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EL CIELO ES EL LIMITE

Capitulo 7

Respete sus necesidades superiores

Wayne W. Dyer

 

CAPITULO 7

Respete sus necesidades superiores

Al principio del último capítulo mencioné la llamada de sus necesidades superiores como ser humano como una de las fuentes de señales internas en que tenia que aprender a confiar para alcanzar la vida Sin Límites. Por "necesida¬des superiores" entiendo las que están por encima de sus necesidades fundamentales de supervivencia de carácter biológico, como los alimentos, el agua, una casa, el sueño y el ejercicio, e incluyo también sus necesidades de amor, verdad, belleza, trabajo significativo y muchas más que a lo largo de los siglos se ha admitido que proporcionan a los seres humanos el impulso necesario para convertirse en todo ló que pueden convertirse.

 
   

Al denominar a estas necesidades "superiores", no quiero decir que hayan de situarse "por encima" de cualquiera de sus necesidades fundamentales como animal humano en ningún tipo de orden prioritario. Podría alegar usted que sus necesidades animales son "superiores" porque ha de cuidarse de ellas en primer lugar y siempre para poder satisfacer cualquiera de sus otras necesidades. Por otra parte, podría usted argüir que sus "necesidades superiores" de amor, belleza, verdad, etc., deberían situar¬se "por encima" de sus necesidades biológicas, si las concibe usted como yo, como esas necesidades cuya satis¬facción puede "elevarle a usted a su máximo nivel" o contribuir notablemente a su felicidad. Además, todo hace creer que menospreciar estas necesidades superiores puede ser tan destructivo a la larga como pueden serlo a la corta no comer, no dormir o no beber.

Pero, ¿por qué intentar clasificar sus necesidades huma¬nas básicas? No hay ninguna razón plausible, salvo que se tiende a olvidar y menospreciar algunas de esas necesida¬des a expensas de otras. Así pues, básicamente, denominar a algunas de sus necesidades "superiores" y a otras "inferiores" como medio de hacer más hincapié en las primeras o menospreciar las segundas es un ejercicio peligroso de dicotomización que ignora su unidad funda¬mental como persona, le divide a usted en dos y provoca 'angustia y conflictos.  

Quiero llamar a esas necesidades que quedan por encima de las necesidades biológicas de supervivencia "superiores", porque le ayudarán a elevarle a niveles cada vez más altos de vida Sin Límites, cuando empiece usted a considerarlos verdaderas necesidades que debe satisfacer todos los días de su vida.
Para evitar cualquier idea errónea en la valoración de lo que llamo necesidades básicas y lo que llamo necesidades superiores, es esencial concebir todas las necesidades, todo el espectro, desde la necesidad de comer a la necesidad de belleza, bondad y justicia, como una red, una especie de cama elástica. Si está saltando usted en ella, no importa si son las piernas las que fallan, o es un cordel o la red. Si falla cualquiera de las partes acabará usted en el suelo. Por la misma razón, si el soporte es firme, las cuerdas fuertes y la red tan elástica y resistente como debe, es posible que pueda usted saltar tan alto como quiera y hacer cuantas piruetas desee sin miedo a que ninguna parte ceda. Sus necesidades "básicas como ser humano" pueden ser el soporte, sus necesidades "superiores" deben ser la red. Pero intente saltar sobre la red de la cama elástica cuando ésta está en el suelo o saltar en medio del soporte cuando no hay red y se hará idea de lo interdependientes que son, en realidad, todas sus necesidades.



SUS NECESIDADES SUPERIORES COMO INSTINTOS

La investigación psicológica tiene cada vez más pruebas de que las necesidades superiores "producen" instintos tan poderosos y tan necesarios para la supervivencia y su felicidad como los que nacen de sus necesidades animales básicas. Recordará que en el capítulo quinto decíamos que los instintos son reacciones al medio de carácter hereditario e inalterable, que no conllevan elementos racionales; son reacciones inmediatas del organismo para aliviar la tensión corporal creada por situaciones vitales que exigen reaccio¬nes animales básicas. Añado ahora que las ideas y senti¬mientos que acompañan a nuestras reacciones instintivas inmediatas cuando desatendamos nuestras necesidades superiores, cuando oímos una mentira o experimentamos algo que nos parece sumamente detestable, son exacta¬mente equiparables a nuestras reacciones cuando nos golpean. Nuestro cuerpo quizá no reaccione tan espectacu¬larmente, pero en el conjunto de nuestra persona, cuerpo-mente, se crea una tensión inmediata y existe una urgencia instintiva de aliviarla: respecto a la mentira, por ejemplo, sentimos la necesidad de decir: "Un momento, eso no es verdad". Respecto a esa cosa que nos parece detestable: "Este asunto se está poniendo feo, hay que intentar resolverlo", o bien: "Dios mío, esta calle está cada día peor, tenemos que limpiar ese solar vacío, cortar ese árbol muerto y plantar otro nuevo".
La diferencia entre sus instintos animales y los instintos derivados de las necesidades superiores, es que si reprime usted sus necesidades animales básicas enfermará o morirá por causas físicas, mientras que si rechaza y reprime sus necesidades superiores en igual medida, su mente se desmoronará y estará usted casi muerto mentalmente, se sentirá incapaz de controlarse y de controlar su destino (como cuando acaba uno en una institución para enfermos mentales o se suicida de un modo u otro).
En realidad, el reprimir y rechazar las necesidades superiores es la base en que se apoyan todas las formas extremas de lavado de cerebro para disgregar y modificar la mentalidad de sus víctimas. El prisionero político condenado a confinamiento en solitario, al que se engaña continuamente y se le niega cualquier esperanza de justicia; el que se ha convertido a un culto y a quien se somete a rituales destinados a asfixiar todo el respeto que el individuo sintiese por sí mismo, o se le hace sentarse en un cuarto oscuro y permanecer en él dos días, totalmente privado de compañía humana o de cualquier estímulo externo; las víctimas de los abusos del "adiestramiento psicológico de la sensibilidad": todos ellos sufren privación de las satisfacciones superiores llevada al extremo. Si son capaces de mantenerse con fuerza suficiente en el instante presente y conservar su fe en el significado y el valor de la vida y salen de la prueba con la conciencia de sí mismos intacta, o si consiguen doblegarlos o destruirlos hasta el punto de que puedan conducirles luego como ovejas, alguien ha intervenido exteriormente y se ha interpuesto entre ellos y su capacidad de satisfacer las necesidades superiores para controlar su mente.
Teniendo esto en cuenta, las necesidades superiores parecen ser las que dan las orientaciones básicas de la vida, más que el sol y el cielo hacia el cual crecen las plantas. Muestran "cuál es el camino hacia arriba", en lo que respecta a la vida Sin Límites, y si usted como ser humano no tiene idea de qué camino es, será usted como ese "rosal imposible que dirige todos sus brotes hacia el rincón más oscuro que puede encontrar y entierra sus capullos en el suelo".
La cosa es así de simple: si no respeta usted esas necesidades superiores que son su guía, se desintegrará como individuo. Pero para descubrir cuáles son sus necesi¬dades superiores y cómo puede satisfacerlas no tiene que ir a ningún sitio ni hacer nada; basta con que identifique de qué modo le avisan y le instan con la misma claridad con que lo hacen otros instintos básicos, como la sexualidad o el instinto de conservación: basta con que esté usted conecta¬do con ellos.

SUS NECESIDADES SUPERIORES Y CÓMO SATISFACERLAS

Como nuestras necesidades superiores exigen nuestro reconocimiento individual y personal, tenemos que hablar entre nosotros de ellas en términos muy generales y abstractos, términos filosóficos, en realidad, que indican
que si bien cada uno de nosotros ha descubierto /creado su propia idea de lo que es el ideal abstracto del amor, por ejemplo, partimos de experiencias muy distintas de cómo lo hemos entendido. Es muy probable, en consecuencia, que discrepemos de las deñhiciones "categóricas" que puedan hacer otros, en uno u otro sentido, y que las pongamos en entredicho, y por eso necesitamos términos vagos y generales como "amor", sometidos por definición a todo tipo de interpretaciones distintas, para poder hablar entre nosotros de esas necesidades superiores."
Pero estos términos generales o filosóficos tan vagos significan poca cosa si no encontramos medios para hacer¬los significativos en nuestra propia vida. Creo que se comprenderá mejor la función que puedan tener realmen¬te para nosotros ideas como amor, verdad y belleza si analizamos un grupo escogido de conceptos que me han indicado más directamente el modo de apreciar lo que identifico como mis necesidades superiores, y cómo podría usted utilizarlas para que aumente su respeto por las necesidades superiores propias. No olvide que el vivir Sin Límites significa permitirse cada vez más a sí mismo que esas necesidades superiores le impulsen y reconocerlas como necesidades absolutas, en vez de como lujos o recompensas secundarias.

Individualidad

La necesidad de crear una individualidad propia es un instinto que rige todos los aspectos de la vida, y cuanto más se rechaza y niega, como en las sociedades que tienden a regimentar a todo el mundo para que se adapte, se vista, piense y se comporte "exactamente igual que los demás", más se abate sobre las mentes de los individuos una insidiosa sensación de enfermedad, aburrimiento y tor¬peza.
La individualidad no es algo que uno desee expresar pura u originalmente en sí, por su propio valor. Las necesidades superiores del individuo no pretenden indicar¬le que ha de llevar un gran pompón verde en la nariz sólo para distinguirse de la multitud y demostrarle a todo el mundo que uno es un ser individual (un "personaje"). La individualidad surge más bien "por accidente", cuando el individuo persigue hacer lo que sea de acuerdo con sus convicciones y sentimientos: vestir, cocinar, hablar, pen¬sar, jugar al golfo pintar un cuadro. Pero en el individuo SZE, la individualidad como un todo acaba cultivándose cuando el individuo respeta sus señales internas por encima de todas las señales externas que intentan privarle de su derecho humano básico a la individualidad: hacerle pintar el mismo cuadro del mismo modo que lo pintan todos los demás, contestar a una pregunta exactamente como se supone que han de contestarla todos los de la clase, llevar el mismo sombrero que lleva todo el mundo y colocado del mismo modo.
En mi propia vida he descubierto que muchos otros apreciaban mi individualidad, el modo concreto que elijo para hacer las cosas, tanto como pudiesen apreciar la suya, mientras que los que intentaban por todos los medios condenar mi individualidad y reprimirla eran los que desplegaban menos indicios de individualidad propia, los que más se parecían a robots.
Pensemos en ese ascensorista que nos mira despectiva¬mente cuando entramos en "su" hotel de primera a las siete de la tarde con camiseta y vaqueros y subimos en "su" ascensor a la vez que un grupo de clientes bien trajeados. Su mirada viene a decir: "Caballero, después de las cinco de la tarde en este hotel no llevamos esa indumentaria". ¿Acaso no es él precisamente el que va vestido con el uniforme más meticulosamente "correcto", sin ningún detalle individual (jamás llevará una flor en la solapa) y una de las personas más hoscas y solemnes? Si le saludase usted con un alegre: "Qué hay", quizá le dijese con tono seco y frío: "Buenos días, señor", o tal vez se limitase a emitir un gruñido, pero no responderá positivamente a la invitación cordial que le hace usted a tratarse como individuos. Teme su propia individualidad y por eso teme también la de usted.
Por el contrario, el ascensorista que valora su individua-iidad y aprecia la ajena del mismo modo, es el que le saluda a usted tan cordialmente como usted a él, le agrada que se mezcle gente en camiseta y vaqueros con los que van vestidos de etiqueta, es el que le recuerda a usted, el que le cuenta un chiste, el que sigue el hilo de una conversación que tuvieron la última vez... y es el que llevará una flor en el hojal, un pañuelo al cuello, una foto de su nueva nieta en la cartera o cualquier otro toque o detalle de individuali¬dad para que el mundo lo aprecie.
La individualidad es irreprimible para la mayoría de la gente, e incluso en países en los que se rechaza enérgica¬mente el individualismo, o en aquellas organizaciones en que se socava activamente, la necesidad instintiva de ella demuestra ser tan fuerte que aflora, aunque sea de modos sutiles. Puede que se manifieste en una pieza de oro de la dentadura, o en un tatuaje, o en el ángulo especial en que el soldado se coloca la gorra. Puede manifestarse en esas cortinas floreadas de un rojo intenso de la ventana de ese bloque de apartamentos uniforme y monótono, o en la forma especial que tiene el individuo de sonreír, de reír o de bailar. Pero irrumpa donde irrump;» la individualidad, sea cual sea el lugar del mundo, sea cual sea la situación, es la señal de su propia originalidad como persona que nunca ha estado antes ni volverá a estar en este planeta, (por lo menos, en este momento concreto), y debe usted respetar su necesidad superior de ser ahora ese individuo único concreto, pues de no hacerlo, prácticamente desperdiciará su vida.
Enfóquelo del siguiente modo: no nació usted en un tubo de ensayo como un millón más de animales experimentales de "su generación", destinados a someterse a las condicio¬nes de máximo control en un laboratorio para que algún científico loco pueda destinarle al grupo de "control", para ser tratado exactamente del mismo modo y sometido exactamente al mismo medio ambiente, al mismo progra¬ma y a los mismos estímulos que los miembros del grupo "experimental", sólo en pro de la diferencia experimental que desea introducir el científico. No nació usted para ser una rata de laboratorio, destinado a que alguien diga mañana de usted: "Bueno, éste es un miembro del grupo de control, y comprobará usted que tiene una salud normal, mientras que la mitad de esas ratas de allá, las que fueron sometidas a, experimentos con esa nueva sustancia química, están enfermas".
¡Pues ésa es precisamente la consideración que tiene usted consigo mismo cuando rechaza su necesidad de individualidad! Está emplazándose en el "grupo de control". Al mismo tiempo, niega y rechaza básicamente un hecho que ningún científico (espero) podrá alterar nunca: que nació usted en un determinado momento y en determinado lugar de la historia humana en el que no nació ningún otro. Creció usted de una forma y con unas condiciones distintas a las del resto de los seres humanos que hayan nacido o puedan nacer, y ha creado usted ya una individualidad por sí solo que es exclusivamente suya, que jamás podrá reproducir ningún otro ser vivo, por mucho que lo pretenda. El hecho de que el destino le hiciera nacer, le hizo y hace y hará vivir y le hará morir como un ser humano individual incalculablemente complejo y único, es algo que sólo puede rechazar y desmentir usted en su imaginación; es una realidad que usted jamás podrá borrar.
Por otra parte, sólo aceptando su destino humano y apreciando el carácter único de su individualidad y de la de los demás en su sentido más pleno, podrá alcanzar una visión holística y Sin Límites de sí mismo y reaccionar a todas sus situaciones vitales pensando: "Nadie ha afronta¬do antes esta situación concreta. Yo como individuo estoy destinado a hacer las elecciones más originales y fecundas que pueda en esta situación, en beneficio mío y de todos los demás. Mi individualidad (mi libertad personal de elec¬ción y mi responsabilidad) es una realidad a la que no podría escapar aunque quisiera. He de respetar mí propia individualidad ahora, o la perderé y me convertiré en un individuo controlado externamente, tan carente de indi¬vidualidad como esa rata de laboratorio de los experi¬mentos".
En su obediencia a sus instintos de individualidad en todos los campos, creo que descubrirá, como yo lo he descubierto, que esos instintos le llevarán a un sentimiento de gozo creador en todas sus actividades.

Respeto

"Respetar" significa considerar digno de consideración, y también no obstaculizar ni interferir, como cuando uno respeta la necesidad ajena de intimidad. A partir de esto, re¬sultará evidente que la necesidad de autorrespeto y la de respetar a los que nos rodean (por lo menos, a los que nos respetan a nosotros) es algo fundamental para el ser humano, porque si uno no se respeta a sí mismo, se clasifica automáticamente como indigno de consideración o como merecedor de que se le tenga en poca estima, con lo que provocamos que todos los demás nos traten mal.
Hablé antes de que las técnicas de lavado de cerebro y de control psicológico' en general dependen sobre todo de que se ataque eficazmente ese sentido de respeto por sí mismo que tiene el individuo, y que si este respeto por sí mismo se pierde, el individuo prácticamente se desintegra. Pocos nos vemos sometidos a tentativas tan extremadas de eliminar ese autorretrato durante nuestra vida, pero todos nos vemos envueltos constantemente en situaciones en las que se "da por supuesto" que el respeto entre los indivi¬duos ha de ser desigual. Por ejemplo muchos padres exigen que sus hijos les respeten sin discusión continuamente, pero exigen que sus hijos se ganen su respeto haciendo lo que según los padres es respetable. Muchos profesores y otros símbolos de autoridad exigen, asimismo, respeto para ellos sólo por la posición que ocupan, subrayando al mismo tiempo que los estudiantes y otros subordinados no tienen derecho, en cuanto tales, a que se les respete. Por ejemplo, Richard Nixon, que exigía respeto para el presidente mientras se sentía perfectamente justificado para faltar al respeto a los manifestantes estudiantiles y a otros "vaga¬bundos" a los que no les gustaba cómo hacía él las cosas, es un claro ejemplo. (De hecho, muchos comentaristas acha¬can los problemas de Nixon a una confusión básica que le impedia ver claramente si en realidad él era el presidente o la Presidencia).
En Estados Unidos, a veces nos hallamos con policías que tienden a caer en este juego de "usted-me-respeta-a-mí-yo-no-le-respeto-a-usted". Son los que, cuando le paran por exceso de velocidad, no se contentan con ponerle una multa sino que suelen acercarse amenzadora-mente al coche, exigen la documentación con una sonrisa burlona y despectiva, le tratan, en fin, como si fuese un delincuente de la peor especie. Son, a fin de cuentas, los policías que parecen querer incitarle a mostrar un pequeño detalle de falta de respeto (con el objeto, supone usted, de poder ponerle otra multa, detenerle o algo parecido, por "faltar al respeto a un agente de policía"). Procuran hacer patente que ese horrible delito que cometió usted al superar por poco el límite de velocidad les da licencia para faltarle completamente al respeto como individuo, y esperan que usted se humille, se disculpe (aunque, en realidad, usted debería decir sólo para sí "lo siento, no estaba mirando el velocímetro... me fijaré más a partir de ahora").
Quizás haya pensado usted ya que el respeto entre la gente es respeto real, en el sentido sano, sólo si es igual o recíproco. En caso contrario, es sólo homenaje de una persona a otra. Y la idea de exigir respeto de alguien es absurda. El padre que les exige respeto a sus hijos cree que tiene que exigirlo precisamente porque no les ha otorgado el respeto básico como seres humanos en primer término. Si lo hubiera hecho, los hijos le respetarían como cosa natural, como algo instintivo, y no sería necesario que se lo exigiese. Lo que tales padres obtendrán con sus exigencias serán "apariencias" de respeto, pero no un respeto auténti¬co y sentido, y, al final, cuando el dominio de los padres sobre los hijos empieza a perder fuerza, este falso respeto será tan útil como una lata de gasolina llena de agua cuando llegue el momento de iniciar de nuevo la relación sobre una base de auténtica igualdad.
Y lo mismo sucede con el respeto hacia uno mismo. Si descubre usted que tiene que exigirse a sí mismo ese respeto, es porque de algún modo ha olvidado usted la verdad básica de que todos los seres humanos, incluido usted, tienen derecho al respeto de todos. Quizá si alguien le mostrase una continuada falta de respeto acabarla dicien-
do usted: "No siento ningún respeto por esa persona", pero si lo hiciera, debería ser en el contexto de: "Yo empecé concediendo respeto a esa persona de modo automático lo mismo que a todos los demás, pero es evidente que ese individuo no tiene ni idea de lo que significa el verdadero respeto. No respeta la necesidad similar de respeto de todo el mundo, no comprende que el respeto humano básico no es algo que pueda manipularse, eliminarse o negarse".
Además, la diferencia entre que usted diga a veces (quizá) de otros: "No me inspiran el menor respeto", y que diga de sí mismo: "No siento el menor respeto por mí mismo", es que usted tiene un control muy completo sobre sus propios pensamientos en relación con el respeto, y si lo acepta como una de sus necesidades humanas más elevadas y de las necesidades de todos según las ideas que yo propongo, nunca deberá decirse: "No siento respeto por mí mismo".
Para ser un organismo sano ha de tener usted ese autorrespeto. Si se niega usted tal respeto, pronto decaerá en todos los sentidos. En primer lugar, no comerá adecua¬damente, no cuidará de su cuerpo, perderá interés por la vida y, por último, acabará siendo un individuo enfermo. > El instinto del respeto es tan esencial que se aplica a todos nosotros, y, sin embargo, la mayoría de las personas que están verdaderamente enfermas (mental y a menudo también físicamente) en realidad no se respetan a sí mismas. Se faltan al respeto en diversos sentidos y, en consecuencia, los demás hacen lo mismo. El tener respeta es una necesidad básica; si no lo cree, pruebe a ingresar en una institución para enfermos mentales y fíjese en toda la gente que vive allí de modo permanente. Percátese de los efectos de la falta de respeto. Observe atentamente que llegan a estar tan deprimidos mentalmente que "se desmo¬ronan". La cosa empieza cuando son muy jóvenes y otros individuos importantes y significativos les tratan irrespe¬tuosamente; al poco tiempo, empiezan a creer en esos mensajes y ya no son capaces de funcionar como individuos sanos.

Pertenencia

La necesidad de pertenencia, a una comunidad de seres humanos, a su propio medio o al mundo como un todo, en el sentido de que se sienta usted "en casa" en su mundo, es tan vital para su vida como la comida o el sueño. Los seres humanos no funcionan bien sin un sentimiento de perte¬nencia, de "espíritu comunitario". Aun en el caso del ermitaño o del montañés que vaga solo por las Montañas Rocosas durante meses o años sin fin, si su sentido de la pertenencia se muestra satisfecho, es porque siente que pertenece a los bosques, las montañas, una determinada parte de la naturaleza, y que esa parte de la naturaleza le pertenece.
La mayoría de nosotros, sin embargo, preferimos (o estamos destinados a ello a medida que el planeta se puebla más) forjarnos una pertenencia en sociedades cada vez más complejas. Es muy patente que esta necesidad superior puede negarse y rechazarse en las sociedades complejas igual que en situaciones más simples; se ve claramente en los marginados, los "vagabundos", los "yonquis", drogadictos y otros que no pueden encontrar un sentido de pertenencia en las calles de nuestras grandes ciudades, o en los ancianos que se marchitan en los asilos, y que se deterioran y se hunden porque ya no se sienten pertenecer al mundo de nadie, ni al suyo propio.
Lo contrario de la pertenencia es la marginación, que, como le dirá a usted cualquier marginado, puede ser una etapa inevitable de la vida de casi todos los individuos. A veces tiene usted que apartarse, que marginarse incluso de algunas personas, comunidades familiares, o de un país.
Pero la marginación sólo es valiosa como una etapa hacia la satisfacción de la necesidad de pertenencia a un lugar determinado, a alguna otra persona, a otro país, a otro trabajo o lo que sea. Sólo es constructiva si constituye una respuesta a la llamada de su necesidad de pertenencia y a su "mejor idea" de cómo podría satisfacer esa necesi¬dad. En aquellos para los cuales la marginación de todos y de todo se ha convertido en una forma de vida, advertiráusted sufrimientos que van de la depresión a la angustia e incluso al deterioro físico, que a menudo desembocan en la hospitalización o la muerte v
La primera etapa para satisfacer su necesidad de perte¬nencia es que usted se pregunte si tiene realmente la sensación de pertenecer al mundo, en primer término. Cuando pase por su calle quizá se diga usted: "Sí, estoy en el lugar al que pertenezco; ese pájaro canta para mí, y mi puesto está aquí, escuchando el canto de ese pájaro... ahí está Joe... también él pertenece a esto". O tal vez se diga: "No pertenezco a este lugar; en este momento, debería estar en la oficina. Oja'á volviese a California. Nosotros no somos de este barrio; nuestro barrio es el del otro lado de la ciudad. ¿Quién es ese tipo? ¿Es de aquí?", u otros pensa¬mientos similares que indican una marginación crónica de "su mundo".


Si se da usted cuenta de que anda siempre corriendo apresurado por la vida intentando encontrar un lugar o una comunidad a la que pueda sentir que pertenece realmente se debe a que no ha aceptado usted el hecho básico de que pertenece usted exactamente al lugar en el que está ahora, en el sentido de que nadie en este mundo tiene más derecho que usted a estar en él.
Supongamos que es un pobre chico de ropa andrajosa que cruza un barrio de clase alta, arrastrando tras sí una segadora, buscando casas donde necesiten segar el césped para ganarse unos centavos, y un tipo que va en Cadillac se detiene a su lado y le dice: "Oye, chaval, lárgate de aquí. Tú no eres de este barrio".
¿Cuál es su reacción mientras le ve alejarse en su coche? ¿Piensa: "El tiene razón y yo no. Creí que podría hacerlo, que por lo menos podría ganar lo suficiente para comprar ropa nueva, que conseguiría algún trabajo regular aquí; pero nunca debí venir a este sitio, al cual no pertenezco"? O a lo m«jor se dice usted: "¿Qué demonios quiere decir con eso de que no soy de este barrio? ¿Quiere decir que no tengo derecho a estar en la superficie de la Tierra, que si no tengo dinero para comprar ropa mejor que la que llevo en este momento, debo desaparecer del mundo, que debomatarme? Él acaba de alejarse por la calle, que es parte de la superficie de la Tierra y además una vía pública. ¿Quién es él para decirme que no puedo estar aquí? Tengo tanto derecho a caminar por esta calle como él a pasar por aquí en cochfe. Pertenezco a este mundo tanto como él".
Lo que quiero decir es que, a menos que empiece por aceptar que pertenece al lugar en el que está en este momento, en el sentido de que tiene usted derecho inalienable a estar en este mundo tanto como cualquier otro individuo, se estará negando la oportunidad de llegar a satisfacer sus necesida¬des de pertenencia donde esté usted ahora. Si advierte que anda diciéndose constantemente: "No pertenezco a este lugar, pertenezco a otro", piense que el problema no es que otros le hayan rechazado o intenten impedirle satisfa¬cer su necesidad de pertenencia, sino que se ha rechazado a sí mismo en lo que a la "pertenencia al mundo" se refiere.
Si está dispuesto a admitir que sencillamente pertenece a su mundo, al lugar en que está ahora, en primer término, y ha olvidado todas las ideas del tipo de: "Me equivoqué de sitio, debería haber nacido en el siglo XVII", estará en disposición de satisfacer sus necesidades superiores de pertenencia tal como las percibe usted ahora por sí mismo. Está en condiciones de formularse preguntas como: "¿Por qué pienso que no pertenezco a esta familia, a esta comunidad, a este país?" Está en condiciones de identificar esas áreas de la vida en la que podrían satisfacer sus necesidades de pertenencia, determinar las que realmente desea cultivar y responder a sus instintos personales de pertenencia cuando se le plantee cómo satisfacerlos.
Todos tenemos un instinto de pertenencia, que nos mueve a sentirnos importantes, a iniciar relaciones signifi¬cativas. Y reprimirlos resulta tan devastador para el organismo como negarle los alimentos o el sueño. La dife¬rencia es que los síntomas tardan un poco más en aflorar.

Afecto y amor

Todos los padres que se hayan preocupado algo por sus hijos conocen la tremenda importancia del afecto y el amor
para los niños; y los electos de la privación extrema del afecto en la infancia son de sobra conocidos de todos. El niño al que se alimenta y cambia siempre a tiempo, el que ve satisfechas todas sur. "necesidades animales básicas", pero al que nunca cogen, miman, besan, acarician ni juegan con él (el niño sometido a la privación absoluta de contacto y afecto humanos) languidecerá en seguida, mostrará signos de rechazar el mundo, se volverá raro, perderá el apetito, no querrá comer ni beber y, en último término, puede llegar a intentar morir de hambre. En casos menos graves, en los que los padres tratan a los hijos sin espontaneidad, tomándoles y jugando con ellos de vez en cuando, pero sólo unos minutos, siempre con prisas y con cierta irritación, los niños mostrarán indicios de rechazar la vida, pero vivirán y quizá cuando crezcan superen esta privación y se den cuenta de lo importante que son el afecto y el amor p;ira ellos y para los demás. Si retienen el recuerdo de lo profundamente privados que se sintieron, pueden convertirse en los individuos más afec¬tuosos y amorosos del mundo. Pero haya carecido de afecto el niño que lleva usted dentro hasta ahora o no, de todos modos tendrá que decidir que usted puede tener amor y afecto hoy y que no va a seguir posponiendo esa cuestión. No sólo merece usted amor y afecto sino que le son absolutamente imprescindibles para su supervivencia.
Todos conocemos gente de la que decimos, por ejemplo: "Es un marido y un p;idre muy consciente, pero es muy poco afectuoso". Quizás oigamos comentarios de este tipo sobre todo de personas que hablan de la propia familia, y lo más usual es que los sujetos sean hombres, porque, de acuerdo con la dicotomía hembra /varón, se da por sentado que las mujeres son abiertamente afectuosas, sobre todo con sus hijos, pero no los hombres; los hombres son los que tienen que ganarse el pan, los protectores, los que imponen disciplina, las "rocas inamovibles", y los despliegues abiertos de afecto y ternura se consideran indicio de debilidad o vulnerabilidad. Eso es absurdo, claro, y lo irónico del asunto es que, según mi experiencia, los hombres que respetan sus propias necesidades afectivas y sepermiten acariciar, abrazar, besar, etc., más de lo que dictan las costumbres sociales tradicionales, son, sin excep¬ción, más fuertes que los que siguen rigurosamente la imagen del macho, por lo menos en el sentido de que están ( más en paz consigo mismos, tienen un temperamento más equilibrado, son menos irritables, tienden menos a enfure¬cerse por naderías y ;i perder el control.
Por otra parte, el individuo que reprime sistemática¬mente sus necesidades de afecto, se margina artificialmente de sus seres queridos y,, admítalo o no, se siente en cierta m-edida aislado del mundo. Por mucho que se diga, o les dig;i a otros: "Mi hijo sabe que le quiero sin necesidad de que ande abrazándole continuamente", hay algo irrem-plazable en el contacto físico, algo que nos permite "sentir realmente", sentirnos miembros de una familia, de una comunidad, del mundo.
Los animales lo saben muy bien. Los gatos que duermen acurrucados unos contra otros no lo hacen sólo porque teng;in frío y necesiten el calor corporal del otro, sino porque les gusta la calidez "emotiva", digamos, que-nace de sentirse físicamente p;irte de la vida. El perro que viene corriendo para que le acariciemos, no se plantea "tonte¬rías" como "Los otros perros van a pensar que soy un ser débil si lo h;igo". Pero lo curioso de los humanos es que, aunque casi todo el mundo respeta la necesidad de afecto del perro, el gato o el canario, no es costumbre considerar que el padre deba echarle el brazo por encima del hombro al hijo cuando salen del campo después del partido. Puede acariciar al perro y complacerse ante las demostraciones de afecto del perro, tal vez porque todo el mundo sabe que los perros necesitan afecto... después de todo, ¡sólo son ani¬males!
La conclusión de todo esto es que lo que tenemos que hacer como animales es tratarnos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos tan bien como tratamos a nuestros perros, y con ello descubriremos muy pronto que quedan bien satisfechas las necesidades de afecto que todos sen¬timos.
La necesidad de amar y de ser amado es algo másproblemática que la necesidad de cariño o afecto. Mientras el afecto es un medio de expresar amor hacia otros, y "aflora naturalmente" una vez que queremos a una persona como amigo o amiga o compañero, o lo que sea, el amor entraña otras cuestiones relacionadas con la persona¬lidad del individuo: "¿Puedo encontrar, en primer térmi¬no, alguien a quien amar y que me ame?". "¿Cómo sé si amo o no de verdad a esa persona, y si esa persona me ama realmente?". Parece ser que su capacidad de satisfacer la nacesidad de amar y de ser amado, sólo en parte depende de usted, y si ningún otro decide amarle o ser amado por usted, es poco lo que puede usted hacer para resolverlo. El otro o los otros le mantendrán privado de amor.
Ese tipo de actitud no sirve de nada, porque no puede sacarse provecho alguno de preocuparse por encontrar gente a la que amar o por intentar que otros nos amen. No tiene objeto que admita usted que la satisfacción de cualquiera de sus necesidades superiores depende de otra persona que no sea usted mismo. Y lo único que hace psicológicamente cuando piensa que la satisfacción de sus necesidades amorosas depende de los caprichos amorosos de otros es acusar a otros de la falta de amor que hay en su vida, resignarse a ello y pretender que no puede hacer nada para resolver el asunto.
Pero, por suerte, si piensa usted un poquito en el amor, verá que, por mucho que nuestra sociedad subraye que debe encontrar al hombre o a la mujer perfectos, de los que hay uno en un millón, al cual o a la cual amaría gustosa¬mente, por mucho que le hayan enseñado a deshojar margaritas y a recitar: "Me quiere, no me quiere", por muchas canciones populares que haya oído, en las que se repita: "¿No quieres alguien a quien poder amar? ¿No necesitas amar a alguien? ¿No te encantaría amar a alguien? Harías bien en buscar alguien a quien amar", por muchos padres a quienes haya oído decir a sus hijos: "Asegúrate de que te quiere de verdad antes de compro¬meterte", y aunque haya mucha gente que dedique cantidades ingentes de tiempo y de energía a cavilar sobre cómo puede "conquistar" á otro u otra a quien cree amar,el hecho es que nuestra capacidad de amar y de ser amados depende sólo de nosotros.
Analicemos el mito de la pareja perfecta, la idea de que el hombre o la mujer al que el destino o Dios haya marcado para casarse con usted está perdido en algún lugar del mundo cual aguja en un pajar, y que ha de tener la suerte de tropezarse con ese compañero/a que le está destinado, que tiene que reconocerle usted a él o ella y él o ella a usted y aceptar ambos que se aman, antes de que pueda usted empezar a amar y a ser amado en el sentido erótico/ro¬mántico.
Aun suponiendo que fuese verdad que hay ahí fuera un solo compañero/a perfecto/a para cada cual (lo que cualquier viudo/a, por ejemplo, que tenga un segundo matrimonio feliz le dirá que es absurdo), si usted no sabe amar y ser amado cuando conozca a esa persona y no pueda aprender, ningún amor entre ambos será posible. Y si esa persona no percibe que usted sabe amar y ser amado o quiere aprender más de ello con él, cada cual seguirá su camino al poco tiempo. Después de eso, puede usted decir: "Ese maldito me rechazó", pero ¿qué pasó en realidad? Se lanzó usted a buscar a esa persona especial y única y en vez de preguntar: "¿Qué puedo aprender ahora sobre el amor con esta persona?", ha estado preocupándose primordialmente todo el tiempo pensando: "¿Será o no será él? ¿Cómo sé si le quiero de veras? Si le quiero, ¿cómo puedo lograr que me quiera él? ¿Y si le quiero y él no me quiere? ¡Eso me destrozaría el corazón!". Tantas ansias sentía de llegar al último pétalo de la margarita y descubrir (o decidir) si él la quiere o no la quiere que se ha olvidado usted regar las flores... Se ha preocupado tanto por el estatus y el futuro de "la relación" que se ha impedido mentalmente cultivarlo de modo activo.
Al pretender que el amor es una especie de platillo volante que puede caer o no del cielo en cualquier momento y transportarle a un mundo mágico de éxtasis, ha rechazado usted su naturaleza básica del arte de vivir el instante presente, de trabajar y jugar ahora, un arte como el baile, que, si le gusta y lo practica, puede ejercitarlo con
cualquier pareja y en cualquier momento. £1 individuo que no puede encontrar a nadie a quien amar, que no puede encontrar quien le ame, es como quien dice que quiere bailar y no encuentra la pareja adecuada (alguien con quien girar automáticamente, de un modo mágico y sin esfuerzo, haciendo todos los pasos y movimientos que nunca se ha molestado en aprender a hacer).
Quizá pueda ayudarle a comprender mejor lo que quiero decir pensar en esas personas que conoce de las que ha dicho o ha oído decir a otros: "Todo el mundo le quiere". ¿Cree que puede deberse a que el individuo tuvo tanta suerte que cayó en un medio ambiente en el que habia la gente más adecuada para él? ¿Cree usted que si le depositasen de pronto en una cultura extraña del otro lado del mundo, la gente de allí no sería la adecuada para ¿1 y nadie podría quererle?
Por supuesto que no. Todo el mundo quiere a esa persona porque, en primer lugar, esa persona se quiere a sí misma y, además, sabe querer a todo el mundo de una u otra forma. Sabe ser considerado en cualquier relación humana sin preocuparse por ello (y es posible que el preocuparse demasiado por eso, con dudas interminables y constante futurización sea lo que asfixie muchas posibles relaciones amorosas); demuestra que respeta a los demás, hace que los demás se sientan cómodos con él; sabe "abrirse" sin ser receloso ni temer que le rechacen, cosa que no le preocupa en absoluto.
Sobre el rechazo y el miedo al rechazo, el amante Sin Límites dirá: "¿Quién desea correr detrás de alguien que no quiere bailar contigo y te rechaza cuando se lo pides, cuando hay tantísimas personas en el mundo a las que realmente les encantaría bailar?" y sacará la conclusión de que la persona que le "rechaza" no pretende hacerle nada a él; lo único que hace es admitir su propia incapacidad de amar y de ser cordial y alegre y animado en esa situación concreta... rechazándose primordialmente a si mismo.
La moraleja es que amar y ser amado no es algo que le "suceda a usted", sino un arte creador que debe practicar con los demás con una variedad interminable de posibili-dades y vías, desde las amistades por un día a las relaciones romántico/eróticas para toda la vida. Que sus necesidades de amor y de afecto queden satisfechas en su vida (al menos en su vida adulta) depende tan sólo de si usted desea o no de veras "bailar", y de si desea de veras aprender a hacerlo.
Tiene que aceptar, claro está, que una pareja no puede aprender a bailar sin darse un pisotón de vez en cuando, y que de vez en cuanto puede tener una pareja realmente extraña que parezca desear sólo pisarle (y que puede reprocharle el colocar el pie debajo, en vez de intentar no cometer de nuevo el mismo error), pareja con la que sencillamente a usted no le apetece seguir intentándolo. Pero si está dispuesto, no le quepa duda de que descubrirá que hay muchísimas personas a quienes les gustaría iniciar una amistad con usted, y muchísimas dispuestas también a probar fortuna con una relación romántico/erótica. Mien¬tras tenga en cuenta que el baile no tiene nada que ver con la pretensión de "adquirir" un marido o una esposa, de "hacerse" con un montón de amigos, de "dirigir" a sus hijos en todo; que sólo supone que aprenda usted a improvisar cierto amor, cierto afecto, cierta amistad o lo que parezca apropiado con quien esté usted en el momento y reconozca que cada baile es una oportunidad de "ani¬marse", de superarse, de bailar con más inspiración que nunca, descubrirá que sus necesidades de amor y afecto saben muy bien cómo satisfacerse solas.
Debe usted saber ya lo importante que es para usted su necesidad de amar y de que le amen. Si está "diciéndose: "Bueno, eso no es tan importante, puedo pasarme sin ello si hace falta", o bien "Lo he intentado, pero no merece la pena tanto esfuerzo", o incluso, como el título de una can¬ción satírica: "¡El amor apesta!", debe saber, en el fondo, que está racionalizando, refunfuñando infructuosamente sobre unas uvas supuestamente verdes, negándose a bailar porque a veces significa uno o dos pisotones. Debe sospe¬char que no sabe amarse a sí mismo en ambos sentidos: no se tiene usted amor a sí mismo (que es casi lo mismo que respeto por sí mismo) ni sabe usted cómo amar a los demás.
Si es así, si siente usted una falta de amor palpable en su vida (y, en consecuencia, de afecto, pues lo uno sigue a lo otro), olvídese de si los otros le aman o no, y de intentar/ determinar a quién ama y a quién no, pues no es más que otra forma de abusar de la dicotomía amor /odio. JBiense sólo en la forma de divertirse un poco, una diversión- del mejor género posible, con un amigo /a, una amante, sus padres o sus hijos, el desconocido con quien intercambia unas palabras en el metro o en la tienda, cualquiera con quien se tropiece. Deje que su amor hacia sí mismo y hacia la humanidad intente simplemente desplegarse solo siem¬pre que quiera, y descubrirá que el amor está verdadera¬mente en todas partes, siempre, pura todo el que de veras quiera bailar, desde el recién nacido en brazos de su madre, hasta el anciano de noventa y cinco años del asilo, a quien "todo el mundo quiere".

Trabajo significativo y creador

Todos necesitamos sentirnos productivos y útiles como seres humanos. Esto no quiere decir que tengamos que trabajar para otros para sentirnos satisfechos en la vida, pero la sensación de ser útil, de hacer algo creador, de emprender alguna tarea y completarla, es algo esencial y básico. Es una necesidad básica. Si menospreciamos y reprimimos esta necesidad, la consecuencia es el aburri¬miento y la experiencia humana más dolorosa y extenuan¬te: Jaita de interés. Las personas que han perdido el interés por la vida se desmoronan. No tienen ningún objetivo y se convierten en una carga para sí mismos y para la sociedad en la que viven. Padecen graves depresiones, se menospre¬cian a sí mismos y empiezan a experimentar síntomas íísicos de todo género y acaban muriendo de esta enferme¬dad. Sí, no lo dude, tenemos un instinto claro que nos mueve a ser productivos y a emprender actividades labora¬les significativas. Los que no siguen este instinto se conde¬nan a una vida de aburrimiento y a la posible inmoviliza¬ción que nace de la inactividad.
En este sentido, todo ser humano vivo desea trabajar, al menos en principio, y sólo si uno se ve empantanado demasiado tiempo en un trabajo que resulta excesivamente tedioso, que nos presiona en exceso o no nos proporciona la sensación interna de estar haciendo algo útil para alguien, podemos pensar: "No quiero trabajar más. Quiero retirar¬me y dedicarme sólo a divertirme y a estar tranquilo siempre". Si no cree usted eso, pienso firmemente que se juzga mal a sí mismo, y pronto descubrirá que es así si se retira usted de toda actividad laboral. La vida empezará a parecerle vacía; empezará a sentirse inútil, y, al cabo de un tiempo andará buscando cosas interesantes que hacer, ya sea trabajo voluntario en un hospital, llevar a los niños del barrio a ún partido o al circo para que sus padres puedan tener un poco de tiempo libre, o intentar limpiar de basura el solar vacío del final de la calle.
La profunda necesidad que el ser humano tiene de un trabajo significativo puede verse en los disminuidos física y/o mentalmente. Por muy graves que sean sus deficien¬cias, todos estos individuos pueden hacer algo; quieren siempre hacer algo; y la diferencia entre aquellos a quienes se da la oportunidad de hacer algo y aquellos a quienes no se les da, es la misma que hay entre el día y la noche. Aquellos a quienes se niega la posibilidad de trabajar y se les da algún trabajo trivial o de circunstancias para hacerles callar y advierten que se les manda hacerlo sólo para que estén ocupados y no molesten, se convierten en individuos resentidos, frustrados y deprimidos. Sus defi¬ciencias se agudizan, su estado físico empeora y, como cualquier otro al que se le niegue la posibilidad de trabajar, pueden volverse locos y convertirse en individuos inactivos y crónicamente dependientes de los demás.
Pero aquellos a quienes se ofrece algo que hacer, o lo encuentran ellos, y se les ayuda en todo lo necesario para poder llevar a cabo lo que emprenden, se desarrollan como individuos de modo sumamente interesante, y casi todos le dirán que no es su deficiencia lo que lamentan, sino el hecho de que esta deficiencia pudiera provocar que les negasen el derecho a trabajar, el orgullo y el respeto por sí mismos, que se deriva de aportar algo a la sociedad yganarse la vida. En general, estos individuos aprecian la necesidad de trabajar muchísimo más que los otros y les asombra la idea de que alguien pudiera considerar alguna vez la necesidad de realizar un trabajo significativo como algo no fundamental para el ser humano. Además, son capaces de encontrar sentido prácticamente a cualquier labor que puedan hacer, y les cuesta trabajo comprender que los plenamente capaces protesten continuamente por su trabajo y piensan: "Espera a que tengas un accidente y te pongas malo o algo así y no puedas seguir haciendo ese trabajo. Protestarás el doble".
Otro grupo que aprecia profundamente la necesidad de un trabajo significativo es el de los ancianos, los que se vieron obligados a retirarse a los sesenta y cinco años, cuando saben que pueden seguir años trabajando. Grupos como los Panteras Grises y otras asociaciones similares de "ciudadanos mayores" repiten últimamente con insisten¬cia cada vez mayor lo siguiente: "Si se nos va a negar el derecho a trabajar, ¿por qué no nos entierran ya a los sesenta y cinco años?". Estos individuos han visto con toda claridad y con todo dramatismo la diferencia que existe entre los que pertenecían a campos de "retiro forzoso" que no han podido encontrar un trabajo significativo después de que les echaran bruscamente de sus profesiones al acumplir los sesenta y cinco años y los que tienen su propio negocio, del que nadie puede echarles, o los que trabajan en sectores a los que no se aplica el retiro forzoso. Saben muy bien que el propietario de la ferretería, el abogado, o cualquier otro profesional sano y lúcido y con capacidad de trabajo a los ochenta años, muy bien podría haberse muerto si le hubieran obligado a retirarse a los sesenta y cinco. Para ellos (y para mí) es una hipocresía consumada que los miembros del Congreso —o cualquier otro organis¬mo legislativo— que aprueban las leyes de retiro forzoso para otros no hayan aprobado nunca las mismas leyes para ellos mismos e insistan en su derecho a seguir trabajando en el Congreso a sus ochenta y noventa años si lo desean.
Si su trabajo es o no significativo para usted en el sentido, en el que estamos hablando, es algo que sólo puede saberusted; pero primero ha de formulárselo en serio, cosa que muy pocas personas hacen. Si es usted profesor, o médico, o simplemente padre o madre o está trabajando en cualquier sector en el que su servicio a la sociedad es, o por lo menos debería ser, absolutamente claro y evidente, quizá no tenga graves problemas para decir: "Claro que mi trabajo es significativo". Pero si es usted un obrero que ha de colocar tantos amortiguadores al día, si trabaja en publici¬dad y tiene que hacer tantos anuncios semanales, o si es usted un empleado de un casino, quizá su respuesta no sea tan tajante. El obrero pi.ede decir: "Bueno, es significativo por el hecho de que la gente necesita amortiguadores en los coches. Sin duda estoy haciendo algo útil y necesario, pero el trabajo en sí es bastante aburrido; me da muy pocas oportunidades de ejercitar el ingenio o la capacidad creadora, así que para mí no es muy significativo, desde luego". O puede decir también: "Bueno, el trabajo es bastante monótono, pero siempre encuentro media hora para ejercitar mi ingenio... por ejemplo, cuando la máqui¬na se rompe, encuentro siempre el medio mejor y más rápido de arreglarla, y, a veces, hago sugerencias para mejorar el proceso o el producto, creando condiciones de trabajo mejores y más seguras. Sí, yo diría que, en conjunto, es un trabajo bastante significativo".
El publicitario puede decir: "Es un trabajo que no tiene el menor sentido. Casi toda la basura que anunciamos es cacharrería inútil para la que intentamos crear una demanda seduciendo a los tontos con estos anuncios estúpidos. Sólo lo hago por dinero. Por lo demás, es un completo desperdicio de tiempo y de talento". (He oído a algunos publicitarios decir esto con estas mismas palabras.) O puede decir: "Bueno, creo que la publicidad presta un valioso servicio al dar al público información de productos que pueden interesarle, y, aunque algunos productos no sean de lo mejor, también hay algunos que creo que son excelentes. Intento ser lo más original y creador posible en la tarea de informar al público sobre tales productos con los anuncios. Creo que estoy aportando cosas positivas a la publicidad y para mí eso es muy significativo".
El empleado de casino puede decir: "Claro que es un trabajo absurdo. Lo único que hago es ganarle dinero a la gente para que el casino se beneficie. Me resulta interesan¬te, porque veo' gente muy variada, veo cómo piensa cada uno, pero creo que no aporta nada a la sociedad", o puede decir: "Es un trabajo importante, sí. Me parece fascinante y, en lo que se refiere a lo que pueda aportar a la sociedad, bueno, la gente va a jugar de todos modos, y aquí por lo menos los impuestos que paga el casino sirven en gran medida para subvencionar el presupuesto de educación del estado".
Como ya dije antes, si su vocación no le parece significa¬tiva, tiene usted dos elecciones: encontrar el medio de hacerla significativa o dejarla y pasar a algo que sepa que puede conseguir que sea significativo. Esta última vía puede exigir cierta dosis de paciencia, algunos riesgos, cierta readaptación o aprendizaje de técnicas y conocimientos nuevos, ciertos "sacrificios" financieros. Además, puede enfrentarse con cierta desaprobación de los demás que no pueden entender por qué abandona usted lo que a ellos les parece seguridad para perseguir lo que desee emprender, esos críticos que parecen creer, en realidad, que si gana usted suficiente dinero puede, de un modo u otro, satisfacer todas sus necesidades humanas y que no tiene gran impor¬tancia el que usted considere o no su trabajo significativo. Pero si aprecia la necesidad básica de realizar un trabajo significativo, como necesidad vital suya y de todos los demás, sabe que si su trabajo no tiene sentido, no tendrá verdadera seguridad, y por mucho dinero que gane no le compensará el vacío que hay en su vida.

Diversiones y distracciones

Si piensa usted en esas personas a las que conoce o de las que sabe que han vivido vidas muy fecundas y positivas durante largos períodos de tiempo, descubrirá que todas ellas respetaban sus necesidades superiores de autorrenovación, restauración y refresco espiritual que nacen de la diversión. Winston Churchill encontraba pintando elcamino perfecto para volver la espalda a los problemas del mundo por un rato.

Woody Allen tocaba el clarinete en un club de la ciudad.de Nueva York una vez por seman;i. Muchos académicos prestigiosos son, por alguna razón, voraces devoradores de novelas de misterio. Sea cual sea la forma de distracción que usted elija, sea el ajedrez o el balonvolea, las excursiones o la restauración de antigüeda¬des, es esencial que satisfaga su necesidad biológica de una distracción regular. Si cree que puede pasarse sin ella, sobre todo si es usted un "trabajoadicto" hasta el punto (por su necesidad de empezar .1 preparar el caso judicial siguiente en el mismo instante en que termina el anterior, por ejemplo) de no concederse nunca un descanso, su trabajo se resentirá porque le afectará inevitablemente la ley del rendimiento-decreciente. Puede usted trabajar doce horas diarias, pero en las últimas horas su rendimiento disminuirá, perderá su capacidad de pensar claramente, y afortunado será si consigue sacar una buena hora de trabajo de cuatro horas de darse cabezazos contra la pared. Si sigue así día tras día, se encontrará con que es cada vez más lento y más torpe, y con que ni siquiera sus primeras horas de trabajo de la mañana serán tan produc¬tivas como debieran. Descubrirá luego que su pensamiento empieza a vagar, y a desvariar, intentando tomarse ese descanso que le ni<ga. Se sorprenderá mirando la ventana con los ojos en blanco. Se dirá: "Vamos, basta ya. ¡A trabajar!", pero minutos después volverá a sorprenderse mirando de nuevo fijamente la ventana.
Si en ese momento no escucha las voces internas que le dicen "¿Qué demonios intentas hacerme? No soy una máquina, sabes, que puedo seguir funcionando igual, sólo con apretar el botón de puesta en marcha. Quiero dar una vuelta por el parque o algo así ahora mismo", seguirá usted hundiéndose más y más, pensando: "¡Vaya día tan poco productivo el de hoy! ¡Ahora tendré que pasarme traba¬jando toda la noche!", y su pensamiento acabará empe¬zando a desvariar, el nivel de angustia llegará al límite y acabarán teniendo que llevarle a un hospital o a una institución para enfermos mentales o a un lugar parecido
donde tenga ocasión de volver a colocar todas.las piezas en . su sitio.
En realidad, existen pruebas de que gran parte del proceso de creación intelectual se produce "inconsciente¬mente", si se acepta tal término, cuando uno se divierte o se distrae. Henri Poincaré, el gran matemático francés, llevaba días estrujándose los sesos con una serie de comple¬jos problemas. Contaría más tarde:

Fue cuando dejé Caen, donde vivía entonces, para hacer una excursión geológica patrocinada por la Escuela de Minas. Los cambios que introdujo el viaje me hicieron olvidar mi trabajo matemático. Al llegar a Coutances, entramos en un autobús para ir a un lugar que no recuerdo. En el momento en que puse el pie en la escalera se me ocurrió la idea sin que nada en mis pensamientos anteriores pareciesen preparar el camino para que surgiese. Pensé que las operaciones que había utilizado para determinar las funciones de Fuchsian eran idénticas a las de la geometría no euclidiana. No comprobé la idea, no habría tenido tiempo. Así que ocupé mi lugar en el autobús y proseguí la conversación ya iniciada, pero me sentía absolutamente seguro. Cuando regresé a Caen comprobé el resultado tranquilamente.(1)

Hay ejemplos aún más famosos, como el de Newton bajo el manzano y el de Arquímedes en el baño. Por tanto, si cree que su trabajo mejora negándose cualquier distrac¬ción, medítelo detenidamente. Sea cual sea su trabajo, sea usted un ama de casa que tiene que bregar todo el día con cinco pequeños, o un obrero de la construcción obsesiona¬do con la idea de que ha de aprovechar cada minuto de que disponga, o un candidato político con un programa de actividades absolutamente cubierto para los cuatro meses próximos, su mente y su cuerpo se rebelarán si no les concede oportunidad de "dar la espalda" por completo a los problemas y actividades a los que está siempre entrega¬do y entregarse a otra cosa con el simple propósito de divertirse.
A la necesidad básica de trabajar y de sentirse producti¬vo, la acompaña el instinto de relajarse y aminorar la marcha y ser capuz de eliminar toda presión. Ese instinto que le mueve a relajarse es necesario porque si no acabaría usted pereciendo víctima de la presión y de la fatiga. Si carece de la capacidad de relajarse, se expone a diversas enfermedades, entre ellas la hipertensión, las úlceras, las afecciones cardíacas, los sarpullidos, los calambres, los tics nerviosos, etc. Su organismo sabe que la presión excesiva puede ser fatal, y, en consecuencia, está plenamente provisto de la capacidad y el deseo de apartarse de las situaciones opresivas y disfrutar del ocio. Si cree que esto no es un instinto, intente imaginar cómo podría sobrevivir si no tuviese un mecanismo interno que le indicara cuando está agotado. Seguiría trabajando hasta el desmayo. Por desgracia, muchas personas han ignorado este instinto interno y se han destruido por ello. Puede tener usted una conexión mucho más perfecta con su absoluta necesidad de divertirse y relajarse si confia en su instinto cuando percibe que sencillamente está demasiado acosado. Haga lo que haga, aunque usted lo recHace e ignore su instinto de relajarse no le abandonará.

Creatividad

Si les piden que piensen cuáles son sus necesidades humanas superiores, muchas personas mencionarían algu¬nas cosas que yo he mencionado, como el amor, o un trabajo significativo; pero creo que pocas incluirían la creatividad, ante todo porque la dicotomía creativo/no creativo es algo que está muy presente en nuestra cultura. Continuamente se oyen frases como: "Fulanito es muy creativo, estoy seguro de que será artista cuando sea mayor". "Yo no soy muy creativo. La gente creativa es distinta a la mayoría. Para ser creativo hay que estar un poco loco." De pensar de este modo hay sólo un paso muy corto a concluir que sólo unos pocos "genios creadores" selectos deberían intentar ser creativos, pensando que la creatividad se manifiesta sólo en las paredes de los museos,
entre las tapas de los libros, etc., y que sería pretencioso y hasta estúpido que uno aspirase a la creatividad. ¿Como podría ser una necesidad humana universal si tan poca gente está en condiciones de satisfacerla?


Naturalmente, esto no pvede ser así, porque si todo el mundo se clasificase a sí mismo como no creativo, dejaría de haber originalidad y siempre acabaríamos viendo reposiciones de películas, haciendo las cosas siempre como las hacemos ahora, pensando, hablando, enseñando, etc., del mismo modo siempre, lo cual significaría que la especie humana moriría de aburrimiento al cabo de seis meses.
Por suerte, esto no va a suceder, porque la creatividad es un instinto profundamente enraizado, y si abrimos bien los ojos y nos fijamos en las cosas que nos rodean, y que ha creado la gente, desde el periódico de hoy a los toboganes y rampas ie la zona de juegos de las Naciones Unidas, a la nave espacial Apolo y cualquier otra cosa hecha por el hombre, se quedará sobrecogido ante la creatividad de los seres humanos. En realidad, lo opuesto a creatividad es la simple imitación, así que el único medio que tenemos de evitar ser creadores es imitar servilmente a otros siempre... en el caso extremo, seguir siempre a todas partes a otra persona e imitar todo lo que haga.
En otro sentido, lo opuesto al espíritu creador es el espíritu destructivo, desear malévolamente destruir todo lo bueno, valioso y bello que hayan podido hacer los demás o actuar de modo destructivo en las relaciones humanas. Para evitar la destructividad, hemos de ser creativos en nuestros pensamientos personales sobre nosotros mismos y sobre el mundo entero, y para iniciar ese proceso hemos de empezar evitando imitar las ideas de los individuos auto-destructivos (y no hay manera de imitar los procesos mentales de los individuos realmente creativos, porque no hay ninguna fórmula para ser original). Por tanto, considero que evitar la imitación ciega o la conformidad irreflexiva es la clave para que todos podamos satisfacer nuestras necesidades de creativi¬dad y poder alcanzar las cumbres vitales de nuestra ilimitada capacidad creadora.
El primer paso para que identifique usted su creatividadinnata es que tenga en cuenta que se trata de una expresión de su individualidad, tan presente siempre (cómo pueda estarlo su sombra), que le seguirá a todas partes. Aflora en formas sutiles aunque intente usted rechazarla y negarla. Brota y se hace presente cuando usted la necesita instinti¬vamente, cuando no tiene posibilidad de obstaculizar su aparición, como cuando añade usted "automáticamente" los ingredientes adecuados a su sopa casera o idea una jugada en el partido sobre la marcha, o presta ayuda a la víctima de un accidente de automóvil. Algunos podrían decir: "Eso no es creatividad, eso es sólo buen ingenio yanqui", pero yo diría entonces: "¿Por qué hablamos siempre del viejo ingenio yanqui, y nunca de la nueva creatividad yanqui? El ingenio es una forma de creatividad. ¿No se basaron en él los inventores y no llamaríamos, por ejemplo, creativo a Thomas Edison?"
El caso es no olvidar que tanto el ingenio como otros talentos de los que usted puede enorgullecerse son "dife¬rentes de" la creatividad, porque la distinción carece de sentido, salvo que necesite usted que le explique en qué son distintas de la fruta las manzanas y las naranjas. Debe concentrarse usted, por el contrario, en examinar todas las actividades de su vida, en las que aflora o quiere aflorar la creatividad (romo lo opuesto a la imitación) y estoy seguro de que la descubrirá en todas sus actividades. Lo único que ha de hacer para darle rienda suelta en cualquier actividad (cocinando, jugando con los niños, arreglando el coche, en su profesión, decorando la casa, escribiendo una carta, absolutamente en cualquier cosa que usted elija) es pararse un segundo y preguntarse: "¿cuánto de lo que estoy haciendo aquí es sólo imitación irreflexiva? Si dejase libre la imaginación para ver cómo podría hacerse mejor, cómo podría conseguir que fuesen más bellos y pensase después cuáles de mis fantasías son realizables y cómo, ¿quién sabe lo que podría hacer?"
Ésa es la cuestión básica respecto a la creatividad, lo que la convierte en un instinto humano tan vital: la fascinación y la expectación de no saber nunca qué demonios va a idear su pensamiento la próxima vez. Lo que hace funcionar la creatividad es aceptar las ofertas de la imaginación igual que acepta las conchas que localizan sus ojos en la playa. De todo ese vasto mar de conchas, sólo se fijará en unas cuantas; otras, quizá quiera usted tomarlas y exami¬narlas un poco. Con otras, se divertirá tirándolas lo más lejos que pueda, al mar; otras se las llevará a casa y las tendrá allí unas semanas; y algunas quizá quiera limpiar¬las, hacerse un collar con ellas, enmarcarlas e incluso conservarlas siempre. Exactamente así es cómo trabajan los "escritores creativos". Abren las puertas de su pensa¬miento a las sugerencias de su imaginación. Como tienen que preparar su pensamiento de modo que forje sus ideas convirtiéndolas en obras, su pensamiento elegirá luego sugerencias para obras concretas y, estén ante la mesa de trabajo o pescando en algún sitio, o subiendo a un autobús, o incluso durmiendo a veces, si su imaginación encuentra una concha que exige que la recojan, se lanzará de inmediato adelante, se centrará en ella, la mirará a la luz por un instante, la depositará en la memoria, y acabará convirtiéndola en un escrito.
Este no es un proceso que pueda resultarle extraño. Usted hace lo mismo cuando se abre a las posibilidades creativas en cualquier cosa. Piense por un momento en esas parcelas de su vida o en esas cosas que ha hecho y que ha considerado más creativas y pregúntese si su pensamiento no ha trabajado de ese modo.
Supongamos que se considere usted una persona con gran capacidad creadora como cocinero. Eso significa que no sigue usted siempre los libros de recetas, que no se atiene a repetir el mismo menú en ciclos de dos semanas y que no hace ninguna otra cosa que indique "imitación compulsi¬va". Tampoco prepara usted unos perros calientes, un poco de helado, un escabeche, zumo de limón, pimientos picantes, cerveza y galletas saladas en una cacerola y lo pone a hacerse para ver lo que resulta. Puede utilizar a menudo recetas ajenas (algunas de sus viejas recetas preferidas y otras nuevas que parezcan prometedoras), pero si lo hace es muy probable que las recetas de su colección estén llenas de anotaciones, variaciones y sustitu-
dones que ha ido ensayando en el pasado, de modo que la forma que tiene usted de hacerlo ahora es una variedad sumamente original de paella, pollo a la cantonesa o lo que sea.
Cuantas más recetas haya ensayado y probado, más habrá aprendido sobre qué ingredientes se complementan entre sí y de qué modo, y más confianza tendrá a la hora de improvisar, de modo que cuando centre su pensamiento en la tarea de "preparar algo" sin receta y abra su imaginación a cualquier sugerencia, pueda recorrer todo el inventario de ingredientes y especias de la casa, hacer unas cuantas elecciones de tanteo, empezar con lo que está seguro o segura que quiere, probarlo y preguntarse qué es lo que el plato pide o necesita. Su pensamiento hará luego otras sugerencias, algunas de las cuales puede rechazar sin más (¡no mezcle la crema con el zumo de limón, salvo que desee que se corte!), otras puede probarlas y comparar con el aroma normal del plato, rechazarlas, decidir intentar un poco de otra cosa, y así sucesivamente siguiendo el proceso de destacar y ensayar las inspiraciones que tenga, eligiendo las que quiera para el plato, utilizándolas en la proporción adecuada, cocinándolo todo hasta que quede bien hecho, dándole el toque final y sacándolo a la mesa.
Si un número incontable de cocineros y cocineras no hubiesen ejercitado su creatividad de este modo a lo largo de este siglo, si todos se hubieran limitado a seguir las primeras recetas que se idearon, seguiríamos aun atenién¬donos de manera obligatoria a estas instrucciones: "Tome un antílope entero recién cazado y arrójelo a un buen fuego".
Si ha pensado en sus propias experiencias vitales, en las que ha sido más creativo, probablemente las haya identifi¬cado no sólo como alguna de las experiencias más intensas del "vivir ahora" de toda su vida, sino también como las que produjeron las cosas, las acciones o las relaciones que a usted más le agrada recordar, y por las que más le gustaría que le recordasen. Al mismo tiempo, esas experiencias en las que ha sido usted más destructivo han sido aquéllas por las que menos le gustaría que le recordaran, y en las que ha sido más imitativo son aquellas que ha olvidado ya o que no le importaría haber olvidado.
Si rechazase usted esa necesidad superior y básica que tiene de. creatividad y optase por la imitación y la sumisión a lo ya hecho por otros, se convertiría en un autómata, pero con toda la depresión, la angustia, la frustración y el autodesprecio que nacen de intentar asfixiar a ese "genio creador" que hay en su interior.
Si sigue usted, por otra parte, mi consejo del primer capítulo e intenta aprender más del modo en que ha operado en el pasado, cuando ka sido más creativo, en vez de cavilar sobre los modos en que haya podido asfixiar su creatividad, lo "enfermo" que pueda haber estado usted en el pasado; si observa a otros y aprende más de su creatividad, y si decide dar libertad a sus instintos creado¬res siempre que sugieran ideas originales, pronto descubri¬rá que a su propio modo personal es usted tan creativo como cualquier persona sin límites que haya podido vivir en este planeta.

Justicia

¿Puede usted recordar la primera vez que sufrió lo que ahora recuerda como una gran injusticia o presenció cómo la sufría otro? Puede que alguien les contase a sus padres o a un profesor una mentira sobre usted que trajo como consecuencia una paliza o una hora de castigo después de las clases. Puede que el matón del barrio pegase a su mejor amigo por divertirse. Puede que su padre no consiguiera un trabajo por ser negro. Fuese lo que fuese, ¿hasta qué punto fue instintiva su reacción? ¿Cuánto tardó en sentirla? ¿Hasta qué punto fue vigorosa la sensación de rechazo que sintió? ¿Hasta qué punto deseó poder corregir esa situación injusta?
Resulta muy frecuente en la actualidad, al parecer, que la gente rechace sus necesidades instintivas de justicia para sí mismo y para los demás, diciendo: "En fin, el mundo es injusto y nada se puede hacer para evitarlo. ¡Basta mirar cuántas injusticias se cometen todos los días en todaspartes!" Es muy probable que después de decir tal cosa se razone, sea en público o no, del siguiente modo: "La injusticia es norma en este mundo, y no voy a perjudicarme intentando ser más justo que los demás. Me machacarán y pisotearán continuamente si lo hago. Quizá no sea capaz de impedir que me machaquen y pisoteen a veces, pero puedo igualarme a los demás si machaco y pisoteo a otros lo mismo que lo hacen conmigo".
Éste es el razonamiento que utiliza el mecánico sin escrúpulos cuando le carga al ejecutivo de una empresa quinientos dólares de reparaciones innecesarias o que jamás llegaron a hacerse. El mismo razonamiento que se hace el ejecutivo sin escrúpulos de una empresa de créditos cuando aprueba el préstamo de cincuenta mil dólares que ha solicitado el mecánico, sabiendo perfectamente que éste no ha leído la clásula diabólica en letra pequeña, y cuando embarga el taller del mecánico. Éste es el razonamiento que se hace todo el mundo cuando decide que está justificado aprovecharse de los demás para compensar lo que le han hecho a él, compensar su propia sensación de injusticia siendo injusto con otros inocentes. Si decide usted además que puede salir realmente adelante en este juego competitivo según las "reglas reales" y expoliar a los demás por adelantado, pensando que ellos no dudarían en hacerlo con usted, si pudieran, procurando expoliar a más gente que la que le expolia a usted, perdería sin duda todo contacto con sus instintos básicos de justicia, y la consi¬guiente cadena de reacciones paranoico-agresivas podrían llevarle a la ilegalidad completa y a la delincuencia; al fraude, al desfalco, al robo y a cosas peores.
No cabe duda de que el mundo está lleno de injusticias, y de que todas ellas resultan instintivamente ofensivas para el individuo que respeta su propia necesidad de justicia. Pero, en primer término, el individuo Sin Límites no acusa al mundo porque haya injusticia en él; en segundo, no aceptará que en el mundo haya "naturalmente" tanta injusticia, y que él sea antinatural si no quiere aceptar "su cuota" de injusticia en su trato con el mundo; en tercer lugar, no cree que el mundo siguiera de ese modo sihubiera suficientes individuos que quisieran cambiarlo.
Y por último, en cuarto lugar, no permite que su repug¬nancia instintiva ante las injusticias le altere, le confunda o le inmovilice, porque sabe que después de esa reacción instintiva y momentánea de ultraje ante la situación, su sentido creador de la justicia le sugerirá lo que puede hacer al respecto si es que puede hacer algo. Si la respuesta es algo (cualquier cosa), no desperdiciará tiempo ni energías en maldecir al mundo por el hecho de que en él haya injusticias, sino que pasará a actuar de inmediato.
Y tampoco maldecirá al mundo ni se maldecirá a sí mismo si no puede hacer nada al respecto.
El mejor modo de perder el instinto innato de justicia es considerar que justicia es lo que deciden los tribunales, la policía, su jefe o cualquier otro símbolo de autoridad. Su reacción puede ser entonces: "Si ellos llaman justicia a eso, la verdadera justicia no existe." Pero los mejores juristas, los mejores policías y los mejores jefes del mundo le dirán que justicia es sólo algo que ellos intentan conseguir como pueden dentro de sus propias limitaciones. Los mejores juristas del mundo, o los más creativos, le dirán también que cuando llega el momento de dictar una sentencia no hay ni puede haber autoridad superior a sus propias conciencias, según la información que han recibido debido a su propia experien¬cia vital intentando hacer justicia en el pasado. En otras palabras, los que han atendido la llamada de sti propio sentido interno de justicia tan profundamente que han consagrado su vida a é< son los primeros en admitir que, en último término, uno ha de volver a la fuente original, a la infantil e instintiva necesidad de justicia y a una respuesta visceral en cuanto a la equidad en una situación concreta.
Su necesidad de justicia no es necesidad de que le hagan justicia a usted y a los demás siempre. Si lo fuese, tendría razón al concluir que el mundo tal como es nunca podría satisfacer la necesidad de justicia de nadie. Es más bien la necesidad de que usted respete su propio sentido de la justicia, que lo cultive y lo áfírme en situaciones en las que ahora pueda decir: "Qué demonios, en realidad la justicia no existe, así que me limitaré a dejarla correr".
Por ejemplo, quizá se haya visto usted en situaciones similares a una en la que me vi yo hace unos años, cuando el error de una computadora del Ministerio de Hacienda hizo que me cargaran una pequeña suma de dinero que evidentemente no debía. Al final conseguí, tras numerosas cartas y llamadas telefónicas, que los funcionarios admitie¬ran que se trataba de un error, pero no parecían dispuestos a hacer que la computadora dejase de enviarme facturas (o puede que no fueran capaces de detenerla). Mi contable, los funcionarios de Hacienda, mi familia, mi abogado, me aconsejaron pagar la factura ya que era muy poco dinero, olvidarme de la computadora y considerar zanjado el asunto. Me dijeron que si provocaba a los funcionarios de Hacienda me exponía a una revisión rigurosísima de mis cuentas, en la que procurarían asegurarse de que mi obstinación me costara más dinero a la larga y, desde luego, el asunto me traería más dolores de cabeza de lo que merecía la pena en realidad.
No cabe duda de que cualquiera que se vea en semejante situación admitirá que es una injusticia. Lo importante del caso es: ¿Hemos de combatir para defender la justicia o hemos de olvidarlo? ¿Qué es lo que le hará sentirse mejor a la larga, afirmar: "Luchar sólo significará una pérdida de tiempo, y el tiempo es valioso para mí", o decir: "Defender un principio y conseguir que se haga justicia en este caso es uno de los usos más valiosos que puedo hacer de mi tiempo, y me dará muchísimas satisfacciones cuando gane"?
Yo decidí luchar. La idea de ceder me parecía inconce¬bible; no me gustaba que me dijesen que abandonara mi posición sólo porque sería "más fácil" para todos los afectados, y le expliqué claramente a mi contable y a mi abogado que no se les pagaba por aconsejarme que prescindiera de mi necesidad personal de justicia, que si ellos creían que ése era su trabajo, me buscaría en seguida otro contable y otro abogado.
Después de muchos esfuerzos y tribulaciones, alguien del Ministerio de Hacienda arregló la computadora y por fin se corrigió el error. Hicieron, sí, una revisión más cuidado¬sa de mi expediente pero no tuvo ninguna consecuencia
terrible. Como sabía de sobra que no tenia nada que ocultar, me daba igual que examinasen detenidamente lo que estaba haciendo. No me daba miedo una revisión cuidadosa, porque soy un ser humano honrado y sincero. Y, desde luego, no abandonaré mis principios, muy impor¬tantes para mí, por costoso que pueda resultarme. Son los principios y no el dinero lo que me importa en la vida. Y el asunto no me pareció, en modo alguno, una pérdida de tiempo. La verdad es que disfruté muchísimo con él.
Esto no es más que un ejemplo de satisfacción de la necesidad de justicia, que en nada se parece a la situación en la que se encuentra, por ejemplo, el testigo de un delito grave, que sabe que van a condenar a una persona que es inocente y tiene que decidir dar un paso al frente y contar lo que sabe, aunque al hacerlo ponga en peligro su seguridad y la de su familia... pero el principio es el mismo. Puede usted respetar su sentido de la justicia o puede intentar ignorarlo y reprimirlo. Pero, créame, si decide usted no respetarlo, decide no respetarse a sí mismo, y pronto acabará preguntándose hasta qué punto es digna y merece la pena esa vida que lleva.
Para el individuo Sin Límites no hay nada tan básico y significativo en la vida como buscar la justicia. Puede entregarse, muy feliz, a conseguir la aprobación de una nueva ley que prohiba cualquier tipo de injusticia común, o trabajar sin descanso en pro de los derechos civiles, la reforma electoral, el desarme nuclear, los derechos huma¬nos o cualquier causa que considere que puede traer más justicia, más paz y más armonía al mundo, no porque le ciegue el espejismo de que va a resolver todos los proble¬mas del mundo o a erradicar la injusticia, sino simplemen¬te porque goza respondiendo plena y fielmente a una de sus más importantes necesidades como ser humano.

Verdad

Reconózcalo usted o no, su mente funciona en principio y de modo natural basándose en un principio esencial, que es el de ofrecerle verdades importantes para cualquiersituación en que se halle. "Verdad", tal como su propio pensamiento la interpreta, no significa no cometer nunca un error, cosa que es imposible, ni signifíca no decir jamás una mentira, pues a veces es inevitable decirla. Signifíca, en realidad, actuar siempre según su leal "saber y enten¬der". Lo que su pensamiento busca son contradicciones dentro de todo el entramado de su actividad mental. Es la computadora más rápida y más precisa que existe (y más, mucho más); las luces anaranjadas parpadeantes de "con¬tradicción: aclarar incongruencia", y las luces rojas de "Falso" (o "Supuestamente falso"), parpadean avisándole a usted con una velocidad y una precisión increíbles.
Vamos a dar un ejemplo extremo: imagínese que pasa una semana en compañía de personas que mienten siem¬pre. "¿Dónde está el papel higiénico?" "Está en el arma¬rio." "No lo veo." "Es porque te engañé. No está allí." "Bueno, ¿dónde está?" "Está en el aparador." "No lo veo." "Es que te mentí. No está en el aparador." "Bueno, ¿dónde está?" "Lo que pasa es que no hay papel higiénico." "¿Es verdad eso?" "No, es mentira."
Puede que se ría. Pero después de una semana así, llegaría, sin duda, a la conclusión de que no estaba en compañía de seres humanos, y en la vida real no hace falta estar mucho tiempo acompañado de mentirosos crónicos, estafadores y farsantes para contraer una desconfianza crónica hacia la humanidad, incluido usted mismo, que lleva a la paranoia, la depresión, la inercia y el pánico. Se encontrará con que está siempre furioso, que es incapaz de comunicarse con los demás y pronto empezará a dudar hasta de sí mismo. Si mantiene usted un contacto excesivo con mentirosos, llegará a odiarles y a odiarse; perderá la salud; perderá el interés por la vida. A los que han pasado años en prisiones anticuadas, en las que estaban rodeados de mentirosos y farsantes, les resultó sumamente difícil recuperar una cierta confianza en el género humano e incluso en sí mismos. El contacto continuo con este tipo de actividad ejerce efectos parecidos al contacto con bacterias incontroladas que corroen lentamente el organismo hasta que éste ya no puede funcionar. Sí, la verdad es absolutamente necesaria para sobrevivir; es una necesidad superior instintiva.
Y el individuo Sin Límites es primero y ante todo una persona sincera y honrada. Se opone a la falsedad; no se distancia en sus relaciones, no procura nunca ser evasivo con los demás ni pretende engañarles. Y esta actitud sincera ante la vida nace de su decidida fidelidad a la verdad y de la necesidad que todos tenemos de ella para sobrevivir. ¿Qué es lo que detesta usted de tantos políticos, burócratas, grandes negociantes o ejecutivos de los grandes sindicatos, vendedores, etc.? £1 hecho de que parezcan mentirnos, y de que la verdad sea tan poco importante para ellos en sus relaciones habituales con el público. Cuando una institución llega al punto de abandonar por completo la verdad, el resultado inevitable es el caos. La verdad es algo necesario para que sobrevivan tanto nues¬tras estructuras sociales como nuestras estructuras indivi¬duales.
El individuo Sin Límites busca la verdad en todas sus empresas. La necesidad de verdad es tan fuerte en él que se esforzará al máximo por alcanzarla. No le mueve el poder, le mueve la necesidad que siente de que la verdad sea la piedra angular en que se apoye su cultura. La persona Sin Límites no está dispuesta a abandonar la verdad ni siquiera en las conversaciones más insignificantes. No inventará excusas ni dará explicaciones para satisfacer a otros, porque no está dispuesto a comprometer la verdad tal como él la ve. Cuando sabe que está siendo fiel a sí mismo, que sus motivaciones le empujan a afirmar la verdad en cualquier campo, el individuo Sin Límites se siente satisfecho de sí mismo.
El individuo Sin Límites respeta sus necesidades instinti¬vas y su capacidad natural para dar con la verdad sobre cualquier cuestión por sí solo. Acepta que puede cometer errores, pero no aceptará que un individuo o una institu¬ción cualquiera sepa mejor de lo que instintivamente sabe él cuál es el camino que ha de seguir en su búsqueda personal de la verdad. El resultado neto de su búsqueda de' la verdad en todas las cosas será su sinceridad básica como, ser humano, porque si él no tiene jamás que mentirse, nunca tendrá que mentir a los demás (salvo cuando la moral básica desborde el instinto de no mentir, como cuando uno le dice al posible ladrón que no tiene dinero, cuando de hecho lo tiene escondido en otra habitación). En suma, el individuo Sin Límites dará rienda suelta a su tendencia natural a buscar la verdad por sí solo en todas las cosas.

Belleza

La necesidad de belleza quizá sea la más amplia de sus necesidades superiores porque abarca a todas las demás. La individualidad es belleza. También lo es el respeto hacia los demás y hacia nosotros mismos y la sensación de pertenencia al mundo y a la especie humana. Lo son también el afecto y el amor, el trabajo significativo, la diversión, la creatividad, la verdad, la justicia e incluso la propia belleza física.
Tendemos a pensar en la belleza con mucha estrechez de miras. Cuando decimos: "Qué hermosa es esa mujer", quizá comentemos sólo su apariencia. Pero si decimos: "Es una bellísima persona, queremos decir mucho más: que aporta belleza, gracia, humor, amor, respeto o cualquier otra cualidad a su propia vida y a la vida de otros. Decimos también: "Un día bellísimo", queriendo decir que hay sol y una temperatura agradable. Pero si decimos: "Un bello día" porque acaba de producirse una tormenta espectacu¬lar que nos inspiró hacer el amor en el pajar, queremos decir mucho más: que el día aportó belleza insólita, gracia, humor, amor, respeto o cualquier otra cosa a nuestra vida.
Pruebe a sumergirse en un medio ambiente repugnante por un período largo. Vacíe su vida de toda belleza y rodéese de lo odioso y lo desagradable. Le sobrecogerán las consecuencias. Descubrirá muy pronto lo importante que es tener belleza en la vida y poder apreciar lo que es atractivo. Sin belleza pronto se volvería sordo e indiferente a lo que le rodea. Se haría usted rencoroso, colérico, inquieto, resentido y llegaría incluso a enfermar si se le negase acceso a la belleza de este mundo. Hay muchos que consideran que la belleza es un lujo, y piensan que se puede pasar muy bien sin ella en caso necesario. Pero no es así. La necesidad de belleza es precisamente eso, una necesidad, y sin ella el organismo sufre tanto como si se le negase el sueño o el cobijo, aunque los resultados de esta carencia tarden más en manifestarse. Fíjese en la gente que ha de vivir en los medios más horribles imaginables, los suburbios urbanos donde la experiencia de la belleza ambiental y paisajística es más bien nula. Fíjese en los efectos que ejerce el solo hecho de estar en este tipo de ambiente sobre los que viven allí mucho tiempo. Los individuos que viven en un mundo de ratas, cristales rotos, enfermedades, desnutrición, drogas, prostitución, basura en las calles y pobreza por todas partes se convierten en individuos que renuncian a sí mismos. Pronto pierden el deseo de vivir, empiezan a odiar, a sentirse perseguidos, a enfermar y mueren, por último, prematuramente.
La gente necesita belleza en la vida, aunque sólo sea para tener una sensación positiva de su mundo. Música, cuadros, libros, discusiones profundas, teatro, crepúsculo, flores, animales, ríos, caras sonrientes y aire fresco son necesidades imprescindibles para que la gente esté sana y satisfecha de estar viva. El individuo Sin Límites busca la belleza y colabora para que sea asequible a otros. Todos ellos, casi sin excepción. Los individuos Sin Límites están vigorosamente entregados a tareas que sirven para mejorar el mundo, para convertirlo en un lugar más bello para que lo habiten los demás. Quieren que todos puedan apreciar la belleza. La belleza proporciona esperanza. Pensemos en los refugiados que han vivido con grandes privaciones durante la primera etapa de su vida. Cuando van a un concierto o a una excursión o a cualquier lugar bello por primera vez, es como si les pusieran una inyección directa de felicidad, de entusiasmo; lo saborean todo, todo lo absorben. Un contacto con la belleza basta para darles fuerzas renovadas y esperanza en los años venideros. No lo dude, cuanto más aprenda a apreciar la belleza, y a ayudar a que sea asequible también a otros, más colabora¬rá en la tarea de llegar a ser un individuo Sin Límites, y satisfará también, simultáneamente, sus propios instintos de necesidades superiores.

NECESIDADES SUPERIORES Y NECESIDADES INFERIORES: UNA CONSIDERACIÓN GENERAL

Los individuos Sin Límites hacen casi todo lo que hacen para satisfacer necesidades superiores. En su vida es primordial la búsqueda de la verdad, la justicia para todos, la belleza, la perfección y la bondad. A ellos no les interesan ni el poder ni el materialismo ni la explotación en sí. Aunque tengan las mismas necesidades biológicas que todos los demás, las satisfacen básicamente a través de su capacidad de palpitar como organismos vivos en su medio. El individuo Sin Límites ama su cuerpo, lo cuida y no anda siempre intentando probarse con él y con su capacidad fisica. Está en paz con su cuerpo, y su cuerpo es sólo una parte aceptada de su vida.
El individuo Sin Límites tiene así libertad para atender a los valores supremos. Parece tener una conciencia continua de ellos, y su vida gira alrededor del cultivo de esos valores, y de ayudar a otros a apreciarlos. No es un evangelista de los valores superiores, pero parece estar constituido de tal modo que sufre físicamente si no satisface esos valores superiores. Necesita la verdad y la busca. Evita la compañía de los mentirosos porque sabe que si no lo hace acabarían arrastrándole también a la mentira. Evita a los falsos, a los ladrones, a los neuróticos incluso, porque desea superar sus conductas en su propia vida; no quiere que sus patologías le afecten negativamente.
El individuo Sin Límites no se rige por el dinero como la generalidad de las personas porque no trabaja tanto por dinero como por la satisfacción interna que obtiene al estar conectado con objetivos superiores. Está dispuesto a sacrifi¬car la acumulación de dinero en pro de la realización de su misión en la vida. Le obsesiona casi el deseo de que este mundo sea un mundo mejor, y se comportará de un modo que resulta difícil de entender para la mayoría. Es capaz de dejar un trabajo bien remunerado si cree que ese trabajo le
compromete negativamente, sin dudarlo ni un instante. Pondrá su vida en juego si es necesario para hacer saber a otros cuál es su actitud Hacia la verdad y el bien. El individuo Sin Limites se halla bajo la vigorosa influencia de esas necesidades superiores y las considera lo más importante de su vida. Está entregado apasionadamente a mejorar la calidad de vida de los menos afortunados. Se arriesgará a represalias en defensa de la justicia, y serán muchos los que no logren entender cómo puede ser tan necio y estar tan obsesionado por lo que él cree justo. Se encadenará a una valla para protestar contra la injusticia social... hará, en realidad, prácticamente cualquier cosa por reparar una injusticia. Prescindirá del hecho de que muchos le consideren un necio. Sabe lo que debe hacer; está en contacto con sus señales internas y nadie le desviará de su camino.
En suma, todas nuestras necesidades, desde las que son básicas para la supervivencia económica a las que aumen¬tan nuestras posibilidades de vivir una vida Sin Límites, son necesidades en el sentido más auténtico. Si se priva a un individuo de la verdad, enfermará como si se le privase de los alimentos adecuados. Igual se puede decir de la belleza, la bondad, la justicia, la autosuficiencia, la individualidad y todas las necesidades superiores. El individuo Sin Lími¬tes, sea cual sea su ocupación, no puede funcionar si no persigue esos objetivos en beneficio propio y ajeno. El individuo Sin Límites rechazará los valores externos si se cree amenazado por ellos, y no habrá salario suficien¬te ni ningún otro tipo de compensación que pueda disua¬dirle.

No olvide que su falta de paz interior y esa sensación de que no va a ningún sitio en la vida, nada tengan que ver con el dinero ni con necesidades básicas que puedan cubrir el dinero. Seguramente sienta que en su vida no hay ver¬dad, que no es sincero consigo mismo. Probablemente su angustia y su depresión, o sus enfermedades, sean conse¬cuencia de no satisfacer sus necesidades superiores. Traba¬je para satisfacer esas necesidades superiores (todas ellas) y verá cómo se siente más satisfecho que nunca.

 

 
 
 
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