educación.
"iPero —quizá se diga usted— no hay ningún colegio ideal como ese del que habla usted en ninguna parte del mundo, y probablemente no lo haya nunca. Esos profeso¬res Sin Límites... recuerdo algunos que eran así, pero eso fue hace mucho tiempo."
Alto. Ese colegio ideal del que hablo está en su propia cabeza. Ahora es usted plenamente humano. Ha llegado a este mundo como una persona completa, sea quien sea y tenga la edad que tenga. Esté usted aún en algún tipo de escuela o no lo esté, puede empezar a superar hoy los efectos destructivos de su educación formal, admitíendo que no le servirá de nada sentarse ahora a lamentar lo que le hizo "el sistema" cuando era niño. Lo que puede hacer ahora es no
seguir dejando que esas antiguas experiencias negativas le aplasten, superar los efectos acumulativos empezando hoy y recordar a esos escasos profesores Sin Límites y recordan¬do el tipo de educación que ellos propiciaban. No olvide que aún hay en su interior un niño que sobrevivió a esas terribles presiones, a esas tácticas abusivas y a las represio¬nes artificiales que le impuso aquel sistema. Y como ese niño superviviente tiene conciencia ya de los elementos negativos además de tenerla de los beneficios, en lo que respecta a la educación escolar, combatirá con más fuerza que nunca esos elementos negativos e insistirá en que quiere aprender, pero sólo dejándose guiar por su propia curiosidad natural y por su voluntad y su conveniencia. El niño sabe que usted no puede alterar el pasado, sólo puede decidir no continuar reprimiéndose a sí mismo tal como le enseñaron a hacer en otros tiempos. Si se esfuerza por volver a ser aquel niño, sólo que esta vez dejándole actuar desde la fuerza y no desde la debilidad, ello le enseñará a encauzar sus emociones, a pensar por sí mismo, a formular y responder preguntas que son importantes para usted o que le fascinan, de modo que pueda vivir eficazmente en cualquier situación, y pensar y sentir de modo positivo en su vida. Podrá usted entonces vivir el resto de su vida como un individuo verdaderamente cultivado y feliz.

LA FUENTE DE LA ETERNA JUVENTUD ESTÁ DENTRO DE USTED

La mitología ha sostenido siempre que hay en algún lugar del mundo un manantial mágico, o un arroyo, o un estanque, cuyas aguas devuelven la juventud y mantienen a los seres humanos eternamente jóvenes. Pero el sentido común nos indica que "uno es lo joven que piensa que es", y que esa abuela de ochenta años que ha cultivado sus cualidades infantiles y sabe disfrutarlas puede ser, en el fondo, muchísimo más joven, más vital y más viva que el muchacho de veinticinco que se abre camino a duras penas, triste y apesadumbrado, en la facultad de derecho hacia los primeros puestos de la clase, camino de posibles
O64crisis nerviosas y úlceras y de un puesto en una empresa importante al cabo de diez o quince años, y quizá de un profundo odio hacia la vida.
El verdadero sentido de los mitos del manantial de la juventud puede ser el de señalar el absurdo supersticioso de esa búsqueda de la juventud perdida bajo las piedras, "al otro lado de la montaña", en un sorbo de agua, en un fras¬co de cosmético, en el consejo de dirección de una empre¬sa... en cualquier cosa externa a usted. Ese mito puede que sirva para recordarle su sentido común, que le dice que tiene en su interior una fuente de juventud ilimitada a la que puede recurrir en cualquier momento, siempre, por el simple procedimiento de permitirse ser niño de nuevo.

LAS SIETE VÍAS PARA LLEGAR A LA FUENTE

Hay un antiguo himno religioso que dice que hay "doce puertas para entrar en la ciudad". Hay muchas más vías para llegar a la fuente de la juventud; en realidad, hay tantas como las que pueda imaginar en toda una vida ese niño que lleva usted dentro explorando. Pero he aquí siete que quizá desee explorar en principio:

¡Ríase!

Al niño que hay en usted, como a todos los niños, le encanta reírse, estar con personas capaces de reírse de sí mismas y de reírse de la vida. Los niños saben por instinto que cuanto más riamos en la vida, mejor. Se esforzarán por relacionarse con cualquiera que les haga reír, que sea capaz de seguir sus chistes y sus bromas. Se reirán histérica¬mente de cosas que el adulto serio, concienzudo y siempre ceñudo dice que "No son divertidas"; aquellos chistes tontos e "inmaduros" del colegio, incluso cuando se ponían la pantalla de una lámpara en la cabeza. A veces se reían sin motivo, sólo por pura alegría vital, o porque sus instintos les decían: "¡Es hora de reír!"
¿Recuerda usted a los profesores en cuya clase disfrutaba usted realmente y aprendía más? ¿Acaso no eran ellos los que tenían más sentido del humor, aquéllos en cuya clase había un ambiente menos hosco que en el resto del colegio? .¿No eran acaso ellos los que bromeaban con usted, le contaban anécdotas divertidas de la historia o explicaban cómo se había vuelto loca la computadora del banco y había enviado cheques de un millón de dólares a todos los clientes? ¿No eran precisamente ésos los mismos profesores que tenían la habilidad de saber ayudarle a usted a aprender por sí mismo?
Todos buscamos de modo natural el humor y la risa, porque es una "cura natural", y asequible, para erradicar la depresión, la inercia y hasta el pánico. Uno no puede estar deprimido, angustiado o nervioso mientras se ríe. Un animoso despliegue de sentido del humor y una carcajada saludable unas docenas de veces al día son la mejor garantía contra la neurosis y la desdicha. Por otra parte, las carcajadas son gratis, no hace falta receta médica y no tiene que ir a comprarlas a la farmacia.
Todos conocemos a alguien de quien pensamos: "Su principal problema es que se toma demasiado en serio". Son las personas más rígidas e intransigentes. Son incapa¬ces de reírse de sus propios errores y, en realidad, raras veces son capaces de admitirlos, porque están tan angustia¬dos por su futuro personal que temen la menor desviación de sus programas vitales actuales y desprecian cualquier excepción a sus rígidos sistemas de valores. Es el único grupo respecto al cual pueden hacerse auténticas generali¬zaciones, y suelen ser "los primeros de la clase" en todos los rasgos autoritarios, y resultan muy frustrantes para los demás porque pueden ser muy hábiles en la actividad con la que se ganan la vida y poseer muchas cualidades atractivas. Lo que resulta frustrante es que otros vean que podrían ser mucho más felices y pasarlo mejor sólo con que supieran "alegrarse" y alegrar al resto del mundo. "Sería completamente distinto - - dice la gente—, sólo con que tuviera un poco de sentido del humor, con que mirase la vida con cierta perspectiva."
Piense en la gente que conoce que tiene sentido del humor y una visión amplia de la vida, y en lo feliz que es esa gente debido a ello. Luego pregúntese en qué medida se ajusta usted a esa pauta y en lo feliz que es usted. ¿Cuántas veces se ha reído usted hoy y de qué? ¿Puede recordar las cosas que le parecieron realmente divertida»1 esta semana o la semana pasada? ¿Se ha reído usted últimamente de errores "tontos" suyos? ¿O se ha reído sólo de lo tontos, inmaduros e inferiores que son otros, criticán¬dolos y rebajándolos? ¿Es su vida una rutina triste o está llena de todas las risas y toda la alegría que puede desear? ¿A cuántas personas aproximadamente ha hecho reír usted últimamente?
Si descubriera que anda escaso de risa en su vida y que le gustaría recuperar el sentido infantil del humor, podría intentar las siguientes estrategias:
Haga reír a otra persona hoy, y mañana, todos los días. Descubrirá que eso no supone intentar ser gracioso, que no es más que otra forma de "esforzarse". Supone sólo relajarse un segundo y ver lo que "le parece divertido" sobre el tema del que esté hablando o en el que piense usted, o que se permita recordar algo que le ha parecido divertido última¬mente o lo comparta con los demás. Si ha sido siempre serio, abandone esa actitud sobria de una vez, y comprue¬be que se siente mucho mejor en la vida. Permítase reír una vez por hora durante un día entero, solo o en compañía, y pronto descubrirá que ser un creador de alegría, de verdadero humor, es una vía primordial para la vida Sin Límites.
Busque un niño o un grupo de niños (cuanto más pequeños mejor) con los que pueda estar como mínimo dos veces por semana, con el propósito de no hacer nada más que disfrutar de su compañía. Olvídese de controlar su conducta, de corregirles, de educarles según los criterios de la conducta "adulta", y de adoctrinarles. Limítese a estar con ellos por lo menos media hora unas cuantas veces a la semana. Si está con niños pequeños manteniendo una actitud mental Sin Límites, abierta, la risa y la alegría pronto se convertirán en la norma de su vida, en vez de ser raras excepciones en ella. Descubrirá que es muy fácil hacer reír a los niños y que a ellos también les es muy fácil hacerle reír a usted. Siempre que se separe de ellos, pregúntese: "¿Cuál fue el punto
álgido de este dia: hacer todo aquel trabajo o divertirme con aquellos niños?"
Procure, recordar de vez en cuando experiencias de su infancia que fueron tristes entonces y que ahora resultan cómicas. ¡Ríase recordándolas!
Un amigo me explicó esta historia:

Cuando estaba en el grado octavo, me echaron del colegio por unos días, por tirar, guisantes en el comedor. Yo me proponía conseguir una beca en una academia privada en la que deseaba ingresar con todas mis fuerzas, así que volví a casa muy deprimi¬do, desesperado, pensando: "Bueno, lo he estropeado todo. Nunca darán la beca a un niño como yo que tira guisantes en el comedor, aunque Ricky me los tirara primero. Será un disgusto terrible para papá y mamá". Tenia la sensación de que mi vida carecía ya de sentido. Lo había estropeado todo y no había solución. Era el final.
Y entonces, una extraña vocecita interior me dijo: "¿De quién pretendes burlarte? Sólo tienes trece años, y crees que el que te hayan expulsado por unos días del colegio es el fin del mundo. Y además por tirar guisantes en el comedor. Estáte seguro de que de aqui a diez años te reirás a carcajadas de ello... ¡Es sencillamente ridículo!" Y en ese mimo momento, me eché a reír, dejé de lamentarme y me reí a carcajadas, porque habría cubierto de guisantes toda la escuela si hubiera podido.
En fin, cinco años después, ingresaba en la prestigiosa Univer¬sidad de Yale, y una magnífica noche de primavera estaba cenando tranquilamente cuando de pronto empezaron a surcar el aire guisantes y patatas y hamburguesas y alguien gritó: "Lucha de comida", y en cinco minutos había más verduras por el aire en aquel comedor de las que pudiera haber lanzado yo en cien años de escuela primaría.
Ahora, permíteme que te pregunte: ¿Te reiste entonces? ¡La misma conducta que había causado mi expulsión temporal del colegio no podía causar mi expulsión de Yale! Se aceptaba simplemente que una vez al año, habitualmente en primavera, todos se entregaran a una lucha de este género. ¡Era un ritual aceptado! Los estudiantes podían cubrir la universidad de guisan¬tes si querían... aunque tenían que limpiarlo después; luego tenían que fregar el suelo y demás, porque nadie quería andar por un pantano de guisantes para ir a desayunar... Si, me reí, y lancé mis verduras como el mejor, y me reí una vez más de aquel
ridículo sistema de la escuela pública, de donde me habian expulsado temporalmente por tirar guisantes en el comedor. Pasé luego una hora limpiando todo aquello, pero me sentía muy feliz.

No tiene usted por qué tirar guisantes para recordar los momentos más tristes o embarazosos de su infancia y reírse ahora de ellos, al igual que no tiene por qué tirarse dando volteretas por una ladera en traje de noche para practicar lo que yo explico de ser niño de nuevo. Si quiere usted enviar su traje a la tintorería o limpiar los guisantes del suelo, adelante, tírese por la ladera y lance los guisantes, pero, llame usted de ese o de cualquier otro modo el niño olvidado que lleva dentro, recuerde: Ese niño puede reirst de muchas de las experiencias tristes del pasado y quiere eliminarlas de su visión actual de la vida riéndose de ellas.
Con el mismo espíritu, la próxima vez que pase algo que le inquiete o le enfurezca o le haga pensar "esto es el fin del mundo", deténgase y pregúntese: "¿Seré capaz de reírme de esto de aquí a un tiempo?" Si es así, lo mejor que puede hacer quizá sea empezar a reírse ya.

Deje que la fantasía vuelva a aparecer en su vida

A los niños les encanta soñar, crear historias, utilizar la imaginación... y también le gustaría a usted si se lo permitiese. Recuerde cuando era joven, cuando era peque¬ño, recuerde que su habitación estaba llena de elfos o duendes, los bosques llenos de indios o de tramperos con gorros de piel, recuerde que una ramita se convertía en una varita mágica y un palo de escoba en un caballo. ¿Recuer¬da que sus compañeros de juego imaginarios eran para usted tan reales como cualquier otra persona? ¿Recuerda cuando jugaba a disfrazarse y el sombrero de stt padre le convertía en un funcionario de banco, y que un poco de dinero que ustedes mismos fabricaban convertía a un compañero de juegos en cajero, un cuaderno se convertía en talonario de cheques y convertía a otro compañero de juegos en un cliente? ¿Recuerda lo que le gustaba dibujar, hacer versos y canciones, oír cuentos, inventar juegos, vagar en sus excursiones imaginarías con cualquiera que estuviera dispuesto a jugar o a participar?
Esa vida infantil tan rica en fantasías no sólo era muy divertida, sino que además era uno de los aspectos más saludables de su vida. Le proporcionaba un escape muy necesario en la dura tarea de madurar y de formarse; eliminaba en un instante el aburrimiento; y lo más proba¬ble es que cuanto más se entregase a ella y más la alentase, más original y creador será hoy.
En su vida adulta puede permitirse usted el mismo lujo de fantasear y soñar, con los mismos beneficios en cuanto a salud mental y con las mismas posibilidades de divertirse. Además, pronto descubrirá que algunos de esos sueños que se inician como pura fantasía acabarán convirtiéndose en realidades
Las mejores realidades de la vida empiezan siendo fantasías "infantiles". Los grandes viajes de vacaciones empiezan con fantasías. Antes de poder construir en lá realidad la casa de sus sueños, la vislumbra usted en sus ensoñaciones. Conseguir un nuevo trabajo, trasladarse a una nueva localidad, iniciar una nueva relación amorosa, todo lo que es valioso para usted como individuo empieza primero con una fantasía. Cuanto más se permita usted ensoñar y fantasear, más capaz será de cambiar su vida en un sentido positivo. Debe usted recordar, por supuesto, que ha de disfrutar de sus ensoñaciones mientras las realiza, y únicamente como tales, en sí, sin futurizar (si lo hiciese, destruiría sus fantasías, limitándolas a cosas que piensa lograr o hacer algún día) y preocupándose luego de si sus sueños se harán o no realidad alguna vez. Pero cuando elude usted esta trampa, puede descubrir que si permite al niño que lleva dentro escapar de vez en cuando a su mundo fantástico propio suavizará y eliminará sus actitu¬des rígidas y negativas, aliviará muchas presiones psíquicas que pesan sobre usted y abrirá nuevos territorios de posibilidades personales.
Para volver a entrar en contacto con su vida fantástica, podría intentar lp siguiente: Cuando encuentre usted niños con los que pueda divertirse y jugar, anímeles y anímese usted mismo a fantasear todo lo posible, a ser lo más creadores y "absurdos" que puedan. Si juega usted a algo, procure que se aleje lo más posible de la realidad. No imponga normas o reglas "adultas"; deje paso a la experimentación, la exploración y la imaginación. Olvide la idea de imponer una serie de normas. Cuando los niños descubran que son necesarias esas normas, déjeles aplicarlas; manténgase a un lado y admíreles mientras elaboran sus soluciones. Descubrirá que, incluso cuando establecen reglas, los niños son sor¬prendentemente espontáneos y originales.
Sean cuales sean las fantasías de los niños (pueden estar en una nave espacial camino de la Luna, huyendo de la bruja malvada del Oeste), déjeles que le guíen ellos a usted. Si dicen que este botón es «el "zapofrícador" que aparta meteoritos para poder aterrizar en la luna», no les interrumpa preguntándoles qué es un "zapofrícador" y cómo aparta los meteoritos. Haga como ellos: acepte sus propias imágenes fantásticas de lo que puedan ser esos objetos. Puede que le expliquen sus ideas o puede que se limiten a apretar el botón. Puede que el "zapofricador" no funcione y que haya graves problemas con los meteoritos.
Ademas de apartar los meteoritos con el "zapofricador" para que no alcancen a la nave espacial, debería usted quizás ir de vez en cuando a películas u obras de teatro para niños, n ver una sesión de marionetas o a un circo o asistir a una lectura de cuentos para niños en una biblioteca próxima. Toda una generación de jóvenes marginados de la era de la guerra de Vietnam se ayudaron a conservar la salud mental y a renovar la fe en la vida acudiendo a ver el clásico de Walt Disney de la era de la Segunda Guerra Mundial, en este campo, que sólo podía haberse titulado como se tituló: Fantasía.
Los cines de barrio podían pasar la película todos los años a finales de los sesenta y principios de los setenta y llenar el local semanas seguidas con chicos de la universi¬dad y de los institutos de enseñanza media que quizás el día antes se habían manifestado ante una oficina de reclutamiento y al día siguiente podían acabar en la cárcel por oponerse a él. Se podía oír decir a aquellos "niños de
las llores", como se les llamó: "¡Han vuelto a poner Fantasía! La he visto cuatro veces, pero volveré a verla. ¿Quieres venir?"
Fantasía y otras películas del mismo género ayudaron a los adultos jóvenes a mantener vivo su yo niño, y gracias a ella son hoy más sanos. En su caso, podía ser Ptter Pan, El Mago de Oz, un rodeo, una feria, cualquiera de esos "grandes espectáculos" que más placeres han proporciona¬do a los "niños de todas las edades" a lo largo de los años. ¡Cuando vuelva a enterarse de que puede ver uno de esos "clásicos", muévase y vaya! (Y lleve consigo a todos los niños que pueda.)
Cuando vuelva a pasar por un sitio donde haya niños jugando, deténgase. Imagine que es otra vez niño. Pregún¬tese qué podía hacer entonces que no puede hacer ahora en todo lo relativo a su cuerpo.
Entre en el lugar donde juegan los niños. ¿Su cuerpo desea columpiarse? Eso puede hacerlo cualquiera a cual¬quier edad. Si tiene ochenta años, quizá sólo desee colum¬piarse unos centímetros en uno u otro sentido, pero, de todos modos, puede columpiarse, puede ser tan niño como lo era cuando su madre le puso por primera vez en un columpio y le empujó sólo un poquito.
Si tiene treinta y cinco años, puede que su cuerpo desee columpiarse con toda la fuerza, o que quiera recorrer el laberinto. Esté seguro de que puede hacer todo lo que tu cuerpo desee realmente, si olvida que quizás otros piensen que hacerlo es infantil e impropio de una persona de su edad. Si se considera usted tan viejo y tan achacoso, sólo el entrar en un parque y preguntarse si es más viejo ahora el niño que hay en su interior que cuando tenía usted diez años, puede quitarle más años de encima de lo que pueda imaginar.
Si tiene usted una familia con niños de cualquier edad aún en casa, procure tener de vez en cuando reuniones familiares en las que todos digan libremente lo que más les gustaría hacer en el mundo, o simplemente despliegue sus fantasías favoritas de la semana tal como las experimentó. Pronto descubrirá que sus fantasías no son en absoluto sueños imposibles y absurdos. Son creaciones
libres y originales de su imaginación infantil: la base misma de la vida. Una vez expuestas y expresadas esas fantasías, quizá descubra que puede hacer realidad muchas de ellas y que el correr algunos riesgos sin cuidarse lo más mínimo de los juicios de los "adultos" sobre usted le ayudará y ayudará a su familia a realizar todas las fantasías posibles de ese género que merezcan realmente plasmarse en la realidad. En cuanto a las fantasías que son sólo relatos del sueño que tuvo usted anoche o de un ensueño que tuvo esta tarde, vuelos libres de la imaginación sobre el amigo imaginario que ocupaba el asiento vacío de al lado en el autobús, sean lo que sean, compartirlas con su familia enriquecerá toda su vida familiar.
Tome la decisión de hacer realidad algunas de sus fantasías. Si ha deseado siempre ir por el río en balsa, vagar solo por el bosque todo un día, participar en una maratón, ir en bici hasta el estado limítrofe, visitar Bulgaria, escalar una montaña en el Canadá, dejarse barba, presentarse para diputado, salir en televisión, cualquier cosa, hágalo.
Siéntese ahora mismo y haga una lista de veinte cosas que hace mucho que desea hacer. Táchelas siguiendo el orden de lo poco prácticas que sean, de las pocas posibili¬dades que tenga de hacerlas inmediatamente. ¡Acabará encontrando por lo menos una que pueda usted realizar hoy! Dé los pasos necesarios para hacer tal cosa... pero conserve la lista, para poder hacerse idea de lo que podía hacer una vez haga realidad sus fantasías "más realistas".
Yo he disfrutado haciendo muchas cosas que carecían por completo de sentido para los demás. Por ejemplo, una vez vi a gente haciendo surf. Me imaginé haciéndolo; me dije, "¿por qué no?", y sencillamente lo hice. Lo eliminé de mi lista de "fantasías que pueden hacerse realidad", y me sentí mejor por lograr un objetivo personal, en vez del objetivo de cualquier "adulto" viejo y rancio que hubiera en mí. Tuve que recordar, consciente e instintivamente, que no necesitaba explicar a nadie mi conducta, y si alguno pensaba que era tonto por no actuar en consonan¬cia con mi edad, lo único que podía hacer era desearle buena suerte y dejarle que pensara lo que quisiera. Hacer
realidad mis fantasías me ha inspirado muchas veces para conseguir cosas que podría no haber intentado nunca de otro modo, y sé que si no me hubiera permitido aquellas fantasías infantiles en primer término, nunca habría podido hacer realidad tantos sueños. ¡Concédase todos los sueños posibles!

¡Sea un poquito loco!

No hay duda al respecto: iodos los niños, incluso el que usted lleva dentro, son un poquillo locos. Actúan "a tontas y a locas" la mayoría de las veces.
Todos los niños recuerdan que lo que los adultos condenan como "loco" en los niños es la mar de divertido. £1 niño que hay en usted le dirá que puede haber elimina¬do todos esos momentos "locos" de su vida en favor de ser más "maduro y sensato" siempre, y que la idea de ser un poco juguetón e impredecible de vez en cuando puede parecerle una tontería... pero el niño disfruta realmente llevando ropas raras a las fiestas, yéndose a nadar a las cuatro de la mañana, jugando "a policías y ladrones" o cualquier otra cosa que haga exclamar a otro: "¡Qué loco estás!"
Hay, por supuesto, un tipo de "loco" que nadie quiere ser, ese grado de locura en el que uno pierde por completo el control de su vida, se aterra y acaba en un manicomio. Pero yo no me redero a ese tipo de locura. Me refiero al tipo de locura que puede permitirse si se entrega a una conducta disparatada de vez en cuando y ríe y se divierte "como un crío".


Estar "loco" en este sentido significa eliminar algunos de los controles que encorsetan su vida. Puede ser usted serio en el trabajo, puede ser maduro en su modo de afrontar sus responsabilidades, abordar con sensatez los problemas que exigen actitudes directas y sensatas, y aun así relajarse de vez en cuando y hacer locuras. No sólo se divertirá más. Todos se animarán en la oficina, y todo el mundo será más eficaz cuando llegue el momento de la seriedad.
Podría ensayar usted alguna de estas propuestas si le
atrae la idea de ser niño y hacer "locuras" de vez en cuando:
Pregunte a sus familiares quienes son sus personajes favoritos. Compruebe si los favoritos de sus familiares (sobre todo los de los niños) son aquellos que pueden ser un poco más locos y más alegres y animados que la mayoría. Pregúnteles si' creen que pertenece usted a ese grupo, que es usted de ese modo, o si les gustaría que fuera más de ese modo. Cuando compruebe lo mucho que disfrutan los demás teniendo al lado a gente "un poco loca", le resultará mucho más fácil hacer locuras, y que esas locuras formen parte regular de su vida: tirar bolas de nieve, jugar, llevar a casa un pastel de cumpleaños cuando no es el cumpleaños de nadie, hacer todas las locuras que se le ocurran.
Cuando oiga a alguien decir (o se sorprenda diaéndolo usted mismo) que la conducta de otra persona es "una locura", deténgase y piense a qué clase de "locura" se refiere. Ese individuo ¿es incapaz de controlarse y hace desgraciados a los demás y se hace desgraciado a sí mismo por ello? En tal caso, la solución es ayudarle, no condenarle. ¿O es simplemente un individuo abierto al tipo de alegría infantil de la que estoy hablando y es más feliz precisamente por eso? En tal caso, olvídese de condenarle y procure emularle. Tiene usted tanto derecho a su libertad como él a la suya, y si dejara usted de juzgar, se sentiría más inclinado a divertirse y a ser más alegre. Cuando le inquieta que otros se diviertan y hagan locuras, se está inquietando usted en realidad por algo que hay dentro de usted mismo. Si se tratara sólo de que no aprueba la conducta de esas otras personas, se limitaría a ignorarlas, pero al decidir usted inquietarse por ella, es que está luchando contra algo que le recuerda lo que en realidad le gustaría hacer. Y en vez de admitirlo y cambiar, se limita usted a recurrir a esa maniobra, a juzgarles y a no permitirse caer en la tentación de ser feliz también.
Propóngase hacer una "locura" todos los días, durante una semana; una o dos veces en casa, una o dos veces en el trabajo, y las demás veces donde le apetezca. Tenga confianza en sí mismo y piense que tendrá el suficiente
buen sentido para no gastar bromas pesadas ni hacer algp que pueda herir o molestar a otro, y observe cómo reaccionan los demás. Si alguien le condena porque le parece "infantil" lo que hace usted, allá él. Peor para él. pero comprobará que el noventa por ciento de las veces la gente reacciona con más entusiasmo del que imaginaba usted y que las reservas estaban más que nada en su propia menté.

Sea espontáneo

Observe que los niños están dispuestos a probar cual¬quier cosa inmediatamente. El niño que lleva usted dentro desea ser impulsivo y aventurero y no tener que hacer siempre planes por adelantado. La espontaneidad es, en varios sentidos, la clave de toda conducta infantil. Esa capacidad de pararse de pronto en la carretera cuando se ve algo interesante, y tener el mismo interés y sentir la misma emoción por las cosas nuevas con que te tropiezas que tenías cuando eras mucho más joven, lleva directa¬mente a la inmediatez infantil y a "maravillarse ante el mundo". Es también una de las cosas que más fácilmente ahogan en sí mismos y en sus hijos los individuos "impor¬tantes" e insensibilizados, recordando constantemente a los niños que han de tener cuidado y que han de ir siempre preparados, gritándoles: "¡Volved aquí!" cuando se alejan por un sendero poco conocido, en vez de seguir el "paseo previsto" de los adultos, y mediante otras tácticas adultas utilizadas para inculcar temor a lo desconocido en los niños y eliminar la curiosidad natural que sienten por la vida.
Algunos niños no pierden nunca esa cualidad de la libertad personal; por mucho que uno se esfuerce, es imposible anular sus impulsos espontáneos y originales. Si quieren explorar un nuevo sendero, huirán corriendo de usted de un modo u otro (mental, fisicamente o de ambos modos) en cuanto» puedan correr más de prisa que usted.
Esos niños pueden ser coleccionistas espontáneos de cualquier cosa y de todo. Pueden venir a casa con caracoles, orugas, lagartijas, flores, llaves de tuercas viejas, clavos, monedas, todo lo que llame su atención. Si "reprime" usted este tipo de recolección instintiva e impetuosa que da tanto gozo a estos niños, tal vez acabe enseñándoles A fingir creer que el tener la casa limpia y ordenada es mejor que "tener toda esa basura por ahí amontonada"; pero la curiosidad infantil y el impulso espontáneo que les lleva a coleccionar cosas raras seguirá siempre vivo dentro de ellos. Y si se convierten algún día en felices arqueólogos o en encargados de museo, o en coleccionistas de arte o en botánicos o en vendedores de antigüedades, o en chatarre¬ros, habrán tenido que superar a ese adulto que intentó una vez imponerles: "¡No, no quiero eso en casa!"
La espontaneidad del niño que hay dentro de usted es tal, que puede llegar a divertirle con cualquier cosa en cualquier momento. Puede coger piedras, trozos de tiza o una pelota vieja y fascinarle a usted con cualquiera de esas cosas durante horas. Quizás haya aprendido usted a reprimir esos impulsos que le llevan a desviarse del camino y leer la placa que hay debajo de ese roble de doscientos años, pero el impulso y el deseo siguen vivos en su interior. Si lleva una vida totalmente planificada, con todos sus objetivos formulados y si sabe adonde va y adonde ha de ir en cada minuto, si está obsesionado con la organización, la limpieza y el orden en todo cuanto hace, deténgase. Se ha olvidado de ser niño.
Para reactivar su espontaneidad infantil, podría intentar lo siguiente:
Eche un vistazo a su agenda para ver los compromisos de las próximas semanas. ¿Está usted tan comprometido y tiene el tiempo tan ocupado ya que no podrá disponer nunca de diez minutos para salirse espontáneamente del camino trazado? En caso afirmativo, ¿cuántas de las actividades previstas puede eliminar usted para concederse tiempo para vagar a su antojo? Programe un período de tiempo para entrar en el coche y enfilar hacia el norte, sin mapa de carreteras, con la única decisión de ir por donde le parezca adecuado. O, si lo prefiere, jurgue el juego que inventó un niño que yo conozco: en cuanto dude respecto al camino a
seguir, pare y échelo a cara o cruz. (Este niño se reía a carcajadas en una ocasión en que la moneda le hizo dar cuatro veces la vuelta a la manzana. Dice que a cada vuelta, la manzana le parecía un poco más fascinante, y que cuando la moneda le sacó de allí, no se fue del todo a gusto).
Deje de imponer rígidas exigencias en la organización y planificación de la vida de otro. En su lugar, estimule su espontaneidad infantil. Recuerde que lo que usted llama una habitación o una casa ordenada no es "mejor que" la "habitación desordenada" de su hijo, que está "atestada" de lo que usted considera "porquería". Cuando un amigo le proponga hacer algo juntos "sobre la marcha" y empiece usted a decir "es que no puedo...", deténgase. Pregúntese si puede usted decirse "sí" a sí mismo y a otros siempre. Por mucho que pueda "dañarle" decirse: "Bue¬no, no segaré el jardín hoy como tenía planeado", ¡olvídese de sus planes una mañana de sábado! ¡Vaya al mercado de artículos viejos con su espontáneo amigo! Si reacciona usted a una. propuesta sobre la marcha y comprueba lo divertido que puede ser, pronto recibirá más propuestas de este tipo y hará algo bueno para usted mismo.
Dése una oportunidad de emocionarse espontáneamente con lo que hace. No debe pensar que se aburrirá si va a un partido más de fútbol por el hecho de haber visto otros antes. Libérese de esa actitud considerando que cada nuevo partido es una experiencia única, porque, además, lo es; no ha visto usted nunca el partido de ese día. Asimismo, si va a ir a una fiesta o-a otra celebración social, primordialmente por acompañar a su esposa o por cierto sentido de obligación social, puede que le diga a ella: "Sé que será una fiesta aburridísima y, pase lo que pase, no quiero estar allí más de una hora". Este tipo de actitud previa negativa sin duda será una especie de profecía que se cumplirá inevitablemente a menos que la elimine usted permitiéndose decidir después si la fiesta ha sido divertida o no: si se da usted una oportuni¬dad de disfrutarla y se confía a la decisión de irse cuando le apetezca.
En conjunto, aprenda a distinguir entre cosas que necesita decidir
ahora, o que puede decidir mejor ahora y cosas que pueda decidir después igual o mejor. Por ejemplo, suponga que hay un partido de fútbol al que le gustaría ir el próximo sábado, pero, por otra part,e, piensa que quizá le apeteciera ir a pescar, o a una galería de arte de su barrio. Aunque ninguna de estas cosas exija una planificación previa, el autoritario que lleva usted dentro podría querer decidir ahora qué hacer en concreto, eliminar la inseguridad. £1 niño que hay en usted, por otra parte, dirá: "No tengo por qué decidirlo ahora. Ya veré lo que me apetece el sábado por la mañana, puede que antes surja algo mejor, ade¬más".
Escuche siempre que pueda al niño, tanto en las cosas serias como en las que no lo son. Si le cuesta mucho esfuerzo tomar una decisión, cambiar de trabajo, por ejemplo, casarse, o lo que sea, puede deberse únicamente a que el niño que hay en usted sabe que en realidad no tiene que decidirlo ahora, que está intentando acelerarlo artifi¬cialmente, ignorando el hecho de que tendrá más informa¬ción y /o sentimientos más claros luego, en el momento en que tenga que tomar la decisión (si es que hay un plazo fijo) y que será mejor una decisión espontánea tomada más tarde, que una decisión forzada ahora. Puede usted perder muchísimo tiempo y sufrir muchísimo sin necesidad, e incluso hacer sufrir a otros, por intentar predecir sus sentimientos, por intentar saber de antemano qué va a sentir en el futuro, futuro sobre el que en este momento no tiene datos suficientes. ¡No decida ahora si no tiene que hacerlo! Deje un margen a su espontaneidad infantil.

No tema cometer errores

De niño, no le intimidaba cometer errores. Estaba usted dispuesto a intentar cualquier cosa, y si no lo hacía muy bien al principio, era como el gatito que no consiguió atrapar sus cincuenta primeros ratones: fue haciéndose cada vez más listo y más rápido a medida que intentaba cazarlos en vano, hasta que al fin logró dominar la técnica. Hasta que al fin logró dominar la técnica de patinar en el
hielo, coser o hacer sopa. En realidad, si aprendió a patinar sobre el hielo, lo primero que su cuerpo se imaginó fue cómo debía caer en el hielo sin hacerse daño: aprendió a relajarse y á encoger las piernas o a dar una vuelta o a resbalar de modo que no se rompiese la cabeza o una pierna, de forma que pudiera levantarse riendo siempre, dispuesto a probar fortuna de nuevo. El "fracaso" no era algo de lo que hubiera que avergonzarse o que hubiera que evitar. En realidad, lo recibía usted animosamente porque sabía por instinto que para aprender algo hay que estar dispuesto a fallar al principio. Así pues, de niño era usted un investigador nato, aceptaba que nadie sabe tirar una pelota, nadar donde hay mucha profundidad, ir en bici o cualquier otra cosa hasta que lo intenta, hasta que se cometen errores y se van corrigiendo en sucesivos in¬tentos. Si los niños estuvieran hechos de forma que te¬mieran probar cosas nuevas por miedo al fracaso, nunca saldrían de la cuna. Asimismo, los adultos que temen el fracaso se limitan a vegetar. Para quienes nunca intentan nada nuevo, el miedo al fracaso se convierte en miedo al éxito.
Los niños dejan de intentar hacer cosas sólo cuando aprenden la idea neurótica de que en cierto modo son inferiores y fracasan en algo, o la de que han de comparar su actuación con la de individuos que han pasado ya por el proceso de tanteo y error, hasta controlar lo que el "principiante" aborda por vez primera.
¿Por qué tan pocos adultos que no aprendieron a nadar siendo niños logran aprender de mayores? Porque creen que es humillante que les "clasifiquen como principiantes" en cualquier cosa, mostrar en público la torpeza de las primeras etapas del aprendizaje. Ahora bien, si el adulto deja libertad a ese niño que lleva dentro puede aprender a nadar con la misma facilidad o más que un niño, porque su cuerpo tiene la ventaja de la perfecta coordinación adulta. Es sólo esa angustia en la ejecución, esa sensación de que está allí para quedar lo mejor posible delante de los demás, en vez de captar la sensación del agua y aprender a avanzar en ella, lo que le hace, a él e incluso a los adultos
que van a clases de principiantes, mucho más torpe que la mayoría de los niños, y le hace perder mucho más tiempo del necesario para aprender a nadar.
Pregúntese si, al hacerse mayor, aprendió a evitar cada vez más cosas que podrían suponer "fracasos". Si aprendió usted a buscar "buenas notas" en todos los campos y siempre, si aprendió a valorarse como una mala persona si quedaba "de la mitad para abajo de la clase" en algo. ¿Ha aceptado usted que no debería hacer nada salvo que supiera ya hacerlo bien, y ha debilitado así sus impulsos infantiles natos de probar cualquier cosa que excite su fantasía? Si es así, si aún teme cometer errores, puede superar ese temor admitiendo que está evitando lo único que puede enseñarle, es decir, el fracaso. Si le gustase recuperar la aceptación infantil de los propios errores, podría intentar lo siguiente:
Haga una lista de las actividades que ha evitado porque podría "hacer mal papel" en el aprendizaje. ¿Ha renunciado usted alguna vez a jugar a los bolos, al golf, cantar, tocar la guitarra, pintar, hacer crucigramas, cualquier cosa, por miedo a que sus amigos, que son realmente buenos en tales actividades, le miren por encima del hombro? ¡No tenga miedo y adelante, inténtelo! Si alguno de sus amigos le menosprecia por sus esfuerzos de novato, si el que canta bien o sabe tocar bien la guitarra dice: "Oh, qué espanto", y le desanima afirmando su propia superioridad, es eviden¬te que en realidad no debe ser un gran amigo suyo. ¡Rechace la opinión de todo aquel que se preocupe por si fracasa usted o no! Si lo hace, eso que tanto teme usted, es decir, la opinión negativa de los demás y sus juicios despectivos, pasarán a ser intrascendentes, y sólo se ocupa¬rá de los "maestros" que verdaderamente desean ayudarle a aprender.
¡Recuerde que puede usted fallar en cualquier cosa de este mundo sin ser un fracasado como persona! No confunda lo que hace, o lo bien que lo hace, con su mérito como ser humano. Su mérito como persona nace de dentro, del hecho mismo de que es usted tan persona como cualquier otro, y tiene lo que yo llamo valor en sí, que es tan parte de usted como pueda serlo el corazón o el cerebro. Su valor en sí mismo no nace de su puntuación en ninguna actividad.
Al mismo tiempo, no tema admitir ante los demás haber cometido un error cuando lo han cometido. Si ha hecho mal el balance de su cuenta o ha juzgado erróneamente a una persona, no intente taparlo, negarlo o racionalizarlo (una típica reacción autoritaria). Limítese a decir: "Metí la pata", y rectifique luego. Descubrirá que suele respetar¬se mucho a las personas infantiles que están dispuestas a admitir sus errores.
Deje de adjudicar tanto valor al hecho de alcanzar un éxito en todo lo que intente usted o intenten sus hijos. Permita al niño que lleva usted dentro, y permita a sus hijos "fracasar rotunda¬mente" en determinadas cosas.
Suponga, por ejemplo, que intenta usted arreglar el coche sin conseguirlo, o suponga que su hijo suspende el francés en el bachiller. Quizá no quiera usted perder más tiempo con el coche y puede que su hijo haya suspendido el francés porque no le interesaba tal como se lo exponían, pero si es usted un "perfeccionista" inveterado, no llevará nunca el coche al mecánico ni dejará decidir a su hijo que no le apetece repetir el francés en el próximo curso; tal vez prefiera elegir otra asignatura. Usted seguirá combatiendo sus propios impulsos espontáneos, y los de su hijo, de considerar ese asunto "un latazo" y olvidarse por ahora de él.
"Si al principio no lo consigue, inténtelo, inténtelo otra vez", es un buen lema sólo si sigue interesándole lo que intentó la primera vez. Si lo ha probado usted y no se interesa por ello (sea la ópera, el poker, el arreglo del automóvil o el francés), ¿qué sentido tiene insistir en lograrlo?
Lo irónico del asunto es, por supuesto, que si se presiona a sí mismo para "triunfar en todo lo que intente" acabará cayendo en la misma vieja trampa de intentar sólo aquello en lo que sabe que puede triunfar.
Pero, en fin, quién sabe... si cesa usted en sus tentativas de arreglar el coche diciendo: "Insisto en esto porque no puedo soportar el fracaso, y eso no es, ni mucho menos, unbuen motivo", quizás en el futuro quiera usted intentar arreglar el coche otra vez con el mismo sobrentendido: Si usted "fracasa" de nuevo, volverá a llevarlo al mecánico... qué más da, en realidad.
Pero si sigue insistiendo en algo que ya no le proporciona placer, sólo porque lo inició, y siente una necesidad compulsiva de triunfar en todo lo que emprenda... acabará intentando cada vez menos cosas de las que podrían satisfacer al niño que lleva en su interior.

Acepte el mundo como es

Cuando el niño llega al mundo, no se le ocurre que el mundo pueda o deba ser distinto de lo que es. Se limita a abrir los ojos maravillado y fascinado ante lo que hay allí fuera y se abre camino en ese mundo lo mejor que puede.
A medida que el niño se desarrolla, va aprendiendo, poco ¡i poco a controlar ciertas cosas: aprende a beber de un vaso, cortar el césped, a hacer ciertas amistades o a influir en determinadas personas; y ahí es probablemente donde empieza el problema. El "adulto joven" que adopta una rigidez autoritaria respecto a cómo debieran ser las cosas probablemente se enfurezca con el mundo por el hecho de que éste no se adapte a sus espectativas o exigencias, lo que desemboca en el síndrome del joven airado, en que los individuos se sienten frustrados por su incapacidad para controlar lo que, en realidad, no puede controlar ningún ser humano.
Consideremos, por ejemplo, las actitudes de la gente hacia el tiempo, un claro ejemplo de fenómeno natural que no podemos controlar. Los niños aceptan que el tiempo es como es en sus cambios misteriosos, y que por mucho que cavilemos no podremos cambiar el tiempo en ningún sentido concreto. Los niños aceptan las tormentas de nieve como fenómenos naturales del invierno y, en realidad, les dan la bienvenida, disfrutan con ellas, mientras que los adultos no paran de decirse, "¡Qué tiempo tan asqueroso!" y se inquietan y se irritan porque ven obstaculizados sus planes.
Si se sorprende pensando: "Claro, los niños no tienen que ganarse la vida, pueden disfrutar con una nevada porque no pierden un día de trabajo", eso significa que ignora usted el hecho evidente de que, por mucho que se irrite, la tormenta de nieve no va a invertir su curso y a devolver otra vez la nieve al cielo porque usted lo desee. Su cólera no va a resolver el problema de perder el día de trabajo; lo único que hará será estropearle el día. Al niño que lleva usted dentro le gustaría salir sencillamente de usted y disfrutar de la nieve, pero el adulto puede insistir en pensar neuróticamente al respecto y mantenerle dentro de casa maldiciendo a los cielos.
No hay duda de que, en lo que respecta a su mundo personal inmediato, puede usted hacer todo lo posible por cambiar las cosas que no le gustan: puede usted ayudar a combatir el racismo en su pueblo, en su ciudad, en su estado, en su país; puede esforzarse más por detener la carrera mundial de armamentos, por alimentar a los hambrientos, por cuidar a los huérfanos o a los enfermos, por salvar ese viejo y bello edificio de la esquina, o cualquier otra cosa que le interese. El truco reside en hacerlo sin enfurecerse con el mundo porque el hacerlo le plantee problemas; piense, además, que esa cólera no hará más que alterarle y hacerle desgraciado.
Hay un viejo refrán que dice: "Señor, dame fuerza para cambiar lo que puede cambiarse, paciencia para aceptar lo que no puede cambiarse y sabiduría para distinguir entre una cosa y otra".
Ese niño que lleva usted dentro sabe aceptar lo que no se puede cambiar, sin considerar que el mundo sea funda¬mentalmente malo por ello; sabe no dejarse inmovilizar intentando hacer lo que nadie puede hacer y hundirse luego en la inercia o en el pánico porque no se puede hacer. En suma, sabe por instinto y de modo inmediato "establecer la diferencia", y esa sabiduría no es, por tanto,. algo nuevo que haya de aprender sino una sabiduría olvidada que sólo tiene que recordar recurriendo a ese niño perdido que hay dentro de usted.
Considere las actitudes de los niños hacia las personas que han hecho cosas que les han herido o les han ofendido.
Los niños están dispuestos a aceptar eso, la gente es así, la gente se hace daño entre sí de vez en cuando, es algo parecido al tiempo, que a veces nos empapa con una lluvia gélida cuando volvemos a casa del colegio. Por tanto, están dispuestos a olvidar y perdonar en unas horas, mientras que los adultos depresivos pueden pasarse toda la vida cavilando sobre sus agravios. Ese niño que hay dentro de usted sabe sin pensarlo que aferrarse a esos agravios es doloroso y negativo, y por eso olvida y perdona automáti¬camente... salvo que gane la partida ese adulto rencoroso que hay en usted, en cuyo caso, seguirá odiando eterna¬mente, por muy penoso que sea para usted.
Esa aceptación del niño que hay en usted puede ayudar¬le en todas sus experiencias humanas. Él tomará las cosas tal como son, las tratará según lo que parezca más razonable en el momento. Cuando era niño, se limitaba, en principio, a aceptar todas las cosas y a todas las personas como lo que eran, sin reprochar a las nubes la nevada, a su madre el impedirle caerse al río, a la inflación no dejarle comprar este año un televisor nuevo. Ser capaz de volver a ese estado de aceptación maravillosamente ingenuo le ayudaría sin duda a eliminar muchas causas de desdicha de su vida. Si quisiera recuperar parte de esa capacidad infantil para aceptar el mundo tal como es, y enfocar sólo en esa base lo que podría ser capaz de ayudar a cambiar para mejor (aceptando sobre la marcha los fracasos inevi¬tables), quizá le conviniese lo siguiente:
Haga una lista de cosas que suelan irritarle, o por las que se ha sorprendido quejándose últimamente. Empiece por unas pocas, las que en principio le vengan a la cabeza. Quizá se haya estropeado el horno ayer, o esté muñéndose un árbol del jardín y tenga que cortarlo, o han vuelto a subir los precios de la gasolina, o su hijo de tres años acaba de tirar los fideos de la sopa en el comedor y siempre está haciendo cosas parecidas; o quizá le guste muchísimo esquiar y no haya habido casi nieve este año, y está usted furioso por ello. Sea lo que sea, anótelo y ponga la lista a un lado. Luego, procure añadir una o dos cosas que le molesten mucho en los próximos días. Esté atento, y siempre que se sorprenda
protestando, convierta el tema en candidato a la inclusión en la lista. Puede que quiera colocar la lista junto a la televisión y reseñar sus propias reacciones a las noticias de la noche. Quizá desee usted preguntar a otros de qué le oyen quejarse con más frecuencia.
Hágalo como lo haga, en cuanto tenga veinte o treinta temas, repase la lista e indique en cada caso si podría hacer algo por cambiar la situación actual si lo desease (no puede usted evitar ya que se haya estropeado el horno, o que el árbol esté muriéndose o que estén subiendo los precios de la gasolina; podría usted ocupar a su hijo de tres años en cosas menos destructivas; usted no puede hacer que nieve); y, por otra parte, piense si puede usted hacer algo por cambiar la situación ahora (tiene usted que conseguir arreglar el horno y tiene que cortar ese árbol, quizá pueda plantar otro; respecto al precio de la gasolina, nadie puede hacer más que apoyar soluciones a largo plazo a la crisis energéti¬ca, pero puede decidir ahorrar gasolina, utilizar el coche con más eficacia y/o comprar otro que gaste menos combustible, caminar o utilizar transportes públicos siem¬pre que pueda, etc. Puede hacer todo lo posible con su hijo de tres años hasta que crezca y se haga mayor; y, en cuanto a la nieve, olvídelo... busque otro medio de diversión este invierno).
Ahora examine la lista. ¿Cuántos temas hay que ha de desechar con lo de "olvídalo"? ¡Olvídelos por muchos que sean! La próxima vez que se sorprenda inquietándose por estas cosas u otras similares, pare y elimine sus preocupa¬ciones riéndose de ellas: así son las cosas en este mundo.
En cuanto a las cosas que usted podría cambiar de algún modo, elija aquellas que le preocupen lo bastante para dedicarles cierto tiempo y para pensar en ellas un poco, y obre en consecuencia cuando tengan oportunidad y ánimo, si los tiene. En cuanto a las demás, añádalas a la columna del "olvido", al menos por ahora.
En cuanto a aquellas sobre las que puede y quiere usted hacer algo, bien por el procedimiento de alterar la situa¬ción original o bien por el de modificar la situación actual (arreglándola), procure hacerlo por todos los medios; pero no se le ocurra enfadarse porque se estropee el horno o porque se muera el árbol, etc. ¡Las cosas son como son y así es el mundo!
En realidad, si examina usted su lista y se pregunta por qué motivos debería sentirse usted deprimido o inmoviliza¬do, descubrirá que la respuesta es: ¡Ninguno! No quiere decir esto que no deba usted sentirse nunca, de modo espontáneo, furioso o frustrado por ciertas cosas. Si no fuera así, sería usted un robot. Pero la cuestión es la siguiente: ¿Cuánto tiempo va a estar en ese estado, y con qué frecuencia se sitúa usted innecesariamente en él sólo porque no puede aceptar el mundo tal como es?
Olvide el estatus social y las pautas externas del éxito cuando esté usted juzgando su mundo y cuánto desea aceptar de él y cuánto desea cambiar de él. Permítase disfrutar más cosas por lo que son en vez de preocuparse por si se adaptan o no a normas culturales impuestas. Procure suspender todos los juicios negativos acerca de sí mismo, por lo menos durante un breve período, todos los días, apoyándose en su aceptación del mundo como es (¡con usted en él!) para eliminar todas esas ideas de lo que los otros dicen que ha de ser. Si repasa cuidadosamente todo rechazo de sí mismo y de su propio mundo personal, descubrirá que casi todo procede de fuentes culturales externas. (Pregúntese cuántos de esos sentimientos de culpa y de desajuste tenía a los dos años de edad.) Lo que usted desea cambiar en sí mismo por su propia gratificación interna resultará ser todo lo que quiere encauzar de nuevo por la vía infantil en la que necesita estar.
En lo que respecta a los juicios sobre otras personas, enfóquelos exactamente como los niños. Los niños no conocen los prejuicios porque aceptan plenamente a cualquiera hasta que (o a menos que) las personas se muestran persistentemente desagradables con ellos. No mantienen expectativas de tipo negativo respecto a nadie y, mientras no son lo bastante mayores para que les influyan estereotipos o prejuicios y murmuraciones de gente "más madura", se limitan a aceptar todo el mundo tal como es, sin preocu¬parles si se trata de un blanco o un negro, de un individuo
culto o inculto, de un demócrata o de un republicano, de un rico o un pobre, de alguien poderoso o de un ser desvalido, etc. Lo que les preocupa es sólo lo divertida, lo interesante y simpática y comprensiva que pueda ser la persona en el momento. No se inquietan pensando que los negros deberían ser blancos o que las mujeres no deberían "actuar como hombres", ni ninguna otra de esas ridículas obsesiones "adultas". Confíe en sus impulsos infantiles, sea quien sea el que se cruce en su camino, y verá cómo pasa a ser una persona mucho más satisfecha y feliz.

No sea desconfiado

La próxima vez que tenga oportunidad de hacerlo, observe detenidamente a niños que establezcan contacto por primera vez. Quizás inicien su relación con cierta timidez, hasta que se compenetren un poco, pero si esa compenetración se produce (y es lo que suele suceder con casi todos los niños pequeños), en cinco minutos estarán relacionándose como sólo lo hacen los adultos tras una amistad de toda la vida. Confían uno en otro completa¬mente en principio, y si uno de ellos resulta ser un poco agresivo, el otro suele limitarse, incluso, a aceptar que ese chico es así simplemente, y aprende en seguida a "olvidar¬lo" o a oponerse a ello hasta que el niño agresivo se da cuenta, o a enfocarlo de cualquier otro modo que permita que todos se diviertan en la medida de lo posible ahora. En fin, los niños casi siempre establecen en una hora relaciones de intimidad que a la mayoría de los adultos les costarían meses.
Compare ahora esto con su actitud respecto a los desconocidos con los que establece un primer contacto. ¿Cuánto se prolonga el período de "timidez inicial"? A los niños suelen bastarles unas miradas y unas palabras para salir corriendo y convertir un rincón del dormitorio en una nave espacial y tres minutos para empezar a activar el zapofricador. Pero cuando usted establece un primer contacto con otra persona, puede que tema "ser demasiado expansivo" o iniciar "una relación" siendo así que ya tiene
usted demasiadas relaciones de que preocuparse, demasia¬dos compromisos en marcha. O quizá recele por una u otra razón de las intenciones del otro individuo. Puede usted mostrarse por ello "frío" (una palabra que tiene muchos significados), o distante, prefiriendo matar el tiempo con la típica charla intrascendente del adulto en lugar de procu¬rar tratar de inmediato a esa nueva persona como trataría a su mejor amigo y disfrutar lo mismo con ella.
Si su actitud con la gente a la que le presentan o ante los desconocidos con los que establece una relación, sea del género que sea (puede incluso tratarse del empleado de la gasolinera que le llena el depósito e intercambia con usted unas frases), es generalmente "fría" significa muy proba¬blemente que padece usted de una cierta paranoia autori¬taria que ha deformado sus instintos infantiles, que le impulsan a confiar espontáneamente en los demás, y le ha hecho desconfiar de la gente por principio. Si sospecha usted de todas las personas por principio, no hay duda de que recela usted de si mismo en primer término (puesto que está incluido, en realidad, en "la gente") y, en consecuencia, la mayor parte de esa desconfianza hacia los demás, proba¬blemente nazca de desconfianza en uno mismo, que es una dolorosa fuente de conflictos internos.
Pero si se deja usted guiar por el niño que lleva dentro y confía en que sus instintos animales le dirán (a la luz de toda su experiencia de la vida) cuándo su candidez puede originarle "problemas reales" (lo más probable es que nunca), puede liberarse usted de ese doloroso punto de conflicto y aprender a establecer relaciones agradables y satisfactorias con casi todas las personas que conozca.
Hablo en primer término de conocer a personas nuevas, al referirme a lo de ser menos desconfiado, porque comparar sus reacciones al conocer a nuevos individuos con las de los niños (o la del niño que hay en usted) es uno de los medios más rápidos y seguros con que cuenta para determinar qué cantidad de su ingenio infantil o confianza innata, conserva usted y cuánta ha "barrido" la paranoia autoritaria. Por otra parte, su actitud hacia las viejas amistades o los antiguos conocidos, sus relaciones familiares o profesionales son importantes igualmente y, en realidad, su descon¬fianza indicaría en este caso, aún con mayor firmeza, que debería preguntarse si desconfia usted básicamente de si mismo o si no habrá marginado, menospreciado y reprimi¬do en gran medida al niño que lleva usted dentro.
Puede que piense de pronto: "Claro, me encantaría ser de nuevo tan confiado como un niño. No me gusta descon¬fiar de los demás. Pero esa actitud de la que él habla es lo que lleva a la gente infantil a perder los ahorros de su vida a manos de un estafador, a pagar reparaciones de sus coches que no hacían falta o que no se han hecho siquiera, y a otras mil cosas parecidas.
Si piensa usted así, le diré que no tiene razón. Cualquier policía veterano le dirá que confiar ciegamente en desco¬nocidos (cosa que, no es en realidad lo que propongo yo, pues no debe hacer usted nunca nada a ciegas) no basta para que los estafadores nos saquen el dinero, porque las estafas se basan fundamentalmente en la codicia de la víctima, que se engaña a sí misma pensando que puede de veras duplicar su dinero en un abrir y cerrar de ojos, lograr algo sin dar nada. Si no adopta usted esa actitud de antemano, nadie le sacará sus ahorros con ningún plan fantástico. En realidad, el tipo de confianza infantil de que hablo le defenderá a usted mejor de los estafadores, por la simple razón de que si desconfiase usted automáticamente de la mayoría de la gente, si considera usted a todo el mundo prácticamente un ladrón, habrá eliminado su capacidad instintiva de olfatear a un verdadero ladrón cuando aparezca. Aunque sus instintos intenten advertirle, puede usted menospreciarlo en su codicia diciendo: No hay ninguna razón para pensar que este tipo sea más ladrón que ningún otro, y entregarle los ahorros de su vida. Y lo mismo puede decirse del taller de reparaciones o del vendedor a domicilio.
La capacidad de confiar en uno mismo y de confiar en los demás, es, en realidad, una cuestión de desarrollo de una actitud. Si cree usted que el mundo es un lugar asqueroso y que la mayoría de la gente va a cazarle y engañarle, no sólo será más probable que los verdaderos
estafadores le engañen, ya se habrá engañado usted a sí mismo separándose innecesariamente de toda la gente honrada y sincera que le rodea. Si deja usted que su confianza infantil predomine, y mantiene una actitud positiva respecto a su capacidad para resolver práctica¬mente cualquier problema que se plantee, su misma actitud afirmativa le permitirá en general superar cual¬quier situación. Para dar vía libre a esta actitud confiada y practicar activamente la confianza, puede usted ensayar estas estrategias:
La próxima vez que conozca a una persona, fíjese en sus reacciones. ¿Se muestra usted frío, distante, procura hablar de cosas intrascendentes para que no se establezca una intimidad? ¿Se siente usted un poco incómodo, sin saber bien si desea "intimar" con esa persona, desconfia de ella incluso pensando que no sabe "detrás de qué andará"?
En tal caso, baje la guardia y confie en que ya la subirá de nuevo si es necesario realmente.
Pregúntese: "¿Qué puedo perder?" Si teme "intimar", recuerde que su relación no tiene por qué prolongarse más allá de esa reunión si usted no lo desea. Déjese guiar por los niños, que pueden divertirse muchísimo juntos aunque sepan que no volverán a verse nunca, pero que no temen ganar algo por miedo a perderlo. Esté dispuesto a admitir que ese nuevo individuo es simpático y divertido, o busque algún otro medio de hacerle sentirse cómodo. En cuanto él descubra que usted confia en él de modo inmediato y que le respeta, que no le juzga, verá cómo también él baja la guardia. ¡Recuerde que antes de que pasen tres minutos deben lanzarse ya a activar el zapofricador!
Haga lo posible por conocer a una persona nueva por lo menos esta semana, una persona que sea muy distinta de usted. Si fuese usted profesor, contacte con un camionero, o párese a charlar con el tipo que vende periódicos en la esquina... cualquiera que le parezca simpático. Confie en que los dos sabrán abordar bien la situación. Si recela de usted al principio, si percibe usted que él está pensando "¿Qué querrá de mí este tipo?", tendrá usted ante sí un ejemplo perfecto de esa desconfianza innecesaria de que he hablado, porque usted sabe que no tiene ningún motivo ocultó, que no está intentando aprovecharse de esa persona en ningún sentido. Pero, al -mismo tiempo, habrá un niño en esa otra persona que percibirá su franqueza sincera (siempre que usted se sienta a gusto consigo mismo). El truco, pues, no está en dejar que el niño que lleva usted dentro se convierta en un profesor y el que hay en el otro se convierta en un camionero, porque eso impide que los niños sientan confianza mutua.
La próxima vez que sospeche usted que le han engaña¬do, o que se está metiendo en una situación en la que teme que podrían engañarle, piense sólo en el mejor medio práctico de descubrir si realmente le han engañado o si están a punto de hacerlo y qué puede hacer usted para impedirlo.
Son millones las personas que llevan todos los años sus coches al taller. Sobre todo, personas que no entienden mucho de mecánica, que en general dejan el coche en el taller, piden un presupuesto del coste de la reparación, pagan luego factura (aunque a veces sube más del cincuen¬ta por ciento de lo que le calcularon en principió, porque el coche tenía otros problemas adicionales), y se van con alguna explicación técnica que no entienden resonándole en los oídos y mascullando: "Estoy seguro de que me han engañado".
En tales casos, los estudios realizados demuestran que la gente que cree que la han engañado en el taller mecánico, suele estar en lo cierto la mitad de las veces. Pero eso no significa que tenga que abordar su próxima relación con la gente del taller mecánico con un actitud de recelo y desconfianza.
En realidad, hay un cincuenta por ciento, de posibilida¬des, por lo menos, de que la gente del taller al que va usted sea tan honrada como usted mismo (por muy honrado que usted pueda ser). Empiece, pues, otorgándoles el beneficio de la duda, que también se concede a sí mismo. Si le angustia la idea de que puedan engañarle, pruebe a ser franco respecto a sus temores. Podría decirle, por ejemplo: "Tengo verdadero pánico a los talleres, no me gusta llevar el coche a cualquier sitio cuando he de arreglarlo. Se oye
cada cosa. Supongo que usted es honrado, lo mismo que supone usted que lo soy yo, porque confia en que voy a pagarle el trabajo que haga. Quizás pudiera usted ayudar¬me a acabar con este miedo a los talleres concediéndome unos minutos y explicándome, en este casó, por ejemplo, cómo puedo saber que no me engañan. Si este coche fuese suyo, por ejemplo, y tuviese el mismo problema en un pueblo en el que no conoce a nadie y entrase usted en el primer taller que viera, ¿cómo sabría que el precio era justo, o si le cargaban un trabajo que no habían hecho, o cualquier otra cosa parecida?"
Si su mecánico no se propuso en ningún momento engañarle, manifestará sin duda su furia contra esos otros mecánicos que engañan a la gente y dan mala fama a todos los profesionales, él incluido. En tal caso, quizá le entusias¬me tanto ese deseo sincero que manifiesta usted de acabar con los sinvergüenzas que hay en el ramo, que llegue a dedicarle mucho más de lo que le pide usted: un curso rápido de media hora sobre trabajos de válvulas, o repara¬ciones del radiador o cualquier otro problema específico que tenga, con referencias detalladas a los planos del manual, a las listas de precios de las piezas, por qué lleva tres horas hacerlo, la conveniencia de estar pendiente del tipo que lo hace mientras lo hace, y, cuando se paga la factura, un montón de piezas defectuosas sacadas de su vehículo y que son suyas y que puede llevarse, junto con una descripción del defecto de cada una, y la sugerencia de que si tuviera usted alguna duda sobre la necesidad de su sustitución, podría mostrárselas a cualquiera que realmen¬te entendiese de automóviles y pedirle su opinión.
Pueda o no permitirse su mecánico dedicarle tanto tiempo, procurará si es honrado, ayudarle a distinguir a los mecánicos honrados de los estafadores... lo mismo que podría usted hacer (si es usted honrado) en su propio campo profesional. Él reaccionará a su pregunta infantil con el orgullo infantil de su propia honradez y agradecerá la posibilidad de introducirle en su mundo de válvulas, bielas y radiadores. Al cabo de media hora, pueden estar hablando como si fueran amigos de toda la vida.
Pero si el mecánico elude lo que le plantea usted, si no le da importancia e intenta quitárselo de encima, percibirá usted de inmediato que no le gustan los clientes que hacen demasiadas preguntas, o que no confian a ciegas en "los especialistas", y sabrá entonces que es hora de cambiar de taller.
Lo importante aquí es que, si recupera usted su capaci¬dad infantil de confiar en los demás en principio y de ser sincero con ellos respecto a sus preocupaciones, siempre puede dar con un medio de saber si pretenden engañarle o no, en caso de que sus instintos le digan que quizás estén intentándolo. Lo peor que puede hacer es entrar en la estación de servicio o en cualquier otro lugar pensando "estoy seguro de que me van a engañar" y salir pensando "estoy seguro de que me han engañado". Si lo hace así, eligr conservar su recelo paranoico e infundado, en vez de descubrir por sí mismo si está justificada realmente la desconfianza en este caso. Cuanto más "seguro" esté usted de saber que otros quieren engañarle, más les verá como culpables hasta que demuestren ser inocentes. El niño que lleva usted dentro tiene una idea mucho mejor de la justicia: "Todo el mundo es inocente mientras no se demuestre que es culpable": ésta es la única forma posible de actuar para un individuo Sin Límites.

Los "siete senderos para llegar al manantial" de que hemos hablado creo que se encuentran entre los medios más evidentes y fácilmente asequibles para iniciar la empresa de reunirse con ese niño perdido que hay en su interior... pero quiero subrayar que hay innumerables medios de recuperar esa juventud gozosa.
El niño que lleva usted dentro sabe con toda precisión cuál es el medio más eficaz y satisfactorio y gozoso de tratar con todas las cosas y todas las personas con que uno tropieza en este planeta, porque a ese niño no le encadenan imposiciones culturales ni conductas aprendidas ni valora¬ciones paranoicas respecto a la actitud más adecuada en cada momento. Es muy posible que el mensaje esencial de
todo este capítulo sea que si se permite usted recuperar esa esencia infantil de su personalidad podrá mantenerse "eternamente joven en el corazón".
Esas preciosas cualidades infantiles que pueden ayudarle a usted a disfrutar de su vida todos los días y cada uno no están más lejos de usted de lo que lo están los dedos de sus propias manos. Esas cualidades de que hablo constituyen una. parte inalienable de usted mismo. Si intentara repri¬mirlas, si insistiese en menospreciar al niño que lleva en su interior, no haría sino ponerle más grilletes de los que podría ponerle nunca un traficante de esclavos. Pero si ama realmente usted a su yo niño, y le interesa realmente ser de nuevo un niño en el sentido al que me refiero, estará en paz consigo mismo.

Cuando se tiene paz interior, se puede hacer práctica¬mente cualquier cosa. Concédase más paz interior infantil de ese tipo hoy, permitiéndose ser de nuevo aquel buen niño alegre y retozón de antaño, y no echará más de menos a aquel niño perdido. O, como dijo Schiller: "Mantente fiel al sueño de tu juventud".

 

 
 
 
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