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EL CIELO ES EL LIMITE

Capitulo 2

Falsos maestros

Wayne W. Dyer

 

CAPITULO 2

Falsos maestros

Quizá le resulte chocante pasar de la idea de control o dominio a la de falso dominio o autoritarismo, pero mis estudios sobre el camino hacia la autoactualización y mis propias experiencias en los caminos de la vida me han enseñado que la barrera más persistente entre la normali¬dad y el vivir Sin Límites es el autoritarismo, que tanto abunda en la sociedad contemporánea.

 
   

Es muy posible que la mayoría considere que sabe perfectamente qué clase de persona es el individuo autori¬tario. El prototipo es el individuo dominante, normalmen¬te varón, que espera que le obedezca ciegamente todo aquel al que pueda obligar a aceptar su autoridad; un tipo agresivo, impaciente, arrogante, porfiado, de mentalidad estrecha, irracional. Podríamos pensar en alguien como Hitler en tanto que personaje autoritario arquetípico.
Este prototipo tiene algo de verdad, pero es sólo la superficie y una pequeña parte de la historia. La definición que da el diccionario de "autoritario" es la siguiente: 1) relacionado con o favorable a la sumisión riega a la autoridad; 2) relativo a o partidario de una concentración del poder en un caudillo o una élite no constitucionalmente responsable ante el pueblo.
De esto se deduce claramente que el tipo "padre-autoritario" anteriormente descrito es sólo un verdadero autoritario si toma sus propios valores, opiniones y "direc¬trices" de una autoridad que él a su vez acepta como superior a sí mismo y a la que él presta obediencia ciega; sea esta autoridad el presidente, el general, la iglesia, el jefe o sólo las normas rectoras de la sociedad. Así pues, por mucho que vocifere el "padre-autoritario" sobre la veracidad evidente e innegable de sus opiniones, por mucho que
pretenda ser dueño de sí mismo, dueño de la casa o de cualquier otra cosa, su identidad descansa en el fondo fuera de sí mismo, en esa Gran Autoridad Indiscutible a la que rinde fidelidad absoluta.
Este falso dominio puede ser relativamente inocuo o resultar sumamente peligroso. En la Alemania de Hitler, el autoritario no era Hitler, ni mucho menos: los autoritarios eran aquellos alemanes que le seguían ciegamente y que hicieron, en primer término, posible el autoritarismo. Así pues, el tipo "padre-autoritario" es exactamente lo contra¬rio, de lo que parece; es un individuo que en realidad no confía en sí mismo, que tiene una personalidad débil, y quizás un asomo de paranoia, y que se aferra a su imagen autoritaria como un niño desvalido se aferra a su madre.
Y el "padre-autoritario" o el "autoritario activo" es, evidentemente, la mitad sólo (o menos de la mitad) del cuadro. Él no es nada sin los que le siguen ciegamente: la contrapartida pasiva, sumisa y (hasta fechas recientes, al menos) prototípicamente femenina, los que aceptan todas sus órdenes y jamás ponen en entredicho lo que él "pien¬sa", los niños o los empleados o los conocidos cuyos pensamientos puede controlar. La "madre autoritaria", la "esposa tradicional", la que en la mayoría de las socieda¬des autoritarias puede incluso parecer propiedad de su marido, puede parecer en su sumisión exactamente lo opuesto al padre autoritario, y no hacerla eso menos autoritaria en ningún sentido. Para bailar un tango hace falta una pareja, y para construir una cadena autoritaria son necesarios varios eslabones.
Debería quedar claro, con lo dicho, que el individuo "autoritario" no es necesariamente el que tiene autoridad. De hecho, un individuo puede ser autoritario justamente porque no tiene ninguna autoridad real sobre sí mismo, porque acepta los límites artificiales que le marca la sociedad y desahoga en otros sus frustraciones. Se rechaza normalmente la consideración de "autoritario" porque el término supone limitación, rigidez, dominio de los demás. Pero es menos frecuente que se advierta que el autoritarismo produce los mismos efectos en "el autoritario original y que todos los que participan en las restricciones; la rigidez y el dominio son igualmente autoritarios.
Ya he dicho antes que considero el autoritarismo predominante la barrera más firme para llegar a la vida Sin Limites en nuestra sociedad. Todo el que sea un observa¬dor despierto de la sociedad puede ver que pocos indivi¬duos piensan por sí mismos, pero algunos científicos so¬ciales han calculado que el setenta y cinco por ciento de los miem¬bros de nuestra cultura (la civilización occidental) muestran más elementos autoritarios que no autoritarios en su vida diaria.
No debe sorprendernos, si consideramos que estadísticas paralelas nos indican generalmente estados de salud men¬tal abismales. Creo que el espectacular aumento de los casos de depresión crónica, de "crisis nerviosa", rupturas familiares, suicidios, alcoholismo, dependencias químicas, úlceras, hipertensión, angustia y otras enfermedades de este tipo se debe, en gran parte, a la frustración interior y al aburrimiento que engendra el autoritarismo. Como ser humano, fue usted creado para pensar por sí mismo. Su inteligencia tiene que rebelarse contra la angustia, sus emociones estarán regidas por el peso de cadenas mentales; si usted no se permite la libertad de pensar con su capacidad plena e ilimitada, acabará acusando a otros cuando las cosas van mal. Por una ironía del destino, que nos hace identificar con más rapidez nuestros propios defectos en otros, culpará usted al autoritarismo de otras personas (fidelidad a diversas Grandes Autoridades Indis¬cutibles) de los problemas del mundo y no sabrá usted relacionarse con una persona que piense de verdad libre¬mente si se encuentra con ella.
En realidad, será al pensador libre y serio al que condene usted más de prisa como autoritario, por tener la audacia, el orgullo, o lo que sea, de apoyar su posición en la vida básicamente en su propio juicio. (¿En base a qué autoridad piensa usted eso? ¿Sólo en la suya propia? ¡Bah, eso significa muy poco!)
Si el autoritarismo es una zona social errónea tan inmensa como creo, no tendremos más remedio que trascenderla para poder modelar una sociedad SZE, para poder empezar, incluso, a desarrollar plenamente nuestras máximas capacidades como seres humanos en gran escala. Pero la solución empieza, como siempre, por usted, por el individuo, y para poder valorar su propio nivel de autori¬dad creo que merecerá la pena analizar con algo más de profundidad la psicología de los autoritarios de todo género.
Allá por los años cuarenta, un grupo de siete sociólogos dirigidos por T. W. Adorno realizaron un estudio monu¬mental sobre la psicología del autoritarismo. Los resultados se publicaron en 1950 en dos volúmenes titulados La personalidad autoritaria, casi mil páginas de investigación, cuestionarios y cuadros estadísticos y abundantes conclu¬siones técnicas que describían características personales que los investigadores habían descubierto que estaban relacionadas con el autoritarismo, que definían de modo muy similar a como las he definido yo antes. La lectura de este gran volumen de información queda limitada en general a los cursos universitarios de sociología, pero el contenido es tan importante que creo que debería estar más al alcance de todos nosotros, la generalidad, así que lo resumiré e interpretaré aquí.
Lo importante cuando lea usted algo sobre autoritaris¬mo es que se dé cuenta de lo a menudo que despliega usted rasgos autoritarios, y que se pregunte si el autoritarismo es, en realidad, el elemento predominante de su carácter. Puede que también le resulte instructivo utilizar las siguientes descripciones de la personalidad autoritaria a modo de guía que le ayude a definir lo que hay en usted mismo que le gustaría cambiar, y lo que realmente ha de cambiar si quiere usted convertirse en una persona Sin Límites.

CARACTERÍSTICAS DEL CARÁCTER AUTORITARIO

Resumiendo más de mil páginas de investigaciones en profundidad sobre personalidades autoritarias, obra deT. W. Adorno y otros autores, y al combinar sus descubri¬mientos con mis propias observaciones he llegado a la conclusión de que las características más significativas de la personalidad autoritaria son las siguientes:

Intolerancia ante la ambigüedad

Uno de los rasgos clave de los autoritarios es que para sentirse cómodos necesitan que las cosas se definan específi¬camente. Si no hay un sí o un no como respuesta a cada pregunta, por muy compleja que la pregunta pueda ser, dan muestras de ansiedad. En consecuencia, el autoritario es poco tolerante con los individuos que trabajan en áreas intrínsecamente "ambiguas": filósofos, artistas, pensadores sociales o políticos. Insiste en saber exactamente adonde va en la vida y cuándo, y lo misterioso, lo desconocido e incognoscible resulta amenazador para él. Suele aferrarse a la seguridad del hábito, y suele tener miedo a abandonar un trabajo o a poner fin a una relación, no porque se lo dictan sus mejores intereses, sino porque hacerlo le dejaría en un estado de inseguridad demasiado amenazador, imposible de soportar.
Como la intolerancia Hacia la ambigüedad supone una abrumadora necesidad de certeza, sea o no falsa, conduce a los individuos a súper organizar su vida y a exigir a los demás que estructuren su vida del mismo modo. Los autoritarios tienden a considerarse perfeccionistas, pero esto es cierto sólo en el sentido trivial de que necesitan que las cosas se hagan de una sola forma, y no en el sentido más amplio de que ayudan a crear un medio más apropiado para que todos vivan mejor. En consecuencia, los autorita¬rios se alteran fácilmente; de hecho, suelen quedar parali¬zados cuando las cosas no van exactamente "a su manera", que es la manera según la cual "su autoridad" (sea lo que sea) dice que han de ir. Una de las frases favoritas de los autoritarios suele ser: "Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar". No pueden adaptarse a la idea de que en esta vida pocas cosas o personas van a permanecer mucho tiempo donde ellos quieren que estén. Esta intolerancia frente a la ambigüedad se manifiesta en la familia cuando el autoritario activo, que suele ser el padre, insiste en que todos obedezcan siempre sus normas. Si la familia está jugando a un juego "solo por divertirse", el autoritario suele interrumpir para denunciar las más nimias violaciones de las normas según su propia interpre¬tación de las mismas, y la mayor parte del "tiempo de juego" se dedica a revisar el código de normas.
En las relaciones padre/hijo, los padres que no pueden soportar la ambigüedad suelen imponer a sus hijos expec¬tativas irreales, preguntándoles: "¿Qué vas a ser de ma¬yor?" cuando los hijos tienen cinco años. Surgen innume¬rables conflictos sobre el cuidado de la casa, el mantenerla limpia (y sobre todo "tu habitación"), porque todo lo que está revuelto o fuera de su sitio constituye una ambigüedad intolerable. En realidad, la casa sólo puede estar de un modo, y cuando no es así, constituye un motivo de hosti¬lidad.
Los padres con tendencias autoritarias suelen exigir de sus hijos "perfección" en los estudios, y sus hijos suelen aprender a exigírselas a sí mismos. Pero "perfección" sólo significa obedecer a los profesores al pie de la letra y sacar sobresalientes en todos los exámenes sin formular pregun¬tas difíciles ni delicadas, no leer novelas bajo la mesa cuando la clase resulta demasiado aburrida o monótona, y no preguntar por qué hay tantas cosas en la escuela que han de ser aburridas por necesidad, en primer término. Esos mismos niños aprenden a imponerse luego exigencias igualmente irracionales a sí mismos, a sus padres y a otros miembros de la familia, y con el tiempo a sus propios hijos.
Los que son especialmente sensibles a esta intolerancia a la ambigüedad se ven muchas veces obligados a planearlo todo, incluidas las vacaciones, los presupuestos económicos hasta el último céntimo, y hasta la colocación de la ropa interior en el cajón del armario. Unas vacaciones sin reserva, o sin un itinerario bien detallado, crean un desbarajuste interno que si no se resuelve puede desembo¬car en una úlcera. El autoritario ha de saber de antemano qué va a hacer, y esto ha de confirmarlo cueste lo que cueste. Además, pronto impone esta necesidad de seguri¬dad a todos los que le rodean, y está constantemente encima de los que son más tolerantes a la ambigüedad diciéndoles cosas como "¿Por qué no planeas mejor tu vida? Si colocas cada cosa en su sitio, podrás saber dónde encontrar cada cosa concreta cuando quieras. Si no te organizas mejor, sufrirás las consecuencias".
Desde el vestirse y arreglarse según el estilo "perfeccio¬nista" hasta la casa organizada meticulosamente en todas sus facetas, desde las normas de "orden" impuestas a todos los demás hasta la necesidad perenne de tener un plan, casi todos los autoritarios tienen una mentalidad de "conta¬bles-tenedores de libros", que se aplica a la vida cotidiana. Para ellos, el "libro de registro" de la vida no es un diario en el que se anoten recuerdos de ricas experiencias, sino un libro contable con columnas bien definidas donde se anotan deudas y créditos. £1 objetivo de la vida es acumu¬lar las anotaciones en la columna de valores, en términos de valores sociales convencionales, y evitar los errores que puedan hacer aumentar la otra columna, la de las deudas. Si bien el autoritario procura que impere el orden en su hogar, en sus vacaciones, en la escuela, en su vida y en su trabajo, deja muy poco espacio para disfrutar de las cosas que tiene mientras las tiene realmente. Rechaza también la espontaneidad y el saludable espíritu de aventura y de investigación.
La sexualidad es un buen ejemplo: para el autoritario se trata de un acto programado con un guión preciso a seguir, y no de un medio de expresar amor. Interesa muy poco el juego previo y los abrazos afectuosos una vez concluido "el acto". Suelen centrarse exclusivamente en el orgasmo (sobre todo los varones), y tienden a una "limpieza" melindrosa que les lleva a veces a ducharse antes y después. No suelen ver razón alguna para dar a la sexualidad un valor distinto al de "la función que tiene": un medio de reproducirse la especie, o quizá de liberar energía sexual "sobrante".
En el trabajo, la intolerancia a la ambigüedad se manifiesta cuando el autoritario se encuentra con otros que tienen menos necesidad que el de una "certeza" constante. El autoritario exige saber exactamente lo que están hacien¬do sus compañeros de trabajo, cuáles son sus objetivos y cómo se proponen alcanzarlos. Suelen ser muy chismosos y muy inflexibles en sus "consejos" a los demás. Los autorita¬rios más extremados pueden tener planificados sus objeti¬vos personales en intervalos de cinco a diez años. Se sienten forzados a pretender o intentar estar seguros de dónde se hallarán a los veinticinco, a los treinta y cinco a los cuarenta y cinco, etc. Se descomponen, literalmente, cuando no pueden ajustarse a sus horarios, y la idea de despreocuparse sencillamente de lo que pueda ser de ellos en el futuro les resulta absolutamente inconcebible.
Recuerdo que una tarde caminaba yo por la playa y un hombre que pasaba me reconoció debido a una de mis apariciones en televisión. Me saludó y me preguntó adon¬de iba. Le dije que no iba a ninguna parte, que paseaba por la playa.
— ¿Pero, hasta dónde piensa usted llegar? —me pre¬guntó.
—No lo sé —le dije—. Pasearé hasta que ya no tenga ganas de caminar.
—Pero tendrá usted una idea de hacia dónde va, si va al puerto o a algún otro sitio —insistió.
—No, no tengo ni idea —dije.
Aquel hombre estaba perplejo, como si la idea de un paseo sin objeto por la playa no tuviese sentido y estuviera tomándole el pelo ¿Cómo podía dar un paseo sin tener idea clara del itinerario, de cuánto me llevaría recorrerlo? Aquel individuo pensaba realmente que me estaba burlan¬do de él, que estaba intentando fastidiarle en vez de explicarle francamente lo que estaba haciendo. Se negaba a entender que a veces limitarse a hacer algo por el simple gozo de hacerlo es mucho más saludable que planearlo todo hasta el último detalle y llevar cuenta de cada paso que uno "avanza" en el camino, y comparar incesante¬mente los resultados de tentativas anteriores en campos como pasear por la playa, leer, nadar o tener relaciones sexuales.

Pensamiento dicotómico

Una dicotomía es, en esencia, una división de cierto grupo de cosas en dos partes que se excluyen entre sí: la división de una clase entre chicos y chicas, de un grupo de animales entre ovejas y cabras, o de un grupo de números enteros en pares e impares, etc. Es evidente que el uso adecuado de las dicotomías constituye un elemento básico del pensamiento y del idioma: Sin ellas seríamos totalmente incapaces de razonar. Lo que es menos evidente es el hecho de que el abuso o el uso impropio de las dicotomías, que es elemento característico de los autoritarios, constituye uno de los mayores peligros para el verdadero pensamiento, la comu¬nicación significativa y el mutuo entendimiento en nuestra cultura.
Lo que he denominado "pensamiento dicotómico" es este abuso sistemático, la compulsión que fuerza a dividirlo todo y a todos en grupos que se excluyen mutuamente (bueno/malo, correcto /incorrecto, amigo /enemigo) y "dejar así las cosas", sin tener en cuenta las sutilezas, las matizaciones e incluso los errores patentes que esta actitud puede suponer.
Quiero decir con esto que el autoritario deja que la necesidad de dicotomizar a toda costa rija su pensamiento, en vez de utilizar la dicotomía como un instrumento de la inteligencia que es sólo adecuado para ciertas tareas específicas.
El "pensamiento dicotómico" puede considerarse una derivación de la intolerancia a la ambigüedad. Cuando se trata de personas y de problemas humanos complejos, el pensamiento dicotómico constituye una "urgencia del juicio" que elimina inmediatamente las posibilidades que tiene el autoritario de acrecentar su sabiduría y sus conocimientos y le separa de todos aquellos a los que ha emplazado en oposición a sí mismo.
Un ejemplo de pensamiento dicotómico sería: si usted cree que la homosexualidad es un estilo de vida perfecta¬mente legítimo para los adultos que consientan libremente en ello y que decidan practicarlo, es muy probable que el autoritario saque de ello la conclusión de que pretende usted promover la homosexualidad como sistema general de vida. Ha de estar usted a favor o en contra; el autorita¬rio suele reservarse el derecho a explicarle a usted en términos nada ambiguos lo que "piensa usted realmente o lo que defiende"; nada de lo que usted pueda decir alterará su decisión de emplazarle en un campo u otro.
Los autoritarios suelen ser más duros con los más allegados a ellos. Si alguien de la familia se plantease las ventajas derivadas de una legislación más liberal respecto al aborto, o la suavización de ciertas normas relacionadas con las drogas, por ejemplo, es muy probable que el autoritario reaccionara diciendo: "O está usted a favor del aborto o está en contra de él", o bien: "Si quiere usted que legalicen la marihuana, deberá apoyar también la legali¬zación de la heroína y de todas las drogas duras".
El problema básico es que los autoritarios no tienen espacio en su circuito interno para posiciones intermedias, para operar en las zonas grises en las que se desarrollan casi todas las actividades humanas.
También oirá a los autoritarios decir cosas como éstas: Todos los judíos son buenos comerciantes; todos los negros tienen sentido del ritmo; todos los asiáticos son listos; todos los adolescentes son pendencieros; esta generación está destruyéndose; todas las mujeres son ladinas; a los hombres sólo les interesa el sexo.
Es en realidad absurdo etiquetar a "todas" las personas en cualquier agrupación y considerar que se alinean a un lado o a otro. Si suele usted entregarse al pensamiento dicotómico e intentar imponerlo a los demás, sería mejor que vigilase usted el autoritarismo "en su propia casa".

Pensamiento rígido

Los autoritarios no sólo son incapaces de tolerar la am¬bigüedad y suelen ser dicotómicos en su pensamiento, sino que también son sumamente rígidos en su percepción del mundo y, por ello, en sus perspectivas respecto a sí mismos y a los demás. En este sentido, los autoritarios mantienen resistencias muy fuertes al cambio, y se sienten amenazados por cualquier alteración que se produzca en la forma en la que están acostumbrados a experimentar las cosas.
"Pensamiento rígido" tiene varios significados, pero, para el autoritario, suele suponer la resistencia a considerar cualquier idea que choque con sus propias ideas preconce¬bidas. Si alguien se acerca al autoritario (sobre todo el tipo "padre-autoritario" masculino típico, el tipo "activo"), con un punto de vista que choque con el suyo, lo más probable es que responda escandalizado, indignado, incré¬dulo y burlón. Puede gritar e intentar intimidar. Lo que jamás hará será escuchar, valorar y mostrarse dispuesto a cambiar su postura. Le resulta prácticamente imposible admitir que ha estado equivocado o que pueda aprender algo de otro; eso sería admitir que tiene una personalidad débil y que no tiene una auténtica confianza en sí mismo. Jamás oirá decir al tipo "padre-autoritario": "Bueno, en eso quizá tengas razón". Pasará inmediatamente a la defensiva diciendo, por ejemplo: "No puedo creer que de verdad pienses así. Una persona inteligente como tú..."
La rigidez de pensamiento puede llevar al autoritario a recurrir al insulto personal, a la burla e incluso a la violencia física. La discusión racional y constructiva es prácticamente imposible con los autoritarios, sean del tipo que sean. £1 diálogo nunca es una posibilidad agradable y estimulante para aprender algo nuevo o aprender a ver las cosas de un modo distinto. Nunca es un esfuerzo cooperativo para llegar a un acuerdo, que se inicia con el respeto mutuo por ambas partes. Suele ser tan protocolario y brusco como el "sexo autoritario": en resumen, un enfoque unilateral que usted, si es inteligente, deberá rechazar.
Para el individuo SZE lo más decepcionante de los autoritarios es su inaccesibilidad: prácticamente no hay un medio de llegar a ellos casi nunca. Conozco innumerables familias en las que los hijos dicen: "Mi papá es un gran tipo, a su manera, pero no puedo hablar con él de polí¬tica". O bien "Mi mamá es una mujer magnífica, pero me resulta imposible hablar con ella de cuestiones sexuales".
Tratándose de un autoritario, hay zonas enteras del pensamiento que se convierten en tabú. Al individuo racional basta que le ofendan, le intimiden o se burlen una vez de el para que diga: "Esto se acabó. No quiero saber nada". Así, la única manera de "llegar" a los autoritarios, es reconociendo sus propios problemas y tomando las medi¬das necesarias para corregirlos.
Hace algún tiempo vino a verme una chica joven completamente histérica porque su padre le había llamado prostituta. Pedí al padre que acudiese a analizar el asunto conmigo y con su hija. Llegó, lleno de resentimiento, ante la idea de que hubiera algo que analizar, y me fue imposible razonar con él delante de su hija. Al parecer, la chica había recibido una llamada telefónica dé un joven al que su padre había calificado de "terrorista". Insistía, implacable, en que su hija no debía relacionarse con individuos "de esa calaña", aunque él no había visto nunca a aquel joven y por lo tanto no había podido formarse un juicio propio. No pude determinar entonces si se basaba en rumores respecto al muchacho, o si era sólo paranoia por la "pureza" de su hija, o si el arrebato se debía a alguna otra razón, porque se mostraba tan obstina¬do que cualquiera que se atreviese a poner en entredicho siquiera su actitud era un defensor de la prostitución juvenil, el abuso sexual de las niñas, la pornografía, las enfermedades venéreas y muchos otros males parecidos.
Yo me había dado cuenta ya de que su hija estaba tan lejos de ser una prostituta como yo; me di cuenta también de que la idea que tenía el padre de con quién podía salir su hija era tan rígida que no sentía el menor remordimien¬to por llamarla prostituta y hacerla llorar sólo porque el muchacho no se ajustaba exactamente a la imagen precon¬cebida que él tenía. Por último, le pedí a la chica que nos dejara solos. El padre se tranquilizó un poco, pero su pensamiento rígido era tan predominante y abrumador que no logré ningún progreso con él. Llegué a la conclu¬sión de que era incapaz de escuchar las opiniones de su hija y de cualquiera sobre cualquier cosa; de que era un "sordo selectivo", un archiautoritario, y de que el único modo de ayudar a la hija era enseñarle a no alterarse por las desagradables etiquetas que otros pudieran aplicarle, aunque se tratase de una persona tan importante para ella como su propio padre.
Lo irónico del caso fue que tres años después la chica se fue de casa, a los diecinueve años, y se casó con el "terrorista", que se había licenciado por entonces con excelentes notas y se disponía a ingresar en la Escuela de posgraduados. Resultó que el padre había excomulgado al muchacho basándose únicamente en prejuicios religiosos y étnicos. La familia de la chica era "cristiana" y el chico era judío. El padre sigue negándose a hablar con su yerno y con su hija.
La rigidez suele ser contagiosa en la mayoría de los autoritarios y pasa del "pensamiento" a impregnar todos los hábitos y todas las formas de conducta. Es típico en ellos que sólo lean un tipo de editorial de un periódico, el que exprese opiniones con las que ya estén de acuerdo. Se suscriben a las mismas revistas año tras año, sin considerar siquiera la idea de leer publicaciones que expongan puntos de vista opuestos a los suyos. Suelen volver una y otra vez al mismo restaurante, y piden la misma comida en la misma mesa noche tras noche. Pueden no haber probado nunca la cocina griega, china o cualquier otra que les resulte extraña por el hecho de ser "extranjera", razón por la que saben que no puede gustarles.
La rutina rígida suele impregnar también la vida sexual de los autoritarios: suelen tener relaciones sexuales a la misma hora y siempre del mismo modo, o hasta que resulta tan aburrido que simplemente pasan a prescindir de ellas.
La rigidez del autoritario se ve amenazada por cualquier tipo de cambio. El autoritario casi siempre vota por titulares, y se convierte a su vez, en su propia vida, en "titular". Vacila ante la idea de trasladarse a otra ciudad porque "no sabe lo que podría pasar". Suele seguir en el mismo puesto de trabajo, aunque su tarea se haya convertido en poco más que una rutina diaria, porque teme los cambios inherentes a un ascenso, un traslado geográfico e incluso una elección vocacional completamente nueva. Suele odiar su trabajo, y en vez de mirar hacia su interior y analizar sus propias actitudes acusa al jefe, a otros trabajadores, a la empresa, a la nueva generación o a cualquier chivo expiatorio conve¬niente. Es tan susceptible al aburrimiento como todo el mundo, pero, de todos modos, aguanta, esperando el reloj de oro y acariciando la esperanza de que la jubilación le proporcionará cierto alivio.
Y, por supuesto, los "autoritarios jubilados" pueden ser aún más insoportables que los que trabajan, porque suelen enfurecerse con todos los que, según su opinión, son responsables de que él no tenga dinero, ni ilusiones, ni proyectos, ni emociones. Pueden enfadarse con los hijos porque no quieren visitarles, sin darse cuenta de que para los hijos una visita resulta como pasar varías semanas en una tumba con un vendedor de enciclopedias agresivo. Se enfurecen con las jóvenes generaciones por ignorarles, cuando su propia rigidez aparta de su lado a todos, jóvenes y viejos. Y parecen no darse cuenta nunca de que su propia rigidez mental es el origen de su aflicción. Es muy frecuen¬te que les encante gruñir y protestar y que en el fondo se abracen a sus propias frustraciones. Y que busquen moti¬vos de queja, que se sientan felices cuando acaece un desastre o estalle una crisis energética que les da más combustible para sus amadas diatribas.


La rigidez de los autoritarios es una enfermedad que se inicia en el pensamiento y se extiende a todos los aspectos de la vida. Infecta al propio autoritario y a cuantos le rodean de aburrimiento, angustia y depresión. Los autori¬tarios deben vivir de acuerdo con una rutina, y, sin embargo, en el fondo odian la monotonía de esa rutina. No se arriesgan a romper esa monotonía porque temen un cambio, y, sin embargo, acusan al mundo de no cambiar para adaptarse a sus viejas y rancias ideas de lo que debería ser el mundo.

Antiintelectualismo

De acuerdo con su típica intolerancia ante la ambigüedad, su pensamiento dicotómico y su rigidez, el autoritario suele desconfiar de los "intelectuales", sobre todo de los que se ganan la vida realmente como pensadores. Los autoritarios suelen mirar con escepticismo cualquier cosa que no pue¬dan "ver por sus propios ojos", y se sienten intimados por filósofos, psicólogos, artistas, profesores y otros que se ganan la vida trabajando generalmente con el intelecto.
Los autoritarios suelen menospreciar enseguida a los individuos que leen revistas especializadas, acuden a conferencias, obras de teatro u óperas, o disfrutan con programas de debate en la televisión. El autoritario típico comenta: "Ah, esos profesores son todos una pandilla de rojos (liberales sensibleros, cabezas cuadradas, ratas de biblioteca). Lo que dicen no tiene nada que ver con el mundo real".
Cuando los autoritarios son sinceros con los demás, cuando no se sienten amenazados (por ejemplo, en entre¬vistas), suelen admitir una admiración secreta hacia los que tienen "sabiduría libresca". Los padres autoritarios casi siempre desean que sus hijos vayan a la universidad, pero casi nunca quieren que lleguen a casa y empiecen a actuar como si supieran más que ellos de algún tema (aunque ése es teóricamente el motivo de que los padres les enviaran a la universidad, en principio). Es muy frecuente que los padres autoritarios se ufanen de los triunfos académicos e intelectuales de sus hijos, pero sólo cuando tales triunfos suponen "éxito" convencional en el sistema competitivo establecido ("mi hija será la primera en la clase de Derecho") y jamás cuando se rebelan contra el orden establecido.
Dado que las empresas artísticas se consideran "arries¬gadas" desde un punto de vista profesional y práctico, y el arte entraña una elevada dosis de ambigüedad, pocas veces se oirá decir a un padre autoritario: "Estoy muy satisfecho, mi hija ha decidido ser pintora (escritora, escultora, directora de cine, cantante de rock, etc.)".
Prescindiendo por un instante del riesgo que entraña toda carrera artística, examinemos algo más detenidamen¬te la relación entre la intolerancia del autoritario ante la ambigüedad que antes analizamos, su antiintelectualismo y la inquietud que le producen los objetivos del arte y las carreras artísticas.
La intolerancia del autoritario a la ambigüedad significa que el autoritario desea compulsivamente que cada ele¬mento del lenguaje que oye o lee signifique sólo una cosa que sea clara y fácilmente identificable. Si recordamos lo de la mentalidad de tenedor de libros, "doce mil quinientos dólares en la cuenta de ahorros" significan sólo una cosa. Pero pensemos en la belleza de un verso como el de Shakespeare: "Ser o no ser, he ahí el dilema...", o el de Keats: "Belleza es verdad, verdad es belleza, eso es todo cuanto sabemos en la tierra, y todo cuanto necesitamos saber".


La verdad y la belleza de este lenguaje estriban precisamente en el hecho de que esos versos ¡significan algo distinto cada vez que se leen!
Contienen tantas verdades universales, o tanta "sabiduría concentrada", que son verdad en un número infinito de sentidos. Un número infinito de individuos distintos a lo largo de innumerables generaciones y en las situaciones más distintas que pueda concebirse pueden sentirse iluminados por estos versos. Un solo individuo puede leer estas simples palabras una y otra vez y obtener nueva inspiración, nuevas ideas que ilumi¬nen su vida. Compare lo que significa leer los poemas más inspirados del mundo una y otra vez con la idea de leer una y otra vez la anotación de un libro de contabilidad, y comprenderá lo que quiero decir.
En realidad, el uso artístico del idioma se- basa en la fertilidad de su ambigüedad: es decir, su capacidad de revelar cierta verdad, mostrar cierta belleza, de muchos modos distintos para todo género de personas distintas.
Podemos decir lo mismo de un gran cuadro, de una gran fotografía, de una sinfonía, una obra arquitectónica, o cualquier otra obra de arte, y también, al menos según muchos pensadores, de las grandes obras de la filosofía y de otras disciplinas intelectuales. El filósofo Martin Heidegger, por ejemplo, dice:

La multiplicidad de significados es el elemento en que debe moverse todo pensamiento para ser pensamiento estricto. Utilice¬mos una imagen: para un pez, la profundidad y la amplitud de las aguas en que vive, las corrientes y los tranquilos remansos, las capas frías y calientes, son los elementos de su movilidad múltiple. Si el pez se ve privado de la plenitud de su elemento, si se ve arrastrado a la arena seca, sólo puede debatirse, agitarse y morir. En consecuencia, hemos de procurar siempre pensar, y captar la carga de pensamiento de ese pensar, en el elemento de sus significados múltiples, pues de otro modo, todo lo veríamos bloqueado. (1)
Pero si el arte y el pensamiento se basan en la fertilidad de la ambigüedad, tal como hemos dicho, y el autoritario rígido y mentalmente dicotómico es intolerable con la ambigüedad de forma compulsiva, no es extraño que no sepa qué hacer con el pensamiento original o con el arte. En suma, como el autoritario duda de su propio juicio, suele desconfiar de cualquiera que se aventure en la fertilidad sutil y compleja del arte y de las tareas intelectuales.
La reacción típica del autoritario frente a todo el que tenga una educación superior o una formación intelectual sólida es eludirle. Puede haber, sin duda, razones muy legítimas para eludir a ciertos "intelectuales": hay muchos autoritarios entre los académicos y entre otros, que presu¬men de diplomas y títulos. Los autoritarios de este género no sólo destacan pocas veces en su campo (suelen ser devotos seguidores de alguna "escuela de pensamiento" y siguen ciegamente al "gran hombre" que les haya enseña¬do) sino que además suelen padecer una de las enfermeda¬des más detestables del autoritarismo: la pretenciosidad intelectual. Los intelectuales pretenciosos en realidad están tan seguros de su mérito personal que han de ocultarse detrás de diplomas y títulos, y pretender que los licencia¬dos, los "académicos", los intelectuales "librescos" son más inteligentes que los que se ganan la vida por otros medios.
Esto es absurdo, claro. El individuo que es capaz de arreglar una radio o arreglar un motor o cultivar la tierra o cuidar ganado o realizar miles de tareas diversas puede ser tan inteligente como el que se dedica a resolver ecuaciones de segundo grado o a recitar a los clásicos. La sabiduría "libresca" procede de cultivar sólo un tipo de inteligencia, y los mejores "intelectuales", según mi opinión, han sido los que han aprendido primordialmente haciendo.
Es evidente que tuvieron que abordar la literatura de sus campos respectivos para poder "apoyarse en los hombros" de las generaciones anteriores y hacer "progresar el arte" en su campo, pero los individuos Sin Límites, como Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau, Albert Einstein y George Bernard Shaw, superaron a todos los que les había precedido saliendo al mundo y probando sus ideas. Eran trabajadores además de pensadores, y triunfaron como tales porque habían superado el pensamiento dicotómico según el cual un individuo ha de ser un trabajador o un intelectual. Sea cual sea su trabajo, puede hacerlo de un modo brillante si piensa usted en él, pero tener un título académico no demuestra que uno sea capaz de pensar como es debido, ni la falta de una formación académica impide a nadie pensar "inteligentemente".
Visto desde esta perspectiva, el autoritario con tres títulos académicos es tan antiintelectual como el autorita¬rio que nunca pasó de tercer grado.

Antiintrospección

Los autoritarios, además de ser antiintelectuales, suelen ser antiintrospectivos: se resisten a mirar hacia su interior y buscar allí las motivaciones de su conducta. No creen que deban preguntarse a sí mismos por qué hacen algo, en realidad, y es habitual que menosprecien cualquier tipo de desarrollo personal que les lleve a saber más de sí mismos. Suelen considerar la psicoterapia, la meditación, el yoga y otras formas de acercarse a uno mismo y afrontar sus problemas no sólo como una pérdida de tiempo, sino incluso como una especie de conspiración destinada a lavar el cerebro a todo el país. Se sienten tan inseguros de sí mismos que no osan correr el riesgo de exponerse a las influencias del psiquiatra "comecocos", el profesor de yoga o cualquiera de esos otros "tipos raros".
Lo que en realidad temen es cambiar su mentalidad, admitir que no siempre han tenido razón en todo (o, más que ellos, esa Gran Autoridad Indiscutible que eligieron). En el fondo saben que se sometieron una vez y no confían en no someterse de nuevo.
La antiintrospección es otro de esos "puntos ciegos" del autoritario: en este caso, supone la negativa a mirarse al espejo, psicológicamente hablando. El autoritario se niega a mirar hacia el interior porque tiene que basarse muy firmemente en sistemas de apoyo externo que le confirmen su valor como ser humano. En realidad, cree que su mérito procede de sus logros y acumulaciones, y que la única manera de aumentar su mérito es conseguir y acumular más. Aunque afirme a menudo que desea apartarse del mundo de la competencia continua, de la carrera competi¬tiva en que se ha convertido su vida, se niega a creer que la única puerta de salida se abre hacia dentro, que el primer paso para poder salir es afrontar el torbellino interno y el miedo que le impide correr los riesgos que inevitablemente hay que correr para salir de las rutinas que tanto desprecia. Sabe que no es feliz haciendo lo que hace, que vivir con relaciones basadas en arranques emotivos y en la ausencia de afecto es desagradable, pero es incapaz de emprender el camino interior para modificar esta situación. Sigue depo¬sitando todas sus esperanzas en elementos externos y acusando de todo el exterior; utiliza cualquier cosa y a cualquier persona como excusa para justificar su sensación de estar atrapado. Mientras el autoritario no empiece a preguntarse a sí mismo y a mirar qué es lo que hay en él que le mantiene encerrado en un estilo de vida autoritario, no tendrá posibilidad de cambiar.

Conformidad y sumisión

Resulta especialmente irónico que los individuos que muestran la clásica conducta autoritaria destaquen inva¬riablemente en los campos de la sumisión y la conformi¬dad. Según Adorno, "la conformidad es uno de los princi¬pales indicios de ausencia de un foco interno". Quiere decir con esto que el individuo autoritario se halla motiva¬do, prácticamente gobernado, por opiniones y fuerzas sociales externas a sí mismo. £1 autoritario es débil en lo que respecta a su propia serie independiente de valores, creencias e instintos. Le resulta más fácil y más cómodo ajustarse a normas impuestas que buscar en su interior claves para orientar su vida. Parece lógico, por tanto, que el autoritario sea sumiso frente a la autoridad establecida y a las formas de conducta convencionales. Aunque el autoritario pueda vociferar mucho por diversas cuestiones, es raro que se aparte de las "normas" establecidas y prefabricadas en cualquier tema, y suele utilizar la tradi¬ción y "el modo en que siempre hemos hecho las cosas" como base de su conformidad. "Bueno —razona—, si pretende usted crear un estilo de vida propio, no sólo correrá un riesgo al experimentar lo que nunca se ha probado hasta ahora (lo desconocido), sino que tendrá en su contra a toda la sociedad convencional." Parte de la excusa que el autoritario utiliza para obligar a los demás a adaptarse a la "tradición" es con demasiada frecuencia que hay tanta gente autoritaria que al innovador le resultaría la vida tan insoportable que lamentará haber intentado alterar el sistema. Pero en lo que respecta a la acción, o, como dicen los psicólogos, "conducta", el autoritario suele ser muy sumiso a la autoridad y muy sugestionable e influenciable, sobre todo a través de la propaganda, frente al individuo más autónomo que desafía la autoridad y se niega a aceptar las cosas como son sólo porque una institución o una figura autoritaria decrete que hayan de ser así.
La conformidad y la sumisión se manifiestan, en primer término, en la actitud del autoritario con sus propios padres. La idea del padre como figura de autoridad absoluta es algo sagrado para el autoritario. Por eso les resulta difícil criticar o atacar a sus propios padres en cualquier sentido que pueda conducir a un saludable reajuste de las relaciones entre padres e hijos, y son igualmente incapaces de recibir esta influencia positiva de sus propios hijos. La autoridad del padre se enfoca como si fuese un camino de dirección única, en el que el padre merece respeto sólo por ser una imagen de autoridad, y la imagen de autoridad ha de ser indiscutible, pues oponerse a una autoridad equivale a desafiar toda autoridad, todo orden y toda "civilización". La relación autoritaria entre, hijos y padres nunca llega a madurar en amistad, respeto y tolerancia mutuos, sino que sigue siendo siempre una lucha constante entre el posible subordinado y el dictador.
Esta visión totalitaria de la paternidad se prolonga mucho más allá de la infancia. Adultos claramente madu¬ros y plenamente desarrollados, suelen tener, dificultades para expresar sinceramente los sentimientos que sus padres les inspiran. En los individuos autoritarios la escisión se mantiene toda la vida porque, para ellos, la relación entre padres e hijos ha de tener como base la sumisión. La cuestión irresoluble es, por supuesto: "¿A qué serie de valores debemos someternos?"
Los autoritarios tienden a citar mucho los símbolos de la autoridad en discusiones y en explicaciones de por qué "piensan" como lo hacen, y suelen mostrarse sumisos frente a las imágenes de autoridad en todas sus relaciones con ellas. Por ejemplo, el conserje autoritario aceptará lo que le diga el médico sobre medicinas (lo crea o entienda o no) por lo mismo que espera que todos acepten lo que él diga respecto a su trabajó, créanlo, entiéndanlo o no.
He trabajado con muchos clientes para quienes la conformidad y la sumisión son formas de vida dominantes. A muchas mujeres, sus padres autoritarios les han enseña¬do que su única forma posible de comportarse es someterse a los dictados del sector masculino de la población, en especial del padre y el marido. Las mujeres que se oponen a este estereotipo suelen ser tachadas de neuróticas (reac¬cionarias feministas agresivas, "marimachos" o "castrado¬ras") por los autoritarios del sexo masculino. Cuando una i mujer se contenta con "seguir la corriente" y ser sumisa, se lleva bien con los varones autoritarios. Siempre me ha parecido importante en mis sesiones de asesoramiento ayudar a las personas a oponerse a la sumisión automática a cualquier cosa, porque eso menoscaba gravemente la dignidad humana esencial del individuo al poner otra autoridad por encima de la propia. Esto es aplicable a niños, esposas y maridos y a los empleados dominados; y a cualquier otro individuo dominado: Si uno no puede pensar por sí mismo, si no es capaz de ser más que dócil y sumiso, siempre le dominarán, siempre será un esclavo de lo que dicte cualquier imagen de autoridad.
No puede defenderse el principio de que debe obedecerse siempre la ley. Si las leyes son inmorales, deben desafiarse y desobedecerse. Del mismo modo, si una imagen de autori¬dad abusa de usted, no está obligado a seguir sus dictados. Si alguien insiste en que debe ser usted exactamente como los demás para ser un buen miembro de su familia o de su sociedad, es absolutamente vital que se niegue a someterse y que se afirme como un individuo que tiene dignidad propia y se respeta a sí mismo.
En una ocasión discutí con un oficial de policía de Nuevo México cuya tarea era poner multas por exceso de velocidad a conductores que superaban en pocos kilóme¬tros por hora la velocidad límite en medio del desierto, donde no vivía nadie en cien kilómetros a la redonda y se podía ver otro coche cada quince minutos. El oficial de policía admitió que el exceso de velocidad de ocho o diez kilómetros hora por el que multaba no ponía en peligro la vida de nadie y que era una ley estúpida, que estaba castigando a la gente más que imponiendo normas de seguridad en carretera, y que se trataba de una práctica ruin: el estado le empleaba en el control de una "trampa de velocidad" en la que se explotaba a los "visitantes" imponiéndoles un límite de velocidad ridículamente bajo. Aun así, él "iba a trabajar" todos los días, y esperaba al pie de una colina, donde la mayoría de los conductores ni se molestaban en pisar los frenos sólo para cumplir con la pequeña señal que aparecía súbitamente y que decía "Velocidad limite: 90 kilómetros por hora".
Cuando le propuse que se negara a aceptar aquella misión, o que intentara que sus superiores cambiasen aquella ley, o que se quejase a sus superiores, sonrió y dijo que él se limitaba a hacer su trabajo y que no le correspondía a él elaborar las leyes o decidir cómo debían ponerse en práctica. Se sometía a una ley injusta y lo sabía, pero ni siquiera concebía la posibilidad de ponerla en entredicho, oponerse a ella o negarse a aplicarla a otros.
Usted puede ser hombre o mujer, niño o adulto, blanco o negro, rico o pobre o cualquier cosa intermedia, y caer fácilmente en la conformidad o en la sumisión a la autoridad como elección vital. Nadie tiene el monopolio de desperdiciar su libertad humana básica. De hecho, en un momento u otro de nuestras vidas todos hacemos elecciones que suponen conformidad y sumisión. Lo importante es que las identifique usted cuando las realiza, que se pregun¬te si es eso lo que realmente desea y, en caso contrario, que adopte nuevas estrategias que le liberen del hábito de conformarse y someterse, que es quizás el distintivo básico del autoritario.
Christian Bovee, escritor norteamericano del siglo XIX, escribió: "No hay tirano como la costumbre, ni libertad donde nada se opone a su dictado". Si depende usted de la conformidad y la sumisión como fuente primaria de estabilidad, no es sino el esclavo de un tirano que habita en su interior, y reprimirá usted la libertad de aquellos a quienes afirma querer y aplastará todas sus posibilidades de independen¬cia personal.

Represión sexual

Es característico de los autoritarios que se sientan incómo¬dos respecto a su propia sexualidad. Precisamente porque les pone tan tensos, ven "sexualidad sucia" casi por todas partes. Como ya he indicado, adoptan actitudes superficia¬les respecto a la sexualidad: actitudes prácticas u orienta-das al orgasmo que les llevan a desear "hacerlo" lo más de-prisa posible para "concluir el asunto". Tienen la constan-9 te sensación de que hay demasiada sexualidad en el mundo actual, de que se insiste demasiado/ en el tema. Quizá sean sumamente críticos respecto a los programas escolares de educación sexual, pero de modo encubierto hablan cons¬tantemente de ello. Suelen perseguir "desahogos" sexuales de modo muy egoísta, utilizando a la "compañera" como instrumento o víctima.
Existen profundas contradicciones en las actitudes se¬xuales y en la conducta sexual de los autoritarios. Aunque el "padre autoritario", siempre se siente amenazado si su hija se ve "sometida" a propuestas sexuales, y se muestra sumamente "protector" respecto a ella, es probable que crea que su hijo debe "salir y tener un plan de vez en cuando", porque eso le ayudará a hacerse un hombre. Los varones autoritarios suelen tener numerosas aventuras extramaritales, pero en ellas suele haber tan poco afecto hacia la "otra mujer" como el que muestran en sus propios matrimonios... y jamás concederían a sus esposas la misma "libertad" que fraudulentamente se conceden a sí mismos (de ahí el término "engañar a tu mujer /marido"), en primer término, creo yo, porque secretamente tienen una conciencia clara de la insatisfacción de sus esposas con sus "prácticas" sexuales y temen que les abandonen con el primer hombre que pueda comportarse en la cama mejor que ellos.


El varón autoritario puede cultivar una imagen muy machista, y estar preocupado sobre todo por la opinión que los otros tienen de él en la escala tradicional de la masculinidad basada en su capacidad sexual, sobre la cual puede presumir incesantemente. Pero todas sus baladrona¬das tratan de conquistas sexuales, marcas en el tablero donde lleva la lista de las mujeres que ha conquistado-todo para encubrir el hecho de que no obtiene verdadero gozo de sus actividades sexuales.
El tema de la sexualidad pocas veces está ausente del pensamiento del autoritario. Sea varón o hembra, le oirá usted infinitas referencias, frases de doble sentido y estúpi¬das alusiones sexuales en sus conversaciones cotidianas. Luego, percibirá las contradicciones: se sienten heridos, por ejemplo, por la infiltración de la sexualidad en la televisión, en la publicidad, en las películas, en los libros y en todo lo demás.
Los autoritarios suelen ver sexualidad donde no la hay. Si un individuo del sexo opuesto al suyo se muestra cordial con ellos, rápidamente sacan la conclusión de que están "insinuándoseles". Ellos siempre conocen las "razones ocultas" de las acciones del prójimo, que siempre son, claro está, sexuales. Suponen que cualquiera que se muestre cordial con un individuo del sexo opuesto está acostándose con él, está a punto de hacerlo, o lo desea.
Los "padre autoritario" son los más predispuestos a discursear sobre la inmoralidad de la pornografía, pero también son los que primero ven furtivamente las películas pornográficas, o tienen películas de ese tipo en casa para las reuniones de hombres solos.
Los efectos extremos de la represión sexual del "padre autoritario" aparecen ejemplificados en la película Joe, hecha a principios de los años setenta, cuando la llamada Generación de Woodstock (es decir, la juventud) mantenía aún una actitud rebelde. Joe estaba obsesionado con las perversiones de los "drogadictos de esa generación", más jóvenes, especialmente con sus orgías y sus desenfrenadas experiencias sexuales. Como suele pasarles con mucha frecuencia a los padres autoritarios reprimidos y represo¬res, el destino le otorga una hija adolescente que escapa de casa para unirse a "la oposición". Pero según se ve por el desarrollo de la película, resulta que Joe estaba básicamen¬te obsesionado con el disfrute de la libertad sexual prohibi¬da. Su cólera en realidad no era contra esa generación más joven por su promiscuidad sexual, sino contra sí mismo porque se estaba perdiendo lo que a ellos les parecía placentero y gozoso. E1 sexismo autoritario y machista típico de Joe le lleva primero a una "orgía prohibida" con los compañeros de su hija. Luego, enloquecido por el remordimiento de haber transgredido las líneas sagradas de la moralidad sexual "normal", y decidido a barrer "aquella cultura extranjera y amenazadora" de la faz de la tierra para siempre, se arma e irrumpe en una comuna hippie próxima. Entre los cadáveres encuentra por fin el de su propia hija.-Es una historia tan vieja como la humani¬dad: El hombre mataba a su amada por celos, el general tenia que destruir la aldea para salvarla. Pero cada vez que una hija ha de ser "liquidada" para preservar su "pureza", puede usted estar seguro de que hay un autori¬tario (del género masculino o del femenino) empuñando el arma, y de que quien aprieta el gatillo es su propia represión sexual y /o su remordimiento, combinados con su habilidad para responsabilizar a todo menos a sí mismo de la "desquiciada inmoralidad sexual" del mundo.

Etnocentrismo

Este fantástico término sociológico significa estar centra¬do en prejuicios respecto al grupo étnico propio o a la propia cultura, e incluye una fuerte tendencia a valorar y etiquetar a otros en función de los valores del propio grupo, en vez de concederles el derecho que tienen a ser única¬mente ellos mismos o a tener sus propios valores éticos o culturales. Todas las investigaciones realizadas sobre la personalidad autoritaria señalan el etnocentrismo como la característica más común de los que más destacan en la escala del autoritarismo, y es también, en varios sentidos el rasgo autoritario más peligroso, porque es el que más fácilmente lleva a la violencia entre individuos, entre grupos étnicos, culturales o raciales, o entre naciones enteras.
En la vida diaria, oirá usted constantemente a los autoritarios denostar a otros no por cómo se comporten o se desenvuelvan en determinadas áreas, sino sólo porque "no son como nosotros". Los autoritarios están cargados de prejuicios etnocéntricos respecto a casi todos y a casi todo lo que no pertenece a "su grupo". Existen tantas categorías peyorativas como grupos distintos a los que juzgar; la lista es interminable. Se juzga a los individuos que tienen la piel de un color distinto, a los que tienen creencias religiosas diferentes, o diferentes gustos alimenticios, o distinta forma de vestir o cualquier otro elemento diferenciador, no por su conducta y sus costumbres, sino en términos estrictamente comparativos, y el resultado es siempre el mismo: "Esas otras gentes" son inmorales, estúpidas, perezosas, egoístas, raras, inferiores. Y también se cumple lo contrario: cual¬quier individuo que pertenezca al grupo del autoritario es automáticamente perfecto, ha de aceptarse y defenderse a toda costa, ha de ser el primero al que se contrate, el último al que se despida, etc., independientemente de sus méritos personales.
Cuando prejuzgamos otras culturas comparándolas con la nuestra, nos proclamamos abanderados de la civiliza¬ción, tendemos a enviar "misioneros" para que hagan a los infieles más parecidos a nosotros... o para utilizar su "inferioridad" como excusa para dominarles, explotarles, e incluso conquistarles, que fue lo que pasó con los indios norteamericanos. Los autoritarios dicen cosas como esta: "Los pueblos de África están sin civilizar y no tienen estímulo para mejorar su situación. ¡Basta considerar su cultura! No tienen ni industria ni tecnología ¡Viven en el siglo XV!". Este tipo de autoritario nunca es capaz de considerar los beneficios de que disfrutan naciones que no están industrializadas, nunca consideraría qué quizás esa gente disfrute estando en contacto directo con la tierra, o considere que la esquizofrenia, la angustia, la contamina¬ción, el cáncer, los accidentes en las autopistas y otros muchos aspectos destructivos de nuestra "gran cultura industrializada" no afectan la vida de esas personas. En su lugar, el autoritario llega a la conclusión de que esos salvajes atrasados no son capaces de apreciar lo suficiente sus diamantes, su aluminio, sus avestruces ni sus árboles y que lo que necesitan en realidad es una empresa norteame¬ricana que se haga cargo de sus riquezas y "les enseñe lo que hay que hacer": es decir, que extraiga sus diamantes o su aluminio, mate todas sus avestruces para vender las plumas, y tale los árboles para fabricar muebles.
En la familia, las formas más patentes de etnocentrismo se producen cuando los padres intentan que sus hijos se adapten a "hacer las cosas tal como las ha hecho siempre nuestra familia", o a hacerlas tal como se hacían en la madre patria, o como deben hacerlas los católicos, los protestantes, los judíos, los musulmanes, etc., o como las hacen los italianos, los lituanos, los irlandeses, los japone¬ses, etc. No tiene nada de malo un cierto orgullo étnico, que nuestra herencia familiar nos parezca fascinante y deseemos estudiarla y conservar lo que nos parezca bueno de ella. Pero hay demasiados casos que nos muestran lo que puede significar para un niño o una familia el etnocentrismo rígido de los padres, cuyas consecuencias suelen ser demasiado graves para que las menospreciemos. Un caso típico apareció en los periódicos hace siete años: tina adolescente y su novio se suicidaron arrojándose desde la terraza de un rascacielos neoyorquino porque los padres de la chica, por atenerse rígidamente á la tradición (he olvidado cuál, pero no importa), se negaban a dejarla salir con chicos (pese a que todas sus amigas lo hacían) porque ésa no era la costumbre de la madre patria. Sus padres la mantenían prácticamente encarcelada en su habitación, hasta que acabó enloqueciendo.
Los efectos del etnocentrismo de los padres no suelen ser tan terribles, pero todos conocemos familias en las que una hija ha decidido que quiere casarse con alguien de un medio étnico, religioso o a veces incluso geográfico o político distinto, y sus autoritarios padres la han repudia¬do, se han negado a volver a hablar con su "amada hija". O se han mostrado tan escandalosos y amenazadores, y ella -era tan vulnerable, que han conseguido obligarla a recha¬zar a su verdadero amor y a casarse con alguien "de su propio grupo".
Lo que se percibe con menos frecuencia es que los niños, los adolescentes y los adultos jóvenes son también muy capaces de mostrarse sumamente etnocentristas a su modo. Si una adolescente, por ejemplo, considera que sus padres deben "modernizarse" y "estar al día" entendiendo por ello "actuar más como la gente de mi subcultura" (escu¬char música rock, aprender a bailar a su estilo, comprarse unos vaqueros, etc.) y se burla de sus padres por sus valores, creencias y estilos de vida "anticuados", puede crear tanta alienación y tantos problemas como si el etnocentrismo procediera de los padres. Los jóvenes pue¬den ser increíblemente autoritarios, séanlo o no sus pa¬dres... cosa que no debe sorprendernos, porque, con el predominio del autoritarismo en nuestra sociedad, pueden "aprenderlo" en cualquier parte. Y, como todos los autoritarios, pueden llegar al extremo de que sea imposible llegar a ellos o razonar con ellos, sobre todo tratándose de sus propios padres. Puede que con la edad lo superen, pero no parece demasiado probable... salvo que haya más adultos que lo superen y sobre todo que salgan de su etnocentrismo, y den a los hijos de lodos ejemplos más tolerantes a seguir.
Es evidente que en el conjunto de la sociedad norteame¬ricana —y no sólo en ella, por supuesto— el racismo ha sido la forma más destructiva, duradera y extendida de etnocentrismo; creo que sus consecuencias, desde los días de la esclavitud hasta el presente, son bien conocidas por todos y no es necesario que entre aquí en detalles enume¬rándolas. Sí desearía extenderme un momento en la forma en que el etnocentrismo en general y el racismo en particular se relacionan con un fenómeno más amplio, el del pensamiento y la conducta antiminorías, una enfermedad de nuestra cultura que fomenta la incomprensión entre todos los tipos de "minorías" y "mayorías". No se trata, ni mucho menos, de un problema racial. Las minorías políti¬cas, por ejemplo, tropiezan con grandes dificultades en Norteamérica. Si uno no es demócrata o republicano o uno de los llamados independientes (no comprometidos), si pertenece a un pequeño partido o está intentando crear un "tercer partido" nuevo, los autoritarios, cuyo grupo cultural primario no es racial o étnico sino la Gran Mayoría (Silenciosa) norteamericana, reacciona en su contra de forma típicamente etnocéntrica: le tacharán de excéntrico, comunista, reaccionario o cualquier otra cosa que se les ocurra. La forma más común de desechar las opiniones políticas de las minorías es etiquetarlas como "archiconservadoras" o "raciales", de "extrema derecha" o de "extrema izquierda" y calificar a los que piensan así de "nuevos nazis", con lo que se proporciona de inmediato a la mayoría autoritaria no sólo excusa para ignorar los posibles valores positivos de la opinión minoritaria y para excluir a la minoría del proceso político, sino también para atacar personalmente a los pensadores minoritarios, hasta el extremo del acoso o de la violencia directa. Éste es sólo un ejemplo; en casi todos los sectores de la experiencia humana se pueden observar actitudes antimi¬noritarias de los autoritarios. Y aunque todas y cada una de las ideas que apoya hoy la Gran Mayoría tuvieron su origen en el seno de una minoría (por ejemplo, la idea de que Estados Unidos se declarara independiente de Gran Bretaña y redactara su propia constitución), los autorita¬rios jamás se colocan del lado de una minoría hasta que gran número de individuos les preceden.
A principios y mediados de la década de 1960, la opinión de la mayoría en Norteamérica estaba claramente en favor de la Guerra de Vietnam. Era opinión de los autoritarios que todo buen norteamericano debía apoyar ciegamente la acción del Gobierno. Pero a medida que los sesenta se aproximaban a los setenta, y los prolongados y agotadores esfuerzos de una minoría antibelicista empeza¬ban a dar resultados, se puso de moda estar en contra de la guerra y comprender lo insensato que era en realidad que una nación occidental intentara imponerse en un país tan absolutamente distinto al suyo. Entonces, los autoritarios se unieron a la corriente general e incluso aplaudieron las obras y películas antibelicistas que mostraban la cruda realidad de aquella demente intervención etnocéntrica. Actualmente es difícil conocer a alguien que no proclame que fue siempre contrario a la guerra, igual que resulta difícil, encontrar a alguien en Francia que viviera durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial y no perteneciera a la Resistencia (pese al hecho de que una gran cantidad de ciudadanos franceses colaboraron con los invasores). Y ésa es otra característica de los autoritarios para quienes la Gran Mayoría norteamericana ha reem¬plazado al grupo estrictamente étnico como foco de etnocentrismo: son propensos a fabricarse recuerdos útiles. Ello se da, en parte, en función de otro rasgo autoritario: la incapacidad de admitir que estaban equivocados o la habilidad para ocultar el hecho de que no son perfectos.
Es fácil defender algo cuando lo defiende todo el mundo, excepto un insignificante grupo marginal o minoría. Y los autoritarios toman siempre el camino más fácil, incluso cuando se trata de cosas triviales. Por ejemplo, cuando m la década de los sesenta algunos jóvenes empezaron a llevar el pelo largo, los autoritarios se mostraron unánimes en ridiculizarles calificándoles de afeminados. Pasados diez años, cuando empezó a estar de moda que los hombres llevaran el pelo largo, aquellos mismos autoritarios empe¬zaron a dejarse el pelo largo y a pagar quince dólares al peluquero para conseguir aquel estilo "afeminado", exi¬giendo la misma perfección que si de sus propias .esposas se tratara.
La tendencia de los autoritarios a estar siempre en todo con la mayoría es una clara prueba de la poca estima en que se tienen a sí mismos. En términos prácticos, sin duda es arriesgado desafiar las normas sociales establecidas y seguir una dirección nueva y todo el que carece de confianza en sí mismo se rezagará y esperará a ver qué dirección toma el grueso del rebaño, poniendo sumo cuidado en permanecer en el centro, donde la visión no será tan amplia y donde le empujarán y pisotearán regular¬mente, pero estará en el lugar más seguro posible. A menos, claro, que el rebaño se espante y se vea en su inmensa mayoría arrojado "al precipicio" por "las ma¬sas", en cuyo caso es probable que sólo los que están en los márgenes sobrevivan... y se conviertan en los jefes de la generación siguiente.
Consideremos los grandes acontecimientos de la reciente historia norteamericana: el movimiento de derechos civi¬les, el movimiento antibelicista, el movimiento por los derechos de la mujer o cualquier otro movimiento de lucha socia del que se burlase en sus primeras etapas la mayoría. Los prejuicios antiminorías de los autoritarios, y las consiguientes compulsiones pro-mayoría expresan la men¬talidad de sus "seguidores". Están contra el aborto, si lo está la mayoría; no apoyarán la reforma política local, a menos que lo hagan sus vecinos; quieren saber qué es lo que piensa todo el mundo antes de pronunciarse sobre la reforma fiscal, la energía nuclear, la enmienda de la Igualdad de Derechos o cualquier otra cosa.
Con lo dicho hasta ahora sobre las características
personales del autoritario, no ha de sorprendernos el hecho de que el etnocentrismo, sea del tipo tradicional (en el que los blancos expulsan a todos los negros del núcleo sagrado de la sociedad, o viceversa, según la raza que esté en el poder), sea del tipo moderno (en el que "la mayoría" constituye para muchos el grupo étnico central, con el consiguiente rechazo social de todas las opiniones de las minorías), tiene sus raíces en las costumbres de la sociedad con la que la persona etnocéntrica elija identificarse. De hecho, la raíz griega de la palabra es etnos, uno de cuyos significados es: "grupo de allegados en una organización tribal o clan... contrariamente a demos". La palabra demos, es la raíz de "democracia", a la que los autoritarios se adhieren hipócritamente; significa "la gente común, el pueblo" y supone el extraño ideal de que toda persona es creada igual y de que no debe juzgarse a nadie con criterios etnocéntricos superficiales.
Es indudable que en un país libre tiene uno el derecho constitucional de negarse a pensar si lo desea. Puede uno ajustarse y mantenerse a "salvo" con la mayoría, puede tener incluso la satisfacción de atacar a los que defienden ideas minoritarias impopulares. Pero el mundo sólo mejo¬rará gracias a los que están dispuestos a seguir los dictados de su propia conciencia, aun cuando hacerlo no sea popular.
A finales del siglo XX, ya es hora de que nos liberemos del dominio autoritario de los etnos (el dominio tribal social que dice que haya un jefe con veinte rangos o clases sociales bajo él) y establecer el demos como centro de la sociedad Sin Límites; aceptar la idea de que todas las personas corrientes pueden hallar un modo de vivir unidas en paz y prosperidad en la tierra y que la única forma de lograrlo es que permitamos todos que los velos etnocéntri¬cos caigan de nuestros ojos.
Recordemos que las quemas de "brujas", la esclavitud, los gladiadores, las ejecuciones de enfermos mentales, los sacrificios humanos y muchas otras prácticas hoy abolidas, se practicaron en tiempos porque la mayoría las aceptó y las aprobó. Y no fueron los autoritarios del mundo quienes nos liberaron de semejantes males. Caminamos hoy por sendas humanitarias gracias a las personas Sin Límites que adoptaron sin vacilar actitudes mal consideradas y crearon grupos minoritarios que consiguieron mejorar el mundo.

Paranoia

Los autoritarios suelen ser paranoides: padecen manía persecutoria; tal vez debido a que abrigan muchas ilusio¬nes de superioridad sobre los demás y porqué creen en su interior que los demás también les consideran superiores. Les cuesta mucho confiar en otras personas y es típico de su carácter el desprecio a la humanidad en general, la idea de que todos intentan quitar de en medio a los demás, que "uno siempre tiene que mirar por su interés y dominar al otro antes de que él te domine a ti".
La desconfianza del autoritario respecto a sí mismo y a los demás le hace recelar de toda relación humana, temer que todo aquel con quien se tropieza intente influenciarle. Su primera pregunta siempre es: "¿Qué pretende conse¬guir con eso esta persona?" Pero su paranoia, que se basa en su fantasía hiperactiva y no en la realidad, y que genera angustia inútil, no les ayuda en absoluto a proteger con mayor eficacia sus intereses. De hecho, puede llevarles a ser más crédulos de lo normal en determinadas situaciones, ya que el que quiera realmente quitarles de en medio y perciba la poca estima personal que se tienen, suele idear formas de explotarles y martirizarles... por ejemplo, fo¬mentando su caída con lisonjas. Cuando se dan cuenta de que les han vuelto a "fastidiar" (aunque sin comprobar por qué), su paranoia aumenta... círculo vicioso que, en casos extremos, puede acabar en pánico, alucinaciones e incluso psicosis clínica.
No obstante, es más frecuente que, cuando la paranoia acaba en psicosis, tal hecho se deba a que los autoritarios no pueden admitir que sean "culpables" o responsables de que algo no funciona o de que algo en su vida les haya salido mal, y, en consecuencia, tienen que encontrar otro culpable. La lección que aprenden en cada caso es que hay que ser menos confiado en el futuro, lo cual significa: más sospechas, más paranoias; y la cosa puede seguir así hasta acabar en el manicomio.
Pero incluso para, cimentar esa paranoia relativamente leve, la mayoría de los autoritarios necesitan imaginar multitud de enemigos a su alrededor, conspiraciones de todo tipo. Los grupos sociales de protesta están secretamen¬te financiados por los rusos; hay espías por todas partes; las grandes compañías petroleras están conspirando con los jeques árabes para expoliarnos; la familia negra o de clase social baja que quiere mudarse a nuestra calle está al servicio de una gran empresa inmobiliaria que quiere devaluar los precios; etcétera. Y los sentimientos de perse¬cución del autoritario no le llevan, por supuesto, a sentir una mayor simpatía hacia otros que están perseguidos de verdad, ni le lleva a apoyarles, ni le lleva a erradicar del todo cualquier persecución; les lleva sólo a retirarse y hundirse cada vez más en espirales progresivamente tensas de paranoia.
Los autoritarios muy paranoicos advertirán constante¬mente a sus amigos y familiares que deben "tener cuida¬do", es decir, que no deben ser espontáneos ni naturales. Enseñan a sus hijos a desconfiar de todo el mundo, e inoculan la paranoia en su familia explicando las cosas terribles que pueden pasar si eres abierto o confías en quien no conoces.
La imagen paranoica del mundo no nos ayudará a convertirlo en un lugar mejor para vivir. Es indudable que todos podemos tener mejores cerraduras en la puerta, que podemos procurar no hablar con nadie a quien no conoz¬camos bien y que quizás así nos protejamos en cierto modo del desastre... pero si aceptamos como filosofía de la vida la consigna "mejores cerraduras", no haremos en definitiva sino alimentar aún más la desconfianza mutua.
Si considera usted que todos los demás son enemigos potenciales, se aparta sin duda de la inmensa mayoría de la gente que es sincera, digna de confianza e interesante. Si aprende usted a localizar y afrontar con eficacia a los que son de verdad posibles verdugos, podrá confiar y mantener relaciones abiertas con nuevas personas y nuevas ideas. Puedo decir, por experiencia propia, que cuando uno actúa con dignidad y se niega en redondo a dejarse engañar por los pocos embaucadores que se cruzan en su vida y trata claramente, sin rodeos, a este tipo de gentes, suelen desaparecer y buscar víctimas más fáciles.
Pero la inmensa mayoría de las personas con quienes tropiezo no tienen el menor interés en expoliarme ni en abusar de mí en ningún sentido, y esto es también válido sin duda para la inmensa mayoría de las personas con quienes se tropieza usted. Por tanto, si ve que siempre recela de las motivaciones ajenas, si está usted convencido de que hay "gérmenes patógenos por doquier" y que el mundo es un lugar desapacible y hostil, usted mismo asegura que se confirmen casi siempre sus peores previsiones, y lo único que conseguirá con su paranoia será más reacciones hostiles del prójimo, más sentimientos paranoicos propios y toda una vida de escepticismo y miedo irracional. Como siempre, la elección le corresponde a usted.

Antidebilidad

Como hemos dicho ya en el último apartado, los autori¬tarios asumen raras veces la responsabilidad de sus propios errores... pero, por una extraña ironía psicológica, serán siempre de los primeros que atribuyan a otros la responsa¬bilidad de cuanto les sucede a ellos, sin que les importe que los otros sean o no responsables.
Tomando Jesús la palabra, dijo:

"Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en poder de unos ladrones, que le despojaron de todo, le azotaron y se fueron, dejándole medio muerto. Por casualidad, bajaba un sacerdote por el mismo camino y, aun viéndole, pasó de largo. Asimismo, un levita, pasando por aquel lugar, le vio también y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de paso llegó a él y, al verle, sintió compasión; acercóse, vendóle las heridas, y derramó en ellas aceite y vino..."
(Lucas 10:30-34)

Según esta parábola, el autoritario es el sacerdote o el levita, que piensa: "Este tipo está fingiendo; si me acercase, probablemente se arrojaría sobre mí para robarme" (para¬noia), o "¿Se pararía él a ayudarme si fuera yo el herido?" o bien: "No soy médico; puedo hacer algo mal y luego puede demandarme y sacarme mucho dinero", o cualquier otra de una larga serie de posibles excusas para no detenerse. Esta actitud se deriva de la filosofía del "cada uno a lo suyo": la "supervivencia del más apto", llamada darwinismo social, que básicamente dice: "A los que no pueden salir adelante solos en este mundo en lucha, no hay que protegerlos ni mimarlos; sus fracasos son un método de la naturaleza para deshacerse de los eslabones más débiles de la cadena evolutiva de los seres humanos".
Los autoritarios suelen oponerse a todo género de ayuda social; suelen indignarse contra el que vive del auxilio social, sólo porque está impedido o no puede, por cual¬quier otra razón, trabajar ni encontrar trabajo. Aunque se les diga que estamos en una "recesión", que el desempleo ha crecido, no admitirán que un ocho, un diez o un doce por ciento de la fuerza laboral no puede encontrar empleo debido a circunstancias que quedan fuera del control del individuo e incluso del Gobierno.
Lo que permite al autoritario condenar a todos los desempleados, decir que no quieren trabajar y hasta que los que no pueden encontrar trabajo prefieren, en realidad, vivir de la seguridad social, en vez de contribuir de un modo significativo a la prosperidad social y poder sentir que realizan una tarea positiva, es sólo su mentalidad "antidebilidad" compulsiva. Repito: entre nosotros hay quienes viven "a costa" de la seguridad social, de modo fraudulento, lo mismo que hay ejecutivos de grandes empresas que son sinvergüenzas de guante blanco. Pero el noventa y nueve por ciento de las veces, ese individuo aporreado y machacado, es en parte una víctima y merece que le echemos una mano.
Sin embargo, el autoritario favorable a la antidebilidad insiste en atribuir la inflación, los muchos impuestos, los precios de la gasolina, la suciedad de las calles y todos los males imaginables de nuestra sociedad a un sistema de seguridad social que le parece algo omnipresente en nuestra cultura. "No debería darse a la gente algo por nada a costa' del contribuyente; a los que no pueden trabajar, tendrían que mantenerles sus familias o tendrían que encontrar algún medio de ganarse la vida..." Éstos son típicos comentarios "antidebilidad" del autoritario.
Y los autoritarios, extremando esta tendencia, pueden mostrarse muy contrarios a que se utilicen fondos destina¬dos a educación para subvencionar programas destinados a los retrasados o enfermos mentales; los autoritarios suelen considerar la educación especial, la rehabilitación vocacional de los gravemente incapacitados, o cualquier tipo de auxilio social, como un derroche inútil que ellos no tienen por qué pagar. Pueden oponerse a que se utilicen fondos del Estado para ayudar a los ancianos, aunque puedan haber sido toda su vida trabajadores ejemplares que sirvieron al conjunto social.
Los autoritarios no suelen apoyar la ayuda a los débiles porque equiparan debilidad y maldad; los marginados de la sociedad son responsables de su situación (de no haber conseguido llegar al centro del rebaño) y son peligrosos porque pueden estar desesperados (pudo arrastrarles a la desesperación el solo hecho de estar marginados).
La tendencia antidebilidad afecta también a los propios hogares de los autoritarios, donde el hijo "débil" que no es un atleta, que estudia demasiado o escribe poemas, o que tiene intereses poco viriles, se ve despreciado por el padre autoritario. £1 hijo debe "plantar cara y luchar", reafir¬mando su imagen de macho; debe demostrar que es todo un hombre en el campo de batalla de la vida. Los "deportes de contacto", como el fútbol americano o el hockey, se valoran más que otros deportes más suaves, como el tenis, aunque en los primeros sean mucho más probables las lesiones que podrían tener graves consecuen¬cias en la vida futura del individuo; y el padre autoritario sude estar "pidiendo sangre" desde las gradas, o, si su hijo de nueve años es víctima de una dolorosa lesión en un partido de béisbol y se pone a llorar, se preocupará más de que deje de hacerlo que de la gravedad de la lesión. Por supuesto, el autoritario espera que las chicas sean "fuer¬tes", a su modo especial, pero, dado que tiende a aferrarse a los estereotipos" sexuales de siempre, casi todas las presiones antidebilidad suelen recaer sobre los chicos.
Uno de los aspectos más dañinos de este culto a la fuerza es la actitud de los padres autoritarios hacia los deportes de los hijos, pues el autoritario no sólo los utiliza para reglamentar la vida, sino también para imponer su propia mentalidad antidebilidad a los jóvenes participantes.
En otros tiempos, antes de que se impusieran tantos programas deportivos reglamentados, los niños se reunían en el patio de la escuela o en un solar vacío, se repartían el terreno y empezaban el partido. Se daba por supuesto que todo el que llegara podía jugar. Nadie decía: "No, tú no, tú juegas muy mal. Tú no juegas". Si llegaban "demasiados" chicos, se modificaban "las normas" y se incluían más en cada equipo, o se hacían turnos rotatorios para que pudieran jugar todos. Había muchas discusiones en el juego, por supuesto. Y luego discutían si iban a estar discutiendo todo el día o iban a jugar, pero los niños resolvían estos problemas por sí solos y aprendían cosas interesantes, aprendían a establecer acuerdos entre ellos, sin necesidad de que llegaran los adultos a resolverles sus problemas.
Cuando el partido terminaba, se iban todos a casa y olvidaban el asunto. Al día siguiente, volvían y empezaban un partido completamente nuevo, sin la supervisión de nadie, con la mayor igualdad entre los equipos y la alegría del juego aseguradas por el proceso habitual de elección elaborado por ellos. A los jugadores más flojos les elegían, naturalmente, los últimos, pero si mejoraban lo suficiente podían subir en la escala a la siguiente vez (lo que resultaba muy emocionante), y siempre les incluían. Nunca les decían que eran inferiores, sólo por no ser tan diestros como otros, o por crecer más despacio, o por lo que fuera.
Luego llegaron los padres autoritarios y lo estropearon todo. Los niños ya no seleccionan equipos a su gusto como antes. Son los adultos quienes les destinan permanentemente a un equipo, con costosos uniformes y elegante equipo. Les someten a entrenamiento (o les adoctrinan) implacablemente. Ya no hay discusiones entre los chicos: todo lo decide el instructor o el entrenador o el árbitro, y si un muchacho discute con él, se le expulsa del campo. Los adultos llevan relación de triunfos y derrotas, y se les recuerda a los chicos que ya han perdido catorce veces en la temporada, y que van los últimos, que ganar es lo único que importa, etc. Tienen datos precisos para recordarles su situación respecto a todos los demás, y lo que se deduce de todo ello es que si formas parte de un "equipo débil", debes avergonzarte.
Hoy en día, los jugadores a los que los entrenadores adultos consideran más flojos, ya no juegan. Se les puede permitir usar el uniforme del equipo como consuelo en los entrenamientos, y quizá les permitan jugar un poco en uno o dos partidos, si hay seguridad de ganar (o si no hay ninguna posibilidad de ello), pero, o bien se pasan el tiempo en el banco y se sienten constantemente inferiores, o llegan a ser "masajistas" u otra cosa por el estilo o no forman parte de ningún equipo y quedan totalmente marginados del deporte y de la sociedad de sus amigos. Si se atreven a asomar la nariz en un partido, se exponen a tener que soportar el espectáculo de los padres autoritarios (que se han dado mutuamente toda clase de premios por lo mucho que hicieron por mejorar deportivamente a sus hijos) mostrando su verdadero carácter, gritando a los adversarios, lanzando obscenidades, presionando a sus pequeñas "estrellas" para que "lo den todo" o "se esfuer¬cen al máximo para que yo pueda sentirme orgulloso".
Una persona a quien entrevisté hace poco con motivo de este libro, me explicaba: «El día que me convencí de que no podía entrar en ningún equipo de béisbol de la liga juvenil fue uno de los días más tristes de mi infancia. No tenía la pretensión de convertirme en un gran jugador de béisbol. Tuve un desarrollo, lento y a los diez años no era precisamente un atleta, pero me gustaba jugar, y era lo que hacían todos mis amigos. Fue el año en que empezó en nuestro pueblo la Liga Juvenil, y, en fin, no me hice cargo del asunto hasta que todos los seleccionadores leyeron las listas y mi nombre no figuraba en ninguna. Me fui a casa desconcertado, dejando atrás a todos los chicos que esta¬ban incluidos y que reían y se daban palmadas, sabiendo que mi verano estaba condenado, que ellos habían logrado entrar y yo me quedaba fuera.
»Pasé horas llorando. Mis padres, por suerte, compren¬dieron lo que me pasaba, y se indignaron de que pudieran marginar así a un niño de las actividades deportivas. (¡Y mi padre era entrenador de lucha libre y había jugado al fútbol en la universidad!) Me dijeron: "Mira, si se han hecho cargo de todo los mayores y es ésta su forma de llevar las cosas, es mejor que te mantengas al margen del asunto". Yo pensé que querían consolarme; no comprendí hasta años después que tenían toda la razón.»
Creo que es muy interesante añadir que este chico fue ocho años después un gran nadador, capitán del equipo de lacross en la escuela preparatoria y guardameta del equipo de fútbol. "Pero —dice—, después de aquello, odié el béisbol durante muchos años".
La verdad es que antes era todo mucho más razonable, cuando dejábamos a los niños controlar sus juegos. Ellos eran lo bastante listos para incluirlos a todos, para no preocuparse por los partidos perdidos en el pasado, para jugar con ganas y olvidarlo luego, una vez terminado el partido, y para no juzgar a sus compañeros sólo por lo bien que jugasen. La chica a la que elegías la última para el equipo de kickball podía contar chistes mejor que nadie, o ser la más habilidosa para zanjar una discusión. ("¡Vamos, dejadlo ya! No merece la pena discutir por eso".) Fue también la que más vivas dio el día en que consiguió por fin lanzar la pelota al terreno contrario con una gran volea.
Los niños parecen saber instintivamente que no hay problema en ser "débil" en uno u otro sentido, y que si se deja a alguien jugar, trabajar e intentar mejorar, consegui¬rá naturalmente nuevas habilidades y adquirir confianza, pues ambas cosas van unidas. Saben (hasta que les conven¬cen a la fuerza de lo contrario) que nadie tiene por qué estar en el banco, que no hace falta tanto entrenamiento ni tanto uniforme rimbombante ni tanto equipo para pasarlo bien. Saben todo esto, y usted puede dejarles demostrar que es cierto abandonando su mentalidad antidebilidad y poniendo las cosas en su sitio, es decir, poniéndolas "fuera de juego"... de su juego y del de ellos.
La mejor medida de la conciencia de un país es el trato que da a los que son menos afortunados que "la mayoría", a los que no pueden "entrar en el equipo" sin cierta ayuda suplementaria. Si adoptamos una mentalidad autoritaria antidebilidad absoluta, toda nuestra capacidad de grande¬za como país se tira por la ventana.
Es sin duda mucho más útil y más aconsejable ayudar a la gente a aprender a ayudarse a sí misma que los programas destinados a fomentar una dependencia perenne de un dinero que no se gana, aunque sólo sea porque en mi opinión hacer un trabajo importante, ser miembro activo de la cultura, es una necesidad humana básica; no hay ningún individuo mentalmente sano que pueda ser de veras feliz si no forma parte del "equipo" y, por la misma razón, expulsar a un individuo de "la liga" es una magnífica forma de fomentar la enfermedad mental.
Todos podemos hacer algo, y aunque cuidar y pertrechar a un individuo gravemente incapacitado para que haga lo que puede hacer pueda costar decenas de miles de dólares, aunque pueda costado apoyar a una madre soltera para que eduque a sus hijos (quizá subvencionando parvularios para que la madre pueda irse a trabajar en el momento adecuado... si consigue trabajo), es importante estar seguros de que no nos hemos limitado a "pasar de largo".

El culto al poder

La otra cara de la moneda antidebilidad es el típico cul¬to al poder del autoritario, independientemente del uso que se haga de dicho poder. Algunos autoritarios, por ejemplo, probablemente tengan (o deseen) coches grandes y poten¬tes, aunque legalmente no puedan sobrepasar los cien kilómetros por hora y el motor devore gasolina. O si sienten más inclinación (como parecen sentir la mayoría) por el culto al dinero como medida fundamental de poder en nuestra sociedad (quizá lo sea) quieren un coche que sea el símbolo de estatus más caro y lujoso, para indicar que ellos tienen muchísimo dinero. Si no pueden comprar un Rolls Royce o un Cadillac, se dedicarán a explicar cuánto cuesta el coche que tienen, lo bien que les va con él, lo cómodo que es, la poca gasolina que gasta o cualquier otra cosa que a nadie le importa.
El autoritario que visite por ejemplo, un gran embalse, se interesará más por la cantidad de hormigón que se gastó en su construcción, su solidez y altura, las toneladas de agua que retiene y los kilovatios de electricidad que produce que por las hermosas formas del agua al pasar por día, las flores que crecen debajo o los peces que nadan en el lago que hay detrás. Le impresionará más que un político haya obtenido el 87 por ciento de los votos en unas elecciones que lo que este político pueda significar o defender; le impresionará más que su cuñado tenga más de dos millones de dólares que el hecho de que acaben de procesarle por evasión de impuestos.
No debe sorprendernos que los autoritarios centren su pensamiento en el dinero como poder, si tenemos en cuenta que son lo que he llamado individuos de "motivación exterior", que buscan compulsivamente normas fuera de sí mismos para valorar sus propios méritos... ¿y qué artículo más visible y cuantificable podría haber para medir el valor que el dinero?
"Este cuadro cuesta cuatrocientos dólares", dirá el autoritario antes de que se lo pregunten. "Esa alfombra vale una fortuna, pero la conseguí a buen precio. Gastamos dos mil dólares en las vacaciones, pero mereció la pena, porque los vecinos gastaron cuatro mil... ¡y ni siquiera tenían guía! Fíjate en nuestra hija Jenny. Sus estudios nos cuestan veinte mil dólares, pero lo recuperará en el primer año en cuanto salga de la universidad".
Estas referencias al valor en dólares —o en cualquier otra moneda— pueden aplicarse prácticamente a casi todo o casi nada, pero el estimar en mucho los dólares y las riquezas es seguro indicio de que el que lo hace es un autoritario que concede poco valor a la satisfacción interna y máximo valor al oro, los dólares o cualquier otra cosa cuyo mérito nazca de fuerzas originadas fuera de él.
El culto al poder del autoritario suele llevarle a idolatrar a personajes históricos fuertes, "militares" con frecuencia. Alejandro Magno, Napoleón Bonaparte, George Patton y, a veces, el propio Adolf Hitler figuran entre los personajes más admirados por los "archiautoritarios". Los autorita¬rios suelen considerar a los militares y a la policía las piezas básicas de la sociedad, y es muy frecuente que te digan que la policía está "con las manos atadas" y que los militares se ven demasiado coartados por los organismos civiles del Gobierno. Esta insistencia en la santidad del poder se amplía incluso a los dirigentes políticos elegidos. Los autoritarios creen que un buen ciudadano debe respetar siempre el poder de quienes desempeñan un cargo: el gober¬nador, el presidente, quien sea. Esto refleja la tendencia general a la conformidad y la sumisión del autori¬tario.
Aunque el autoritario tienda a divinizar el papel de la policía y de los militares en la sociedad, el verdadero centro del culto del autoritario es el espacio de poder que encarnan los militares. El autoritario adora el poder de las armas de fuego y de las municiones, y, dada su paranoia, apoya firmemente el derecho de todo ciudadano a armarse por su cuenta. Como consecuencia, suelen oponerse al control estatal de armas y municiones. Apoyan el uso de todas las armas en la guerra, sean del tipo que sean. Son los primeros en pedir que se utilicen armas nucleares y los primeros en clamar en pro del aumento de los presupuestos militares a costa de otras prioridades nacionales. Suelen disfrutar contando historias de guerra, procedan de libros o películas o de su propia experiencia, si han participado como combatientes en alguna guerra, o de cualquier otro modo. Para el autoritario es más importante glorificar la guerra como prueba del poder de un país que denunciarla como demostración de que la humanidad ha alcanzado el nivel más bajo posible en su tentativa de resolver sus disputas. El autoritario siente también gran respeto por figuras históricas como Andrew Carnegie y John D. Rockefeller, que se hicieron famosos por haber acumulado mucho dinero y mucho poder, y lograron ascender hasta la misma cúspide de la pirámide social e imponer su voluntad a muchos. Se muestran raras veces dispuestos, por su parte, a correr los riesgos necesarios para acumular una gran influencia o un gran poder, pero fantasean sobre los que son ricos y poderosos, y ésta es una de sus características más universales.
No debe considerarse a un ser humano mejor que otro sólo por haber acumulado riqueza o autoridad. La historia del mundo ha demostrado repetidas veces que es peligroso para una sociedad que haya en ella individuos con dema¬siado poder. Yo estoy seguro de que la razón esencial de que ningún dictador o militarista haya podido hacerse con el poder en Estados Unidos es que tenemos tradiciones tan vigorosas como pueblo que nos negamos a adorar el poder por el poder, y porque nuestra Constitución prevé además la separación y el equilibrio de poderes como garantía frente a cualquier individuo o sector del Gobierno que intenta acumular demasiado poder. Pero no olvidemos nunca que nuestra libertad depende de que conservemos a toda costa tales tradiciones; que esas tradiciones se ven amenazadas en cada generación; y que si las perdemos sólo nosotros tendremos la culpa. Si, como creo, está produ¬ciéndose un incremento del autoritarismo en nuestra sociedad, así como un creciente culto ciego al poder, la mayor amenaza que pesa hoy sobre nuestra libertad no procede de potencias exteriores o de minorías políticas interiores, sino de los peligros que entraña el hecho de que una mayoría del país adore excesivamente el poder.
¡Todos somos humanos! Nadie de este planeta posee un poder sobrenatural por el que haya de ser más importante que usted u otro cualquiera... Ni el general de cuatro estrellas ni el presidente ni el financiero rico ni la superes¬trella del mundo del espectáculo.


En los últimos años he conocido, por mis apariciones en numerosos programas de televisan y de la radio nacional, a cientos de personas de esas que llamamos "superestrellas", de todos los campos, en especial del mundo del espectácu¬lo. Aunque siempre he creído que nadie es mejor que otro, el contacto directo con estas superestrellas me lo confirmó de modo espectacular. Toda superestrella tiene su dosis de obsesiones, tics, granos, inseguridades, temores, angustias, preocupaciones, problemas, y todas las demás cosas con que hemos de vérnoslas a diario los seres humanos. Las pantallas de la televisión o del cine, así como las am¬plias pantallas de la historia y de todos los medios de difusión, colaboran para que las "superestrellas" parezcan algo sobrenatural y extraordinario, pero, en persona, los más ricos y poderosos no son distintos de usted y de mí, ni en su aspecto ni en lo que piensan ni en lo que dicen ni en cómo reaccionan en la vida. Aunque algunos se engañan convenciéndose de que son mejores que los otros porque llevan ropas caras, coches de lujo, viven en mansiones, pueden contratar y despedir a cientos de personas a voluntad, controlan una cadena de periódicos o deciden la política exterior norteamericana, no pueden ocultar su humanidad, que es muy real. En el trato personal, sin maquillaje ni focos cuidadosamente emplazados, fuera del escenario de la historia o del de la televisión o del cine, sin lentes especiales ni otros artificios, son individuos simples y corrientes, como el resto. Algunos son más autoritarios, otros menos..., depende de los días y de la situación. No olvide usted esto y podrá empezar a liberarse de todas las tendencias de culto al poder que hayan ido acumulándose insidiosamente en su interior.

Totalitarismo súper patriótico

Todo lo que se ha dicho en este capítulo nos indica de un modo u otro que el totalitarismo es el mal social más grave que puede engendrar el autoritario.
En realidad, si no hay autoritarios suficientes entre la población, no es posible el totalitarismo. Para que sea posible, han de crearse los suficientes lazos de dominio ("cadenas de autoritarismo y sumisión") desde un dirigente político (o un grupo) al pueblo que permite que tal dirigente o grupo controle la nación.
En el caso concreto del totalitarismo político clásico, que representan en los tiempos modernos las dictaduras fascis¬tas y en los tiempos antiguos las monarquías absolutas, el dirigente totalitario se proclama representante de algún dios o del "espíritu nacional", o incluso encarnación de una de las dos cosas, o de ambas. Se proclama, en fin, identificado con algo que es superior a él mismo. Prescin¬diendo de que el dirigente totalitario se crea sus propios mitos o no, la idea de este dirigente o este grupo —al que los autoritarios adjudican la categoría de Gran Autoridad Indiscutible— representen algo mucho mayor que los "simples mortales" es algo que atrae y conmueve profun¬damente a los autoritarios. Para ellos, no basta ser plena¬mente humano; la "desorganización" que significa el hecho de no tener una autoridad central y un lugar claro para cada uno en la jerarquía social resulta inquietante, mientras que la idea de que, aunque sea en pequeña escala, estás ligado a un ser "sobrehumano" o "inmortal" por tu relativa proximidad a la "autoridad central" es algo que resulta confortante.
En los tiempos modernos, y en nuestra cultura, el superpatriotismo ha sido a un tiempo rasgo dominante de individuos que acusan firmes características autoritarias y, en mi opinión, el puente por el que han pasado y pasan muchos individuos, cada vez más, del autoritarismo indivi¬dual al totalitarismo político. Por eso el superpatriotismo puede ser el peligro más grave que se cierne sobre nuestra libertad en este momento y en los años futuros. Puede fácilmente deificarse al posible déspota como encarnación de la democracia, de los intereses nacionales o de la defensa del país, lo mismo que puede pretendérsele vástago del dios Sol. Pero lo cierto es que hoy en día la mayoría de los archiautoritarios (los que manifiestan más rasgos autorita¬rios en la mayoría de los sectores de su vida) tienden a ser los más firmes partidarios de la consigna "lo primero la patria, con razón o sin ella", que es la esencia del super¬patriotismo. Aunque este concepto es peligroso, y ha llevado a muchos a la muerte en guerras injustas en el mundo desde el principio de los tiempos, el autoritario que no cree que pueda poner en entredicho la autoridad del Gobierno (sobre todo en momentos de "crisis nacional") calificará de subversivo y antipatriótico a todo aquel que discrepe del Gobierno, dirá que no le preocupa la suerte del país o que es contrario a los intereses de la patria. La gente que desafía la autoridad ejerciendo sus derechos constitucionales en manifestaciones públicas (los estudian¬tes que se manifiestan en Washington para protestar contra la guerra o el reclutamiento forzoso, las mujeres que desean igualdad de derechos, las minorías que no saben "mantenerse en su sitio"), nunca se considera que se preocupen lo suficiente por su patria como para participar en su mejora ni que se esfuercen por intentarlo. Cualquier tentativa de cambiar el país, es para los autoritarios intentar destruirlo, y el deber de todo ciudadano es obedecer a la imagen de autoridad, sin preguntar nunca si los representantes de la autoridad están mintiendo, roban¬do, pisoteando los derechos de los ciudadanos o abusando de cualquier otro modo de su cargo. Uno no debe oponerse nunca a quienes tienen más autoridad, no porque no haya necesidad de oponerse a veces a ellos para que hagan lo que tienen que hacer, sino porque el autoritario no está "programado" para salir de su circuito interno de confor¬mismo y sumisión. Lo mismo que el "marido autoritario" no creerá que su esposa le ama de veras salvo que le permita ser el monarca absoluto de la casa, el autoritario no cree que nadie ame de verdad a su patria si no sigue ciegamente los dictados de sus dirigentes. El amor real a la patria se muestra cantando el himno nacional lo más fuerte, posible, alzando al máximo la bandera, menospreciando a los países "extranjeros" y estando siempre dispuesto a acudir a la guerra de inmediato para defender a la bandera y defender a la república, para defender "la patria de los libres y la nación de los valientes".
Pero pensemos que el himno nacional que cantan los autoritarios a voz en grito termina con un interrogante. No dice: "Esta bandera estrellada aún ondea sobre la patria de los libres y la nación de los valientes". Formula, en realidad, dos interrogantes filosóficos preñados de esperan¬za, a todas las futuras generaciones de auténticos patrio-tras. Unas preguntas que, como "buenos ciudadanos", deberíamos formularnos todos: ¿Qué es la libertad? ¿Qué es el valor?
En la Alemania nazi, a la que se atribuye el carácter de ciudadela de la civilización avanzada y de la cultura superior, una nación entera se embriagó con la idea de que el Führer era el nexo divino para convertirse en una súper-raza. Los alemanes deberían haber sido capaces de decirse (quizás algunos lo hicieran): "Hacemos esto en beneficio personal de Adolf Hitler (ya sabes, ese tío que antes era pintor de brocha gorda) porque decidimos todos que era el único individuo del país al que queríamos hacer poderoso y famoso. Así que le hemos dado a él todo los derechos y acabaremos haciéndole omnipotente". Pero se lanzaron a gritar delirantemente que hacían todos aquello por la Patria, por su gloría y su grandeza, por unas razones patrióticas que casualmente encarnaba el Führer.
Y, por eso, poner en entredicho la autoridad de Adolf el pintor equivalía a traición, y cientos de miles de personas muy civilizadas acabaron obrando del modo más abomi¬nable e inmoral que la historia registra. Y cuando se celebraron los juicios de Nuremberg, se oyó repetir una y otra vez la misma vieja excusa para justificar los crímenes: "Yo sólo cumplía órdenes".
En Estados Unidos, a principios de los años ochenta, hay al parecer pocos nazis o fascistas declarados, y parece haber un legado democrático lo bastante vigoroso para que haya pocas posibilidades de que caigamos en un totalitarismo directo, por lo menos en un futuro inmediato. Pero lo insidioso del totalitarismo es que puede resultar muy difícil identificarlo, sobre todo en el propio país y, por supuesto, puede estar presente en mayor o menor grado, y de modos muy distintos. Pero si su aparición depende, tal como yo creo, del aumento del autoritarismo en los individuos (de que haya más individuos que muestren los rasgos autoritarios que enumeramos antes), usted debe aportar su esfuerzo para combatirlo eliminando el autoritaris¬mo en usted mismo.
El error que ha de cometer la mayoría de la población para que una sociedad totalitaria "sustituya" a una sociedad democrática es el de ver continuamente amenazas de totalitarismo procedentes del exterior, el peligro de que lo imponga una potencia extranjera o un "grupo minorita¬rio". Por una característica de la psicología autoritaria que debería resultarnos ya familiar, el archiautoritario será el primero que vea en todas partes, salvo en sí mismo, indicios y actitudes que califica de "autoritarios", será el primero que muestre una paranoia patriótica o etnocéntrica, del tipo que sea, y acuse a los rusos, a los cubanos, a los chinos (antes de que pasaran a ser "nuestros aliados"), al Ayatolá o a cualquier otro a que pueda calificarse oportunamente de "la mayor (o la única) amenaza a nuestra libertad en este momento".
Es fácil explicar cómo puede llevar esto en concreto al crecimiento interno del totalitarismo. Si las amenazas exteriores no son reales, o son exageradas, lo cual es directa consecuencia de la paranoia, tienen que empezar a decirlo algunas personas. Los autoritarios calificarán entonces a estos individuos de antipatrióticos, subversivos, etc. Si hay suficiente autorización en el conjunto social como para desacreditar o reprimir la crítica (lo que ha, de significar el rechazo o la erosión de los derechos individuales de los críticos), el totalitarismo habrá dado "un gran salto adelante".
En Norteamérica —y ello es aplicable a otros muchos países—, este síndrome se manifestó claramente en el período en que estuvo más cerca del totalitarismo directo, cuando surgió el maccarthismo en los años cincuenta. La paranoia del senador Joe McCarthy (que incluía, como suele incluir la paranoia, delirios de grandeza personal) llevó a éste a ver espías comunistas por todas partes, y cualquiera que pusiera en entredicho sus venenosos ata¬ques a individuos inocentes pasaba de inmediato, claro está, a ser también sospechoso. Se pisotearon a diestro y siniestro los derechos constitucionales de los ciudadanos; se violó su intimidad; se llevó a individuos ante los tribunales como en una caza de brujas y hubieron de enfrentarse allí a testigos que mentían o forzaban la verdad porque les habían intimidado amenazándoles que irían ellos después si no colaboraban. Muchos buenos y grandes norteameri¬canos, inocentes de las acusaciones que se les hacían, perdieron sus puestos de trabajo, fueron marginados e incluidos en listas negras dentro de su grupo profesional. El, poder personal del senador McCarthy llegó a adquirir dimensiones inquietantes.
Por suerte, la burbuja acabó estallando. La paranoia de McCarthy acabó hundiéndole. Empezó a formular acusa¬ciones tan ridículas contra individuos que estaban tan evidentemente exentos de toda sospecha que casi nadie pudo dejar de ver ya lo que estaba pasando: todo aquel que desafiase el poder personal de Joe McCarthy era un espía comunista. Los valerosos ciudadanos que habían intentado oponerse a él, se vieron vindicados en principio cuando el Congreso censuró al senador y se desvaneció el "período del terror", aunque muchos habían sufrido daños ya irreparables.
No habría sido posible el maccarthismo si hubiera habi¬do suficientes norteamericanos menos dispuestos a creer la amenaza de que el totalitarismo iba a serles impuesto por medio mundo, y más dispuestos a identificar los síntomas de su propia sumisión ciega a la voz del superpatriotismo y al dominio de un hombre que pretendía encarnarlo.
Por la misma razón, es muchísimo menos probable que se nos imponga nunca el totalitarismo desde/aira si somos fuertes democráticamente dentro, por la simple razón de que hasta la mayoría de los dictadores tienen el suficiente sentido común como para no conquistar naciones que saben que no pueden gobernar, y para darse cuenta de que no habrá individuos más difíciles de gobernar que los que tengan más firme respeto a la democracia y sean menos "autoritaristas".
Para un país que sea muy autoritario ya para empezar, puede ser suficiente derrocar el Gobierno, tomar "el palacio" (la capital) y convencer a un número suficiente
de representantes de la autoridad jerárquica para que colaboren. Pero en la nación en la que haya pocas cadenas interiores de autoritarismo y sumisión, el conquistador se enfrentaría a una resistencia generalizada: huelgas genera¬les, motines, sabotaje industrial, ataques incesantes a las "fuerzas de ocupación" y, en términos globales, una conquista que traería más problemas que beneficios.
Si un posible conquistador considerase la posibilidad de apoderarse de los Estados Unidos, se encontraría con un país inmenso habitado por más de doscientos millones de ', individuos y con una economía sumamente compleja en la que la alteración de uno o más sectores (agricultura, industria, minería, transporte, comunicaciones, suministro energético, etc.) descontrolaría el funcionamiento de todo el conjunto, y... ¿qué otra nación podría llegar a gobernar ésta si todos nos negásemos en redondo a dejarnos gobernar salvo por nosotros mismos?
La respuesta evidente es "ninguna", y si mantenemos tal actitud y decidimos todos eliminar el autoritarismo de nuestro propio pensamiento y de nuestra propia conducta y adoptar la filosofía de que el cielo es el límite de una libertad que podemos compartir todos, haremos mucho más por asegurar nuestra seguridad nacional y nuestra indepen¬dencia de lo que podamos hacer nunca fabricando bombas más grandes y mejores.
Si podemos dar ejemplo al mundo de lo que puede llegar a conseguir un país democrático consagrado a "la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad", si de verdad mostramos a los otros pueblos cómo se puede conseguir esto (mientras aprendemos todo lo posible de los intentos por lograr lo mismo que hagan otras naciones), haremos muchísimo más por la paz del mundo y por la prosperidad de la especié de lo que podamos hacer nunca mandandu tropas al extranjero.
Pero para hacerlo no debemos dormirnos en la inercia suponiendo, como supone el superpatriota autoritario, que los Estados Unidos de Norteamérica son, en la situación en que hoy se hallan, por definición, "la nación más libre del mundo", que representaba la mayor libertad que pueda
alcanzar un pueblo, y que nuestra única tarea es defender este bastión de todos esos "extranjeros", "comunistas", etcétera, a los que automáticamente atribuimos la inten¬ción de destrozar nuestra organización social.
Hemos de tener en cuenta, que, aunque queramos considerar a nuestro país "perfecto ya", en el sentido que esbocé en el capítulo primero, un país es como un ser vivo y, por naturaleza, há de cambiar, evolucionar, crecer si es posible hasta cultivar la capacidad humana máxima de , todos sus habitantes. Si insistimos en ver el país como una roca o como cualquier otro objeto inanimado que deba permanecer inmutable e inmóvil salvo que le "ataquen" fuerzas externas, acabaremos reaccionando con paranoia autoritaria siempre que haya una "amenaza" de cambio, y caeremos muy probablemente en las garras del totalita¬rismo.
Supongo que al leer este capítulo se habrá preguntado usted alguna vez qué dosis de autoritarismo hay en su conducta y en su forma de pensar. Quizás haya intentado usted juzgarse según las pautas de autoritarismo que he mencionado. Si es así, probablemente haya identificado con claridad algunas de esas características en su propia persona, quizá muestre parcialmente otras, quizás otras aparezcan pocas veces o ninguna; quizá surjan algunas en determinadas situaciones y relaciones y no en otras, etc. Al leer, probablemente haya identificado usted retratos o instantáneas de personas a quienes conoce y se haya dicho: "Jane y John son exactamente así, pero Mary y Sam son más de este otro modo", etc.
Si cree ahora que su tarea primordial es eliminar el autoritarismo én usted mismo y está dispuesto a volver atrás y repasar todo este capítulo si es necesario para ver qué nivel ocupa usted en la escala autoritaria, habrá captado mi mensaje. Si se contenta con decir: "Sí, esas otras personas son así exactamente, pero yo no lo soy en absoluto", no habrá captado usted mi mensaje o lo habrá rechazado, y en lo que respecta a su intento personal de transformarse en un individuo Sin Límites, es poco proba¬ble que inicie siquiera el proceso.

ARCHIE BUNKER: EL MODELO AUTORITARIO

¿Hasta qué punto están preparados los norteamericanos —o, en general, cualquier pueblo— para identificar y condenar el autoritarismo cuando surge en otros o en ellos mismos? Por suerte, la respuesta parece ser: hay una mayoría notable que está en condiciones de hacerlo, si se le expone como el peligro que realmente es.
En esta era de la comunicación masiva, la cualidad democrática de nuestro "arte para las masas" o de los productos de carácter artístico que llegan a la mayoría a través de los medios de comunicación (televisión, radio, cine, revistas y libros del mercado mayoritario) es un buen indicio de nuestra situación en la escala del equilibrio dcmocrático-totalitario.
Es probable que pueda usted identificar en las "progra¬maciones" de los medios de difusión muchos elementos que estimulan el totalitarismo en diversos sentidos. Pero hay algunos puntos luminosos, y entre ellos figuran los espectá¬culos de televisión que procuran combatir el autoritarismo, mostrando a los autoritarios tal como son, a menudo por el procedimiento de reflejar extremos ridículos del autorita¬rismo en situaciones cómicas.
El personaje más popular de la historia de la televisión norteamericana hasta la fecha puede que sea Archie Bunker. Los escritores de programas como "Todo en familia" y "La casa de Archie Bunker" nos muestran la capacidad constante del norteamericano para reírse de una caricatura del archiautorítario ("Archie") creando un personaje cómico que encarna prácticamente todos los rasgos de la personalidad autoritaria que antes describi¬mos. Como el autoritarismo es un fenómeno tan extendido en nuestra cultura, y como la mayoría de los norteamerica¬nos aún pueden identificarlo cuando se refleja en un personaje "de ficción", utilizar a Archie Bunker con el objeto de satirizar el autoritarismo norteamericano con¬temporáneo fue un rasgo de genio tan notable como la sátira que hizo Charlie Chaplin de Hitler.
Archie Bunker es el autoritario personificado. Ha aparecido en muchas pantallas de televisión de Norteamérica durante una década o más, y la gente, en números sin precedentes, sintonizaba el programa para reírse en núme¬ro sin precedentes, .debido a que fray muchos que o son exactamente igual que él o viven con gente que muestra sus mismas actitudes. Aunque Archie el autoritario resulte divertido y el programa se proponga dar una versión satírica, su popularidad'nace primordialmente del hecho de que hay mucho de verdad en lo que muestra el programa.
Hay cientos de episodios de Archie Bunker que mues¬tran a la gente los rasgos de la personalidad autoritaria. En un programa aparece volcando su racismo o su etnocen-trismo contra los judíos, los negros, los italianos o cualquier otra minoría. A la semana siguiente, ataca a la seguridad social o a "esos comunistas" que intentan fastidiarnos a todos. A la semana siguiente, aparece adoctrinando a su hija respecto a los artistas, que son todos "maricas", c agitando la bandera delante de su yerno. No confia en nadie, y menos en los intelectuales. Le encantan las películas de guerra, convierte en estereotipos a todas las personas que conoce, y es más inflexible y ciego que nadie respecto a sus propios defectos. Adora el poder, sobre todo el militar. Anda siempre elaborando planes para hacerse rico, y acaban siempre birlándole el dinero por su codicia.
Se retrata a Archie Bunker como la persona más intole¬rante, más dicotómica y rígida en la forma de pensar, más etnocentrista y reprimida sexualmente, paranoica y super-patriótica que pueda concebirse. Siempre menosprecia las otras culturas y valora a la gente de acuerdo con sus normas autoritarias y personales. Los que no están de acuerdo con él son automáticamente torpes, tontos y cretinos. Su mujer es un ser insulso, una cabeza de chorlito que siempre anda intentando complacer a Archie, pero cuando llega la hora de la verdad (si algo amenaza su sentido humanitario de la justicia y su honradez simple y elemental), Edith siempre logra imponerse a las locuras del pobre y buen Archie.
Tal como se presenta a Archie Bunker, todo el mundo
puede reírse de él, de su ignorancia, de su estupidez elemental, de sus incorrecciones idiomáticas, de sus prejui¬cios ridículos. Pero podemos permitirnos seguir riendo porque Edith-, Michael, Gloria, Louise Jefferson o cual¬quier otro al que el "pobre y buen Archie" esté intentando manipular y explotar en el momento, ganan al final en todos los programas... porque podemos seguir viendo el autoritarismo como una ridicula parodia. El mensaje de fondo del programa de Archie Bunker es un interrogante para todos los espectadores: ¿Cuántos autoritarios, del tipo de Archie o de otros tipos, dejan de reírse al ver el programa lo suficiente para preguntarse si no serán exacta¬mente iguales que él, igual de ridículos en determinados aspectos de sus vidas o en determinadas situaciones? ¿Cuántos autoritarios del tipo de Archie se mueren de risa delante del televisor y le dicen a su mujer o a su marido, "Exactamente igual que Fulano"? ¿Cuántos entienden que en realidad uno se está riendo de sí mismo, de que se ve a sí mismo en ese programa?
Los programas de televisión del tipo de "Todo en familia" tienen efectos sociales antiautoritarios, sin duda, aunque sólo sea por el hecho de que transmiten la impre¬sión de que el racismo, por ejemplo, no está ya de moda entre las autoridades, en este caso los guionistas, directores, actores y la red de televisión que produjo el programa. La mayoría de los autoritarios, al oír esa risa unánime de públicos vivos o enlatados ante los excesos ridículos de los personajes, empiezan a captar el mensaje de que si bien antes era muy propio lo de ridiculizar a los negros en casi todos los círculos sociales, ahora es impropio, y no lo hacen ya en público, por miedo a hacer el ridículo.
Pero sólo si todos nos proponemos seriamente ir más allá de la simple reacción ante las presiones sociales y adopta¬mos una actitud independiente y personal contra el autori¬tarismo basada en nuestra Jilosqfi'a personal de la vida, habremos captado plenamente el mensaje de "Todo en familia" y otras obras de verdadero arte democrático.
Recordemos, por último, que precisamente debido a que el personaje de Archie Bunker nos resulta divertido y porque se retrata al propio Archie como a un individuo siempre distraído, satisfecho de sí mismo y "feliz como un cerdo en el charco", y porque no tenemos que pensar en ninguna amenaza real de un totalitarismo del estilo del suyo (ya que es ridiculamente ineficaz), es muy probable que pasemos por alto el fondo serio del programa de Archie y que no nos lo apliquemos a nosotros mismos como individuos. Es muy posible que menospreciemos el hecho de que Archie sigue siendo una destilación seria de las actitudes o tendencias autoritarias que tantos parecen haber adoptado como filosofía práctica de la vida. Es también probable que olvidemos, por el mismo motivo, que los autoritarios, pese a todas sus pretensiones de control y dominio, tienden, en el fondo, a la depresión crónica y son gentes desdichadas que padecen una falta casi absoluta de plenitud humana auténtica, que se dan cuenta en el fondo de que van dando tumbos por la vida, persiguiendo algo desconocido e inhumano, y que los demás les toleran, pero nunca les respetan realmente, y sufren una aceptación ciega, e inerte de su propio destino. No creo que nadie tenga que sufrir en la sumisión ciega del autoritarismo. Creo que si alguien adopta una filosofía autoritaria es porque, de alguna manera, así lo ha querido. Si bien alabo a Abraham Maslow por su obra revoluciona¬ria sobre la grandeza humana, discrepo de él cuando supone que el autoritario tiene verdaderamente muy pocas esperanzas o pocas posibilidades de elección, que el autori¬tario está prácticamente condenado a seguir siendo como es. En Los últimos logros de la naturaleza humana, Maslow escribe:
Esas personas obsesivas y autoritarias tienen que ser de este modo. No tienen elección. No tienen otro modo de lograr seguridad, orden, de no sentirse amenazadas ni angustiadas, que a través del orden, la previsión, el control y el dominio... Lo nuevo es una amenaza para un individuó así, pero no puede pasarle nada nuevo si puede remitirlo todo a sus experiencias anteriores, si puede congelar el fluir del mundo, es decir, si puede hacer creer que nada cambia.

Creo que todos somos capaces de cambiar si queremos correr los riesgos necesarios y abandonamos los fantasmas del pasado. He visto cambiar por completo a personas tan autoritarias como Archie Bunker porque la idea justa les llegó en el momento justo de su vida, cuando empezaban a cansarse, en realidad, de ser siempre los mismos viejos y aburridos autoritarios de toda la vida.

El pensamiento es un atributo que me pertenece;
sólo él es inseparable de mi naturaleza.
RENE DESCARTES,
Meditaciones metafísicas (1641)

 

 
 
 
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